martes, 7 de junio de 2011

Mirar al cielo

Homilía 5  de junio 2011

Ascensión del Señor (ciclo A)


Tríptico románico de marfíl del siglo XI (Francia)
preguntasantoral.es
                Un momento muy señalado de la Misa es cuando el sacerdote, al comenzar la plegaria eucarística, antes de consagrara el pan y el vino, nos invita a levantar nuestros corazones: “Levantemos el corazón”; “lo tenemos levantado hacia el Señor” contesta la asamblea. ¡Ojalá fuera verdad no sólo en la celebración eucarística, sino también en nuestra vida diaria! Lo habitual es que tengamos nuestros corazones dirigidos a la tierra, a las cosas de aquí abajo, ocupado con los negocios mundanos y que se levante poco hacia lo alto, hacia donde está el Señor sentado a la derecha del Padre, hacia nuestra verdadera patria, hacia esa morada que nos tiene preparada el Señor. Quizás este es el motivo real por el que muchas veces nos sentimos tristes, apesadumbrados, frustrados, preocupados con tonterías que no llenan nuestro corazón y enfadados con nosotros mismos por dedicar tanto tiempo y energías a nimiedades,. ¡Qué sabias son esas palabras del Maestro: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”! Muchas veces consideramos nuestro tesoro lo que no lo es y esto nos aprisiona, nos esclaviza. San Pablo también nos dice que “si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3, 1-2).

                La primera lectura de hoy, fiesta de la Ascensión del Señor, nos narra que los apóstoles al ver a Jesús resucitado ascender delante de ellos ‘miraban fijos el cielo viéndole irse’. Se les presentaron entonces dos hombres vestidos de blanco que les dicen: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como lo habéis visto marcharse”. Estas palabras de los ángeles no son una recriminación a los apóstoles por mirar al cielo, sino indican que con la ascensión del Señor empieza una nueva etapa en la historia de salvación, la etapa de la Iglesia, de su misión en el mundo. Ahora el Señor estará presente de un modo nuevo y ellos tienen que anunciar el evangelio hasta los confines del mundo, hasta que Él vuelva. Pero los apóstoles no deben dejar de ‘mirar al cielo’ donde está su verdadero tesoro, sino deben enseñar a los demás a hacerlo, a poner sus corazones en el Señor que es el verdadero tesoro y el único que salva.

                Del mismo modo el evangelio de este día habla de la misión de la Iglesia y de la nueva presencia del Señor entre los suyos. Los apóstoles son enviados por el Señor resucitado, que tiene ‘pleno poder en el cielo y en la tierra’, a hacer discípulos de todos los pueblos, por medio del bautismo y de la enseñanza . Es difícil decir tanto en tan pocas palabras. Los Once, los que había elegido el Señor y que habían compartido su vida, exceptuando a Judas, ahora son enviados a todos los pueblos para hacer discípulos. También se les dice los instrumentos que tienen que utilizar para ello: los sacramentos y la enseñanza de las palabras de Jesús. Y el Señor promete su presencia continuada hasta el fin de los tiempos.

                La fiesta de la Ascensión del Señor que hoy celebramos significa esto: la misión de la Iglesia y la nueva presencia de Jesús entre nosotros. En la misión de la Iglesia participamos todos, según nuestro lugar y función en el cuerpo de Cristo. Unos continúan la misión de los Once — los obispos —, otros ejercen como sus colaboradores y son administradores de los misterios de Dios — los sacerdotes —, otros hacen presente ya aquí la realidad escatológica del Reino — los consagrados —, otros con su trabajo y vida familiar ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios y se esfuerzan por transforman las realidades temporales según la voluntad del Señor —los laicos —. Y el Señor acompaña la acción de su Iglesia con su presencia, con su Espíritu.

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Todo esto se hace muy concreto y real para nosotros, se actualiza, en la celebración litúrgica, como esta Eucaristía que estamos celebrando. Aquí se reúne la comunidad cristiana que es el cuerpo de Cristo con su multiplicidad de funciones y ministerios. La liturgia, dice el Concilio Vaticano II, es culmen y fuente de la vida de la Iglesia, es punto de llegada, pero también de partida. Aquí empieza y termina la misión que Jesús encomendó a los Once. En la liturgia el que celebra es el ‘Cristo total’, cabeza y cuerpo, el Señor sentado a la derecha del Padre y nosotros sus miembros, uniendo así cielo y tierra. En la Eucaristía levantamos nuestro corazón, miramos al cielo, sentimos y celebramos la presencia del Señor entre nosotros, y somos enviados al mundo para hacer nuevos discípulos que puedan compartir con nosotros el pan y el vino de la nueva alianza.

                ¡Qué el Señor nos ayude en este mes del Sagrado Corazón a tener nuestro corazón levantado, nuestra mirada dirigida al cielo, y que nos empeñemos en la misión que nos dejó encomendada, sabiendo que Él nos acompaña, que está siempre con nosotros, que es el Emanuel, según la profecía de Isaías que se cita al comienzo del evangelio de Mateo, cuya conclusión se nos ha proclamado hoy.

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