martes, 24 de mayo de 2011

La necesaria colaboración de los laicos


Homilía 22 de mayo 2011

V Domingo de Pascua (ciclo A)


patricialopezsolera.blogspot.com
                Si algún cristiano de la primera hora, de aquellos que estuvieron presentes cuando los apóstoles ordenaron unos diáconos para que se encargaran del suministro diario — como hemos escuchado en la primera lectura —, viniera a una de nuestras comunidades eclesiales de hoy, ¿qué pensaría? ¿La reconocería como su misma Iglesia? ¿Pensaría que ha progresado en la fe y en amor?

                Yo creo que sí pensaría que es la misma Iglesia porque lo elementos esenciales permanecen los mismos: la referencia constante a Cristo como su fundamento, la celebración del Día del Señor y de la Eucaristía, el ministerio apostólico, la función especial del apóstol Pedro, etc. Pero creo también que notaría un cambio importante que no se puede definir un progreso y es la ‘clericalización’ de nuestra Iglesia. Aunque el Concilio Vaticano II hizo mucho para superar esto, todavía nuestras comunidades están muy centradas en la figura del sacerdote, que es el que prácticamente hace todo, desde su labor más específica que es la predicación de la Palabra y la celebración de los sacramentos, a tareas que poco tienen que ver con su ministerio, como son las administrativas y las de intendencia y de cuidar del templo y otros bienes a él encomendados. Quitando unos pocos fieles que se sienten llamados a colaborar más de cerca y a ofrecer no sólo su dinero, sino también parte de su tiempo, y hacen que se puedan llevar a cabo servicios importantes como la catequesis, los despachos parroquiales, Cáritas, etc, los demás fieles vienen a la Iglesia sólo para recibir los sacramentos y colaboran con su aportación económica —que no es poco—, pero poco más. ¿Sentimos la Iglesia como algo nuestro? ¿Nos sentimos pueblo de Dios en el que cada cual tiene su cometido y todos somos llamados por igual a la santidad y a caminar juntos hacia la Tierra prometida? ¿Nos sentimos cuerpo de Cristo, siendo miembros los unos de los otros y todos necesarios para que el 'Christus totus’ pueda funcionar? A veces parece que no, que la distancia entre el clero y los laicos es enorme. Que los sacerdotes son los que se encargan de todo, los responsables de todo, los miembros activos de la Iglesia, y lo los demás son los que reciben y hacen uso de los servicios que se ofrecen...

                Esto quita mucha fuerza a la Iglesia y mucha energía a los sacerdotes. En la primera lectura vemos como los apóstoles ante una necesidad que surgió al crecer el número de discípulos, tenían muy claro que ellos no podían descuidar su cometido fundamental que era la predicación, el servicio de la Palabra y la oración. Por eso instituyen los diáconos, para que se encarguen de la administración, dejándolos a ellos libres para lo que les había encomendado el Señor como testigos de la resurrección. Vemos como la Iglesia se iba se iba dando ministerios según las necesidades que surgían, que los apóstoles mantenían su función insustituible, pero que todos se sentían partícipes y responsables.

                Entre paréntesis, dentro de poco, el 18 de junio, se ordenará diácono un chico de nuestra parroquia; Jaime López. Aunque el diaconado hoy es bastante distinto al de estos primeros siete hombres, y en el caso de Jaime es transitorio, porque es el paso previo a la ordenación sacerdotal, sigue manteniendo su característica básica de ser finalizado al servicio de la comunidad y de ser por tanto una configuración a Cristo siervo, que ha venido a servir y no a ser servido.

Es importante para la vitalidad de nuestras comunidades que recuperemos esa conciencia que a veces expresamos con la frase “la Iglesia somos todos”. No es fácil establecer quién tiene la culpa de que se haya llegado a la situación actual de ‘clericalización’ de nuestras comunidades. Quizás los sacerdotes hemos querido acaparar todo, o quizás los laicos se han ido acomodando a una situación de menos responsabilidad y se han vuelto más pasivos. Pero todos debemos sentir que formamos parte de ella y que somos corresponsables y que estamos llamados a colaborar. Junto con el del sacerdote hay otros ministerios importantes, tanto litúrgico como de servicio, que pueden y deben hacer los laicos. El sacerdote no puede ni debe hacerlo todo.

Para entender esto mejor nos ayuda la segunda lectura. San Pedro utiliza esa imagen tan recurrente en el Nuevo Testamento para referirse a Cristo, sobre todo al misterio de su muerte y resurrección, que es la de ‘piedra’. Afirma que Cristo es la piedra ‘desechada por los hombres pero escogida y preciosa ante Dios’, piedra que para algunos es piedra de tropiezo y para otros piedra angular en la construcción del nuevo ‘templo del Espíritu’, formado por piedras vivas que son todos los cristianos. Ellos son el nuevo pueblo de Dios, ‘raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios para proclamar sus hazañas’. Los cristianos, todos ellos, tanto laicos como sacerdotes, forman un sacerdocio sagrado, que ofrece ‘sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo’. Estos sacrificios espirituales surgen de nuestra vida de fe y amor. Los laicos los realizan en su vida familiar y laboral, cuando dan testimonio del amor de Dios y colaboran en la transformación del mundo según la voluntad de Dios, pero también cuando ayudan en sus comunidades eclesiales con los servicios que son necesarios. Al hacer esto ofrecen sacrificios agradables a Dios.

¡Qué consolador es, hermanos, saber que Jesús ha ido a prepararnos un sitio en la casa del Padre y que volverá para llevarnos con Él! Éste es nuestro verdadero hogar que el Señor ha preparado con enorme cariño desde siempre para cada uno de nosotros. Para llegar a Él, que es donde está la verdadera Vida y la Verdad plena, ya sabemos el camino. El camino es Cristo, su humanidad. Para llegar a nuestro hogar que nos espera tenemos que unirnos cada vez más a Cristo, tenemos que aprender a vivir el misterio de la cruz, a hacer sacrificios agradables a Dios a través de nuestro trabajo en el mundo y en la Iglesia. Estos sacrificios, hechos con amor y fe, son los que nos configuran a Cristo y nos abren la puerta de nuestro aposento en la casa del Padre.

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