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martes, 9 de septiembre de 2014

El matrimonio entre dos cristianos


Homilía en la boda de Pablo Cantero y Alba Reyes

Pastrana (Guadalajara), 6 de septiembre 2014
Iglesia Colegiata de Nuestra Señora de Asunción


Cantar de los Cantares 2, 8-17: «Mi amado es mío y yo soy suya»
Salmo 116: «Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante»
Efesios 4, 1-6: «esforzándoos en mantener la unidad… con el vínculo de la paz»
Juan 17, 20-26: «que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea»


Queridos Pablo y Alba:

                Me gustaría hablaros con el corazón hoy del matrimonio cristiano, más exactamente del
Vista de Pastrana
matrimonio entre cristianos, de lo que es y significa, partiendo de las lecturas que con tanto esmero habéis elegido para vuestra boda.

                De por sí el matrimonio no es algo específicamente cristiano, sino que es una realidad humana, que forma parte del orden natural, del «orden de la creación», diríamos con un lenguaje más teológico. Dios ha creado al hombre varón y mujer y ha inscrito en su ser, en su cuerpo y su alma, la vocación, la llamada al amor, a casarse, a fundar una familia, por eso en el primer relato de la creación que encontramos en el primer libro de la Biblia se afirma: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó». Y en el segundo relato de la creación, en el mismo libro del Génesis se añade: «por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos serán una sola carne». En el ser mismo del hombre, de todo hombre y mujer, de ti Pablo y de ti Alba, está inscrita esta vocación, este anhelo al matrimonio, a crear una familia. Un deseo que nos mueve, nos hace peregrinar en busca de este amor, de la belleza, como muchas veces me has contado, Pablo, desde que nos conocimos en las Jornadas Mundiales de la Juventud de Colonia.

                Pero entonces, ¿qué añade al matrimonio natural la dimensión cristiana? ¿Qué es lo específico del matrimonio cristiano? ¿Qué es lo que lo caracteriza, que lo hace tal? Un principio fundamental del cristianismo que nunca debemos olvidar es que lo cristiano no quita nada a lo que es auténticamente humano, ni lo elimina, sino que lo supone, como diría santo Tomás de Aquino; más aún, lo asume, lo purifica y lo eleva a un nuevo horizonte, a significar una realidad nueva, trascendente. Estas tres acciones son fundamentales para entender lo que aporta el cristianismo a cualquier realidad humana: asumir, purificar, elevar.

           Aplicando esto, el matrimonio entre cristianos no es algo totalmente nuevo que no existía antes, sino que es el mismo matrimonio natural, con sus características propias de exclusividad, fidelidad, fecundidad. La primera lectura que habéis elegido y proclamado juntos, Pablo y Alba, tomada del Cantar de los Cantares, refleja esa experiencia humana tan arrebatadora del enamoramiento, del eros, que forma parte del amor esponsal verdadero. Este libro bíblico es un canto a la belleza del amor, que tanto nos fascina: «Habla mi amado y me dice: “Levántate, amada mía, hermosa mía y vente”... Mi amado es mío y yo soy suya».
             
Pablo y Alba entrando en el comedor

                Sin embargo, el cristianismo no solo asume lo humano sino que también lo purifica de esas impurezas que se adhieren a causa de nuestro pecado. Jesús habla en el evangelio de la dureza del corazón que motivó que Moisés permitiera el repudio. ¿Cómo no reconocer que nuestro amor muchas veces es frágil, miedoso, egoísta, posesivo, inmaduro? También la belleza de la pasión que canta el Cantar de los Cantares puede pervertirse a causa de esa inclinación al mal que todos llevamos dentro. El matrimonio entre cristianos exige que permanezcamos siempre en un camino de purificación, de conversión, de ir venciendo el pecado para ser nuevas criaturas capaces de amar como Cristo nos enseñó. Esto lo podremos hacer en la medida en que nos mantengamos unidos a Él ya que por nuestras solas fuerzas no podemos.

En la segunda lectura que habéis elegido de la Carta a los Efesios se habla de este esfuerzo de purificación necesario para que vuestro amor sea cada vez más auténtico y liberador, haciéndoos crecer como personas y cristianos. El apóstol Pablo os exhorta en el texto que habéis escogido a «sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz». La vida cristiana si es auténtica tiene su parte de esfuerzo, de penitencia, de cruz, ya que bien conocemos la fuerza del pecado que habita en nosotros.

Y finalmente, el cristianismo eleva la realidad humana a una nueva dimensión. El matrimonio
Jornada Mundial de la Juventud de Colonia (2005)
Pablo es el séptimo empezando por la derecha
entre cristianos es sacramento, es signo e instrumento del amor de Dios para la humanidad, de Cristo para la Iglesia. Lo significa y lo hace presente. Es decir, que el matrimonio cristiano está llamado a hacer presente en este mundo el amor de Dios. Esta es la verdadera misión del matrimonio entre cristianos. Para que este mundo en el que existe tanta maldad, tanto egoísmo, tanta desunión y guerra, pueda creer en Dios, en su amor, es necesario el testimonio de matrimonios verdaderamente cristianos. Es lo que pedía Jesús en la oración sacerdotal que encontramos en el evangelio de Juan y que hemos escuchado hace poco: «como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me ha enviado».

Convento del Carmen de Pastrana
Fundado por santa Teresa de Jesús
El cristiano es el que ha conocido el amor de Dios, que se ha encontrado en su vida con el Señor, con su amor misericordioso y se ha sentido salvado, «liberado de los lazos del abismo», de las «redes del muerte», como dice el salmista, y que ahora «alza la copa de salvación para dar gracias al Señor», y se siente llamado a dar testimonio de este amor en el mundo también a través de su matrimonio.


                Queridos Pablo y Alba, nos encontramos en este bello lugar, en esta villa ducal de Pastrana que conserva la memoria del paso de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz, en esta hermosa Iglesia Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción. Aquí delante del presbiterio una cofradía local ha colocado una bella talla de la Virgen de la Almudena, patrona de diócesis de Madrid. Os encomendamos a María, a nuestra Madre del cielo, para que interceda a su Hijo por vosotros, para que no os falte nunca el vino bueno del amor. También en el retablo detrás del altar mayor están representadas algunas de la mujeres cristianas valientes de los primeros siglos de la Iglesia, entre ellas la patrona de nuestra parroquia, santa Catalina de Alejandría. A ella también os encomendamos para que vuestro amor sea fuerte y valiente y venza los engaños del mundo. ¡Que así sea!

sábado, 26 de julio de 2014

La dimensión social del evangelio de la familia




Intervención en el III Congreso Regional Familia y Sociedad
organizado por la Federación de Municipios de Madrid
Madrid, 12 de junio 2014
Salón de Actos del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid

Mesa VI: El valor de la religión en la familia


         En octubre 2008, en San Agustín de Guadalix, participé en el primer Congreso
Cartel del Congreso
Familia y Sociedad con una intervención en la que me centraba en el plan pastoral que la Iglesia de Madrid había emprendido, centrado en la familia, y cuyo lema, que resumía bien lo que perseguía, era: Vive la familia, con Cristo es posible. Tres años más tarde, en marzo de 2011, participé también en el II Congreso Familia y Sociedad celebrado en Alcobendas, esa vez hablando de El acoso a la familia, intentando hacer una lectura de la situación de la familia en nuestra sociedad a la luz de la fe. En esas dos ocasiones había sido invitado al congreso como delegado episcopal para la familia en la archidiócesis de Madrid. Este año los organizadores de este Congreso me han vuelto a hacer el honor de invitarme, aunque esta vez no ya como encargado diocesano de familia sino como responsable en la Conferencia Episcopal Española del Secretariado para el ecumenismo y el diálogo interreligioso.

         Agradezco mucho la invitación de los organizadores de este Congreso y me honra estar en esta mesa con representantes de otras Iglesias cristianas y otras religiones para tratar un tema tan importante como el Valor de la religión en la familia. Aunque el título que se ha puesto e mi breve intervención es la participación de la familia en la vida de la Iglesia, quisiera, en cambio, porque creo que es más actual e interesante para nosotros hoy, hablar de lo que está significando el pontificado del papa Francisco para la familia; un pontificado que nos entusiasma y llena de esperanza para el futuro de la Iglesia y del mundo, un pontificado ejercido con palabras pero también con gestos; y quiero hablar de ello desde la perspectiva ecuménica e interreligiosa que caracteriza esta mesa.

         Por brevedad voy a decir inmediatamente la tesis que quiero defender en esta
El papa Francisco comiendo con los obreros del Vaticano

breve intervención, que es la siguiente: creo que el papa Francisco ha vuelto a poner en el centro de la enseñanza, la acción, y el sentir de la Iglesia la dimensión social de la buena noticia de Jesús. Durante muchos años, quizás por miedo a algunos excesos que se dieron en la etapa posconciliar mezclando indebidamente evangelio y marxismo, nos olvidamos o pusimos en un segundo plano el contenido ineludiblemente también social del kerygma cristiano, es decir, el hecho de que “en el corazón mismo del evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros, especialmente con los pobres’ (cfr. Evangelii gaudium, 177). Esto que vale para toda auténtica religión que nunca se puede limitar a la sola relación personal, individual y privada con Dios, vale aún más, si cabe, para el cristianismo, que debe intentar hacer presente en el mundo el reino de Dios cuya llegada anunciaba Jesús; ese reino de fraternidad, de justica, de paz, de dignidad para todos que acontece cuando Dios reina en el mundo, que era el gran sueño del Señor, el motor de su vida, el mensaje central de sus parábolas.

         La dimensión social de la evangelización es el título del cuarto capítulo la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, un documento del papa Francisco que quiere ser programático para la vida y la misión de la Iglesia en los próximos años, pero a esta dimensión ya se aludía cuando el papa dijo a los periodistas al empezar su ministerio que quería una «Iglesia pobre y para los pobres», y ha estado presente en tantos gestos y palabras a lo largo de este año y pocos meses de pontificado. El papa Francisco nos invita a escuchar el clamor de los pobres al que muchas veces hacemos oídos sordos, a darnos cuenta de «la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana», a vivir una caridad efectiva para con el prójimo, a realizar «gestos simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos», pero también «a colaborar con todas las personas de buena voluntad para cambiar las causas estructurales de la pobreza». Estas son algunas de las indicaciones que encontramos en la Exhortación Apostólica La Alegría del Evangelio a la que he hecho referencia.

         Este sueño de Jesús del reino de Dios, esta ineludible dimensión social del
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evangelio de la que habla el papa, este hacernos cargo de los demás sobre todo de los más pobres que está también presente en la enseñanza de las demás grandes religiones, debe interpelarlos a todos, a los cristianos y a los miembros de otras religiones y a los hombres y mujeres de buena voluntad, y esta dimensión afecta también a lo que debemos decir y hacer en el ámbito de la familia.

         Es verdad, y es lo que yo he defendido en las otras ponencias que he tenido en las anteriores ediciones de este Congreso Familia y Sociedad, que la Iglesia tiene algo que decir acerca de la naturaleza y la misión del matrimonio y la familia en nuestra sociedad y es importante que lo diga con valentía frente a los embestidas del secularismo que da la espalda a la trascendencia del hombre y tiende a negar lo que la razón ya intuye de la esencia del matrimonio como una unión estable de un hombre y una mujer abierta al don de la vida. La Iglesia además, a la luz de la revelación y de la enseñanza de Jesús, aclara la indisolubilidad del matrimonio y el recto uso de la sexualidad. En cuanto que sacramento en la Iglesia católica, el matrimonio se vuelve un signo eficaz del amor de Dios que ayuda a los esposos a vivir la caridad cristiana entre ellos y con todos.

         Sin embargo, creo que este papa «venido de las periferias del mundo», ha vuelto a poner en el centro de nuestra atención y preocupación esta dimensión social que habíamos algo descuidado, diciéndonos cosas como la siguiente que encontramos en la Evangelii gaudium: «No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría. Porque “a los defensores de ‘la ortodoxia’ se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injusticia intolerables y a los regímenes políticos que las mantienen”» (n. 194). 

       

     Teniendo esto presente, creo que ni los católicos, ni los demás cristianos y miembros de otras religiones, ni ningún hombre y mujer de buena voluntad puede quedar indiferente antes los datos que hemos conocido en las últimas semana del Instituto Nacional de Estadísticas y de algunas ONG que nos hablan de la pobreza en España y muy especialmente de la pobreza infantil, que señalan una tasa de riesgo de pobreza y exclusión social en la población infantil de hasta el 33,8%. Según estos estudios, España tiene la segunda tasa más alta de pobreza monetaria en menores, solo por detrás de Rumanía, y por delante de Bulgaria y Grecia. Estos datos se traducen en la vida de estos niños y sus familias en cosas muy concretas como no poder pagar la hipoteca o el alquiler, no poder afrontar la calefacción, no poder hacer frente a pagos inesperados, no comer proteínas regularmente, no tener televisión, lavadora, coche y teléfono, etc.

         En su reciente viaje a Tierra Santa, el papa Francisco en la homilía que pronunció en la misa celebrada en la Plaza del Pesebre de Belén, habló de los niños diciendo: «todo niño que nace y crece en cualquier parte del mundo, es signo diagnóstico, que nos permite comprobar el estado de salud de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestra nación»; y añadía: «Tal vez ese niño llora. Llora porque tiene hambre, porque tiene frío, porque quiere estar en brazos… También hoy lloran los niños, lloran mucho, y su llanto nos cuestiona. En un mundo que desecha cada día toneladas de alimento y de medicinas, hay niños que lloran en vano por el hambre y por enfermedades fácilmente curables. En una época que proclama la tutela de los menores, se venden armas que terminan en las manos de niños soldados; se comercian productos confeccionados por pequeños trabajadores esclavos. Su llanto es acallado. ¡El llanto de estos niños es acallado! Deben combatir, deben trabajar, no pueden llorar. Pero lloran por ellos sus madres, Raqueles de hoy: lloran por sus hijos, y no quieren ser consoladas (cf. Mt 2, 18)».

Concluyendo, creo que entre las cosas que puede aportar hoy la religión a la familia, en consonancia con el magisterio del papa Francisco, es una renovada sensibilidad hacia este llanto de los niños, hacia el clamor de los pobres, hacia el grito que nos molesta escuchar y que con frecuencia acallamos, junto a un compromiso firme por construir entre todos un mundo más justo en el que se reconozca el valor inconmensurable que tiene toda criatura humana a los ojos de nuestro Dios y creador.

Me van a permitir terminar esta intervención rezando una plegaria para los niños que me ha llegado a través de Internet, atribuida a veces equivocadamente a papa Francisco, pero que refleja muy bien su espíritu, ese espíritu que se caracteriza por tener muy presente la dimensión social de nuestra fe sin caer en los falsos atajos de la lucha de clases:

Quiero pedir por los niños que dejan
sus dedos llenos de chocolate en todo lo que tocan,
que saltan en los charcos
y arruinan sus pantalones nuevos,
que comen dulces antes de la comida y
que nunca encuentran sus zapatos en la mañana...

Quiero pedir por los niños que miran
a los fotógrafos desde atrás de los alambres de púas,
que nunca han caminado por la calle
con un par de zapatos nuevos,
que nunca han jugado "encantados"
y que han nacido en lugares a donde
nosotros jamás nos acercaríamos,
que es donde probablemente morirán...

Quiero pedir por los niños que nos dan
besos pegoteados de caramelo y ramos de flores,
que duermen con su perro
y quieren enterrar a sus pescaditos,
que nos abrazan muy fuerte y que olvidan
su dinero para la merienda,
que riegan la pasta de dientes por todo el baño,
que observan con ojos asombrados
a su padre cuando se afeita y
a su madre mientras se maquilla,
que hacen ruido cuando toman la sopa...

Y también quiero pedir por los niños que
nunca han comido postre, que no tienen cobija favorita
que llevar a todos lados,
que ven a sus padres sufrir,
que se acercan a nuestros coches en cada
crucero pidiendo con sus ojos,
que no tienen baños para asearse,
y cuyas fotos aparecen en las estaciones
de policía y no en las oficinas de sus padres...

Quiero pedir por los niños cuyas pesadillas
suceden a plena luz del día, que comen lo que encuentran,
que duermen bajo el cielo abrigados por
periódicos, que nunca han ido al dentista,
que no reciben mimos de nadie,
que van a dormir hambrientos
y despiertan hambrientos,
que no tienen dirección...

Quiero pedir por los niños
a quienes les gusta que los carguen
y por aquellos que tienen que ser cargados,
por los que se dan por vencidos y
por los que siguen luchando,
por los que no encuentran manos que tomar...

Por todos esos niños, Señor,
quiero pedir el día de hoy, porque
todos son valiosos, dan una nueva forma
de amor a nuestras vidas y una razón para vivir,
porque ellos nos hacen sentir la necesidad
de comprometernos a construir
un mundo más justo...

Rezo y pido por nuestros hijos,
los que nacieron y los que nacerán,
porque son la mejor esperanza para
nuestro mundo, la compensación de nuestro
trabajo, la realización de nuestros sueños
incompletos,
la garantía de nuestra inmortalidad...
y la muestra de que Dios no ha perdido
la esperanza en los hombres...

Por todos los hijos del mundo...
para que DIOS los bendiga con amor
y alegría.

Amén.

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