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jueves, 10 de febrero de 2011

Lo mejor está por venir


            Hace unos días una gran amiga me hizo llegar el texto de un discurso pronunciado por el P. José María Fernández –Martos S. J., en un acto en la Pontificia Universidad de Comillas. Aborda un tema interesantísimo y que toca muy de cerca no sólo a los que se han jubilado o están a punto de hacerlo, sino también a los que estamos en esa edad ‘de la crisis de los 40’ y notamos como el tiempo de nuestra vida transcurre cada vez más rápido. Al no poder encontrar el discurso en Internet, lo ‘pego’ más abajo para compartirlo con los lectores de mi blog, anteponiendo unas breves consideraciones que me ha suscitado su lectura.

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            Los psicólogos decimos que una de las diferencias importantes entre una persona mayor y un joven, es que la persona mayor mira más hacia el pasado y la joven hacia el futuro. Al pasar de una etapa a la otra, el lamento, el rencor, los reproches por lo que pudo haber sido empiezan a sustituir los sueños e ilusiones porque lo que puede ser. Pero para el cristiano, lo mejor siempre está siempre por venir. El cristiano está llamado a ser eternamente joven en el espíritu porque siempre mira hacia adelante, hacia el encuentro con el Señor, hacia el estar con Él y disfrutar de su presencia para siempre, que, como dice san Pablo, ‘es con mucho lo mejor’. Esta esperanza es la que da sentido a nuestra vida, a nuestra cruz, a nuestro esfuerzo por amar hasta el extremo, a nuestro sacrificio diario en las pequeñas cosas, a nuestra lucha por la justicia. No debemos dejarnos ‘quitar el cielo’, arrebatar este esperanza, perder la perspectiva escatológica, porque nuestra fe entonces ya no tiene sentido y ‘somos los más desgraciados de toda la humanidad’, como dice también el Apóstol.

            Es verdad que la perspectiva de la vejez nos entristece y quizás nos preocupa, pero mantengamos siempre viva esa llama de la fe que es capaz de alumbrar también los momentos más difíciles y duros, sabiendo lo que nos espera, que lo mejor como nos lo ha prometido el Señor 'está por venir', y Él es fiel y cumple sus promesas. Los muy buenos consejos que nos ofrece el P. José María Fernández-Martos pueden ayudarnos a vivir este otoño de la vida, el tiempo entre las cuatro y las seis de la tarde como él dice, con ilusión y esperanza, y ‘dando todavía fruto’. Como el buen ladrón en la cruz junto a Jesús, nunca es tarde para arrepentirnos, cambiar nuestra actitud ante la vida y la muerte y pedir al Señor que se acuerde de nosotros.


SR. RECTOR MAGNÍFICO. EXCMO. Y RVDMO. SR. NUNCIO APOSTÓLICO. R. P. VICE-GRAN CANCILLER. DIGNÍSIMAS AUTORIDADES. PROFESORES Y ALUMNOS. PERSONAL DE ADMINISTRACIÓN Y SERVICIOS. SEÑORAS Y SEÑORES      

Un solo mensaje: lo mejor está por venir, aunque no lo parezca. Así es para los cinco que cumplimos 40 años en la Universidad y los nueve que se jubilan. Nuestras ocupaciones han sido muy variados (Enseñanza, Oficialía, Biblioteca, etc), pero nuestro esfuerzo e ilusión confluía – casi sin saberlo - en la marcha de esta Universidad excelente que proclama y entorcha nuestras canas y excedencias.

                En primer lugar y en nombre de todos nosotros, me permito dar gracias a Dios porque nos dio larga salud para trabajar con ganas hasta regalarnos este acto de hoy. Agradecidos y entorchados. Nuestra hora – entre las seis y las ocho de la tarde del día de la vida - es bella, aunque se sienta ya el temblor y dolor de algunas hojas cayendo. No queda atrás el “meollo de la vida”; ahora nos toca testimoniar no si hay vida después de la muerte, sino si hay vida después de la jubilación.

                En segundo lugar me dirijo a mis compañeros de escapada con sus nombres: Isidora, Javier, Ricardo, Norberto, Carlos, María Rosa, Antonio, Santiago, José Miguel, Mª Dolores, Andrés, Mª Asunción, Rafael María, Mª del Pilar y, el que os habla, José María. Sólo quiero deciros que no es tiempo de aparcar sino de afanarnos en tareas recias y sutiles. Despedidos los “quehaceres”, toca afinar el propio “quehacerse”. Casi sin notarlo se nos ha ido acercando al primer día del resto de nuestra vida. El librillo del papel de fumar de la vida nos muestra una hoja roja que anuncia: “quedan cinco hojas”. El verde de las esperanzas, se torna tierra ocre de esfuerzos y deberes.

                He aquí algunos matices del “quehacerse” otoñal.

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                1. Cambiar frente a estancarse: ¿Cómo crece la langosta? Produciendo caparazones protectores de los que se desprende para crecer. En cada transición queda frágil y vulnerable hasta lograr el nuevo caparazón acomodado al crecimiento. Sin exponerse al cambio y a la vulnerabilidad, no hay crecimiento. La jubilación y la edad adulta imponen deshacerse de caparazones. Adquirir una profesión o un trabajo,  casarse, tener hijos, perder familiares y amigos, lidiar con responsabilidades, lamentar aspiraciones frustradas, reforzaron el caparazón y nos hicieron menos permeables a lo nuevo. Las costumbres y modas de los jóvenes pueden chocarnos y descolocarnos. Esta desazón cultural no se sortea, arrastrando “nuestro hogar transeúnte” como el caracol.  ¡Ojo! Que cuando disminuyen las exigencias y tareas de afuera, no aumenten las manías y rutinas de dentro. Los recortes de la despedida son menos peligrosos que los que nos autoimponemos balanceándonos en la mecedora o aparcando ante el televisor. Nuestros hábitos no son manchas de tigre imposibles de borrar. Si reaccionamos con vigor no miraremos con envidia a otros que inician caminos a los que nosotros dimos la espalda. ¡Abrámonos a lo nuevo, aunque sea con pasos lastrados de incalculable pereza! ¡Rescatemos aficiones menudas que un día sofocamos! ¡Arrostremos tanteos de nuevos aprendizajes! 

                2. Sortear la tristeza; recalar en la esperanza: La sociología nos dice que la probabilidad de tener una depresión es tres veces mayor para nosotros que para nuestros abuelos. ¿Razones? Pérdida de espíritu de lucha, menor tolerancia a la frustración; avidez de evasiones; erosión de la familia, debilitamiento de grandes horizontes del pasado (Dios, nación, familia, deber). Nos toca defender nuestra alegría, como se defienden las trincheras. Alcemos la bandera de una serena alegría. La diversión y la alegría se relacionan como superficie y profundidad. La alegría es profunda, afecta al núcleo de nuestro ser y lo baña por entero, iluminando la vida, tanto en su pasado como en su futuro. Nuestros hijos y nietos nos perdonarán muchas cosas, pero no que seamos tristes. El alegre no quiere volver atrás el reloj del tiempo ni pide con Goethe en el Fausto: “Devolvedme mi juventud”. La vida no es aburrida.

                3. Afrontar y acoger las muertes parciales: la inevitable jubilación, las escaleras que se resisten, unos kilos de más, una artritis penosa, el olvido de los nietos. Cada día susurrará un dato minúsculo y sin importancia. No soñemos con un último tren maravilloso, ni nos aferremos a lo que podamos ceder. Nos toca recogernos en lo profundo para darnos forma en la escucha serena del misterio de las cosas que nos rodean. Es agradecer el crecimiento de los demás cuando nosotros bajamos. Es sentir dentro la satisfacción y dignidad del propio estilo de vida.  Es entrar en nuestra verdad desnuda y en la verdad rocosa de la vida. Sonó la recia hora de llamar a las cosas por su nombre y no a nuestra conveniencia. Nuestro deseo de evitar conflictos no era prudencia. La incapacidad para detenernos no era pasión por la acción. Nuestra avaricia no solo era sacrificarse por la seguridad familiar. Nuestra evitación de la familia no la pedía el trabajo. Despidamos eufemismos. Los hijos pueden desvelarnos, rudamente quizás, alguna verdad molesta del guión de nuestra vida. Quizás descubramos que algunas decisiones que en su tiempo saludamos como liberadoras, nos condujeron a esclavitudes reales.

                4. Pero esta verdad nos la tenemos que decir con bondad. Es tiempo de ser bueno con uno mismo. Aceptarme a mí mismo como soy, pobre ser humano. No es contarme los cuentos que Mark Twain ironizaba, “cuando era joven podía recordar cualquier cosa hubiese ocurrido o no; ahora que me voy haciendo viejo, sólo recuerdo las que no ocurrieron”. Se trata de mirar la propia vida con una mirada más matizada, menos tajante, menos escéptica, y, sin duda, mucho más benévola con el pobre barro humano que somos. Ser bueno es darme tiempo para la contemplación benévola y sorprendida de los placeres y espectáculos menudos que mi apresurada vida me hurtaron: paseo con el nieto, lectura, conversación pausada, escuchar música, cuidar plantas, visitar alamedas junto al río que nos limpien la mirada y enseñen lo que los libros y la prisa nos velaron. Aprendamos de Rilke: “Y cuando sepa mucho, iré a mirar // los animales, simplemente, para que un poco de la gracia de su marcha // entre en mis coyunturas; y tendré breve vida en sus ojos, al tomarme // y soltarme despacio, sin juzgarme” (Rilke, Cincuenta poesías, Ed Ágora, Madrid, 1957, en “Réquiem para una amiga”, p. 57)

                5. Aprovechar la sonora posibilidad de murmurar una palabra nueva. Huarte de San Juan escribió que “en ninguna edad está el cuerpo más flaco que en la vejez, ni el ánima más libre y suelta para obrar conforme a razón”. Mi historia de libertad no ha terminado. Incluso el pobre ladrón pronunció una última palabra que le trasplantó al paraíso. Se nos pasa a la firma la “última forma” que configurará definitivamente nuestro trayecto vital. Quizás el pasado no permita restablecernos del todo ante la historia, pero sí ante la conciencia, ante la familia y ante Dios. La vida biográfica pide ser definitivamente moldeada, no sólo por lo que quisimos o logramos ser, sino por lo que ahora creemos que deberíamos haber sido. Inclinemos la balanza a favor de los impulsos generosos, amplios y sanos. Basta una tonalidad última, quizás hecha de paciencia, de valentía, de tolerancia, de generosidad, de reconciliación, de humor, y el último rayo de la tarde la vestirá de belleza. Una torta de manzana, un abrazo del abuelo son, a veces, recuerdos calientes para siempre. ¡Dejemos atrás los agravios! Pasó el tiempo de competir. Despidámonos, mejorando la vida.  El ave fénix renueva su juventud cuando ya es chamuscada ceniza. Nuestra biografía no está cerrada. Canta D.H. Lawrence: “Cuando el fruto maduro cae, // su dulzura destila y permea las venas de la tierra. // Cuando muere la gente con plenitud, // el aceite esencial de su experiencia entra // a las venas del viviente espacio, y agrega un destello // al átomo, al cuerpo inmortal del caos” ( D. H. Lawrence, Poemas, en “Cuando el fruto maduro cae”, Ed. Argonauta, Barcelona, 1980).

                6. Quizás esa nueva palabra tenga que ver con estrenar alguna manera de amar a los demás. Nos cumplimos, amando, no cumpliendo años. Pocos años, pueden ser muchos, si los invertimos en amar y en ablandar durezas pasadas. Crecer de verdad, es avanzar en el amor. Así se alcanza la edad adulta: “la plenitud de Cristo. Así ya no seremos niños zarandeados y a la deriva… sino auténticos en el amor (Ef 4, 13-15). Al declinar la tarde, al final de la jornada, nos han de examinar: no si es mucha la cosecha, más si salimos a sembrar. Que podamos responder que no todas florecieron, pero sí que las sembramos con amor. El albor del “encanecer” abrirá alboradas nunca imaginadas, claridades convertidas en estrenada ternura, incluso, para aquellos que pensamos que no nos pertenecían…

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                7. Abrirse a la transcendencia. La edad adulta con su disminución de fuerzas, la futilidad de lo que en otro tiempo entusiasmó, los logros y fracasos, interroga siempre sobre un algo, como decía Paracelso, “por encima de la naturaleza”. En los atardeceres se abren paso preguntas entre los ídolos caídos de antaño. ¿Mira que si es verdad lo de Jorge Manrique?: “este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar“.Es un Alguien con mayúscula que me invita a un abandono confiado, a pasar de la nostalgia a la alabanza, de la soledad que endurece al diálogo que abre. Sin esperanza esta edad puede ser muy dura, pero si se aguza el oído podremos oír una llamada discreta del que nos regaló la existencia: “Hasta la vejez yo seré el mismo; hasta las canas yo os sostendré y os liberaré” (Is 46, 4), dice Dios. “No, mi corazón no duerme.// Está despierto, despierto. // Ni duerme, ni sueña; mira, // los claros ojos abiertos, // Señas lejanas y escucha // a orillas del gran silencio”, cantaba Antonio Machado. Hechos para el encuentro, delante nos espera el mejor y más grande de los abrazos.

                Ah! y a los más jóvenes que nos acompañáis no olvidéis que la calidad del otoño se prepara en primavera: “Acuérdate de tu Hacedor durante tu juventud, antes de que lleguen los días aciagos” (Eclº 12, 1). Muchas gracias por su atención.  

P. José María Fernández-Martos S.J.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Los olvidados ‘novísimos’

Homilía 14 de noviembre 2010
Domingo XXXIII Tiempo Litúrgico Ordinario (ciclo C)


Entre las verdades de nuestra fe que Dios nos da la gracia de creer – la fe como sabemos, es también adhesión a las verdades que Dios ha revelado y que la Iglesia nos transmite – hay algunas a las que prestamos menos atención, o que nos asustan un poco y nos hacen sentir incómodos, y de las que a los sacerdotes tampoco nos gusta mucho hablar. Esto quizás se debe a la forma en la que se predicaba acerca de estas verdades en el pasado. Estas verdades tienen que ver con lo que en los catecismos se llaman los ‘novísimos’, es decir ‘las últimas cosas’, lo que acontece después de nuestra muerte. Los ‘novísimos’ son cuatro: muerte, juicio, infierno y cielo, a los que se añade a veces un quinto, el purgatorio. En la teología cristiana todo esto recibe el nombre de ‘escatología’.
Pero aunque sean verdades que tenemos un poco arrinconadas y de las que no nos gusta hablar, todos tenemos conciencia de lo importante que son. Muchas veces la vida misma nos las pone delante de un modo inexorable, como cuando experimentamos la enfermedad o la muerte de un ser querido. O cuando nos damos cuenta del paso del tiempo, como el día de nuestro cumpleaños, como me pasa a mí hoy. Otras veces es la Iglesia, con su amor y sabiduría maternal, la que nos las pone delante, como en estas fechas, al final del año litúrgico, cuando quiere que escuchemos el discurso escatológico de Jesús. Discurso difícil de interpretar por su lenguaje apocalíptico tan alejado del nuestro y por los distintos acontecimientos que Jesús anuncia y que se entremezclan. En el texto evangélico de hoy por ejemplo, de San Lucas, Jesús habla del final de los tiempos, del día de su segunda venida, de la Parusía, pero también de falsos mesías que aparecerán, de persecución de los discípulos y también de la destrucción del templo de Jerusalén y de la ciudad que tuvo lugar en el año 70, poco tiempo después de que Jesús hablara de ello.
No es este el lugar para tratar detenidamente la escatología cristiana ni de hacer un resumen de sus contenidos: muerte, juicio particular, purgatorio, cielo, infierno, juicio universal, parusía, etc. Todas estas verdades las tenemos expuestas en cualquier catecismo, como el Catecismo de la Iglesia Católica, que es el más autorizado y que debe ser para todos nosotros un libro de referencia, acompañado quizás por el Compendio, que es de más fácil lectura y asimilación. Pero sí es este lugar y tiempo para reflexionar a la luz de la Palabra de Dios sobre nuestra forma de situarnos ante nuestro fin, ante nuestra muerte, y ante el cielo, cuyas puertas nos ha abierto Cristo. La vida misma nos va preparando para ello. La enfermedad y la vejez son preparación para el cielo. En la enfermedad, si la vivimos con fe y esperanza, aprendemos a unirnos a la cruz de Cristo para la salvación de la humanidad. La vejez para el creyente es un camino de descendimiento en el que aprende la santa humildad, aprende a hacerse cada vez más niño que, como dice Jesús, es condición necesaria para entrar en reino de lo cielos. La muerte de seres queridos también nos cuestiona y las palabras de la Escritura de que todos deberemos presentarnos ante el tribunal de Cristo nos interpelan.
Pero los cristianos vivimos todo esto con esperanza, esperanza que tiene su fundamento en la resurrección de Cristo, que es el centro de nuestra fe y del mensaje de la Iglesia. Cristo nos ha abierto el cielo y no debemos dejar que se cierre, que perdamos la esperanza, lo que tristemente pasa con frecuencia. Cuando vivimos con esperanza todo cambia, todo tiene una luz distinta, como nuestra enfermedad y muerte y la de los seres queridos. Con esperanza percibimos a los hermanos difuntos como presentes y experimentamos la fuerza de su intercesión por nosotros.  Con esperanza, sentimos como María está presente en el de momento de la muerte, como gran intercesora para vencer nuestra testarudez y contumacia. Con esperanza vemos como el cielo y el infierno son la plenitud de lo que ya vivimos. ¡Cuántos infiernos hemos experimentado a lo largo de nuestra vida! Infiernos de soledad, de pecado, de líos de los que no sabíamos cómo salir... ¡Con qué facilidad podemos imaginarnos el infierno como extrema soledad, como ausencia de Dios, como imposibilidad de comunión con los demás, como odio...! Del mismo modo, ¡cuántas experiencias de cielo nos ha regalado el Señor a lo largo de nuestra vida! Al sentirnos perdonados y perdonar, al vivir la amistad profunda y verdadera, la comunión sincera y el amor más fuerte que la muerte, al participar en la liturgia espléndida de la Iglesia... No es difícil imaginamos el cielo como la plenitud desbordante de todo esto.
No nos dejemos cerrar el cielo por nuestros pecados o por amoldar nuestra mente a la sociedad en la que vivimos con su secularismo y materialismo. No perdamos la esperanza. Es lo que da sentido a nuestro peregrinar por esta tierra muchas veces complicado y nos da fuerza y alegría al saber hacia dónde vamos. ¡Qué distinto es celebrar un funeral con gente creyente y otro con gente que viene por compromiso, con poca o ninguna fe! Es muy distinto lo que siente y lo que percibe el celebrante: en un caso tristeza sin esperanza o con una esperanza débil y sin convencimiento; en otro caso, tristeza sí, pero junto a una alegría y a un consuelo profundo que nace de la fe en Jesús resucitado y vencedor de la muerte.
Lo que más desean los verdaderos cristianos es encontrarse con Cristo, estar con Él, que Él vuelva para establecer definitivamente su Reino, para hacer justicia, para traer ‘el cielo nuevo y la tierra nueva’ donde ya no habrá llanto, ni sufrimiento, ni pobreza. Es lo que expresa ese grito de los primeros cristianos, que conservamos en la Escritura y en la liturgia en su lengua original y que repetimos nosotros en Adviento: Maranathá, ‘Ven, Señor, Jesús’. San Pablo dice a sus amados cristianos de Filipos, que él lo que desea es ‘emprender la marcha para estar con Cristo, que es muchísimo mejor’, aunque acepta lo que el Señor quiera, que él prevé será quedarse para continuar su ministerio apostólico. Nuestra gran Santa Teresa de Jesús, decía que esta vida es ‘una mala noche en una mala posada’ y se quejaba: “muero porque no muero”. No nos dejemos arrebatar el cielo, no perdamos la esperanza, no nos olvidemos de la buena noticia de la resurrección que es la que fundamenta todo el edificio de nuestra fe y de nuestra vida.

lunes, 8 de noviembre de 2010

No nos dejemos 'quitar el cielo'

Homilía 7 de noviembre 2010
Domingo XXXII Tiempo Litúrgico Ordinario (ciclo C)


Hay un dato muy curioso, y yo diría preocupante, que sale repetidamente en las encuestas que se hacen sobre las creencias de los católicos. Parece que muchos de nosotros no creemos, o tenemos muchas dudas, acerca de la resurrección de los muertos, acerca de la vida eterna y el cielo, por no hablar de la resurrección de la carne, que es algo sin embargo que afirmamos como un verdad fundamental en el Credo. ¿Es posible tener una fe auténtica sin creer en la vida eterna? Nuestra fe, ¿es solo para esta vida? ¿Nos ayuda sólo a vivir bien esta vida? ¿No herimos de muerte nuestra fe si le quitamos la perspectiva escatológica, si nos olvidamos del premio prometido por Dios a sus fieles?
Yo creo que sí. Y no sólo yo, sino lo dice claramente el apóstol Pablo en su primera Carta a los Corintios, en el capítulo 15 donde trata el tema de la resurrección dirigiéndose a unos cristianos que también tenían mucha dificultad para creer esta verdad: “Pero si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no existe la resurrección de los muertos? Si no existe la resurrección de los muertos tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, es falsa, por tanto, nuestra predicación, y es falsa vuestra fe... Si sólo estamos esperando en Cristo para esta vida, somos los más dignos de lástima de todos los hombres” (1Cor 15, 12-19).
Es verdad que nuestra fe nos ayuda a vivir bien esta vida, a ser más auténticos y compasivos, pero si no creemos en la resurrección y en la vida eterna pierde su fundamento último y se vuelve una fe débil que cuando llega la primera dificultad o persecución se derrumba, como una casa construida sobre arena. La fe muchas veces nos pide renunciar a algo, sacrificarnos por el otro, soportar las injurias, responder al mal con el bien, servir a los demás... En algunas ocasiones ser fiel al Señor exige tomar claramente partido y esto nos puede costar mucho en términos materiales, laborales, de amistades, familiares, etc. No hace falta dar ejemplos, porque todos entendemos bien de qué se trata y seguro que recordamos momentos en que  nos ha pasado esto, y muchas veces, quizás por miedo, nos hemos amoldado a lo que nos pedía el mundo y no Dios.
En la primera lectura de este domingo, sacada del segundo libros de los Macabeos encontramos un ejemplo muy claro de todo esto. Los siete hermanos y la madre, obligados a elegir entre ser infieles a Dios desobedeciendo su Ley o morir, prefirieron la muerte, profesando su fe en la resurrección y en el premio de los justos. Esto ha pasado muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia. Sin ir más lejos, ayer celebrábamos la memoria de los mártires de España del siglo XX. Los mártires son los testigos más eminentes de la fe en la resurrección del Señor, al padecer una muerte parecida a la del Maestro con la esperanza de resucitar con Él. Nosotros probablemente no seremos llamados al martirio violento pero sí a dar un testimonio valiente de Jesús y a entregar nuestra vida día a día, uniéndonos a la cruz del Señor; esto lo hacemos por amor a Dios y a los hermanos, pero con la firme esperanza de la vida eterna.
Es importante notar como la fe en la resurrección de los muertos se va abriendo paso poco a poco en la revelación bíblica, a partir de la fe en la omnipotencia de Dios creador y en la justicia divina. Aparece con claridad sólo en los textos más recientes, como el libro de los Macabeos. Los saduceos no admitían estos libros como inspirados por Dios y no creían en la resurrección, de ahí su pregunta a Jesús en el evangelio de hoy. Partiendo de una prescripción antigua sobre la obligación de dar descendencia al hermano, intentan mostrar lo absurdo que es creer en ella. Jesús responde haciendo notar que no podemos aplicar los esquemas de la vida presente a la vida futura y que en Sagrada Escritura, precisamente en la parte que sí aceptan los saduceos como inspirada, Dios habla de sí mismo como el Dios de los patriarcas y, al nombrarlos por su nombre, se está afirmando implícitamente que están vivos, según la forma de interpretar el texto que tenían los mismos saduceos. Pero lo más importante de la respuesta del Señor es su afirmación clara de la realidad de la resurrección y el hacer notar el error de los saduceos, que se basa en no conocer las Escrituras ni el poder de Dios. El poder de Dios es lo que fundamenta nuestra fe en la resurrección. Como sugiere el apóstol Pablo ‘el Dios que ha creado de la nada también es capaz de dar vida a los muertos’.
Un leader carismático católico muy conocido hacía notar hace dos años que la mentalidad que nos rodea, marcada por el secularismo, el materialismo, el hedonismo, nos ha ‘quitado el cielo’. “Nos han quitado el cielo”, gritaba en la Plaza de Colón de Madrid en una celebración Por la Familia cristiana. Y es verdad. Nuestra fe en la resurrección y en la vida eterna se ha debilitado y eso lleva a que se debilite todo el edificio de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano. Es nuestro deber renovar nuestra fe, ya que nosotros sí conocemos la potencia de Dios. En la Eucaristía que celebramos, porque Dios es Dios, es capaz de darnos a comer su cuerpo en el estado glorioso de resucitado, y esto es prenda y anticipo de nuestra resurrección.