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martes, 11 de marzo de 2014

Una cuaresma necesaria

Reflexiones en torno al I Domingo de Cuaresma (ciclo A)
Domingo 9 de marzo 2014


            Lo que muchos experimentamos al comenzar la cuaresma es la necesidad que tenemos de este
Fuente de la imagen: frasiaforismi.com 
tiempo de reflexión.  Con frecuencia tenemos la sensación de estar corriendo detrás de una liebre que no hemos visto, que nunca alcanzamos, y que tampoco sabemos si realmente vale la pena alcanzar. En esta carrera alocada no solemos pararnos a pensar quiénes somos, hacia dónde vamos, qué tipo de persona estamos siendo, cuáles son las cosas que nos mueven, cuánto tiempo y energía dedicamos a lo que es verdaderamente importante aunque quizás no tan urgente. La vida se nos puede estar escapando sin darnos cuenta. Necesitamos este tiempo para entrar dentro de nosotros mismos, para pararnos y reflexionar, para hacer silencio de los ruidos que no nos dejan oír el clamor de los demás ni la voz de Dios, para ir al desierto, para esforzarnos, para darnos cuenta de lo que está mal y reorientar nuestra vida, para cambiar, para prepararnos a un nuevo inicio... Todo esto es la cuaresma de la que algunos hablan como los Ejercicios Espirituales que hace toda la Iglesia.

            Los textos litúrgicos y la Palabra de Dios de este primer domingo de cuaresma nos dan las claves para entender este tiempo y vivirlo de modo que dé fruto en nuestra vida. La oración colecta con la que empieza la Misa nos indica la finalidad de este tiempo: “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”. Esto es lo que perseguimos con las prácticas cuaresmales: conocer mejor el misterio de nuestra salvación y conformar nuestra vida a él. En el prefacio con el que comienza la plegaria eucarística se afirma que fue Cristo quien ‘inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimentos', y que, 'al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado’. La cuaresma es tiempo para ‘sofocar la fuerza del pecado’, para ahogarla, a través de la penitencia, del ayuno de los vicios. Unidos a Cristo lo podemos hacer. Quizás al principio experimentaremos como nuestra carne se resiste, quiere lo suyo, aquello a lo que está acostumbrada, quiere mantenerse en la superficie, pero poco a poco va cediendo y nos vamos haciendo más libres para amar a Dios y a los hermanos.

            Las lecturas de este día nos hablan de la misteriosa y terrible realidad del pecado que actúa en
Hércules ahogando una serpiente
Museos Capitolinos - Roma (Italia)
nuestro mundo y dentro de nosotros y nos esclaviza. La primera lectura narra ese acto de desobediencia de nuestros primeros padres que san Pablo en la segunda lectura dice fue la causa de que entrara el pecado en el mundo y con él la muerte. Pero de este reinado del mal nos ha liberado Jesús con su obediencia, y gracias a él somos justificados, perdonados y puestos en una nueva relación con Dios. A los cristianos nos toca vivir esta vida nueva que se nos ofrece a través de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana.


   Pero para vivirla tenemos que ir sofocando la fuerza del pecado que sigue actuando en nosotros y que se manifiesta de muy diversos modos impidiéndonos vivir el amor cristiano, llevándonos a cerrarnos en nosotros mismos. Sofocamos la fuerza del pecado cuando unidos a Cristo decimos un “no” claro a las tentaciones. Estas tentaciones pueden ser muy variadas. Pueden ser muy burdas, relacionadas con el poder, la comodidad, la mundanidad, el prestigio social, etc., o más sutiles y difíciles de discernir teniendo apariencia de bien. En todo caso tenemos que esforzarnos en rechazarlas como hizo Jesús en el desierto. Si lo hacemos experimentaremos como va surgiendo en nosotros ese hombre nuevo hecho a imagen del verdadero Adán que es Jesús.

martes, 15 de enero de 2013

El privilegio de haber recibido el bautismo


Homilía Domingo 13 de enero 2013
Fiesta del Bautismo del Señor (ciclo C)

Fuente de la imagen:
Saint Hedwig Catholic Church.org 
            Hay cosas importantes en la vida que corremos el riesgo de no valorar adecuadamente porque no nos paramos a pensar en ellas y en el privilegio que supone tenerlas. Una de estas ‘cosas’ es el sacramento del bautismo. La mayoría de nosotros lo hemos recibido cuando éramos niños; fue un regalo que nos hicieron nuestros padres, pensando que era lo mejor para nosotros y que formaba parte de la transmisión de la fe y de la vida cristiana que sentían como un deber. Sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar en el privilegio que supone haberlo recibido, el cambio que implica en nuestras vidas, la diferencia radical que ha llevado a cabo en nosotros. Hoy, fiesta del bautismo del Señor, es una buena ocasión para ello.

Fuente de la imagen:
 iconreader.wordpress.com
            El acontecimiento histórico del bautismo de Jesús de manos de Juan en el río Jordán es ante todo un ‘misterio’ de la vida del Señor, un suceso de su vida cargado de significado. De hecho, la predicación apostólica en sus comienzos iniciaba la narración de la buena noticia de Jesús partiendo de su bautismo, como podemos constatar en las palabras de san Pedro en casa de Cornelio de la segunda lectura: “Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. El bautismo del Señor es un momento de epifanía, de manifestación. Según el evangelio de san Lucas que acabamos de escuchar, esta epifanía tiene lugar en un contexto de oración. Se nos dice que se abre el cielo mientras oraba. Es la oración –también en nuestra vida- la que permite descubrir la hondura de lo que sucede, la que nos abre el cielo para que veamos el significado trascendente de los acontecimientos. Así se ve bajar el Espíritu en forma de paloma, lo que indica que Jesús es el Ungido, el Mesías, y se oye una voz del cielo que lo proclama Hijo amado, predilecto. En su bautismo el Señor se revela como el ungido por el Espíritu, el Mesías prometido, y el Hijo. Quizás también en las palabras de la voz celeste hay un eco del texto de Isaías de la primera lectura que habla del siervo de Yahvé que viene a implantar el derecho sobre la tierra a través de la mansedumbre y el sufrimiento: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”. Jesús es el Mesías y el Hijo, pero lo es como Siervo que viene a servir, a entregar su vida en rescate por muchos. Por eso se pone en la fila solidarizándose con los pecadores y se deja sumergir en las aguas, anticipando así su muerte en la cruz.

Pero como decíamos antes, la fiesta del bautismo del Señor es una buena ocasión para tomar renovada conciencia de nuestro propio bautismo, de lo que significa haber recibido este sacramento. Manteniendo las diferencias, lo que aconteció en el bautismo de Jesús, tuvo lugar también en el nuestro. Por eso no celebramos hoy un suceso solo del pasado, sino un ‘misterio’  del Señor que sigue siendo eficaz para nosotros hoy. En nuestro bautismo fuimos sepultados con Cristo por medio de las aguas bautismales, dejando atrás el hombre viejo hecho a imagen de Adán, y hemos resucitado a la vida sobrenatural, a la vida de la gracia, a la vida del Espíritu. El bautismo nos ha abierto las puertas del cielo y ha hecho que se pronunciaran sobre nosotros las mismas palabras que escuchó Jesús: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. Esto es lo que dijo Dios Padre de cada uno de nosotros cuando recibimos este sacramento. Nos miró como miró a su Hijo cuando se entregaba por nosotros en la cruz.

Fuente de la imagen: missioni-africane.org
            Esto es lo que significa nuestro bautismo y no debemos olvidarlo. Es un signo eficaz que marca un antes y un después en nuestra vida; constituye un segundo nacimiento como dice la Escritura, un renacer, un ser hecho nueva criatura. Este cambio que causa el bautismo en nuestro ser se debe manifestar en nuestra vida. El cristiano debe vivir como hijo de Dios, como ungido por el Espíritu. Debe ‘pasar haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el mal, porque Dos está con él’. El cristiano también es el siervo de Dios que viene a servir y dar su vida por los demás.

            En la Iglesia de los primeros siglos, y hoy también en Iglesias de países de misión y de antigua cristiandad que han sufrido un proceso de secularización, los que recibían y reciben el bautismo son en buena parte personas adultas. En estos casos, antes de recibir el sacramento deben someterse a un proceso de iniciación cristiana que se llama catecumenado, que puede durar varios años, de modo que la persona pueda darse cuenta de lo que significa el sacramento que va a recibir y dé signos claros de un cambio de vida, de que está pasando de vivir según el mundo a vivir como hijo de Dios. Los que hemos recibido el sacramento siendo niños, en cambio, tenemos que descubrir lo que significa este sacramento después de haberlo recibido, cuando somos adultos. Ya hemos recibido la gracia sacramental, pero ahora toca que nuestra vida se ajuste al don recibido. Es lo que le pedimos hoy al Señor.

domingo, 10 de abril de 2011

Caminar en una vida nueva

Homilía 10 de abril 2011
V Domingo de Cuaresma (ciclo A)

Mosaico siglo V
Basílica S. Apolinar Nuovo - Rávena
Decían los Padres de la Iglesia, los grandes teólogos y pastores de los primeros siglos del cristianismo, como el Papa San León Magno, que las acciones de Cristo que leemos en el evangelio no son algo del pasado, sino que se repiten, se vuelven a hacer presentes para nosotros a través de los sacramentos de la Iglesia. Esto es así porque Jesucristo no es sólo un hombre verdadero, en todo igual a nosotros excepto en el pecado, que se conmueve y llora ante la muerte de un amigo, sino es también verdadero Dios, de modo que todo lo que hace tiene valor eterno, es siempre actual. Esto es muy claro en el pasaje del evangelio de hoy de la resurrección de Lázaro. Este acontecimiento, signo de la resurrección de Cristo, se repite para nosotros cuando el Señor se compadece y nos saca de nuestros sepulcros, nos desata las vendas que nos mantienen en la muerte y no nos dejan andar en una vida nueva. Esto tiene lugar de un modo muy concreto y real en los sacramentos de la Iglesia, sobre todo en el bautismo y la reconciliación.
El signo de la resurrección de Lázaro tiene dos significados, como indica el mismo Jesús a Marta cuando dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Jn 9, 25-26). Por un lado, esta resurrección — aunque distinta, porque es un volver a la misma vida de antes — es anticipo de la resurrección de Jesús, que es el fundamento de nuestra esperanza en la resurrección futura. Resurrección que creemos y esperamos. Pero por el otro, la resurrección de Lázaro es signo del pasar de la muerte a la vida ya en esta vida, de salir de nuestra muerte espiritual, de abandonar el pecado y vivir en gracia de Dios.
Giotto
Capilla de los Scrovegni -Padua
Cuando estamos en esta situación de muerte espiritual, de lejanía de Dios, de estar metidos en nuestros sepulcros, de rechazar la voluntad de Dios, Jesús se compadece de nosotros, se estremece, solloza, llora como lloró por el amigo que amaba, y viene a la puerta de nuestra tumba y grita: “sal afuera”. El profeta Ezequiel en la primera lectura pone las siguientes palabras en boca de Dios: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel” (Ez 37, 12). Normalmente, cuando estamos en esta situación de muerte espiritual nos damos cuenta, aunque quizás no queramos reconocerlo; a veces, nos podemos hasta volver insolentes, contumaces, rebelarnos, no querer venir al Señor para que nos cure, casi preferimos permanecer en nuestro sepulcro. Otras veces no nos damos cuenta tan claramente, aunque si escuchásemos nuestra conciencia, esa voz interior de nuestro 'yo' auténtico, oiríamos que ‘algo no está bien’. Cuando estamos en esta situación de muerte y de oscuridad, de pecado, el Señor, gratuitamente, nos ofrece el perdón, nos resucita, para que caminemos en una vida nueva. Esto lo hace de un modo concreto y objetivo a través de los sacramentos de la Iglesia. Cuaresma es el tiempo en que los catecúmenos adultos se preparan para recibir el bautismo la noche de Pascua y en el que nosotros queremos reavivar nuestra iniciación cristiana y renovar las promesas bautismales. Cuaresma también es un tiempo muy indicado para celebrar el sacramento de la penitencia y reconciliarnos con Dios.

Piscina de hombres - Lourdes (1954)

Hace unos días, leyendo un comentario a los textos de la misa de hoy en la publicación Magnificat, me encontré con la siguiente cita de Newman: “Cristo dio la vida al muerto a costa de su propia muerte”. El Señor nos saca de nuestros sepulcros, nos libra de la muerte, entrando Él mismo en la muerte, muriendo por nosotros, en nuestro lugar. Es lo que celebraremos dentro de muy poco en el Triduo Pascual. Hace también unos días, cenando con un matrimonio de la parroquia, me narraron una experiencia que me hizo entender con más profundidad las palabras del cardenal inglés. Me contó la mujer que había estado enferma de cáncer de piel y que fue con su marido y su madre al santuario de Lourdes. Allí con su madre se bañó en las piscinas y la madre al salir la abrazó muy fuerte, con lágrimas en los ojos, como nunca lo había hecho antes. Regresaron a Madrid y poco después ella se curó de su cáncer y, en cambio, a la madre le apareció un tumor en el hígado del que falleció poco tiempo después. Me preguntaba esta mujer si creía posible que su madre hubiese pedido a la Virgen en Lourdes que le quitara a su hija el cáncer y se lo diera a ella en su lugar. El modo como la madre la abrazó al salir de las piscinas le sugería eso. Yo le dije que lo que pidió su madre no podíamos saberlo, pero era probable que pidiera algo así visto el amor tan especial que tienen las madres por sus hijos; tampoco sabía yo si la Virgen haría caso de una tal petición, pero lo que sí sabía con certeza es que eso mismo es lo que hizo Jesús por nosotros. Se cargó con nuestros pecados, sufrió la muerte en nuestro lugar para liberarnos a nosotros de ella, para sacarnos de nuestros sepulcros, para liberarnos del cáncer del pecado haciéndose Él pecado por nosotros, como dice el apóstol Pablo.
Y la forma en que todo esto se vuelve real para nosotros, actual, presente, es a través de los sacramentos de la Iglesia, que manan del costado abierto de Cristo en la cruz. A través de ellos salimos de nuestras muertes y podemos caminar en una vida nueva ya ahora, en la espera de la resurrección final.

lunes, 4 de abril de 2011

Caminar como hijos de la luz

Homilía 3 de abril 2011
IV Domingo de Cuaresma (ciclo A)

Curación del ciego de nacimiento - El Greco (1567)
Hay muchas imágenes, metáforas, comparaciones que podemos utilizar para describir lo que significa encontrarse con Cristo, llegar a la fe, conocer el amor de Dios, recibir la iniciación cristiana. Algunas de éstas las encontramos en la Sagrada Escritura y en la Liturgia de la Iglesia; entre ellas están las que la Iglesia nos propone en estos domingos de cuaresma del ciclo A. Están tomadas del evangelio de san Juan y desde la antigüedad se han utilizado para instruir a los catecúmenos — aquellos que se preparan para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana — sobre lo que acontece cuando uno se hace cristiano. Son el relato del encuentro entre Jesús y la samaritana de la semana pasada, la narración de la resurrección de Lázaro que se nos proclamará el próximo domingo, y el episodio de la curación del ciego de nacimiento de hoy. Cuando nos encontramos con Cristo, cuando Él entra en nuestra vida, todo cambia, nace algo nuevo, es como un renacer, es encontrar el agua viva que puede calmar nuestra sed, es salir de nuestras tinieblas y llegar a ver, es resucitar a una vida nueva.
¡Qué reveladora es la comparación de hoy entre fe y visión! Si hemos tenido esta experiencia de pasar — por puro regalo de Dios, por una elección gratuita suya — de no creyentes a creyentes, entendemos lo bien que esta comparación describe esta vivencia. Cuando tenemos fe vemos las cosas de una manera totalmente distinta, vemos los acontecimientos de nuestra vida, sobre todo los dolorosos e incomprensibles desde la perspectiva humana, bajo una nueva luz. En el evangelio de hoy, los discípulos le preguntan al Maestro de quién es la culpa de que el ciego haya nacido así, suya o de sus padres. Esta forma de pensar, de ver la enfermedad como castigo, de no encontrar sentido en lo que nos pasa y buscar un culpable, es la de una persona con una fe inmadura, una persona que todavía no ha descubierto al Dios Padre de Jesucristo ni ha conocido el amor de Dios. ¡Qué distinto es el modo en que las personas verdaderamente creyentes viven la enfermedad, la muerte, el dolor, el fracaso! Dice san Agustín que tenemos que poner en nuestros ojos el colirio de la fe para llegar a ver de verdad; llegar a ver nuestra vida, nuestra historia y nuestro mundo de un modo nuevo.
Iglesia de S. Mónica - Ostia Antica
it.wikipedia.org 
Pero la fe es un don. Forma parte de ese misterio de la elección divina del que nos habla la primera lectura. Dios, contra todo pronóstico humano y para sorpresa del profeta Samuel, elige entre los hijos de Jesé a David como rey. ¿Por qué nosotros tenemos fe y otros, quizás mucho mejores que nosotros, no? Por puro don inexplicable de Dios, es la respuesta. Por pura gracia. Pero sabemos también, como afirma el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que la fe “es accesible a quien la pide humildemente” (n.  28). Y nosotros, por nuestra parte, debemos pedir este don para los demás, sobre todo para nuestros seres cercanos que más queremos, como hizo santa Mónica con su hijo san Agustín, cuya conversión fue debida, como él mismo dice, a las oración con lágrimas de su madre. Mucho puede la oración insistente del justo, dice el apóstol Santiago (Sant 5, 16). Por otro lado, los que tenemos fe, tenemos que agradecer este don, pedir al Señor que nos la aumente, cuidarla y cultivarla, porque es un regalo delicado que se puede perder.
En el evangelio de hoy también notamos como los distintos grupos reaccionan de forma diferente a la curación del ciego. El ciego sabe lo que ha pasado, lo ha experimentado ‘en su propia piel’, sabe que ha sido curado por una intervención  directa de Dios a través del ‘hombre que se llama Jesús’, y así lo manifiesta ante quien le pide explicación; más tarde, cuando se vuelve a encontrar con Jesús, lo reconoce como ‘el Hijo del Hombre’ de las profecías y se postra ante Él. La gente que lo había visto pidiendo limosna, en cambio, no sabe qué pensar y 'pasa' un poco del tema; se limita a opinar, es el público, los exponentes del ‘se dice’, ‘se piensa’, ‘quizás’, ‘puede ser’, como si no fuera la cosa con ellos. Los padres quieren evitar problemas, tienen miedo a las autoridades judías y afirman sólo lo mínimo indispensable para no mentir pero a la vez no ‘mojarse’. Los fariseos que creen ver, están cegados por los prejuicios que tienen sobre Dios y su forma de actuar. Según el texto del evangelio, habían ya decidido excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías, y no podían entender que un enviado de Dios no guardara el sábado, haciendo barro en el día de descanso, y tampoco estaban dispuestos a recibir clases de uno que consideraban un pecador por su enfermedad, por muy de sentido común que fuera lo que dijera. ¡Qué fácil es creer ver y en cambio ser ciegos! ¡Cómo tenemos que tener cuidado con nuestros prejuicios! ¡Cómo puede con nosotros muchas veces la presión social y evitamos el compromiso, el tomar partido, el decir claramente la verdad, el salir de nuestras comodidades!
Pila bautismal - Pinilla de Jadraque (Guadalajara)
Esto nos lleva al segundo significado del relato de hoy, ligado también a la iniciación cristiana, al bautismo, pero bajo la perspectiva de la liberación del pecado. Para curar al ciego, Jesús hace barro con tierra y saliva, algo que los Padres de la Iglesia, como san Agustín, interpretan en referencia a la Encarnación, a la unión de la naturaleza divina de Cristo con nuestra humanidad, con nuestro barro. Y el ciego tiene que irse a lavar a la piscina de Siloé, signo del bautismo. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se nos da el perdón de los pecados a través del bautismo.
Todo esto está exquisitamente resumido en el prefacio de la misa de hoy: “Cristo, Señor nuestro... se hizo hombre para conducir el género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en sus hijos adoptivos”.
                Cuaresma es para nosotros un tiempo para redescubrir y reavivar nuestra iniciación cristiana. Para darnos cuenta de lo que significa ser creyentes, agradecerlo a Dios que nos ha elegido sin mérito nuestro, y comprometernos de nuevo a vivir como hijos de Dios, a caminar como hijos de la luz como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura, que también nos exhorta a despertarnos si estamos dormidos y a levantarnos si estamos muertos.

domingo, 27 de marzo de 2011

“Si conocieras el don de Dios”. Jesús y la samaritana

Homilía 27 de marzo 2011
II Domingo de Cuaresma (ciclo A)

Muchas veces la rutina, nuestras obligaciones apremiantes y quizás agobiantes, y nuestra historia personal con sus logros y fracasos, nos hacen pensar y sentir que ya la vida está más o menos encauzada, que todo va a seguir siempre más o menos igual, que no pasará nada nuevo de envergadura, que no habrá grandes sobresaltos. Y así suele ser, aunque haya momentos más o menos intensos de tristeza o alegría. Pero así suele ser, si Jesús no se nos cruza en el camino, si no descubrimos el don de Dios, si no se enciende en nosotros el fuego del amor divino, si no se derrama en nuestros corazones el amor de Dios por medio de Espíritu. Si esto tiene lugar, todo cambia, llegamos ser nuevas criaturas, a nacer de nuevo como dice Jesús a Nicodemo en el evangelio de Juan.
                La samaritana iba esa mañana a ese pozo de Jacob sin esperar nada, a hacer lo de siempre, a sacar agua para llevar a su casa. Pero va a tener un encuentro que cambiará su vida. Algunos comentaristas han hecho notar que iba muy tarde al pozo a sacar agua, a las doce de mediodía, cuando lo normal es ir temprano por la mañana, con la fresca. Quizás no quería que la viera nadie ni encontrarse con nadie del pueblo. Quizás estaba algo avergonzada de su vida con tantos maridos. Y ahí, en ese pozo que se remonta a los tiempos de los patriarcas, está Jesús esperándola. Conversando con ella con cariño y respeto, partiendo de su realidad como hace todo buen evangelizador, quiere predisponerla a recibir el don de Dios que Él trae, a recibir el agua viva, esa agua que quita verdaderamente y para siempre nuestra sed profunda, que es sed de Dios y de su amor; esa agua que se vuelve en nosotros ‘un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna’.
                Poco a poco y como gran maestro Jesús la va llevando a dar el salto de lo material a lo espiritual, del agua que estaba en el pozo y que ella iba a recoger con su cántaro todos los días, al agua del Espíritu que calma nuestra sed de Dios; de la discusión abstracta acerca del Mesías a reconocer que Él, el que está hablando con ella, es el salvador del mundo, mucho más grande que el padre Jacob que construyó ese pozo; de la discusión acerca del monte en el que hay que dar culto a Dios, a adorar al Padre en Espíritu y verdad. La mujer, transformada por este encuentro, al final se olvida de su cántaro y ella misma corre a dar testimonio de Jesús ante aquellos de los que antes se escondía.
                Todo este relato leído en este tiempo de cuaresma gira en torno al tema del don de Dios y nos quiere disponer para recibirlo, exhortarnos a que lo pidamos con fe, y llevarnos a dar gracias por haberlo recibido. “Si conocieras el don de Dios”, dice Jesús a la samaritana. Para hablar de este don de Dios usamos diversos términos que se iluminan recíprocamente y nos indican algo de los efectos del don espiritual que nos da el Señor. Decimos, por ejemplo, que el don de Dios es el Espíritu, fruto de la Pascua, que nos da Cristo crucificado y exaltado. Es a través de este Espíritu, como dice san Pablo en la segunda lectura, que el ‘amor de Dios es derramado en nuestros corazones’. Pero también hablamos de este don como ‘agua viva’, agua que calma nuestra sed profunda y espiritual, agua que hace que no tengamos que buscar otra, agua que se vuelve dentro de nosotros ‘manantial que brota hasta la vida eterna’. El don de Dios nos permite llevar a cabo un culto nuevo, ya no ligado a un lugar, sino un culto en Espíritu y verdad, un culto ligado a la autenticidad de la vida de la persona, que es el verdadero templo de Dios. Don de Dios que también va de la mano de reconocer a Jesús como más grande que los patriarcas, como el Profeta prometido, el nuevo Moisés que hace salir de la roca — de su costado traspasado — agua viva, como el Mesías esperado, como el Salvador del mundo. Don de Dios que es el fuego del amor divino, como se dice en el Prefacio de la misa de hoy.
Cuando hemos experimentado este fuego del amor divino todo cambia en nuestra vida; lo cotidiano, lo rutinario, se vuelve extraordinario. ‘El amor de Dios derramado en nuestros corazones’ es esa perla preciosa, ese tesoro escondido, esa parte mejor por la que vale la pena dejar todo lo demás. Hemos descubierto lo que de verdad calma nuestra sed profunda, lo que andábamos buscando sin saberlo.
Cuaresma es tiempo para disponernos a recibir este don de Dios, que se nos otorga en el bautismo. A reavivarlo si ya lo hemos recibido. A agradecerlo si no lo hemos hecho suficientemente. En el ciclo A en el que estamos, los evangelios de éste y de los próximos domingos nos quieren mostrar lo que recibimos en los sacramentos de la iniciación cristina, es decir, esa vida nueva que brota del amor de Dios. Y lo hacen a través de imágenes y comparaciones bellísimas: el agua, la luz, la resurrección. Hoy se nos dice que en el baustimo recibimos esa agua viva, ese manantial que brota hasta la vida eterna, el Espíritu, el fuego del amor divino. Toda cuaresma es para los bautizados, que ya han recibido los sacramentos de la iniciación cristiana, una ocasión para volver a descubrir y avivar los grandes dones del Señor que a veces tenemos olvidados y corriendo el peligro de que no den fruto.
Madre Teresa de Calcuta hizo poner las palabras Tengo sed, pronunciadas por Jesús en la cruz (Jn 19, 28), en todas las capillas de las Misioneras de la Caridad. Esas palabras son parecidas a las que Jesús dirige a la samaritana: “dame de beber”. Para Madre Teresa tienen una gran riqueza de significado e indican el carisma de la orden religiosa por ella fundada. Esas palabras nos revelan la sed que tiene Jesús de cada uno de nosotros, de nuestro amor, y a la vez, su deseo de darnos su amor. Pero también indican la sed de los pobres, en los que está presente el Señor, que nos piden a nosotros que les demos el agua del amor de Dios que calme su sed.
¡Qué con la intercesión de la Beata Teresa de Calcuta descubramos la inmensidad del don de Dios que nos ha sido dado en los sacramentos, que lo vivamos en plenitud y que lo transmitamos a los demás!

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)