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martes, 2 de abril de 2013

La pasión del Señor fue por mí y para mí



Homilía Domingo 24 de marzo de 2013
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (ciclo C)

Siempre que oímos la pasión del Señor nos conmovemos; este relato hace que resuenen cuerdas
La crucifixión blanca - Marc Chagall (1938)
          Art Institute de Chicago (USA)
          Obra favorita del papa Francisco (granda.com)
        
muy profundas de nuestro ser que tienen con ver con los sentimientos fundamentales de nuestra existencia, los que nos hacen parecidos a Dios. Yo me acuerdo de la primera vez que lo escuché de una maestra mía de Primaria sin saber que estaba hablando de Jesús; me puse a llorar a lágrima tendida. Entre estos sentimientos tan primordiales se encuentra el de la compasión, ‘com-patir’, ‘sufrir-con’. Es lo que sintió el buen samaritano de la parábola ante el que había sido dejado medio muerto por los ladrones. La palabra compasión tiene la misma raíz que pasión; viene del término latino passio que, a su vez, deriva del verbo pati, patior que significa padecer, sufrir, tolerar. De esta raíz también viene el concepto de paciencia que tiene mucho que ver con nuestra vida cotidiana, con nuestra vida en la familia y en el trabajo, donde muchas veces estamos llamados a unirnos a la cruz del Señor por amor y perseverar en ella. Hoy, en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor, la Iglesia nos sitúa ante Cristo paciente como 'modelo de sumisión a la voluntad del Padre'.

Podemos escuchar el relato de la pasión de distinta maneras, como diversas eran las reacciones de las personas que presenciaron los acontecimientos esos días en que se llevaba a cabo la obra de nuestra salvación. Así nos encontramos en los relatos evangélicos con las diferentes actitudes de san Pedro, Judas, el Sanedrín, el pueblo, José de Arimatea, Poncio Pilato, Herodes, el buen ladrón, Simón de Cirene... Todas estas personas tocan con mano ‘algo’ que acontece delante de ellos pero reaccionan de modo distinto. Para algunos lo que le pasa a Jesús es externo a sus personas, no tiene mucho que ver con su vida y con sus preocupaciones y aspiraciones; para otros, es motivo de tristeza o de escándalo; para otros es oportunidad para sacar provecho, para rehacer amistades perdidas, o establecer su autoridad. Algunos piensan que ese Jesús ofende a Dios y lo más sagrado de su religión por lo que es preciso castigarlo o incluso eliminarlo. Nosotros, que hoy escuchamos este relato sabiendo el final de la historia, conociendo el hecho de la resurrección y del nacimiento de la Iglesia, somos conscientes de que tiene mucho que ver con nuestra vida, con lo más profundo de nuestro ser, que marca un antes y un después, que conlleva un cambio profundo en nuestra existencia en la medida en que lo acogemos con fe y lo celebramos en los sacramentos.

Una pregunta que nos puede ayudar a entender el significado de la pasión para nosotros hoy es la siguiente: ¿quiénes fueron los responsables de la pasión del Señor? ¿cuál fue su verdadera causa? ¿a quiénes podemos considerar culpables de ella? Después de la shoah, del holocausto del pueblo judío a manos de los nazis en la segunda guerra mundial, tenemos mucho cuidado a la de hora de hablar de la culpa del pueblo judío o de los sus jefes en la pasión del Señor. Sabemos que este tipo de ideas está relacionado con la persecución que ha sufrido este pueblo en los países cristianos a lo largo de los siglos. Sin embargo, teniendo claro que el antisemitismo es incompatible con la fe cristiana, sí es verdad que los evangelios aluden a la responsabilidad del pueblo y del Sanedrín en la condena a muerte de Jesús. Este dato no nos debería llevar a una interpretación sesgada de estos relatos, ni mucho menos a considerar a los judíos responsables colectivamente de la muerte de Jesús, sino a interrogarnos acerca del poder religioso en sí. Jesús es condenado como blasfemo; no se reconoce o no se quiere reconocer en él la presencia y la manifestación de Dios, y esto no solo porque choca con las expectativas judías, sino con las de todo tipo de religión. Pero Jesús también es condenado por el poder político, por Poncio Pilato. También en éste está presente el rechazo de aquel que ha venido para servir y no ser servido. Aunque la pasión y la muerte del Señor ‘estaban escritas’, es decir formaban parte del plan divino de salvación, esto no exime a cada cual de su responsabilidad, que en el fondo solo Dios conoce y puede juzgar.


Sin embargo, para entender realmente el alcance de la pasión del Señor y su significado para nuestra 
Lugar del martirio de san Maximiliano Kolbe
             (Auschwitz)
vida, tenemos que ir más allá de estas consideraciones sobre la responsabilidad de los protagonistas inmediatos y caer en la cuenta que los verdaderos responsables - o culpables - de la pasión y muerte el Señor somos cada uno de nosotros en la medida en que nos hacemos cómplices y perpetuadores del mal, del pecado del mundo. La pasión del Señor fue por y para cada uno de nosotros: fue causada por el pecado del que somos partícipes y fue para librarnos de esta esclavitud. Cuando nos damos cuenta de ello surge en lo más profundo de nuestro ser una verdadera com-pasión y com-punción que nos sana existencial y ontológicamente, y nos hace parecidos al Señor que en vez de condenar se carga con el pecado del mundo y lo vence a fuerza de bien.


¡Qué vivamos así los misterios que celebramos a lo largo de esta Semana Santa, haciendo memoria de acontecimientos que tienen que ver con nuestra vida y nos liberan del poder del mal!



(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 


martes, 19 de febrero de 2013

Vivir la cuaresma en el año de la fe



Homilía Domingo 17 de febrero de 2013
I Domingo de Cuaresma (ciclo C)


Benedicto XVI recibiendo la ceniza
Basílica de San Pedro del Vaticano (13/2/2013)
            El tema que el Señor nos pone delante para nuestra meditación y oración en la celebración de hoy es indudablemente el de la fe. Digo ‘indudablemente’ con cierto temor, ya que en las cosas del Señor hay que tener cautela porque él siempre nos sorprende. Sin embargo, son tantos los acontecimientos y las palabras que tienen como objeto la virtud teologal de la fe y que coinciden en este día que justifican mi afirmación y hacen que no sea demasiado temeraria. Parece que el Señor desea que este domingo y toda esta cuaresma que hoy empieza la dediquemos a renovar nuestra fe, a hacerla más “consciente y vigorosa”. Vamos a ir desmenuzando brevemente estas palabras y acontecimientos de la celebración de hoy que se refieren a la fe.

            Lo primero es que estamos en el Año de la fe que ha convocado el papa Benedicto XVI como un llamamiento a “una auténtica y renovada conversión al Señor, único salvador del mundo”. En este contexto, el mensaje del Santo Padre para esta cuaresma 2013 nos invita a reflexionar sobre la relación entre la fe y la caridad. Ya su título es bastante elocuente: “creer en la caridad suscita caridad”; y más elocuente aún es el texto bíblico de referencia de la primera carta del apóstol Juan: “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1Jn 4,16). El amor de Dios que nos precede se nos ha revelado plenamente en Cristo y por la fe creemos en él, y esto es lo que nos lleva a ejercer la caridad para con el prójimo. La caridad auténtica no es un sentimentalismo vacío, sino una actitud que hunde sus raíces en la fe en el amor de Dios que ha entregado su Hijo por nosotros.

Por otro lado también las lecturas de este primer domingo de Cuaresma se centran en la fe. En la segunda lectura, en un pasaje fundamental de su carta a los Romanos sobre la salvación por la fe, el apóstol Pablo afirma solemnemente: “Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación”. Como escribe Benedicto XVI en la carta apostólica con la que convoca este Año de la fe: “Creer en Jesucristo es... el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación”. Es la fe la que nos pone a bien con Dios, la que nos reconcilia con él y nos hace entrar en el pueblo de la nueva alianza.

Cortesía de: Stained Glass Inc.
En la primera lectura del Libro del Deuteronomio se nos ofrece la confesión de fe del fiel israelita. Moisés ordena que se lleven las primicias de los frutos de la tierra al templo y que se entreguen al sacerdote y que, al hacerlo, se pronuncie una profesión de fe narrando lo que el Señor ha hecho en favor del pueblo de Israel: como lo “sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido” y lo introdujo en la tierra que ‘mana leche y miel’. La fe, junto a ser un acto de confianza en Dios, de entrega plena y libre a él, tiene también sus contenidos, que se refieren a lo que el Señor nos ha revelado de sí mismo, lo que ha realizado en nuestro favor en la historia de la salvación desde la creación del mundo hasta la consumación final. La cuaresma de este año es así ‘tiempo favorable’ para renovar nuestro acto de fe en Dios y para profundizar en sus contenidos.

El relato de las tentaciones de Jesús, que siempre se nos proclama en el primer domingo de cuaresma para que aprendamos de Jesús a “sofocar la fuerza del pecado” como se dice en el prefacio de esta misa, también se puede interpretar en la perspectiva de la fe ya que toda tentación tiene una dimensión relacionada con fe: implica un poner en duda el amor de Dios, de que ha hecho bien las cosas, de que su voluntad es lo mejor para nosotros, de que nuestra historia es historia de salvación y de que la que la cruz es el camino para llegar a la vida eterna. El diablo tienta a Jesús para que se aparte del camino marcado por Dios Padre, induciéndolo a dudar de su providencia y amor. Esto es también lo que nos pasa a nosotros cuando somos tentados por el demonio, la carne o el mundo, que son los enemigos de nuestro progreso en la fe.

En la oración colecta al comenzar esta misa pedíamos a Dios “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”. ¡Que al terminar estos cuarenta días penitenciales podamos celebrar con más sinceridad la Pascua, con una fe renovada, para poder “pasar un día a la Pascua que no acaba”!