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sábado, 21 de enero de 2012

Serían las cuatro de la tarde

Homilía 15 de enero 2012
II Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)


            Hay encuentros con personas que recordamos para toda la vida. Recordamos el día y la hora en que tuvieron lugar, las circunstancias, las palabras y los gestos… Bendecimos, como dice una bella canción, ‘el reloj que nos puso puntual ahí y el motivo de estar en ese lugar’. Son encuentros que nos cambian la vida, que abren un nuevo horizonte, en los que encontramos lo que estábamos buscando quizás sin saberlo, aquello que da un sentido pleno a nuestra existencia, a nuestra historia anterior y al futuro que nos aguarda.

            Una vivencia parecida es la que nos narra el evangelio de hoy; un bellísimo y sugestivo pasaje del evangelio de san Juan que tiene todo el sabor de una experiencia personal, de un relato autobiográfico. Aunque la exégesis moderna pueda dudar de la autoría del cuarto evangelio y de la identidad del apóstol del que se omite el nombre y que estaba con Andrés ese día, la tradición de la Iglesia desde siempre lo ha identificado con el evangelista Juan, autor del relato. Eso parece sugerir esa mención de la hora del acontecimiento que cambió su vida: “serían las cuatro de la tarde”.
            Todo el relato de este encuentro con el Salvador tiene una hondura de significado que nos cautiva y nos lleva a imaginarnos la escena y a sentirnos parte de ella. Los dos discípulos, Andrés y Juan, estaban con el Bautista a orillas del Jordán donde él bautizaba; eran sus discípulos. Pero Juan sabía cuál era su misión: él debía ‘manifestar a Israel alguien que venía detrás de él, pero que estaba delante, porque existía antes que él’. A Juan se le había revelado que aquél sobre quien viera posarse el Espíritu sería el que bautizara con Espíritu Santo. Juan lo vio posarse sobre Jesús y dio su testimonio. Fijándose en Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Extraña expresión la que utiliza el Bautista para dar testimonio de Jesús. Para entenderla tenemos que hacer referencia al Antiguo Testamente donde se hace mención del cordero pascual, el que comieron los israelitas la noche que salieron de Egipto y con cuya sangre marcaron sus casas para que no pasara por ellas el ángel exterminador (Ex 12, 1-14). Es el cordero que indica el paso de la esclavitud a la libertad. Por otro lado, el término cordero está también relacionado con el Siervo de Yahvé del que habla el profeta Isaías, que iba a ser como ‘cordero llevado al matadero’, que ‘justificaría a muchos porque cargaría con sus crímenes’ (Is 53, 7.11). Cuando Juan y Andrés oyeron al Bautista señalar de ese modo a Jesús se pusieron a caminar detrás de Él. El Bautista no lo impide aunque eran sus discípulos; sabe que ha llegado el Elegido, el Hijo de Dios y deja que se vayan tras él. Preciosa imagen a tener presente en la labor sacerdotal y la dirección espiritual. Es necesario saber ‘dejar ir’ a las personas una vez que las hemos llevado a encontrarse con el Señor; no tenemos que mantenerlas para siempre a nuestro lado. Somos amigos del Esposo que cumplen su función cuando acompañan la novia donde está Él.

"Este es el Cordero de Dios"
P. Rupnik - Centro Aletti
Cripta de la Iglesia de S. Pio de Pietralcina
San Giovanni Rotondo (FG-Italia)


            Jesús, al ver que lo seguían, se da la vuelta y pregunta: “¿Qué buscáis?”. Hay que entender estas palabras en toda su hondura existencial, como pasa con otras expresiones del cuarto evangelio. Jesús no sólo pregunta acerca del motivo que les lleva a caminar detrás de él, sino acerca de lo que de verdad buscan, lo que les motiva, sus anhelos más profundos. Podríamos hacernos esta misma pregunta nosotros aquí hoy: ¿Qué buscamos? ¿Qué nos ha traído aquí? ¿Qué anhelamos al participar en esta Eucaristía? ¿Qué deseamos para nuestra vida? Los dos apóstoles responden a la pregunta con otra pregunta: Maestro, ¿dónde vives? Parecería que quieren conocer mejor al Maestro, a aquel que el Bautista había designado como el Cordero de Dios. El lugar donde alguien vive suele ser muy revelador de su persona. Quizás también, implícitamente, sugieren a Jesús ser sus discípulos. Puede que también estas palabras escondan un significado más profundo si pensamos que el verbo ‘vivir’ en el cuarto evangelio tiene acepciones trascendentes: Jesús ‘vive’ en Dios, permanece en Él, esta junto a Él, como se afirma en el prólogo de este evangelio.

            La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan y Felipe es muy significativa también para nosotros hoy. Jesús no explica donde vive, sino invita a que lo experimenten personalmente: “Venid y veréis”. Cuando Pablo VI decía que hoy se necesitan ‘más testigos que maestros’ y cuando Benedicto XVI insiste en que uno se hace cristiano a partir de un acontecimiento, del encuentro con una Persona, se está haciendo referencia a esto. Es el encuentro con el Señor lo que cambia la vida, lo que nos hace sus discípulos, lo que nos hace verdaderamente cristianos. No es el adherirnos a una ideología o entrar a formar parte de un grupo, o aceptar un determinado código moral, o creer una serie de verdades que se nos proponen. Por eso debemos poder siempre decir a quien nos pregunta acerca de nuestra fe, a quien busca la Verdad: ‘ven y verás’; y nuestra vida y la vida de nuestras familias y comunidades deben ser ámbitos en los que se pueda experimentar la presencia del Señor y encontrarse con Él. San Juan Crisóstomo decía algo parecido: “Si quieres que alguien se haga cristiano, invítale a vivir contigo durante un año”. Debemos poder siempre decir al que busca: 'ven y verás'. El verbo ‘ver’, de forma parecida a ’vivir’, tiene en el cuarto evangelio una significado técnico, se refiere al ver de la fe. Estos dos discípulos al convivir con el Señor verían con los ojos de la fe la gloria de Dios. Y eso es lo que ocurrió aquel día que pasaron con Jesús. No sabemos lo que hablaron ni lo que hicieron, sin embargo sí sabemos por lo que acontece inmediatamente después que se convencieron de que Jesús era el Mesías.
"Maestro, ¿dónde vives?"
P. Rupnik - Centro Aletti
Capilla de la Fraternidad san Carlo - Roma (Italia)

            Una vez encontrado lo que realmente buscaban no se lo guardan para ellos, sino lo comparten con las personas que más quieren. Andrés encuentra a su hermano Pedro, le dice lo que ha descubierto y lo lleva a Jesús. De este modo, empieza a perfilarse esa cadena de testimonios, de apostolado, en la que uno llama a otro, que empezó con Juan Bautista y que va creando la comunidad de lo creyentes, la Iglesia.

            Habíamos empezado considerando lo decisivo que puede ser para nuestra vida el encuentro con algunas personas. Hemos puesto estas experiencias en relación a la vivencia del encuentro de los dos apóstoles con Jesús que nos narra el evangelio. Ahora volvemos a nuestra vida iluminados por esta Palabra. Los encuentros que tenemos con personas, aún cuando casuales, debemos cuidarlos porque pueden significar mucho, tanto para nosotros como para los demás. Por otro lado, el encuentro personal más importante que podemos hacer es con Cristo, vivo y presente en su Iglesia. Antes de distribuir la comunión, el sacerdote levanta la hostia y repite las palabras del Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Decía el filósofo Sören Kierkegaard que la liturgia para ser tal debe hacernos contemporáneos de Jesús. El Señor está aquí realmente presente como lo estuvo a orillas del Jordán aquel día a las cuatro de tarde. Hoy podemos y debemos encontrarnos con Él.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

martes, 20 de diciembre de 2011

La vocación de María y la nuestra


Homilía 18 de diciembre 2011
IV Domingo de Adviento (ciclo B)

                En el lenguaje de la Iglesia hablamos con frecuencia de vocación. Entendemos con este término una llamada que una persona siente a desempeñar una cierto cometido en la Iglesia o en la sociedad. Solemos pensar que se aplica sobre todo a los sacerdotes y a las personas consagradas. En un determinado momento de sus vidas, a veces cuando eran muy jóvenes, quizás niños, otras veces ya mayores, estas personas sintieron lo que ellos interpretaron como una llamada especial de Dios a dejar otras cosas y dedicarse enteramente al Señor y su causa. Cuando cuentan su historia constatamos que hay diferencias en los modos en que se han sentido llamados: a veces han percibido la voz de Dios casi directamente, en su interior, una voz que les pedía un cambio radical en sus vidas; otras veces su vocación surgió por medio de personas cercanas que sugirieron con su palabra o ejemplo un camino nuevo; y otras veces fueron los mismos acontecimientos los que condujeron a un determinado desenlace. En cualquier caso, la persona que se siente llamada tiene que someterse a un proceso meticuloso de discernimiento para comprobar que se trata de una vocación real y no de un ‘espejismo vocacional’, usando un término de un conocido padre espiritual jesuita. En estas cosas es fácil auto-engañarse y tomar por vocación lo que es producto de nuestro vacío interior, de nuestra sed de ser importantes, de hacer algo significativo con nuestras vidas, de sentirnos miembros de un determinado grupo, de nuestro narcisismo enmascarado de altruismo.
                Uno de los criterios más importante para discernir la autenticidad de una vocación es compararla con las vocaciones que encontramos en la Sagrada Escritura. En ella se nos narra, por ejemplo, la vocación de Abrahán, de Moisés, de Isaías, de Jeremías, y en el Nuevo Testamento la de los apóstoles, entre otras. Aunque son distintas unas de otras hay algunos rasgos comunes que se dan en toda auténtica vocación. Por un lado, está la iniciativa y elección de Dios, elección que tiene lugar desde siempre. Jeremías oye a Dios que le dice: “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jer 1, 5). La llamada es una llamada personal, no genérica: Dios llama por nombre. La persona que es llamada invariablemente se siente inadecuada, incapaz, pecadora, y a veces intenta huir o escabullirse. Pero Dios ratifica su llamada garantizando su asistencia y haciendo a la persona capaz de llevar a cabo la misión que se le encomienda, ya que Dios siempre llama para algo. Con frecuencia el Señor ofrece un signo de credibilidad de su llamada y la persona intenta también entender mejor su vocación a veces preguntando directamente acerca de ella. Pero Dios aguarda siempre la respuesta libre del hombre. La vocación es misterio de elección y de libertad humana; es don y tarea como decía el beato Juan Pablo II. El hombre es invitado a responder a Dios que llama con fe y obediencia,  a caminar en una vida nueva hacia un futuro incierto confiando sólo en el Señor que le ha llamado.
Anunciación - Rupnik (Centro Aletti)
Capilla de la 'Fraternidad San Carlo' (Roma)
                Todos estos rasgos se dan también en la vocación de María que hoy la Iglesia nos presenta en el evangelio de este domingo. Ya hemos escuchado este relato de la Anunciación en la fiesta de la Inmaculada Concepción. En aquella ocasión nos centrábamos en las palabras de saludo del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Estas palabras del arcángel Gabriel hacen también de marco a la vocación de María. A ella se dirige el mensajero celeste llamándola, casi como si fuera su nombre propio, ‘llena de gracia’. Como en toda vocación hay una elección, en este caso realmente excelsa, y una misión, también única de María, la de ser madre del Salvador. También como en toda vocación María no se siente adecuada, pide aclaración, quiere entender mejor su misión. En ángel explica cómo sucederá lo inimaginable: Dios, para quien nada es imposible, intervendrá con su poder creador, en un acto comparable sólo con la creación del mundo de la nada y la resurrección de Cristo del sepulcro y fecundará el seno virginal de María. El ángel también ofrece un signo de credibilidad de su mensaje indicando el embarazo de la estéril pariente Isabel. Y como en toda vocación, Dios aguarda la respuesta libre de su criatura, el sí de María, y ella pronuncia su fiat. Dios le ha asegurado su asistencia - — “el Señor está contigo”, le dijo el ángel — y ella emprende una vida nueva que la separará del resto de las personas, una vida marcada  totalmente por su misión, una vida vivida en función de su Hijo al que dedicará todo su tiempo, todo su ser. María no sabe bien en ese momento lo que implica el sí que ha dicho al Señor, confía en que la hará capaz de llevar a cabo lo que le pide. La respuesta de la criatura a la llamada y a la voluntad de Dios produce siempre alegría, aunque puede que se dé plenamente sólo después de un largo recorrido. María cantará su alegría en casa de su prima Isabel.
                Nosotros hablamos de María como modelo de todo creyente y la Iglesia desde sus comienzos ha entendido la condición cristiana como ‘vocación’ y ha utilizado este lenguaje para hablar de ella. De hecho, enseña que dentro de la comunidad de los creyentes hay distintos ministerios y servicios, pero una llamada fundamental que vale para todos y es a ser cristianos, discípulos de Jesús. Por eso es inapropiado utilizar la palabra vocación sólo para los sacerdotes o consagrados. Es verdad que hay algunos que se sienten llamados, dentro de su llamada fundamental a ser cristianos, a serlo de un modo más exclusivo. Pero esto, parafraseando a la Madre Teresa de Calcuta, es una ‘llamada dentro de la llamada’. Creo que en estos tiempos de secularización y de nueva evangelización, estamos invitados todos a volver a descubrir nuestra condición de cristianos como una vocación, en la que se dan todos los rasgos de cualquier vocación que encontramos en la historia de la salvación narrada en la Biblia. Somos elegidos, asistidos por Dios, llamados por nombre, con una misión a desempeñar, separados de los demás, hechos capaces por Él para llevarla a cabo, etc.
                Pidamos a Dios por medio de la intercesión de la Virgen Madre que sintamos y vivamos nuestra vida cristiana como una respuesta generosa a una llamada personal de Dios que nos ha elegido desde siempre para ser ‘santos e inmaculados ante Él por el amor’ (cf. Ef 1, 4).


(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro La buena noticia del matrimonio y la familia y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)