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lunes, 9 de abril de 2012

Si Cristo ha resucitado ya nada es lo mismo

Homilía 8 de abril 2012
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor


Exposición en la Catedral de Málaga sobre la Sábana Santa
            En la última conferencia que tuvimos sobre la Sábana Santa en nuestra parroquia, el excelente ponente, el Prof. Nicolás Dietl Sagües, hacía notar las tantas controversias y polémicas que ha causado y sigue causando el estudio de este famoso lienzo conservado en la catedral de Turín. Cualquier conclusión a la que se llega sobre él, también con procedimientos científicos, es motivo de discusiones muy acaloradas. Esto no pasa con otros objetos arqueológicos. El conferenciante ponía el clarificador ejemplo de encontrarnos en un museo con los calzoncillos de Tutankamon. Este objeto podría despertar nuestra curiosidad pero es algo que no nos quitaría el sueño, ni tampoco nos preocuparía mucho saber si los científicos piensan que son auténticos, los que realmente utilizó el faraón. No así con la Sábana Santa. Si este lienzo es el que verdaderamente envolvió el cadáver de Jesús en el sepulcro, si tiene realmente las marcas de la pasión y quizás de la resurrección, eso no puede dejar indiferente a nadie, ni al creyente ni al no creyente. Es algo que afecta directamente nuestra vida, la verdad de nuestro ser y la historia del mundo.

            Esto vale de una forma eminente para el acontecimiento que celebramos hoy, la resurrección del Señor, que es el fundamento de nuestra fe. Si Cristo ha resucitado todo cambia, ya nada es lo mismo. Puede que los efectos plenos de la resurrección todavía no los experimentamos, esos ‘cielos nuevos y tierra nueva’ que se nos han prometido, pero desde el momento en que Jesús sale del sepulcro ya nada es lo mismo, ha comenzado una realidad nueva.

Estación XV del Vía Crucis de Lourdes: La Resurrección
Fuente de la imagen: commons.wikimedia.org
            Imaginemos lo que sería si el Señor no hubiese resucitado. Lo primero, no estaríamos aquí ahora reunidos en una iglesia. Jesús hubiese sido uno más, un iluso, un maestro que dijo cosas bonitas pero irrealizables, un desgraciado muerto con una muerte terrible como tantos de su tiempo. Nada más. En el mundo continuaría triunfando el mal, la muerte sería la última palabra en nuestra vida, el amor a los enemigos una tontería cabal...

            Es la resurrección la que da sentido a toda la vida de Jesús, sobre todo a su pasión y muerte, pero también a su enseñanza, a sus milagros, a la elección de los doce como comienzo de la Iglesia, a la Eucaristía, a las exigencias que pone a los que le quieren seguir...

Sin embargo, tenemos que reconocer que los cristianos con frecuencia dudamos de la verdad de la resurrección. Quizás no explícitamente, pero sí implícitamente. Dudamos de la vida eterna, de que llevar la cruz tenga sentido, de que haya un cielo, de que el bien al final triunfe sobre el mal, de que es razonable amar como el Señor nos amó y vivir una vida de servicio y de humildad.

Por eso es tan importante celebrar bien este día, volver a renovar nuestra fe, dejar de nuevo atrás el hombre viejo que vive según los criterios del mundo, y renacer como hijos de Dios a la vida nueva del Espíritu. Es oportuno que año tras año volvamos a celebrar la resurrección del Señor sacudiéndonos ese polvo del mundo que ha ensuciado la vestidura blanca que recibimos en el bautismo y hace que no luzca la vida nueva que el Señor nos ha dado.

Fuente de la imagen: inspirations.wordpress.com
Las lecturas de hoy nos ayudan a profundizar en el misterio que hoy celebramos. El evangelio nos lleva atrás en el tiempo hasta ese primer domingo, ese primer día después del sábado cuando los discípulos encontraron la tumba vacía. El discípulo que tanto quería Jesús al entrar en el sepulcro después de dejar pasar antes a Pedro, y encontrarlo vacío y ver cómo estaban colocados los lienzos, llega a la fe. Hasta entonces no había comprendido la Escritura que veladamente anunciaba lo que estaba empezando a entender. En ese momento empieza a darse cuenta de lo que ha pasado, del acontecimiento que cambia su vida y la historia del mundo. Cuando nosotros llegamos a la misma certeza de este apóstol, que según la tradición es san Juan, el autor de este evangelio, todo cambia para nosotros, ya nada es igual. Nosotros llegamos a esta fe no por ver la tumba vacía, sino gracias al testimonio que nos llega de los que fueron testigos de ella y de las apariciones del resucitado. Entre los testigos destaca san Pedro y en la primera lectura de hoy tenemos una parte de su discurso en el día de Pentecostés: “Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado...Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos... los que creen en él reciben por su nombre el perdón de los pecados”. San Pablo en la segunda lectura nos dice cómo debe cambiar nuestra vida si realmente creemos en la resurrección. Debemos vivirla aspirando a los “bienes de arriba, no a los de la tierra”. Si Jesús ha resucitado no podemos vivir de forma mundana, según los criterios del mundo, atentos sólo a las cosas materiales, porque estas no son eternas, son las que no se ven las que duran para siempre.

Puede que el mal aparentemente siga venciendo en nuestro mundo, que los poderosos sean siempre más poderosos y exploten cada vez más a los pobres, pero nosotros ya sabemos que esta no es la última palabra. Tenemos la certeza de que aunque todavía no experimentemos del todo la victoria del bien, de la vida y de la justicia, así será al final, ya que con la resurrección del Señor esta victoria ya ha tenido lugar y se manifestará plenamente cuando vuelva como juez. Manifestación que aguardamos con esperanza y fe.

            Alegrémonos, entonces, hoy y renovemos nuestra fe, y repitamos con fuerza lo que se afirma en la secuencia pascual:

Surréxit Christus spes mea. Resucitó Cristo, mi esperanza.

martes, 3 de abril de 2012

Las negaciones de Pedro: parte esencial del relato de la pasión

Homilía 1 de abril 2012

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (ciclo B)

La flagelación de Cristo (Caravaggio, 1607)
Museo de Capodimonte (Nápoles)
                El Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, que así es su nombre completo que indica las dos partes de la celebración de hoy, la conmemoración de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén y la proclamación de su pasión, es el único domingo del año en que se lee íntegramente la narración de la pasión de Jesús según uno de los evangelios; este año según el evangelio de san Marcos. Los que vengamos el viernes santo a los oficios escucharemos la narración de la pasión según el evangelio de san Juan que se reserva para esa día, pero hoy es el relato de un evangelio sinóptico el que la Iglesia nos regala.

                Es oportuno que con una cierta frecuencia leamos todo un evangelio seguido, como también todo el relato de la pasión, para tener presente el conjunto y no perdernos en los detalles. Como se suele decir ‘los árboles pueden no dejarnos ver el bosque’. Así nos damos más fácilmente cuenta que el punto álgido del relato del evangelista Marcos es la profesión de fe que hace el centurión al ver morir a Jesús: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”. Estas palabras recuerdan la primera frase de este evangelio. “Comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios (1,1), formando lo que los exegetas llaman una inclusión. Pero también es verdad que cada uno de nosotros al escuchar este relato puede fijarse en un episodio u otro. Puede haber uno que nos llame más la atención o que esté más relacionado con lo que estamos viviendo en este momento.

                A mí personalmente hoy me llaman la atención tres episodios del relato de la pasión que acabamos de escuchar. El primero es el de la unción de Betania. Una mujer anónima para Marcos, pero que según el evangelio de Juan es la hermana de Lázaro y Marta, derrama sobre la cabeza de Jesús un perfume carísimo — su valor es más de 300 denarios, siendo un denario lo que ganaba un jornalero por un día de trabajo —. La mujer, a diferencia de los comensales y de Judas, reconoce, llevada por su amor, a Jesús como Mesías, el Ungido, y lo que significa su presencia terrenal entre nosotros, que a diferencia de los pobres no es para siempre. Jesús dice que lo que ha hecho esta mujer formará parte del Evangelio en cualquier sitio que se proclame.

Foto en negativo de la Sábana Santa en la que
se pueden ver las marcas de la flagelación
                El segundo episodio que me llama la atención es el de la flagelación. A lo largo de la cuaresma hemos tenido en nuestra parroquia un ciclo de conferencias sobre la Sábana Santa. Cuando contemplamos y estudiamos este lienzo vemos que el Hombre de la Síndone fue duramente flagelado, con látigos de cuero en cuyos extremos había trocitos de huesos y metal que arrancaban la piel. Era un suplicio terrible y dolorosísimo que se llevaba a cabo después de haber atado la persona a una columna. Sin embargo, el relato de la pasión apenas hace una pequeña mención de este hecho; simplemente nos dice que “Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran” (15, 15). Tenemos una cierta tendencia a olvidarnos de la dureza de la pasión y crucifixión, a suavizarla, mientras que fue algo terriblemente cruel y doloroso.

                Pero el episodio que hoy me llama más la atención es el de las negaciones de Pedro. Según la tradición, Marcos, autor de este evangelio, fue secretario de Pedro, y su relato, que según los estudiosos fue el primero que se escribió, podría basarse en recuerdos personales que el apóstol Pedro le transmitió. Recuerdos personales de algo que en principio debía de ser muy doloroso y embarazoso: haber negado al Maestro después de haber dicho y repetido que no lo haría nunca. El que se narrara algo tan vergonzoso en la primera comunidad y que Pedro mismo lo haya hecho es muy significativo. Normalmente escondemos nuestros pecados, tenemos vergüenza de ellos, nos aterra que se vengan a conocer y se hagan públicos. Aquí pasa todo lo contrario. El más terrible de los pecados, el haber negado al Señor en un momento tan crítico, después de haber asegurado que no lo haría pasara lo que pasara, este terrible pecado se anuncia ‘a bombo y platillo’ y se cuenta en los cuatro evangelios. Esto se puede entender sólo si la comunidad apostólica percibió que era necesario contarlo, que era una parte esencial de la buena noticia de Jesús, que callarlo hubiese suprimido una parte fundamental del relato de la pasión. Y así es. Las negaciones de Pedro, tanto a él como a nosotros, enseña dos verdades fundamentales de nuestra fe. La primera es que para ser apóstol, y mucho más para ser la piedra-fundamento de la Iglesia, uno no debe contar con sus propias fuerzas sino con la ayuda del Señor. La segunda es que el perdón de los pecados es parte esencial del anuncio del evangelio. Pedro y la Iglesia apostólica no tenían ningún reparo en contar este hecho porque en él se muestra la misericordia de Dios y el verdadero significado de la pasión. Cuando Jesús mira a Pedro después de las negaciones, Pedro rompe a llorar. Esa mirada le lleva a darse cuenta de la gravedad de su pecado, pero también de la grandeza del perdón que el Señor le ofrece. Esta es la esencia misma del evangelio, del anuncio del perdón de los pecados gracias a la pasión del Señor.

La negación de San Pedro (Caravaggio, 1610)
Museo Metropolitano de Arte de Nueva York
                Diferente actitud es la que tiene Judas. Él comete un pecado parecido en gravedad al de Pedro. Judas vende a Jesús, mientras que Pedro niega conocerlo. Dos pecados que con cierta frecuencia cometemos también nosotros. Así es cuando estamos con personas no creyentes que critican nuestra fe y nos callamos, no damos la cara, no nos manifestamos por lo que somos, por miedo o vergüenza. Otras veces preferimos no pagar el precio que ser cristianos coherentes implica, quizás por una mejor posición social, por dinero, etc. En el viaje parroquial que hicimos a Turquía hace unos días, la excelente guía que teníamos, una turca convertida al catolicismo y bautizada siendo mayor, nos mostró su carnet de identidad. En él era obligatorio que apareciera la religión de la persona y ya sabemos que esto puede acarrear en algunos países muchas dificultades. Sin embargo, ella y los demás cristianos de estos países se manifiestan por lo que son, pagando el precio que ello conlleva. Son un ejemplo para nosotros que hacemos con frecuencia justo lo contrario. Es de hace pocos días la noticia que un conocido club de futbol de nuestro país ha quitado la cruz de su escudo para poder hacer negocios en un país de mayoría musulmana sin herir su sensibilidad. ¡Qué fácil es vender a Jesús!.De todos modos, lo importante es la forma como reaccionamos cuando nos damos cuenta de haber pecado. Pedro y Judas, reaccionan de modo opuesto. Uno rompe a llorar en una verdadero arrepentimiento acogiendo el perdón inmerecido que se le ofrece, otro se cierra en su orgullo y desesperanza, desconfía del perdón, y va y se ahorca.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)