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sábado, 10 de noviembre de 2012

Descubrir, acoger y agradecer la presencia y la protección de María



Homilía 9 de noviembre 2012
Solemnidad de Nuestra Señora de la Almudena,
patrona de la diócesis de Madrid

Peregrinos en el Camino de Santiago
Una de las experiencias más conmovedoras e importantes de nuestra vida cristiana es cuando nos damos cuenta que no estamos solos, que hay otras personas a nuestro lado que están haciendo la misma peregrinación que nosotros hacia la casa del Padre, que hay otros que han sido cautivados por Jesús y que se esfuerzan por dejar su vida mundana y vivir como hijos de Dios, como siervos del Señor, siguiendo las huellas de Cristo que ha venido para ‘entregar su vida en rescate por muchos’. Esta experiencia se hace aun más conmovedora e importante cuando ampliamos el horizonte y descubrimos que no solo los vivos nos acompañan en el camino, sino también aquellos que están unidos a nosotros en la comunión de los santos, en el único cuerpo de Cristo que abarca todo tiempo y lugar. Así descubrimos que también están a nuestro lado sosteniéndonos nuestros hermanos difuntos y, especialmente, los santos. Sentirnos acompañados y sostenidos por ellos nos consuela y nos da fuerza para seguir adelante, sabiendo que ellos nos precedieron y gozan ya el premio de la vida eterna.

                Entre todos los santos destaca María, la madre de Jesús. Ella está siempre a nuestro lado protegiéndonos e intercediendo por nosotros, para que no nos falte el vino bueno de las bodas de Caná, el vino del Espíritu, que nos recuerda desde dentro las enseñanzas del Maestro. Ella nos defiende contra las asechanzas del Maligno, porque con la gracia de su Hijo, como nueva Eva, ha pisado y aplastado la serpiente que nos tienta desde el principio. Ella con su ejemplo nos enseña a obedecer a la voluntad de Dios y a escuchar su Palabra. Al habernos precedido con todo su ser en el cielo, nos muestra la meta de nuestro peregrinar, esa ‘”morada de Dios con los hombres”, en la que “ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado” (Ap 21,3-5).

En esta ciudad santa, en la Jerusalén celeste hacia la que nos encaminamos, se cumple plenamente la profecía de Zacarías: “Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti” (Za 2,14). Anticipo y signo de esta ciudad santa es la Jerusalén terrestre y, sobre todo, la Iglesia, el templo compuesto de piedras vivas que somos nosotros donde habita el Señor. Los otros templos en los que nos reunimos son signos y hacen presente este templo espiritual que somos todos nosotros.

Vista nocturna de la Catedral de la Almudena
Hoy, de un modo especial, nos sentimos unidos a nuestra Iglesia catedral, donde está la cátedra del obispo, y donde se conserva la imagen de nuestra Señora de la Almudena, que fue declarada patrona de la diócesis de Madrid por Pablo VI en 1977 y cuya fiesta celebramos. En Madrid veneramos a María con este nombre, que algunos dicen que deriva del almud de grano que dejaban para el culto de la Virgen los labradores que venían a Madrid. Para otros, el nombre procede de la palabra árabe al-mudayna, que significa ciudadela amurallada, como la que había en Madrid en el lugar donde hoy se encuentra el Palacio Real y la Catedral. Según la tradición, en 1085 una parte de la muralla de una de las torres se rasgó y apareció la imagen de la Virgen.

¡Qué curiosa y significativa es esta historia! María estuvo presente en esa muralla desde mucho antes que se descubriera su imagen, acompañando a los habitantes de Madrid y fortaleciendo sus defensas.

Para sentir esta presencia y protección de María y afianzarla, para que ella siga fortaleciendo nuestras débiles murallas y defendiendo nuestra ciudad, nuestra Iglesia y nuestra vida, contra tantos enemigos internos y externos que asechan, debemos recibirla en nuestra casa como hizo el apóstol Juan cuando Jesús se la entrego como herencia en la cruz; le entregó lo más precioso que tenía en ese momento: su misma madre. En Juan, el discípulo que tanto quería Jesús, nos la entregó a todos nosotros. Y como hizo Juan la queremos acoger en lo más íntimo de nosotros, en nuestra casa para sentir su presencia y protección.

Oración de una amiga a Nuestra Señora de la Almudena:

Te encontraron en una muralla


A mi Madre, la Virgen María,
Nuestra Señora de la Almudena

Te encontraron en una muralla,
Te encontré defendiendo mi muralla.
El devaneo con el mundo había abierto,
grandes resquicios en mi alma.
Y tu amor corría presuroso a taparlos.
A mayor debilidad, mayores batallas te tocaban librar.
¡Nunca me dejaste de defender!

Mi empecinamiento en vivir mi vida,
dejaba neutralizados tus esfuerzos.
Unas ascuas en el alma mantuvieron la esperanza
de que el fuego volviera a arder.

Fue necesario contemplar lo incorrectamente andado.
Deshelar mi corazón, despetrificar las venas…
Grandes oscilaciones movieron mi alma:
querer y no poder,
poder y no querer,
buscar y encontrar pero no entender,
entender y resistirme a la evidencia,
querer huir y entretenerme en naderías,
buscar, encontrar y abrazar,
hincar por fin las rodillas en tierra y
rendirme ante tu Hijo.

Y en todo este proceso no dejaste de interceder,
Tampoco aflojaste la exigencia de vivir desde Dios
mi entrega a Él.

Y por todo ello te doy gracias, Madre fiel,
y te sigo pidiendo tu audacia y tu denuedo,
Porque te necesito, Madre, porque te necesito.
Y para los que me has confiado,
Para cada uno de ellos, te pido,
Todo tu amor, Toda tu comprensión y Toda tu ayuda.

Toma entera posesión de mí,
Te entrego mi anhelo y determinación,
De que en esta segunda etapa de la vida,
Deje al Señor concluir la obra que su Amor comenzó. Amén.

martes, 6 de noviembre de 2012

Nápoles y el culto a las almas del purgatorio


Homilía 2 de noviembre de 2012
Conmemoración de todos los fieles difuntos


Santa Maria delle anime del purgatorio ad Arco (Nápoles)
Fuente de la imagen: it.wikipedia.org
            Nápoles es una de las ciudades que más fascinan; su gente, sus costumbres y tradiciones –como el arte de los belenes-, sus monumentos y obras de arte, sus restos de la antigüedad, cautivan a todo aquel que no se deja llevar por prejuicios y estereotipos y se toma el tiempo necesario para mirar detrás de las fachadas y descubrir sus tesoros. Me decía una amiga nacida en esta ciudad que para entender el espíritu de los napolitanos, su forma de vivir al día, de relativizar el valor de las cosas y su tendencia a la superstición, hay que tener presente el volcán que domina la ciudad, el Vesubio, que se ve desde todos los rincones, como un ‘algo’ omnipresente, amenazador e imprevisible.

            En esta bellísima y sorprendente ciudad, en su centro histórico, en Via dei Tribunali, se encuentra una Iglesia barroca interesantísima y poco conocida, que tiene por nombre Santa María delle anime del purgatorio ad Arco, o más sencillamente Purgatorio ad Arco. Es una Iglesia dedicada al culto a las almas del purgatorio. Lo más interesante de ella es el hipogeo, la parte subterránea, donde hay una especie de cementerio con muchos huesos a la vista. En este curioso lugar se practicaba hasta hace poco un culto peculiar a las almas que nos puede sorprender y quizás escandalizar, pero que está muy ligado al espíritu napolitano y que tiene un sólido fundamento teológico. Las personas o las familias adoptaban un alma del purgatorio, de un desconocido, y lo hacían a través de su cráneo, su calavera, que recogían, limpiaban, cuidaban, ponían en un sitio destacado. Rezaban por esta alma, ofrecían limosnas, sacrificios, misas por ella, con la esperanza de que cuando llegara al paraíso intercediera por la persona o la familia que la había adoptado.

Calevera en el hipogeo de la Iglesia
Fuente de la imagen: flickr.com
        Esta forma de culto a las almas tan especial fue prohibida por el cardenal-arzobispo de Nápoles en 1969 también a causa de las desviaciones a las que había conducido, por otro lado muy típicas de Nápoles donde a veces se mezcla una sana religiosidad con elementos supersticiosos. Sin embargo, su fundamento teológico sigue siendo válido y es el que también motiva la conmemoración que hacemos hoy de los fieles difuntos.

En la doctrina de la Iglesia se habla del purgatorio como un ‘estado’ intermedio en el que se encuentran los que han dejado este mundo pero que aún no están lo suficientemente preparados para ver a Dios cara a cara, para encontrarse con él, que es el totalmente Santo, el Amor mismo. En este ‘lugar’ de purificación, en el que las almas por medio del dolor expían la pena de sus pecados, nuestros seres queridos siguen en comunión con nosotros en la unidad del cuerpo místico de Cristo, en el que los miembros nos ayudamos y necesitamos los unos de los otros. Tanto la fiesta que celebrábamos ayer de Todos los Santos, como la conmemoración de hoy, se basan en el dogma de la comunión de los santos, en el hecho de que todos estamos unidos, tanto los bienaventurados que ya están en el cielo, como los que están en el purgatorio, como también nosotros que ‘peregrinamos en país extraño`’. Por eso a veces se habla de Iglesia militante, purgante y triunfante. A causa de la comunión de los santos podemos ayudar a nuestros difuntos con la oración, la limosna, el ofrecimiento de las obras y sobre todo con la celebración de la Eucaristía, como hacemos hoy.

Tumba del padre del autor del blog
Cementerio de la Sacramental de San Justo (Madrid)
Las lecturas que acabamos de escuchar nos invitan a celebrar esta conmemoración de los fieles difuntos recordándolos con cariño, quizás también con dolor y nostalgia, pero con fe y esperanza. En la primera lectura del Libro de las Lamentaciones el orante habla de su aflicción y amargura, pero a la vez de su esperanza: “me han arrancado la paz y ni me acuerdo de la dicha... pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: la misericordia del Señor no termina ni se acaba su compasión”. El orante sale de su abatimiento recordando que la misericordia del Señor es eterna. En el evangelio Jesús dice que nos tiene preparado un sitio en la casa del Padre y para llegar a él sabemos el camino que es él mismo, la unión de vida con él a través de su palabra y de los sacramentos.

            Sintámonos hoy, entonces, de un modo especial, unidos en la comunión del cuerpo único de Cristo, que abarca cielo y tierra y todos los tiempos, a nuestros seres queridos difuntos, a nuestros hermanos “que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz”, y pidamos por ellos para que lleguen pronto “al lugar del consuelo, de la luz y de la paz”.

sábado, 3 de noviembre de 2012

La santidad, don y tarea para todo cristiano


Solemnidad de Todos los Santos
1 de noviembre de 2012

Detalle de La llamada de los elegidos al paraíso
Luca Signorelli - 1499-1503
 Capilla Brizio - Catedral de Orvieto (Italia)
Fuente de la imagen: elpais.com

Hemos celebrado el pasado once de octubre, memoria del beato Juan XXIII, el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, que fue, sin duda alguna, el acontecimiento eclesial más importante de los últimos siglos, cambiando profundamente nuestro modo de vivir la fe y de entender la naturaleza y la misión de la Iglesia. Quizás el documento más importante del Concilio fue precisamente la Constitución Dogmática sobre la Iglesia que llamamos Lumen gentium, por las dos primeras palabras en latín con las que empieza. En este documento, después de haber hablado de la estructura jerárquica de la Iglesia, de los obispos y sacerdotes, y también de los laicos, encontramos un capítulo titulado universal vocación a la santidad. Con él los padres conciliares quisieron enseñar de nuevo, con fuerza y con plena autoridad, que la santidad no es algo reservado para unos pocos, sino que es vocación de todo cristiano, independientemente de su función en la Iglesia y de su estado de vida. Más allá de nuestras diferencias por razón del sacramento del orden sacerdotal o de la consagración religiosa, o del género de vida, está lo que nos acomuna a todos que es nuestro bautismo y la llamada que conlleva a vivirlo con coherencia, configurándonos a Cristo muerto y resucitado.

Veneramos hoy de modo especial a todos los santos, tanto los que han sido declarados tales por la Iglesia, por la heroicidad reconocida de sus virtudes y de su poder de intercesión, como también aquellos más anónimos pero no menos cercanos a Dios. Quizás algunos de nosotros hayamos tenido el gran regalo de toparnos con alguno de ellos en nuestra vida y hemos sentido la fuerza que emana de su persona, participación en la santidad de Dios, el único santo. Estos santos son para nosotros ejemplo y ayuda para nuestra debilidad en nuestro camino hacia la casa del Padre.

Dibujo de Kiko Argüello
Sin embargo, antes que una conquista nuestra, la santidad es un don, un regalo gratuito de Dios que ha ‘lavado y blanqueado nuestras vestiduras en la sangre del Cordero’. Esta frase de la primera lectura del Apocalipsis, de tanta fuerza expresiva y a la vez tanta incoherencia cromática, se refiere en primer lugar a los mártires que han pasado por la ‘gran tribulación’ como vencedores, pero la podemos aplicar también a los bautizados a los que se le han perdonado los pecados gracias al sacrificio de Cristo y han recibido la vestidura blanca de su nueva condición de cristianos. Los que hemos sido bautizado hemos sido hecho santos por gracia de Dios. Por eso el apóstol Pablo se dirige varias veces a los cristianos llamándolos santos.

Pero la santidad después de ser don, es también tarea, conquista. El don viene antes, por eso una interpretación solo moral de la santidad es insuficiente, se vuelve moralista y contradice la buena noticia del evangelio. Sin embargo, una vez recibido el don inmerecido de la vida nueva tenemos que vivirla a través de nuestras opciones y llevando a cabo un proceso de ascesis, de purificación, arrancando de nuestra vida todo lo que es contrario a la imagen de Dios en nosotros como nos la ha revelado el verdadero Adán, Cristo, a cuya imagen hemos sido creados. La segunda lectura de hoy afirma que el que tiene su esperanza puesta en Dios, de verle tal cual es, de vivir en comunión con él en la Jerusalén celeste, “se purifica a sí mismo, como él es puro”. Llegar a la perfección de la caridad para poder estar con Dios en el cielo es tarea de cada uno de nosotros, tarea que con su gracia podemos llevar a cabo. Los santos son nuestros amigos y compañeros y nos animan a ello.

Santa María ad Martyres - Panteón de Agripa (Roma)
Origen de la fiesta de Todos los Santos en Occidente
Las bienaventuranzas del evangelio de san Mateo señalan las actitudes profundas del verdadero discípulo del Señor, que nacen de la aceptación plena y confiada del reino de Dios, del mensaje de Jesús. Acoger la buena noticia siendo como esa tierra buena de la que habla la parábola del sembrador, lleva a la conversión, a un cambio radical en nuestro modo de pensar, de sentir y de comportarnos, y nos pone en camino hacia la santidad, hacia el vivir el amor cristiano en plenitud. Jesús es el que cumple perfectamente las bienaventuranzas; se ha dicho que éstas son como una fotografía del Nazareno. El cristiano puede llegar con la ayuda del Espíritu a reproducir su imagen, a ser ‘otro Cristo’. Esto es lo que hoy pedimos a los santos, que nos estimulen y ayuden en el camino de la santidad para llegar también nosotros donde ellos ya están.