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lunes, 14 de octubre de 2019

Lo importante es seguir a Jesús estemos donde estemos



Homilía en la Misa de despedida de la parroquia

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)

Madrid, 8 de septiembre 2019



Queridos hermanos y amigos:



Ha llegado el momento de la despedida que parecía inminente cuando llegué y que ahora muchos pensábamos que ya no iba a suceder. De hecho, cuando llegué hace 20 años como párroco de esta hermosa parroquia de Santa Catalina de Alejandría, en este bellísimo barrio de la Alameda de Osuna de Madrid, muchos pensaban que iba a quedarme poco aquí, y así lo manifestaban, hasta me decían que iban a hacerme obispo en poco tiempo. Cuando se leyó el decreto de mi nombramiento de párroco en mi toma de posesión el 5 de enero de 1999, en la misa que presidió aquí el entonces arzobispo de Madrid, el cardenal Antonio María Rouco Varela, se decía que se me nombraba para ocho años. Pero muchos pensaban que iba a estar menos. Y, sin embargo, ya han pasado más de 20 años desde aquella víspera de Reyes de 1999.


En estos veinte años hemos vivido muchos
acontecimientos juntos como Iglesia y como archidiócesis de Madrid, y también otros acontecimientos más específicos de nuestra parroquia y de la vida personal de cada uno de nosotros. Así, para nombrar algunos, el gran jubileo del año 2000, la muerte del papa san Juan Pablo II, el pontificado de Benedicto XVI y ahora el del papa Francisco; las distintas jornadas Mundiales de la Juventud, como la de Roma y la de Colonia; los distintos Caminos de Santiago que hemos hecho, con los jóvenes, uniéndonos a las peregrinaciones diocesanas organizadas por la Delegación de Juventud, y las que hicimos como comunidad parroquial, llegando a hacer en tres años las distintas etapas de todo el Camino; el Sínodo diocesano, las dos visitas pastorales de los obispos, las dos peregrinaciones a Tierra Santa y la que hicimos por la ruta de San Pablo en Turquía, y a Italia para el Jubileo de las Familias y para la beatificación de Juan Pablo II; la muerte de don Jesús, de don Lorenzo y de don Eloy; las distintas celebraciones hermosas que hemos tenido y las convivencias con los chavales; las catequesis del camino neocatecumanal, la experiencia del curso Alpha y, desde hace más de diez años, los talleres para matrimonios jóvenes a través de los cuales se han formado varios grupos de matrimonios que han enriquecido mucho la vida de nuestra comunidad. Tantas cosas que se unen a la vida ordinaria de una parroquia, a las misas y demás celebraciones, a las catequesis y a los grupos, al ejercicio de la caridad y el servicio, tantas cosas por las que dar gracias a Dios, como estamos haciendo ahora con esta Eucaristía.


Yo las he intentado vivir con verdadero espíritu de servicio, según el lema que elegí para mi
ordenación sacerdotal y que siempre me acompaña: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús», una frase de la Segunda Carta de san Pablo a los Corintios que significa mucho para mí y mi forma de vivir el sacerdocio. Soy muy consciente siempre de mis grandes límites y de mis muchos pecados, pero siempre confío en Dios que me ha llamado a este ministerio y es quien actúa a través de mi pobre persona. Sé que he cometido muchos errores. Muchas veces no he podido atender bien a las personas y no he sabido ofrecer palabras de consuelo y de esperanza; a veces he sido perezoso y negligente. Os pido perdón por todo ello. Sin embargo, y a pesar de mis muchos fallos, he podido percibir, y creo que también vosotros, que el Señor ha caminado con nosotros en estos 20 años. Años difíciles para la Iglesia, tanto en España como en Europa; años de purificación, años a los que el evangelio que acabamos de escuchar se aplica muy bien.


Jesús, en su camino hacia Jerusalén, hacia la cruz, hacia su entrega total por nosotros en cumplimiento de la voluntad de Dios su Padre, al verse rodeado por mucha gente, quizás con un entusiasmo demasiado superficial hacia su persona, hace un alto en el camino para dejar claro lo que significa seguirle, el precio que hay pagar para ser discípulo suyo, las condiciones de su seguimiento, y dice: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí no puede ser discípulo mío». Creo que estas palabras se dirigen hoy con especial fuerza a toda la Iglesia, pero también a nuestra comunidad parroquial y a cada uno de nosotros. Después de años o incluso siglos en los que formar parte de la Iglesia era lo obvio aquí en España y en Europa, era lo «natural», era lo que «había que hacer» ya no es así; ya ser cristianos, formar parte de la Iglesia, seguir a Jesús, requiere una opción clara y consciente, que cuesta, y que muchas veces es contracorriente.


Bien entienden este evangelio los cristianos que viven en países donde son perseguidos por su fe incluso hoy, y donde convertirse al cristianismo puede implicar rupturas familiares y pérdida de posición social y de bienes materiales, e incluso perder la propia vida. Estos cristianos nos enseñan mucho. Pero este evangelio vale para todos nosotros y toda la Iglesia. Tenemos que aprender a no anteponer nada a Cristo, como dice san Benito. Este momento difícil que vivimos creo que es comparable a ese alto en el camino que hace Jesús para aclarar las cosas, para purificar el grupo de sus seguidores. Las dos parábolas que cuenta Jesús, la de la torre y la del rey con su ejercito, nos invitan a discernir, a echar cuentas, a ver si cumplimos las condiciones para ser discípulos del Señor. Si no es así, es mejor no seguir, porque dejaríamos la obra inacabada y se reirán con razón de nosotros.


Por tanto, queridos hermanos y amigos, lo importante es seguir a Jesús, ponerle en primer 
lugar estemos donde estemos, no anteponerle nada, ni afectos, ni bienes materiales, ni encargos en la Iglesia o en el mundo. Ahora a vosotros os toca un nuevo párroco que caminará con vosotros el tiempo que Dios quiera. Lo debéis acompañar y ayudar para que pueda hacer presente a Cristo buen pastor en esta comunidad, un pastor que a veces camina delante del rebaño, indicándole el camino, otras veces camina a su lado aprendiendo de él, y otras veces camina detrás para que nadie se pierda. Yo con esta nueva responsabilidad que me ha dado el Señor a través de la Iglesia, que yo no esperaba ni hice nada por buscar, y que es complicada. Os pido que recéis mucho por mí y por la Iglesia en Europa para que pueda hacer presente en la Unión Europea los valores del reino.


Se mezclan en mí muchos sentimientos en este momento. Por un lado, mucha sorpresa por este nuevo nombramiento del todo inesperado para mí. Es verdad que la Conferencia Episcopal Española, donde he trabajado también los últimos ocho años, me había propuesto para este cargo hace tres años, en las últimas elecciones que hicieron los obispos europeos, pero no salí elegido en ese momento y me había olvidado de ello. También experimento preocupación, algo de temor quizás, dudando si podré llevar a cabo bien este nuevo servicio a la Iglesia, complicado y distinto a lo que he hecho hasta ahora. Experimento también tristeza por separarme físicamente de tantas personas que quiero y con las que he compartido tanto. Pero experimento también serenidad al percibir que está presente el Señor en todo esto y él viene primero. La frase final del evangelio de hoy, traducida literalmente, reza así: «Así, pues, todo aquel de vosotros que no se despide de todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». Se habla de despedida. Así es en la vida de todo discípulo auténtico de Jesús; hay que aprender a no apegarse a las cosas y a las personas por encima de él, aprender a veces a despedirse. Hay que seguirle a él donde nos lleve, saliendo de nuestras zonas de confort cuando nos lo pide.



Sin embargo, el sentimiento quizás más fuerte que experimento en este momento, es el de gratitud. Gratitud al Señor por estos veinte años aquí y por hacerse presente en tantos momentos de mi vida, y gratitud también a vosotros, a cada uno de vosotros, por lo mucho que habéis hecho por mí.


Encomendamos hoy de forma especial nuestro futuro a María. Hoy celebramos su nacimiento. Es la madre de Jesús pero también fue su discípula, modelo perfecto de todo discípulo auténtico del Señor. Dice san Agustín de ella en uno de sus Sermones (72): «Hizo sin duda Santa María la voluntad del Padre; por eso más es para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su madre». ¡Que ella nos enseñe y nos ayude a ser verdaderos discípulos del Señor y a no anteponer nada a él!


¡Que así sea!



Video de mis parroquianos para mi despedida:








jueves, 4 de julio de 2013

Decidirnos por Cristo y ser verdaderamente libres


Homilía Domingo 30 de junio de 2013
XIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
Óbolo de San Pedro

            El concepto de libertad es uno de los más importantes en nuestra civilización occidental. Se hace
Fuente de la imagen: myriamoliveras.com
constantemente referencia a él en relación con distintos ámbitos de la vida personal y social. Así se habla de libertad de prensa, de opinión, de conciencia, de reunión, de religión, etc., libertades que están en la base de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1948 que inspira muchos tratados internacionales y las constituciones de muchos países. Cuando aplicamos este concepto de libertad a nuestra vida personal y a la de personas cercanas, nos damos cuenta de varias cosas. Lo primero es que nuestra libertad está condicionada por muchos factores: el país en el que vivimos y la sociedad en la que estamos, nuestra historia personal, la familia en la que hemos sido criados, la escuela, etc. Algunos piensan que teniendo estos condicionamientos en cuenta no se puede hablar de verdadera libertad: el individuo estaría prácticamente determinado por factores externos –e internos- y su capacidad de elegir sería una mera ilusión y autoengaño. Sin embargo, esto no es verdad. Así lo demostró el gran psiquiatra austriaco del siglo pasado Viktor Frankl, fundador de una escuela de psicoterapia llamada logoterapia que se basa en la importancia que tiene para la salud psíquica de la persona tener un sentido para su existencia. Este médico de origen judío estuvo en los campos de concentración nazis de Dachau y Auschwitz y sobrevivió. En su famoso libro El hombre en busca de sentido cuenta con mucha objetividad su experiencia y expone los principios de la logoterapia. Observó que había un momento crucial en la vida de los prisioneros de estos campos que preanunciaba su muerte que era cuando se ‘dejaban ir’, se rendían, abandonaban la lucha por sobrevivir, y que ese momento estaba ligado a una pérdida de sentido vital. De ahí su propuesta terapéutica. Sin embargo, la observación más valiosa que hizo en estos ‘laboratorios de lo humano’ tan terribles relacionada con el tema de la libertad personal es su constatación que aún en esas condiciones tan extremas quedaba la libertad fundamental del ser humano, la libertad de decidir qué persona se quería ser, cómo se quería morir, cuáles valores se elegían, y así señala como algunos de los prisioneros entraban en las cámaras de gas maldiciendo a sus verdugos y otros rezando el Shemá o el Padrenuestro. En otras palabras, la libertad fundamente del ser humano de decidir qué ‘tipo de persona’ quiere ser no se la puede quitar nada ni nadie, y es de ésta de la que nos hablan los textos bíblicos de la misa de hoy.

            Una de las características fundamentales de esta libertad personal que siempre tenemos aun en las
Información del libro en wikipedia.org
condiciones más extremas es que se hace más grande, crece, en la medida en que tomamos decisiones sobre nuestra vida y el modo en el que la queremos vivir. Esto es paradójico puesto que muchos piensan justo lo contrario: que uno es más libre cuanto más abiertas permanezcan las posibilidades para hacer una elección, cuanto más pueda hacer lo que ‘me da la gana’, lo que ‘me pide el cuerpo’ en un momento dado. Sabemos que esta forma de pensar es errónea y puede ser muy nociva. Una persona que permanece indeterminada, que no sabe o no quiere decidirse, que quiere a todas las mujeres o a todos los hombres pero no termina eligiendo a nadie, o que no se decide pro ningún trabajo concreto, termina siendo mucho más esclavo, sujeto a circunstancias externas siempre cambiantes que no controla y a sus pasiones internas, y su vida no tiene una clara dirección, un claro sentido. ¿Son más libres unos novios que se deciden a vivir contracorriente –como decía el papa Francisco la semana pasada- su noviazgo posponiendo las relacionas matrimoniales plenas a cuando estén casados, u otros novios que viven según la mentalidad dominante que considera la otra modalidad como imposible y anacrónica? ¿Cuál de estos dos matrimonios una vez que se celebren tiene más posibilidad de durar, tiene mejor pronóstico? ¿El que se establece entre personas que hacen uso de su libertad tomando decisiones, o el de esas otras personas que se dejan llevar por los sentimientos del momento? Esta experiencia de como la libertad se hace más grande cuando elegimos, cuando optamos por algo, cuando se determina, es fundamental en nuestra vida cristiana y humana. Evidentemente, decidirse por algo implica renunciar a otras cosas, y esto nos puede dar miedo e incluso bloquear, pero al final es lo que da sentido a la vida y nos hace más libres.

            Es lo que nos enseña Jesús en el evangelio de hoy: Jesús “tomó la decisión de ir a Jerusalén”, más
Entrada de Jesús en Jerusalén - Giotto 1303-1304
Capilla de los Scrovegni - Padua (Italia)
Fuente de la imagen: famigliacristiana.it 

literalmente “endureció el rostro para encaminarse a Jerusalén”. Se nos describe así, con mucha fuerza expresiva, ese momento en que se toma con claridad y entereza una decisión importante y difícil que marca un antes y un después en la vida. El Señor sabe lo que le espera en la Ciudad Santa y asume su destino, hace suya la voluntad del Padre, decide con determinación entregar su vida “en rescate por muchos”, según lo que profetizó Isaías del Siervo de Yahvé. San Lucas da una especial importancia a este momento de la vida de Jesús, haciendo que coincida con el final de la primera parte de su evangelio, centrado en el ministerio de Jesús en Galilea y el comienzo de la segunda parte con su ascender hacia su fin. A partir de ese momento, el Señor también se vuelve mucho más exigente con los que él mismo llama para que le sigan, como con los que se proponen ellos mismos para ser sus discípulos. A partir de ese momento ya nos es tiempo de medias tintas sino de claridad, de hacer uso de la libertad fundamental que Dios nos ha dado tomando una decisión definitiva. Esto es lo que quiere indicar la radicalidad con la que Jesús contesta a los que le piden poder despedirse de su familia o enterrar a su padre antes de ir tras él. La respuesta deliberadamente exagerada, hiperbólica, de Jesús, no va contra la familia ni los deberes familiares, sino es un modo retórico de indicar la importancia de la acción de tomar una decisión clara por él y el reino de Dios sin anteponerle nada.

vatican.va


            Tomar una decisión así sin ‘mirar atrás’, una decisión por los valores del reino aceptando el sufrimiento que ello conlleva en un mundo como el nuestro, la cruz que implica, es lo que pide el Señor a nosotros que hemos sido llamados o que nos sentimos atraídos por él. Cuando tomemos esta decisión de una vez por todas, del mismo modo que Jesús la tomó, experimentaremos profundamente nuestra libertad, nos sentiremos verdaderamente libres, aunque ello signifique paradójicamente autolimitarnos, renunciar a otras cosas también bellas que nos ofrece la vida, y dirigirnos con determinación hacia nuestro destino, hacia lo que Dios quiere de nosotros, quizás hacia nuestro Gólgota.

jueves, 27 de junio de 2013

El papa Francisco y la invencibilidad de la cruz


Homilía Domingo 23 de junio de 2013
XII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
Solemnidad de Pentecostés en las Iglesias ortodoxas y orientales

Hace una semana el papa Francisco cumplía sus primeros cien días de pontificado, tiempo
Fuente de la imagen: practicaespanol.com
que le ha bastado para ganarse el cariño de los fieles y para suscitar grandes expectativas y esperanzas dentro y fuera de la Iglesia. Su sencillez, su cercanía a las personas, su preocupación por los más pobres y desfavorecidos, su sobriedad, su poner al centro de su ministerio el ser pastor, su insistir en la misericordia divina... todo esto y más cosas nos han vuelto a ilusionar a muchos después de momentos muy difíciles por los que hemos pasado -y digo esto sin querer quitar nada a la grandeza de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. No se trata de comparar sino de discernir y agradecer la acción de Dios en su Iglesia. En este sentido, dentro de este momento de gracia que estamos viviendo con el comienzo del pontificado del papa Francisco, junto a la capacidad de renovación que tiene la Iglesia, lo que realmente impresiona es su invencibilidad, cosa de la que yo estoy cada día más convencido según la promesa del Señor de que “el poder del infierno no la derrotará”. Por mucho que los hombres de Iglesia hagamos para destruirla, por muchos que las fuerzas del mal presentes y actuantes en este mundo la ataquen, por mucho que Satanás la asalte, la Iglesia no puede perecer, pero no por virtud propia, sino porque se funda en Cristo, más aún, porque surge de un acontecimiento que es un fracaso para el mundo, porque nace de la cruz. La Iglesia es invencible porque la cruz es invencible. Cuando la Iglesia se aleja de ella, cuando se vuelve mundana entremezclándose con los poderes de este mundo, pierde su razón de ser y salen a la luz todas sus miserias y su pecado. Cuando, en cambio, vuelve a su fuente, vuelve a la cruz, todo se pone en su sitio y brilla de nuevo el ser y la razón de ser de la Iglesia. Es esto lo que creo está pasando en estos primeros días del papa Francisco. Hoy percibimos con más claridad la trascendencia de aquellas palabras sobre la cruz que pronunció en la primera misa que celebró con los cardenales en la capilla Sixtina el día después de su elección:

"Este Evangelio prosigue con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor."

(Homilía misa con los cardenales, Capilla Sixtina, jueves 16 de marzo 2013)


            Esta importante homilía del papa Francisco hace referencia al episodio de la confesión de fe
Fuente de la imagen: evangelio.wordpress.com
de Pedro que hemos escuchado en el evangelio de este domingo. En aquella ocasión, en la misa con los cardenales, se proclamó según la versión del evangelio de san Mateo, en la que se incluye el diálogo entre Jesús y Pedro en el que el Señor le da el primado sobre su Iglesia y en el que el apóstol rechaza el mensaje de la cruz. Hoy hemos escuchado el relato que nos ofrece san Lucas que omite este diálogo entre Jesús y el príncipe de los apóstoles, pero que sin embargo es el único de los evangelistas que pone de relieve el carácter cotidiano del tomar la cruz.

            Como acabamos de escuchar en el evangelio, después de que Pedro confesara su fe en Jesús como el Mesías y de que el Señor prohibiera divulgar esto para evitar malentendidos y anunciara su pasión, se explicitan los requisitos para ser su discípulo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”. Solo Lucas añade a la exigencia de tomar la cruz, que esto hay que hacerlo cada día. ¿Qué significa concretamente esto? ¿Qué significa tomar la cruz y hacerlo cada día?

            Para entender esto y retomando lo que decíamos antes de los primeros cien días del papa Francisco y su poner al centro la cruz, quizás lo más apropiado es citar lo que él mismo hoy ha dicho antes del rezo del Ángelus comentando el evangelio de este duodécimo domingo del Tiempo Ordinario. En estas palabras del sucesor de Pedro se nos transmite con una autoridad que nace también de su entrega y coherencia de vida, el significado de la cruz que estamos llamados a tomar cada día y su invencibilidad:

 "Pero, ¿qué significa “perder la vida por causa de Jesús”? Esto puede suceder de dos maneras: explícitamente confesando la fe, o implícitamente defendiendo la verdad. Los mártires son el máximo ejemplo del perder la vida por Cristo. En dos mil años son una fila inmensa de hombres y mujeres que han sacrificado su vida por permanecer fieles a Jesucristo y a su Evangelio. Y hoy, en muchas partes del mundo son tantos, tantos, más que en los primeros siglos, tantos mártires que dan su vida por Cristo. Que son llevados a la muerte por no renegar a Jesucristo.
Pero también está el martirio cotidiano, que no comporta la muerte pero que también es un “perder la vida” por Cristo, cumpliendo el propio deber con amor, según la lógica de Jesús, la lógica de la donación, del sacrificio. Pensemos: ¡cuántos papás y mamás cada día ponen en práctica su fe ofreciendo concretamente su propia vida por el bien de la familia! Pensemos en esto. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos y religiosas desarrollan con generosidad su servicio por el Reino de Dios! ¡Cuántos jóvenes renuncian a sus propios intereses para dedicarse a los niños, a los minusválidos, a los ancianos…! ¡También estos son mártires, mártires cotidianos, mártires de la cotidianidad!
Y después hay tantas personas, cristianos y no cristianos, que “pierden su propia vida” por la verdad. Y Cristo ha dicho “yo soy la verdad”, por tanto, quien sirve a la verdad sirve a Cristo. Una de estas personas, que ha dado su vida por la verdad es Juan el Bautista: precisamente mañana, 24 de junio, es su fiesta grande, la solemnidad de su nacimiento. ¡Cuántas personas pagan a caro precio el compromiso por la verdad! ¡Cuántos hombres rectos prefieren ir contracorriente, con tal de no renegar la voz de la conciencia, la voz de la verdad!"


miércoles, 17 de octubre de 2012

Siempre estamos a tiempo para decir sí al Señor



Homilía Domingo 14 de octubre de 2012
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)

Detalle del mosaico de Cristo pantocrátor
Iglesia de San Salvador en Chora (Estambul)
Fuente de la imagen: flickr.com
            Estoy seguro de que algunos de nosotros hemos percibido alguna vez en nuestra vida esa mirada tan especial que Jesús dirige al hombre rico del evangelio de hoy, hombre que según el evangelista Mateo es joven. El texto dice que el Señor “se le quedó mirando con cariño”, o más literalmente “se lo quedó mirando y lo amó”, o “fijando en él la mirada, quedó prendado de él”. El verbo que se utiliza en el texto original griego  –agapáô- indica un amor de predilección. Jesús mira intensamente a este joven y lo ama. Lo ama no porque ha guardado los mandamientos con fidelidad desde su juventud, sino porque ha buscado con empeño, desde su adolescencia, la sabiduría, como Salomón en la primera lectura: “Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza.... La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso”. Este joven busca la sabiduría, busca vivir una vida auténtica, por eso se acerca corriendo a Jesús, se arrodilla y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Sabemos que este amor especial que siente Jesús por el joven no se debe a su cumplimiento de la Ley porque Dios no nos ama por cumplir la Ley, su amor no está condicionado a lo bueno que seamos, sino que nos precede, es un amor ‘primero’ y gratuito. Sin embargo, en este caso se trata de un amor especial. El Señor desde la eternidad ha amado a este joven y puesto en él el deseo de la sabiduría para que buscara al Único que es bueno de verdad, al Único que puede dar vida eterna.

Fuente de la imagen: faberex.wordpress.com
Por eso Jesús se atreve a pedirle algo más, algo que pide solo a aquellos con los que quiere compartir más de cerca su vida y su ministerio. Jesús sabe que para este joven sus riquezas son un obstáculo para que realice lo que Dios tiene pensado para él. Puede que a otras personas que son amadas con el mismo amor de predilección el Señor pida una renuncia distinta, según donde cada cual tenga puesto su corazón y lo que considere su tesoro. Las riquezas materiales, sin embargo, son para la mayoría de nosotros un verdadero ídolo, algo que pervierte nuestra relación con Dios y con los demás, y nos esclaviza impidiendo que seamos libres para seguir al Señor. Por eso todos nosotros debemos desprendernos de las riquezas con el corazón –es decir, no poner nuestra confianza en ellas-, y a algunos se les pide que lo hagan también materialmente.

Sabemos la reacción de este joven: se marcha ‘pesaroso’, ‘triste’. Dicen los grandes maestros espirituales que hay distintos tipos de tristeza. Hay una tristeza que lleva a la muerte del alma, que nace de la envidia, del apego a las riquezas, del estar atrapados en las preocupaciones del mundo. Hay otro tipo de tristeza que lleva a la vida y que está asociada al arrepentimiento sincero, al darse cuenta de que hemos rechazado la voluntad de Dios, lo que él tenía pensado para nosotros.

Puede que la tristeza de este joven sea de este segundo tipo. Puede que se arrepintiera de haber dicho que no a lo que le pedía Jesús. Puede que después haya renunciado a sus riquezas y se haya hecho discípulo del Señor. El hecho de que este episodio se narre en los tres evangelios sinópticos puede ser signo de que esta persona fuese conocida en la primera comunidad cristiana y que hubiera, ya como creyente, contado la historia de su primer encuentro con el Maestro.

Mientras vivimos en este mundo estamos siempre a tiempo para volver sobre nuestros pasos y decir ‘sí’ al Señor, sean cuales sean nuestras circunstancias actuales. Si en algún momento de nuestra vida hemos percibido que el Señor nos miraba con amor de predilección y nos pedía alguna renuncia para seguirle más de cerca y le dijimos que ‘no’, estamos aun a tiempo para cambiar las cosas. Algunas personas me han contado con dolor que en un dado momento se sintieron llamadas a la vida consagrada, o a una vida de apostolado muy comprometido, pero por miedo, o porque temían entristecer a sus padres, o porque se sentían también muy ligados a otras cosas o personas, dijeron que no. Pues ahora es el momento de decir ‘sí’. Puede que las circunstancias hayan cambiado y que haya que plantearse el seguimiento de Jesús en otros términos, pero la radicalidad de la opción por él debe ser la misma. El Señor nos sigue mirando con el mismo amor y sigue esperando nuestro sí; como dice el apóstol Pablo: “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).

San Francisco renuncia a los bienes
Atribuido a Giotto (1295-1300)
Basílica superior de Asís (Italia)
En el evangelio de hoy Pedro hace notar a Jesús que él y los demás discípulos sí han dejado todo y le han seguido, a lo que el Señor contesta prometiendo el céntuplo en este tiempo a los que dejen algo por él “y en la edad futura, vida eterna”. Creo poder decir con casi absoluta certeza que todos los que hemos dejado algo para seguir más de cerca al Señor podemos dar testimonio de que esta promesa se cumple, que hemos recibido cien veces más de los que hemos dejado en relaciones humanas y en bienes . Sin embargo, Jesús también dice –algo que curiosamente solo aparece en el evangelio de Marcos- que este céntuplo va acompañado de persecuciones. Evidentemente, el camino del discipulado no es una camino de rosas; si es auténtico, implica participar de algún modo en la suerte del Maestro, pero experimentando a la vez las consolaciones de Dios y la gran riqueza en relaciones humanas y en comunión de bienes que comporta el ser apóstol.

            Como podemos constatar al reflexionar sobre el evangelio de hoy, es verdad lo que se afirma en la segunda lectura de la Carta a los Hebreos sobre la Palabra de Dios: “es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y huesos. Juzga los deseos e intenciones del corazón”. La Palabra de Dios nos ayuda a hacer claridad en nuestro interior, a darnos cuenta de nuestras motivaciones y de nuestros deseos y anhelos más profundos y a juzgarlos según Dios y a amoldarlos a su voluntad. En esto consiste el duro y fascinante camino hacia la perfección cristiana.

martes, 18 de septiembre de 2012

Pensar como Dios, no como los hombres



Homilía Domingo 16 de septiembre de 2012
XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)

Hay un modo de pensar, una forma de ver las cosas, de interpretar la vida y el mundo, de entender nuestra historia, lo que nos pasa, que podríamos llamar ‘del mundo’, ‘mundano’, que Jesús indica con la expresión “pensar como los hombres”, y que él percibe como satánico, como una tentación, que provoca la reacción más dura que encontramos en sus labios en todo el evangelio: “¡Aléjate de mí, Satanás!¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”.  Este modo de pensar implica una cierta forma de entender el éxito y el fracaso en la vida, lo que cuenta y lo que no para una vida lograda, lo que es una vida según la voluntad de Dios... Tiene que ver directamente con nuestra comprensión del sufrimiento, de la cruz, de la humillación, del servicio, de la entrega... Sorprende y a la vez alarma constatar la frecuencia con la que los cristianos, es decir los que nos hemos comprometido en el bautismo a vivir unidos al Señor configurando nuestra vida a su muerte y resurrección, pensamos como los hombres y no como Dios. Nos acercamos a un grupo de cristianos que está conversando y fácilmente oímos cosas como las siguientes: ‘qué mala suerte ha tenido en su vida’, ‘qué cruz le ha tocado’, ‘qué bien se lo pasa aquel y lo listo que es’, ‘qué tonto es aquel otro que se deja pisar por todos’, ‘que estúpido es ese que lo único que hace es cuidar de su padre enfermo y no vive su vida’, ‘por qué habrán tenido tanto hijos ese matrimonio para estar siempre tan agobiados y no poder darse ningún capricho’, etc. Podríamos añadir muchos más ejemplos y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos pensando igual. No hemos entendido, o no queremos entender, el mensaje de la cruz y de la entrega. Nos quedamos con Jesús como salvador, como Mesías, pero lo increpamos en nuestro interior cuando nos habla de cruz, de servicio, de entrega, de sufrimiento por el reino.

                En el apóstol Pedro nos podemos reconocer todo. Había sido testigo privilegiado del comienzo del ministerio de Jesús en Galilea, de sus milagros y de la fuerza de sus palabras, del éxito que tenía entre las masas. Todo eso, junto al auxilio de la gracia –‘te lo ha revelado mi Padre que está en el cielo’-, hace que llegue a confesar a Jesús como el Mesías esperado, el ungido por Dios para cumplir su promesa de salvación. Pero Jesús inmediatamente precisa, ‘explicándolo con toda claridad’ dice el evangelio, que lo hará según la voluntad de Dios y no según las ideas de los hombres, por un camino que implica ‘padecer mucho’. Esto Pedro no lo puede aceptar, no es así como él entiende el actuar de Dios que debe ser siempre con potencia, exitoso, glorioso, triunfando sobre los enemigos, como narran los libros del Antiguo Testamento. Un actuar del Dios todopoderoso, creador del mundo y liberador de Israel, en clave de humildad, de fracaso, de sufrimiento no es concebible y parece chocar con la relevación que ha hecho de sí mismo en la historia del pueblo elegido recogida en los libros sagrados.

Fuente de la imagen: www.tattoodonkey.com
Sin embargo, si miramos bien encontramos también en la Sagrada Escritura mención de otro modo de actuar de Dios a través de sus elegidos. En el libro del profeta Isaías se habla de un siervo que traerá la salvación a través del sufrimiento. Lo acabamos de escuchar en la primera lectura: “yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos”. Pero estas ideas no entraron a formar parte de un modo relevante en la esperanza mesiánica del pueblo de Israel que esperaba un Mesías poderoso, un gran rey o un personaje apocalíptico. Sucede con frecuencia que hacemos más caso a los textos de la Escritura que concuerdan con nuestras expectativas que aquellos que las cuestionan. Tenemos que liberarnos de nuestros prejuicios para poder descubrir el actuar de Dios en nuestra vida y para discernir su voluntad.

De acuerdo con este camino de humillación, de servicio, de entrega, de cruz que Jesús hace suyo y que elige conscientemente resistiendo la tentación satánica de seguir otro camino más acorde al ‘pensar de los hombres’, el Señor indica las condiciones para ser su discípulo. Es preciso escoger el mismo camino. Jesús aclara lo que significa esto en lo concreto de nuestra existencia: negarse a sí mismo, hacer la voluntad de Dios cargando con la cruz como él que la llevó sobre sus hombros camino del Calvario, perder la vida, no avergonzarnos de él ante los hombres...

En la segunda lectura Santiago nos dice, por si no lo tuviéramos claro, que no basta pensar como Dios en abstracto, sino que hay que actuar según este pensar. Es con los hechos de la vida que se muestra que se ha elegido el camino del Señor, que se tiene fe. Una fe sin obras ‘está muerta por dentro’. Es verdad como dice insistentemente san Pablo que las obras no nos salvan, que estar a bien con Dios no depende de que seamos buenos y de que cumplamos su ley, sino que la salvación es un regalo gratuito e inmerecido que aceptamos por la fe. Pero esta fe si está viva se manifiesta en obras, se manifiesta en un cierto modo de pensar, de actuar y de sentir, si no, aunque digamos tener fe, está ‘muerta por dentro’, como a veces lo estamos nosotros cuando hemos perdido el sentido de la vida y la dirección a la que vamos y no entendemos ni aceptamos lo que nos pasa porque aun no conocemos a Dios y su modo de actuar.

jueves, 30 de agosto de 2012

Palabras duras pero de vida eterna



Homilía Domingo 26 de agosto de 2012
XXI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)

                Las lecturas de este domingo son una buena muestra de lo que dice Simón Pedro a Jesús cuando pregunta a los Doce si ellos también se quieren echar para atrás: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. La Palabra de Dios puede a veces ser dura, puede no ofrecernos un consuelo fácil, ni decirnos lo que nos gustaría oír -no nos regala el oído-, pero es palabra de vida eterna, es palabra que salva, como no puede hacerlo ninguna palabra humana que está limitada a lo mundano, a nuestro lado de la realidad. Podemos tener muchos maestros y muchos amigos que nos dicen cosas bonitas y útiles, pero solo uno de ellos no es de este mundo, solo uno de ellos ‘ha bajado del cielo’ y tiene palabras de vida eterna: Jesucristo, la Palabra de Dios, el Logos encarnado. A él acudimos, muchas veces cuando todo lo demás nos falla.

                La primera lectura del libro de Josué narra un momento decisivo en la historia del pueblo elegido, cuando, una vez asentado en la tierra prometida, ratifica, renueva, la alianza con Dios. El anciano Josué, que guió al pueblo en la conquista de esa tierra, quiere que todas las tribus renueven la alianza del Sinaí y convoca para ello a sus jefes en el santuario de Siquén: “Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quien queréis servir... yo y mi casa serviremos al Señor”. A esta pregunta-provocación del sucesor de Moisés, el pueblo responde: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!”. Al narrar este texto un momento en que el pueblo debe tomar una decisión, debe comprometerse, debe optar, es fácil relacionarlo con el pasaje del evangelio que acabamos de escuchar en el que Jesús también pregunta a los doce apóstoles si quieren irse. En nuestra vida, con cierta frecuencia, se nos pide tomar una decisión o renovarla, decidir si queremos servir a Dios o no. Israel toma la decisión de servir al Señor sobre la base de lo que Dios ha hecho en el pasado en su favor, de cómo ha actuado en su historia liberándolo de la esclavitud. Por eso es oportuno también para nosotros hacer memoria de lo que el Señor ha llevado a cabo en nuestra vida, de la salvación que nos ha otorgado, ya que es fácil olvidarlo sobre todo cuando las cosas nos van bien, y renovar así nuestro compromiso de servirle. Es lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía.

Familia del Castillo - Tomillo (Madrid)
                La segunda lectura de la misa de hoy, de la Carta de san Pablo a los Efesios, es el texto bíblico de referencia para fundamentar la sacramentalidad del matrimonio entre cristianos. El matrimonio es uno de los siete sacramentos de la Iglesia y decimos que lo es porque es signo e instrumento, es signo eficaz, de la unión entre Cristo y la Iglesia. En un principio este texto del apóstol nos puede sorprender por su aparente tono machista. Pablo habla de sumisión de la mujer al marido en todo, de que el marido es cabeza de la mujer. Sin entrar en un análisis detenido de esta cuestión, sí es útil señalar algunas cosas que nos pueden ayudar a enmarcar bien este texto. Pablo escribe sus cartas y ejerce su ministerio en un contexto socio-cultural determinado, que él en principio asume sin cuestionarlo directamente, pero en el que inserta la novedad del evangelio con toda su fuerza transformadora. Así, no cuestiona en sus cartas el machismo de la sociedad de entonces, ni la esclavitud, ni la forma de gobierno, etc. Sin embargo, al introducir la novedad del evangelio, injerta en esta cultura un nuevo dinamismo que la irá cambiando desde dentro. Esto lo podemos ver en el texto de la segunda lectura de hoy. El apóstol habla de sumisión de la mujer al marido, pero el fundamento de esta actitud no es social, no es la ‘diferencia de género’ como algunos dirían hoy, sino que es religioso. Pablo invita a los cristianos a ser sumisos los unos a los otros, a ponerse a servicio de los demás, a considerar a los otros superiores a uno mismo. En el fondo el fundamento de esta sumisión es seguir el ejemplo de Cristo que ‘siendo de condición divina... se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo’ (cfr. Flp 2,6-7), y esto vale tanto para la mujer cristiana como para el varón bautizado. Por eso Pablo, si bien dice a las mujeres que estén sometidas a sus maridos en todo, también dice a los maridos que amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia entregándose por ella. De todos modos, lo más señalado del texto de la Carta a los Efesios que hemos escuchado es su mención del ‘gran misterio’, que Pablo refiere a Cristo y a la Iglesia. La palabra ‘misterio’, en griego mysterión, en latín sacramentum, hace referencia en la teología de Pablo al plan de salvación de Dios que se actualiza para nosotros en el culto cristiano. Pablo aplica a la unión de Cristo y la Iglesia un texto del libro del Génesis que se refiere directamente al matrimonio: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gn 2,24). Para nosotros el matrimonio entre cristianos manifiesta y hace presente, en su celebración, pero también en su misma vida, el gran misterio de la unión de Cristo y la Iglesia, del amor de Dios hacia la humanidad. Por eso es tan importante el testimonio que pueden dar los matrimonios cristianos en un mundo secularizado que ya no conoce el amor de Dios.  

Fuente de la imagen: russellminick.com
El pasaje del evangelio de hoy es el final del discurso de Jesús sobre el pan de vida, discurso que nos ha acompañado a lo largo de varios domingos de este verano y que podemos leer en el capítulo seis del evangelio de san Juan. En la perícopa de hoy vemos las reacciones de los discípulos -no ya de los judíos- a las palabras de Jesús. Muchos de ellos dicen que el modo de hablar de Jesús es duro y se echan para atrás. Hoy también, como entonces, constatamos como muchos cristianos, a veces pueblos y países enteros, abandonan la fe, sobre todo cuando se enfrentan a sus requerimientos, y hoy como entonces el Señor no rebaja sus exigencias, no baja el listón; él sabe que la fe es un don: “nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede”. Es útil preguntarnos qué es lo que hace que las palabras de Jesús suenen duras a sus discípulos, ya que no es del todo evidente en el texto del evangelio. Jesús antes había hablado del pan que baja del cielo, del verdadero maná, del pan que da vida eterna, de su carne que es dada para la vida del mundo. La dureza de estas palabras de Jesús se debe a que hacen referencia de modo implícito al misterio de la cruz, como comprobamos al considerar los textos paralelos en los otros evangelios, y a que señalan su origen divina. Muchos de sus discípulos no pueden aceptar ni una cosa ni la otra: conocen el origen humano de Jesús que parece contradecir sus pretensiones y no tiene cabida en sus esquemas el camino de la cruz como camino de salvación. Jesús pregunta entonces a los doce si también ellos quieren marcharse. Simón Pedro responde en nombre de todos: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo consagrado por Dios”. Pedro profesa su fe y reconoce que solamente Jesús tiene palabras de vida eterna. Pueden ser palabras duras, que requieren fe para aceptar su origen divina y sus exigencias de cargar con la cruz, pero son las únicas que salvan. Benedicto XVI, comentando este texto, hace notar que dentro del grupo de los Doce está Judas, cosa sobre la cual insiste también mucho el evangelista Juan. Él no se echa para atrás, pero tampoco acepta a Jesús como mesías. Vive en la mentira. Permanece físicamente en el grupo de los Doce, pero su corazón está en otra parte; se siente traicionado por Jesús y quiere a su vez entregarlo. La figura de Judas es una advertencia para los discípulos del Señor de todos los tiempos.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)