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jueves, 20 de abril de 2017

Volver a Galilea para apropiarnos de nuestra historia


Homilía en la Vigilia Pascual
Madrid, 16 de abril 2017

Queridos hermanos y amigos:

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Hoy celebramos ­-y celebrándolo lo hacemos presente con toda su fuerza salvífica para nosotros hoy­- el acontecimiento fundamental de nuestra fe, la resurrección del Señor. «Jesús ha resucitado»: este es el anuncio, la buena noticia que da el ángel a las mujeres que fueron al sepulcro ese primer día de la semana, el día después del sábado, al amanecer. Él ángel les anuncia un acontecimiento, algo que ha tenido lugar, pero algo realmente excepcional, un actuar de Dios en nuestra historia solo comparable con la creación del cosmos de la nada. Dios resucita a Jesús de la muerte, cumpliendo de modo sobreabundante todas sus promesas, yendo mucho más allá de lo que podíamos imaginar: la resurrección del Señor es el fundamento de nuestra vida y de nuestra esperanza. El cristiano es fundamentalmente una persona que cree en la resurrección del Señor.

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La excepcional Liturgia de la Palabra de esta Vigilia Pascual nos muestra el acontecimiento de la resurrección como culmen de toda la historia de la salvación, de toda esa historia dirigida por Dios para salvar al hombre hecha de gestos y palabras narrados en el Antiguo Testamento. Así, la primera lectura nos habla de la creación del mundo, porque la resurrección es el cumplimiento de la creación, es el inicio de la nueva creación en la que Dios será «todo en todos» (1 Cor 15, 28). La segunda lectura del sacrificio de Abraham, porque Jesús es el verdadero Isaac entregado por Dios Padre y porque Abraham es modelo de creyente por su obediencia a la palabra; la tercera lectura del éxodo, porque el poderoso actuar de Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud era imagen y preparación de la verdadera Pascua que nos libera del pecado y de la muerte. La cuarta y la quinta lectura de Isaías porque los planes de Dios no son nuestros planes y nuestros caminos no son los suyos y porque el amor de Dios es un amor eterno; aunque nos hayamos sentidos abandonados por él, eso fue cosa de un momento; la sexta lectura del profeta Baruc, porque la resurrección del Señor es donde se encuentra «la vida larga, la luz de los ojos y la paz»; la séptima lectura de Ezequiel, porque por medio de la muerte y resurrección de Jesús, Dios ha hecho una nueva alianza con nosotros, dándonos su espíritu que nos permite caminar en una vida nueva.

Pablo nos dice en su epístola a los Romanos que gracias al bautismo hemos sido incorporados al misterio de la muerte y resurrección de Jesús; hemos sido sacramentalmente sepultados con él para resucitar con él a una vida nueva. Por eso esta noche renovamos nuestras promesas bautismales, ya que al don de la gracia del bautismo debe corresponder nuestro esfuerzo por vivirlo a través de las opciones de vida que tomamos y de los valores que intentamos honrar. Hoy queremos renovar nuestras promesas bautismales, pero no como un rito más, sino con sinceridad.

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Del pasaje evangélico que acabamos de escuchar, quero solo indicar tres elementos que destaca el mismo evangelista Mateo: el sepulcro vacío, el «ir a Galilea» y la unidad entre el crucificado y el resucitado. En primer lugar: el sepulcro vacío. Hay una insistencia en este hecho en el relato evangélico. El ángel dice a las mujeres: «No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía…». La tumba estaba vacía. Ya no estaba el cuerpo del Señor. Los que hemos tenido el regalo de ir a Tierra Santa y visitar la Basílica del Santo Sepulcro, hemos podido entrar en ese edículo y tocar con mano la tumba vacía como las mujeres aquel primer domingo. Esa tumba vacía es prueba de ese acontecimiento tan asombroso de la resurrección. 


En segundo lugar, el ángel pide a las mujeres que digan a los discípulos que vayan a Galilea, allí verán a Jesús, y la misma orden repite el resucitado justo después. ¿Por qué ir a Galilea? ¿Qué significado tiene Galilea? En Galilea todo empezó. En Galilea los discípulos podrán
«rebobinar» su historia desde principio, pero ahora mirándola con ojos nuevos, a la luz de resurrección. Allí podrán entender mejor lo que significó su llamada años atrás a orillas del lago a ser pescadores de hombres, las bienaventuranzas que pronunció el Señor en aquel monte y que entonces parecían palabras de otro mundo; allí también podrán comprender mejor los momentos de prueba y la oposición a Jesús que fue creciendo hasta llevarle a la muerte. También para nosotros es importante de vez en cuando «volver a Galilea» para reencontrarnos con nuestra historia y entenderla mejor y asumirla, volver a los inicios, a ese amor primero. Mirar el recorrido de nuestra vida a la luz del misterio pascual nos permite comprenderlo mejor y hacerlo nuestro, apropiarnos de él y abrazarlo como una historia de amor y redención; también los momentos de prueba y de oscuridad, adquieren sentido. 

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En tercer lugar, la unidad entre la pasión-muerte y la resurrección. Él ángel dice a las mujeres: «buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí…». El resucitado es el mismo que fue crucificado. La resurrección es la otra cara de la moneda de la pasión y la muerte. La cruz, esa cruz no buscada directamente ni querida, que permite el Señor en nuestra vida, esa cruz que nace de la entrega a los demás y de la lucha por el Reino y la justica en un mundo marcado por el pecado, es el camino para la resurrección.


¡Que el Señor nos de la alegría de la resurrección y nos ayude a vivir con más coherencia nuestro bautismo!

sábado, 21 de enero de 2012

Serían las cuatro de la tarde

Homilía 15 de enero 2012
II Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)


            Hay encuentros con personas que recordamos para toda la vida. Recordamos el día y la hora en que tuvieron lugar, las circunstancias, las palabras y los gestos… Bendecimos, como dice una bella canción, ‘el reloj que nos puso puntual ahí y el motivo de estar en ese lugar’. Son encuentros que nos cambian la vida, que abren un nuevo horizonte, en los que encontramos lo que estábamos buscando quizás sin saberlo, aquello que da un sentido pleno a nuestra existencia, a nuestra historia anterior y al futuro que nos aguarda.

            Una vivencia parecida es la que nos narra el evangelio de hoy; un bellísimo y sugestivo pasaje del evangelio de san Juan que tiene todo el sabor de una experiencia personal, de un relato autobiográfico. Aunque la exégesis moderna pueda dudar de la autoría del cuarto evangelio y de la identidad del apóstol del que se omite el nombre y que estaba con Andrés ese día, la tradición de la Iglesia desde siempre lo ha identificado con el evangelista Juan, autor del relato. Eso parece sugerir esa mención de la hora del acontecimiento que cambió su vida: “serían las cuatro de la tarde”.
            Todo el relato de este encuentro con el Salvador tiene una hondura de significado que nos cautiva y nos lleva a imaginarnos la escena y a sentirnos parte de ella. Los dos discípulos, Andrés y Juan, estaban con el Bautista a orillas del Jordán donde él bautizaba; eran sus discípulos. Pero Juan sabía cuál era su misión: él debía ‘manifestar a Israel alguien que venía detrás de él, pero que estaba delante, porque existía antes que él’. A Juan se le había revelado que aquél sobre quien viera posarse el Espíritu sería el que bautizara con Espíritu Santo. Juan lo vio posarse sobre Jesús y dio su testimonio. Fijándose en Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Extraña expresión la que utiliza el Bautista para dar testimonio de Jesús. Para entenderla tenemos que hacer referencia al Antiguo Testamente donde se hace mención del cordero pascual, el que comieron los israelitas la noche que salieron de Egipto y con cuya sangre marcaron sus casas para que no pasara por ellas el ángel exterminador (Ex 12, 1-14). Es el cordero que indica el paso de la esclavitud a la libertad. Por otro lado, el término cordero está también relacionado con el Siervo de Yahvé del que habla el profeta Isaías, que iba a ser como ‘cordero llevado al matadero’, que ‘justificaría a muchos porque cargaría con sus crímenes’ (Is 53, 7.11). Cuando Juan y Andrés oyeron al Bautista señalar de ese modo a Jesús se pusieron a caminar detrás de Él. El Bautista no lo impide aunque eran sus discípulos; sabe que ha llegado el Elegido, el Hijo de Dios y deja que se vayan tras él. Preciosa imagen a tener presente en la labor sacerdotal y la dirección espiritual. Es necesario saber ‘dejar ir’ a las personas una vez que las hemos llevado a encontrarse con el Señor; no tenemos que mantenerlas para siempre a nuestro lado. Somos amigos del Esposo que cumplen su función cuando acompañan la novia donde está Él.

"Este es el Cordero de Dios"
P. Rupnik - Centro Aletti
Cripta de la Iglesia de S. Pio de Pietralcina
San Giovanni Rotondo (FG-Italia)


            Jesús, al ver que lo seguían, se da la vuelta y pregunta: “¿Qué buscáis?”. Hay que entender estas palabras en toda su hondura existencial, como pasa con otras expresiones del cuarto evangelio. Jesús no sólo pregunta acerca del motivo que les lleva a caminar detrás de él, sino acerca de lo que de verdad buscan, lo que les motiva, sus anhelos más profundos. Podríamos hacernos esta misma pregunta nosotros aquí hoy: ¿Qué buscamos? ¿Qué nos ha traído aquí? ¿Qué anhelamos al participar en esta Eucaristía? ¿Qué deseamos para nuestra vida? Los dos apóstoles responden a la pregunta con otra pregunta: Maestro, ¿dónde vives? Parecería que quieren conocer mejor al Maestro, a aquel que el Bautista había designado como el Cordero de Dios. El lugar donde alguien vive suele ser muy revelador de su persona. Quizás también, implícitamente, sugieren a Jesús ser sus discípulos. Puede que también estas palabras escondan un significado más profundo si pensamos que el verbo ‘vivir’ en el cuarto evangelio tiene acepciones trascendentes: Jesús ‘vive’ en Dios, permanece en Él, esta junto a Él, como se afirma en el prólogo de este evangelio.

            La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan y Felipe es muy significativa también para nosotros hoy. Jesús no explica donde vive, sino invita a que lo experimenten personalmente: “Venid y veréis”. Cuando Pablo VI decía que hoy se necesitan ‘más testigos que maestros’ y cuando Benedicto XVI insiste en que uno se hace cristiano a partir de un acontecimiento, del encuentro con una Persona, se está haciendo referencia a esto. Es el encuentro con el Señor lo que cambia la vida, lo que nos hace sus discípulos, lo que nos hace verdaderamente cristianos. No es el adherirnos a una ideología o entrar a formar parte de un grupo, o aceptar un determinado código moral, o creer una serie de verdades que se nos proponen. Por eso debemos poder siempre decir a quien nos pregunta acerca de nuestra fe, a quien busca la Verdad: ‘ven y verás’; y nuestra vida y la vida de nuestras familias y comunidades deben ser ámbitos en los que se pueda experimentar la presencia del Señor y encontrarse con Él. San Juan Crisóstomo decía algo parecido: “Si quieres que alguien se haga cristiano, invítale a vivir contigo durante un año”. Debemos poder siempre decir al que busca: 'ven y verás'. El verbo ‘ver’, de forma parecida a ’vivir’, tiene en el cuarto evangelio una significado técnico, se refiere al ver de la fe. Estos dos discípulos al convivir con el Señor verían con los ojos de la fe la gloria de Dios. Y eso es lo que ocurrió aquel día que pasaron con Jesús. No sabemos lo que hablaron ni lo que hicieron, sin embargo sí sabemos por lo que acontece inmediatamente después que se convencieron de que Jesús era el Mesías.
"Maestro, ¿dónde vives?"
P. Rupnik - Centro Aletti
Capilla de la Fraternidad san Carlo - Roma (Italia)

            Una vez encontrado lo que realmente buscaban no se lo guardan para ellos, sino lo comparten con las personas que más quieren. Andrés encuentra a su hermano Pedro, le dice lo que ha descubierto y lo lleva a Jesús. De este modo, empieza a perfilarse esa cadena de testimonios, de apostolado, en la que uno llama a otro, que empezó con Juan Bautista y que va creando la comunidad de lo creyentes, la Iglesia.

            Habíamos empezado considerando lo decisivo que puede ser para nuestra vida el encuentro con algunas personas. Hemos puesto estas experiencias en relación a la vivencia del encuentro de los dos apóstoles con Jesús que nos narra el evangelio. Ahora volvemos a nuestra vida iluminados por esta Palabra. Los encuentros que tenemos con personas, aún cuando casuales, debemos cuidarlos porque pueden significar mucho, tanto para nosotros como para los demás. Por otro lado, el encuentro personal más importante que podemos hacer es con Cristo, vivo y presente en su Iglesia. Antes de distribuir la comunión, el sacerdote levanta la hostia y repite las palabras del Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Decía el filósofo Sören Kierkegaard que la liturgia para ser tal debe hacernos contemporáneos de Jesús. El Señor está aquí realmente presente como lo estuvo a orillas del Jordán aquel día a las cuatro de tarde. Hoy podemos y debemos encontrarnos con Él.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)