El día de la
Vigilia de Navidad me mandó una amiga un Whatsupp con una foto de un belén que había hecho en un rincón de su casa; “mi sencillo belén” escribió, explicando
la foto, y así en efecto era: un nacimiento muy sencillo con la cabaña con paja
y un ángel en el techo, el buey y la mula, la sagrada familia, alaguna ovejas y
los reyes magos, unas palmeras... Todo muy sencillo, pero bellísimo y se notaba
que hecho con mucho cariño. Creo que ese belén representa muy bien el misterio,
con M mayúscula, que celebramos en estas fiestas,
misterio de amor y de sencillez, misterio de un Dios que se hace pobre y débil,
misterio de un Dios que entra en nuestra historia y cotidianidad, nuestra ordinariez, entendiendo bien esta palabra.
He pensando
mucho estos días en lo importante que es la tradición del belén impulsada por
esa representación viviente que hizo san Francisco del nacimiento de Jesús en
1223 en Greccio, haciéndose traer unos animales y un pesebre, y hablando del
nacimiento del ‘Rey pobre’. Cuando hacemos un belén, hacemos un acto de amor,
de ternura y de fe, como hizo esa noche de hace casi 800 años el ‘pobrecillo de
Asís’, queriendo hacer presente en nuestras casas e Iglesias el acontecimiento
que ha cambiado la historia del mundo y que da sentido a nuestra vida. Lo
hacemos sabiendo que representar ese misterio de salvación es un modo de
anunciarnos y anunciar la buena noticia de Jesús y de hacerla presente en
nuestros hogares y templos, sobre todo cuando estamos pasando por momento
difíciles. Es un modo de decir que nuestra vida por muy mal que esté, con toda
su cotidianidad y ordinariez, tiene
sentido. Hacer un belén, diría yo, es un modo concreto de orar, de alabar y
adorar y dar gracias a Dios.
Hay un
aspecto del nacimiento de Jesús que se representa con mucha expresividad en la
tradición de
El pesebre de Greccio - Giotto (1295-1299)
Basílica Superior de Asís (Italia) it.wikipedia.org
los belenes y que creo que este año cabe destacar. Es la primera Navidad
del papa Francisco, que ha elegido este nombre como papa por su cercanía
espiritual con el santo de Asís y por su especial predilección por los pobres. De
hecho, lo que sin duda caracteriza más este pontificado realmente profético
para nuestro tiempo es su clara opción por lo pobres, como puso claramente de
manifiesto a los pocos días de ser elegido hablando con los periodistas: “¡Cómo
me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”, dijo. Esta opción para el papa
no es una cuestión de marketing, como algunos podrían pensar, ni tampoco una
estrategia evangelizadora, ni un mero asunto de justicia social o de coherencia,
o algo romántico y sentimental, ni se debe a que los pobres sean moralmente más
buenos, sino es una elección que tiene un claro fundamento teológico: es Dios
quien elige a los pobres, es Dios quien opta claramente por ellos, como
constatamos al leer la Biblia. Privilegiar a los pobres es lo que hace Dios
desde siempre. El nacimiento de Jesús en Belén es también una clara muestra de
ello y así lo representamos en nuestros belenes.
En el documento
programático para la misión de la Iglesia en los próximos años titulado Evangelii gaudium que se hizo público
hace pocos días, el papa lo dice expresamente: “Hoy y siempre ‘los pobre son
los destinatarios privilegiados del Evangelio’, y la evangelización dirigida
gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir
sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres.
Nunca los dejemos solo” (n. 48).
Papa Francisco en una cárcel de menores
Casal del Marmo - Roma (Jueves Santo 2013)
Fuente de la image: vaticaninsider
Esto es lo que representamos en nuestros belenes: esta buena noticia para los pobres del Dios que se ha hecho uno de nosotros, de Dios que se hace pobre para enriquecernos
con su pobreza. Vivir verdaderamente la Navidad implica hacer nosotros también
esta opción por los pobres y la pobreza, por el camino de las bienaventuranzas,
por hacernos niños para poder entrar en el reino de loa cielo, por ser pobres
en el espíritu, por ser de esos sencillos a los que Dios revela sus misterios. Por
eso el misterio de Navidad choca tanto con la mentalidad consumista de nuestra
sociedad que está a sus antípodas. Ni Herodes, ni los doctores del pueblo de
Israel se acercaron a Belén, sino solo los pastores y los buscadores sinceros
de la Verdad. ¡Que Dios conceda a su Iglesia y a todos nosotros descubrir en el
año del Señor 2014 –que ya va siendo hora- la dicha que supone vivir las
bienaventuranzas, la felicidad que da el ser de los pobres de espíritu, como María
y José!
No
creo equivocarme si digo que cada uno de nosotros tiene algún texto bíblico que
para él o ella es especialmente importante, quizás porque lo oyó proclamado o lo leyó en un momento muy señalado de su vida y le aportó luz, consuelo y orientación, o porque se refiere a algo que vive muy de cerca, o por otros muchos posibles motivos. Para mí un texto particularmente significativo desde que lo leí hace muchos años cuando estudiaba teología en Roma, es el final de la Carta de san Pablo a los Gálatas que hoy hemos escuchado como segunda lectura. Esta conclusión escrita con letras grandes por su propia mano, como dice el apóstol, a modo de firma de su escrito y subrayando la importancia de lo que dice, es como un resumen de los contenidos fundamentales de la carta, carta que es muy importante para conocer la vida de Pablo y su pensamiento. Hay muchos temas importantes presentes en estos pocos versículos, como el significado de la cruz, la utilidad de la Ley de Moisés y de la circuncisión para la salvación, la Iglesia como nuevo Israel, el cambio ontológico que supone la unión con Cristo que nos hace nueva creación, etc. Yo me quería detener brevemente en el tema de las “marcas de Jesús”. Dice el apóstol en este texto: “En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gal 6, 17). ¿Qué son estas marcas? La palabra griega es stígmata y sabemos que han habido personas
en la historia de la Iglesia que han portado lo que llamamos ‘estigmas’,
heridas similares a las infligidas a Jesús en la pasión; entre ellas cabe
destacar a san Francisco de Asís por los numerosos testigos que corroboran la
veridicidad de estas heridas en su cuerpo, signo de su participación también
somática en la pasión del Señor. Pero Pablo en el texto de la Carta a los Gálatas
no se refiere a este tipo de marcas, sino a las cicatrices que lleva en su
cuerpo a causa de su misión de apóstol del Señor. Como tal tuvo que sufrir
muchas adversidades. Él mismo habla de ellas en la su segunda Carta a los
Corintios comparándose con los presuntos ‘super-apóstoles’ que habían fascinado
a esa comunidad; habla de fatigas, cárceles, palizas, peligros de muerte, largos
y peligrosos viajes, naufragios, persecuciones, etc. Estas son las marcas que
él lleva en su cuerpo, que le asemejan a Cristo y le unen al él. En la antigüedad,
estas marcas, stígmata, se ponían a los
esclavos y a los animales para indicar quien era su amo. Pablo sabe que estas
marcas que son consecuencia de su misión de apóstol indican que es esclavo de
Jesús y él se gloría de ellas y no de otras marcas en la carne como la
circuncisión de la que se sentían orgullosos los que le perseguían. Ser
apóstol, ser testigo del Señor, vivir los valores del reino, responder al mal
con el bien, siempre conlleva tener estas marcas que son signo de la pertenencia
a Cristo, de la unión con él y dan autoridad y credibilidad a quien las tiene.
El papa Francisco habló hace unos días del cardenal vietnamita Van Thuan como
“·testigo de la esperanza y ministro de la misericordia de Dios”, al finalizar
la fase diocesana de su proceso de beatificación. Van Thuan en 1975, cuando era
arzobispo de Saigón, bajo el régimen comunista, fue hecho prisionero a causa de
su fe y permaneció trece años en la cárcel, de los cuales nueve en aislamiento
total. En los Ejercicios Espirituales que dirigió a la Curia romana en el año
2000, después publicados en un libro titulado Testigos de esperanza, contó su experiencia en la cárcel y como se
mantuvo cuerdo y fiel al Señor y a su sacerdocio en esa situación tan extrema.
Esto es otro ejemplo de las marcas de Jesús de las que habla Pablo y que de un
modo u otro llevan todos los que son verdaderamente apóstoles y testigos del Señor.
De
ser apóstoles nos habla el evangelio de este domingo que es casi un tratado
sobre la misión de
Estigmatización de San Francisco de Asís (Giotto, 1325)
Basílica de la Santa Cruz - Florencia (Italia)
la Iglesia, ya que nos indica quiénes son los que la deben
llevar a cabo, cómo lo deben hacer, qué mensaje se debe transmitir, etc. Lo primero
a destacar es que en el evangelio de san Lucas encontramos una misión de los
setenta -o setenta y dos, según los manuscritos-, distinta a la previa misión
de los Doce, pero con los mismos contenidos y métodos. Esto quiere decir que no
solo los apóstoles y sus sucesores, los obispos y los sacerdotes, son lo encargadas
de la misión de la Iglesia, sino todos. El Concilio Vaticano II insistió mucho
en la misión de los laicos que no son sustitutos de los pastores cuando éstos
faltan o no pueden llegar a todo, sino que comparten en primera persona, de
acuerdo con su vocación específica, que es vivir en el mundo, la misión que
Jesús ha encomendado a toda la Iglesia. De este modo, los laicos están llamados
a ser fermento en el mundo, transformando sus estructuras y dando testimonio de
los valores del reino en los ambientes en los que viven. Jesús también dice a
estos 70 y a nosotros cómo se debe llevar a cabo la misión: con mansedumbre,
como “corderos en medio de lobos”, sin prepotencia, y también con urgencia, sin
‘perder tiempo’ innecesariamente. Nos dice que
para poder llevarla a cabo debemos ser libres, desprendidos de apegos
materiales y afectivos. También nos dice el mensaje que debemos anunciar, que
es la paz, la llegada del reino de Dios, el cumplimiento de las promesas
divinas de las que habla Isaías en la primera lectura; en el fondo, hay que
anunciarle a él, a Jesús, que es salvación para todos, ya que él es el ‘sí’ de
Dios a todas sus promesas. El número de 72 recuerda el número de naciones
paganas que se menciona en el Libro del Génesis poniendo de relieve la
universalidad de este anuncio.
También
en el Salmo Responsorial con el que hemos rezado después de la primera lectura
hemos
hecho alusión al mensaje que debemos transmitir: “Fieles de Dios, venid a
escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo”. Lo que anunciamos es lo que
hemos experimentamos, algo de lo que somos testigos. Por eso el Señor manda a
los 70 de dos en dos, porque para que un testimonio fuera válido legalmente
tenía que ser dado por dos o más personas. También les manda de dos en dos para
que se apoyen mutuamente y para que a través de la relación entre ambos se
constate la verdad de lo que anuncian. La relación entre los apóstoles, la vida
misma de la Iglesia, es un signo de credibilidad junto con las curaciones y los
milagros; debe mostrar la verdad de lo que se anuncia, de que se puede creer en
lo que se dice. Hay una derivación importante de esto en la vida actual de la
Iglesia y en su acción pastoral en relación al matrimonio y a la familia. Los
que hemos trabajado muchos años en la pastoral familiar de la Iglesia sabemos lo
eficaz que es el anuncio del evangelio hecho por un matrimonio, ya que la relación
entre los cónyuges puede volverse un signo claro de la verdad de lo anuncian, de
la buena noticia del amor y el perdón.
Es
también importante tener presente en nuestra a veces desalentadora tarea de anunciar
el
evangelio, de ser apóstoles, lo que dice Jesús acerca del éxito y lo que debe
ser el motivo de la verdadera alegría. Jesús invita a los 70 a no alegrarse por
sus aparentes éxitos apostólicos, sino porque sus nombres están inscritos en el
cielo. Lo que motiva la alegría de todo verdadero apóstol es su permanecer
unido al Señor ahora y en la eternidad, haciendo su deber y si es el caso
llevando las marcas de Jesús que son signo de su pertenencia a él.
Este
domingo también tenemos presente
Encuentro entre Pablo VI y Atenágoras I
Jerusalén, 5 de enero 1964
en nuestra oración al patriarca Atenágoras I de
Constantinopla y la Jornada Nacional de Responsabilidad en el Tráfico. El lema
de la Jornada de este año es: “¿Qué luz te conduce? La fe te
responsabiliza al volante”. Esta es una iniciativa que pretende sensibilizarnos acerca de un tema
importante que nos afecta a todos. Muchas personas han perdido seres queridos
en accidentes de tráfico y no nos viene mal que se nos exhorte reiteradamente a
ser responsables al conducir. El patriarca Atenágoras murió tal día como hoy de 1972. Fue
el que se abrazó con Pablo VI en Jerusalén en 1964. Este fue el primer encuentro
entre los primados de las dos Iglesias, la de oriente y occidente, los dos
pulmones de la única Iglesia como dijo Juan Pablo II, después de más de 500
años, y llevó a la revocación de los decretos de excomunión mutua de 1054 que
escenificaron el gran cisma. Recordando al patriarca Atenágoras, rezamos por la
unidad de los cristianos, tan deseada por Jesús y que es fundamental para hacer
creíble nuestro anuncio del evangelio.
Detalle del mosaico de Cristo pantocrátor
Iglesia de San Salvador en Chora (Estambul)
Fuente de la imagen: flickr.com
Estoy seguro
de que algunos de nosotros hemos percibido alguna vez en nuestra vida esa
mirada tan especial que Jesús dirige al hombre rico del evangelio de hoy,
hombre que según el evangelista Mateo es joven. El texto dice que el Señor “se
le quedó mirando con cariño”, o más literalmente “se lo quedó mirando y lo amó”,
o “fijando en él la mirada, quedó prendado de él”. El verbo que se utiliza en
el texto original griego –agapáô- indica un amor de predilección.
Jesús mira intensamente a este joven y lo ama. Lo ama no porque ha guardado los
mandamientos con fidelidad desde su juventud, sino porque ha buscado con
empeño, desde su adolescencia, la sabiduría, como Salomón en la primera
lectura: “Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el
espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve
en nada la riqueza.... La quise más que la salud y la belleza, y me propuse
tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso”. Este joven busca la
sabiduría, busca vivir una vida auténtica, por eso se acerca corriendo a Jesús,
se arrodilla y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida
eterna?”. Sabemos que este amor especial que siente Jesús por el joven no se debe
a su cumplimiento de la Ley porque Dios no nos ama por cumplir la Ley, su amor
no está condicionado a lo bueno que seamos, sino que nos precede, es un amor
‘primero’ y gratuito. Sin embargo, en este caso se trata de un amor especial.
El Señor desde la eternidad ha amado a este joven y puesto en él el deseo de la
sabiduría para que buscara al Único que es bueno de verdad, al Único que puede
dar vida eterna.
Por eso Jesús se atreve a pedirle
algo más, algo que pide solo a aquellos con los que quiere compartir más de
cerca su vida y su ministerio. Jesús sabe que para este joven sus riquezas son
un obstáculo para que realice lo que Dios tiene pensado para él. Puede que a otras personas que son amadas con el mismo amor de predilección el
Señor pida una renuncia distinta, según donde cada cual tenga puesto su corazón
y lo que considere su tesoro. Las riquezas materiales, sin embargo, son para la
mayoría de nosotros un verdadero ídolo, algo que pervierte nuestra relación con
Dios y con los demás, y nos esclaviza impidiendo que seamos libres para seguir al Señor. Por eso todos nosotros debemos desprendernos de las riquezas con el
corazón –es decir, no poner nuestra confianza en ellas-, y a algunos se les pide
que lo hagan también materialmente.
Sabemos la reacción de este joven: se
marcha ‘pesaroso’, ‘triste’. Dicen los grandes maestros espirituales que hay
distintos tipos de tristeza. Hay una tristeza que lleva a la muerte del alma,
que nace de la envidia, del apego a las riquezas, del estar atrapados en las preocupaciones
del mundo. Hay otro tipo de tristeza que lleva a la vida y que está asociada al
arrepentimiento sincero, al darse cuenta de que hemos rechazado la voluntad de
Dios, lo que él tenía pensado para nosotros.
Puede que la tristeza de este joven sea
de este segundo tipo. Puede que se arrepintiera de haber dicho que no a lo que
le pedía Jesús. Puede que después haya renunciado a sus riquezas y se haya hecho
discípulo del Señor. El hecho de que este episodio se narre en los tres
evangelios sinópticos puede ser signo de que esta persona fuese conocida en la
primera comunidad cristiana y que hubiera, ya como creyente, contado la historia
de su primer encuentro con el Maestro.
Mientras vivimos en este mundo estamos
siempre a tiempo para volver sobre nuestros pasos y decir ‘sí’ al Señor, sean
cuales sean nuestras circunstancias actuales. Si en algún momento de nuestra
vida hemos percibido que el Señor nos miraba con amor de predilección y nos
pedía alguna renuncia para seguirle más de cerca y le dijimos que ‘no’, estamos
aun a tiempo para cambiar las cosas. Algunas personas me han contado con dolor
que en un dado momento se sintieron llamadas a la vida consagrada, o a una vida
de apostolado muy comprometido, pero por miedo, o porque temían entristecer a
sus padres, o porque se sentían también muy ligados a otras cosas o personas,
dijeron que no. Pues ahora es el momento de decir ‘sí’. Puede que las circunstancias
hayan cambiado y que haya que plantearse el seguimiento de Jesús en otros términos,
pero la radicalidad de la opción por él debe ser la misma. El Señor nos sigue
mirando con el mismo amor y sigue esperando nuestro sí; como dice el apóstol
Pablo: “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).
San Francisco renuncia a los bienes
Atribuido a Giotto (1295-1300)
Basílica superior de Asís (Italia)
En el evangelio de hoy Pedro hace
notar a Jesús que él y los demás discípulos sí han dejado todo y le han seguido, a lo que el Señor contesta prometiendo el céntuplo en este tiempo a los que dejen algo
por él “y en la edad futura, vida eterna”. Creo poder decir con casi absoluta
certeza que todos los que hemos dejado algo para seguir más de cerca al Señor
podemos dar testimonio de que esta promesa se cumple, que hemos recibido cien
veces más de los que hemos dejado en relaciones humanas y en bienes . Sin embargo,
Jesús también dice –algo que curiosamente solo aparece en el evangelio de
Marcos- que este céntuplo va acompañado de persecuciones. Evidentemente, el
camino del discipulado no es una camino de rosas; si es auténtico, implica
participar de algún modo en la suerte del Maestro, pero experimentando a la vez las
consolaciones de Dios y la gran riqueza en relaciones humanas y en comunión de
bienes que comporta el ser apóstol.
Como podemos
constatar al reflexionar sobre el evangelio de hoy, es verdad lo que se afirma en
la segunda lectura de la Carta a los Hebreos sobre la Palabra de Dios: “es viva
y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde
se dividen alma y espíritu, coyunturas y huesos. Juzga los deseos e intenciones
del corazón”. La Palabra de Dios nos ayuda a hacer claridad en nuestro interior,
a darnos cuenta de nuestras motivaciones y de nuestros deseos y anhelos más profundos
y a juzgarlos según Dios y a amoldarlos a su voluntad. En esto consiste el duro
y fascinante camino hacia la perfección cristiana.
Estatua de orante en el jardín de san Damián
mirando hacia Santa María de los Ángeles (Asís)
Hace 25 años, el 27 de octubre de 1986, el beato Juan Pablo II presidía en Asís una Jornada Mundial de Oración por la Paz, con la presencia de los representantes de las principales religiones y de las Iglesias y confesiones cristianas. Según cuenta el cardenal Etchegaray, entonces presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz y uno de los máximos responsables de esa Jornada, la iniciativa surgió a raíz de una carta que había recibido el Papa un año antes de un distinguido físico, Weizsäcker, buen conocedor del peligro nuclear, pidiéndole que hiciera algo por la paz. De Juan Pablo II salió la idea de que fuese un encuentro celebrado en Asís, centrado en la oración, y con representantes no sólo cristianos, sino de todas las religiones. Según el cardenal vasco-francés, esto fue una “idea audaz, verdaderamente nueva y diría que profética” (entrevista en Vida Nueva). Yo comparto plenamente esta opinión. Creo que como otras iniciativas innovadoras del ‘gran’ Papa polaco, como las Jornadas Mundiales de la Juventud o las relacionadas con el matrimonio y la familia, fueron fruto de una auténtica inspiración del Espíritu Santo dada al sucesor del Pedro.
Primer Encuentro de Asís el 27 de octubre de 1986
(foto en Vida Nueva)
Por ello no es de extrañar que en algunos sectores de la Iglesia surgieran reservas, resistencias y a veces oposición frontal ante esta iniciativa. Así fue también cuando San Pedro, en otro contexto y sin querer exagerar la comparación, abrió la Iglesia a los gentiles con el bautismo de Cornelio y su familia (Hechos 11, 1-18). Un ejemplo conocido de esta oposición a la primera Jornada de Asís fue la de Mons. Lefebvre: “El colmo de esta ruptura con el magisterio anterior de la Iglesia se realizó en Asís, luego de la visita a la Sinagoga. El pecado público contra la unicidad de Dios, contra el Verbo encarnado y Su Iglesia, hace estremecer de horror. Juan Pablo II alentando a las falsas religiones a rezar a sus falsos dioses: escándalo sin medida y sin precedente”. Es innegable que una tal iniciativa que coloca — también visiblemente ante las cámaras — todas las religiones y los cristianos juntos en la búsqueda de un objetivo común mundano, corre el riesgo de ser mal interpretada en un sentido relativista, como si todas las religiones fueran iguales, y sincretista, como queriendo crear una religión universal válida para todos. Los trajes coloridos y ademanes peculiares de muchos al rezar también pudieron parecer poco serios a algunos. Cierta precaución, por tanto, es demandada para evitar falsas interpretaciones y dejar claro el significado de una Jornada como la de Asís. El mismo Juan Pablo II, al iniciarla en 1986, decía: “El hecho de que hayamos venido aquí no implica intención alguna de buscar entre nosotros un consenso religioso o de entablar una negociación sobre nuestras convicciones de fe. Tampoco significa que las religiones puedan reconciliarse a nivel de un compromiso unitario en el marco de un proyecto terreno que las superaría a todas. Ni es tampoco una concesión al relativismo en las creencias religiosas, ya que cada ser humano ha de seguir con sinceridad su recta conciencia con la intención de buscar y obedecer a la verdad. Nuestro encuentro testimonia solamente—y éste es su gran significado para los hombres de nuestro tiempo — que en la gran batalla en favor de la paz, la humanidad, con su gran diversidad, debe sacar su motivación de las fuentes más profundas y vivificantes en las que se plasma su conciencia y sobre las que se funda la acción moral de toda persona”.
Chico en contra de la celebración de la Jornada
delante de Santa María de los Ángeles (27/10/2011)
En estas clarificadoras palabras de Juan Pablo II al comenzar la Jornada, precedidas también por otras intervenciones suyas parecidas en los Ángelus y Catequesis inmediatamente anteriores a ese primer encuentro interreligioso de Asís, podemos ver la mano del entonces cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de le fe. Él no estuvo presente en esa primera Jornada y se ha dicho que había confiado a algunos amigos íntimos sus reservas. Sin embargo, 25 años después, en el Ángelus del 1 de enero de 2011, Jornada Mundial por la Paz, sorprendió a todos cuando anunció que quería celebrar el 25 aniversario de aquella primera Jornada de Asís y en la misma ciudad. Y así lo hizo, teniendo yo la suerte de poder estar presente ese día en la ciudad del Santo seráfico e imbuirme del espíritu de Asís.
Discurso del Papa en el Encuentro
interreligioso ante la la Porziuncula
Santa María de los Ángeles (27/10/2011)
Esta decisión del Papa Benedicto XVI, después de la caída del muro de Berlín y de las Torres Gemelas, es una clara señal de que él también piensa que la iniciativa de su beato predecesor fue una inspiración divina. Ciertamente, la experiencia de las anteriores Jornadas ha llevado a introducir algunos cambios, varios de ellos para alejar aún más el riesgo de una posible falsa interpretación. Así, en esta ocasión, no ha tenido lugar una oración pública en común — que no común, que sería sincretista —, sino que los líderes religiosos han tenido la posibilidad de rezar en las habitaciones que se les habían asignado en el Convento de la Porziuncula, cerrando la puerta como manda Jesús en el evangelio. También se ha hecho más hincapié en el aspecto de peregrinación como recoge el lema ‘peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz’, ya que todo ser humano, también el creyente en Cristo, es un peregrino que camina hacia la Verdad plena. El título también de la Jornada se ha ampliado para indicar que no es sólo un encuentro de oración, sino también de ‘reflexión y diálogo por la paz y la justicia en el mundo’. Junto a estas innovaciones y relacionada con ellas hay una que ha sorprendido a algunos y que es de suma importancia para esclarecer la intención del Papa: la presencia e intervención de personalidades no religiosas pero comprometidas con la búsqueda de la verdad y el progreso de la humanidad.
Estos cambios dan claramente a entender lo que persigue Benedicto XVI con esta Jornada y la teología que la sustenta. Joseph Ratzinger desde el comienzo de su pontificado ha señalado como uno de los peligros mayores para la fe la ‘dictadura del relativismo’, por tanto esta iniciativa querida este año personalmente por él no puede tener nada de relativista. Por otro lado, es un punto central de su pensamiento que la Verdad no es una fórmula o un conjunto de preposiciones, sino una persona, Cristo. Él, como presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue el responsable de esa importante declaración sobre “la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia” que se llama Dominus Iesu. Sin embargo, en su magisterio, Benedicto XVI también insiste mucho en que la verdad no la poseemos, sino que nos posee, y que a Dios no lo podemos considerar una propiedad nuestra. También reitera con frecuencia que la verdad no se puede imponer y que la genuina naturaleza de la religión es incompatible con el uso de la violencia, como dijo en el famoso discurso en la Universidad de Ratisbona y volvió a reiterar como mensaje central de esta Jornada de Asís. Otros principios teológicos que sustentan esta iniciativa son la unidad de toda la familia humana que tiene un sólo Creador y Padre y el común viaje que todos los hombres realizamos, que es también un viaje del espíritu hacia la verdad.
Tumba de san Francisco
Sin embargo, para aclarar aún más el fundamento teológico de esta Jornada de Asís en el pensamiento del Papa, fundamento que también justifica un auténtico diálogo interreligioso y lo promueve, hay que analizar la relación entre fe y humildad en los escritos y discursos de Joseph Ratzinger. Para él la verdadera fe del creyente en Cristo y la certeza que conlleva nada tiene que ver con la falsa seguridad del fanático intolerante, que en el fondo esconde una angustiosa inseguridad y es una huida hacia delante motivada por el miedo. La fe auténtica implica una profunda humildad, que es la virtud ligada al reconocimiento de la propia verdad y de los propios límites. El creyente sabe que la fe es un don inmerecido y que es sumamente frágil, suspendida sobre el abismo de la nada, y que es susceptible de crecer en un conocimiento cada vez más pleno de la Verdad que le ha sido revelada y de la que no es dueño. Este modo de vivir la fe posibilita un diálogo sincero con todo hombre religioso y con todo buscador de la verdad, entraña un proceso continuo de purificación, sabe que puede aprender de otros y con otros implicarse en la defensa de la dignidad del hombre y en la promoción del bien común de la humanidad. Unas palabras de Joseph Ratzinger en el libro-entrevista con Peter Seewald Dios y el mundo (Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2002) así lo indican:
La fe nunca está sencillamente ahí, de forma que yo pueda decir a partir de un momento determinado que yo la tengo y otros no. Ya lo hemos comentado. Es algo vivo que incluye a la persona entera — razón, voluntad, sentimiento– en toda su dimensión. Entonces cada vez puede arraigar más profundamente en la vida, de forma que mi existencia se torne más y más idéntica a mi fe, pero a pesar de todo nunca es una mera posesión. La persona conserva siempre la posibilidad de ceder a la tendencia opuesta y caer.
La fe sigue siendo un camino. Mientras vivimos estamos de camino, de ahí que se vea amenazada y acosada una y otra vez. Y también es curativo que no se convierta en una ideología manipulable. Que no me endurezca ni me incapacite para pensar y padecer junto al hermano que pregunta, que duda. La fe sólo puede madurar soportando de nuevo y aceptando en todas las etapas de la vida el acoso y el poder de la falta de fe y, en definitiva, trascendiéndolos para transitar por una nueva época (p. 29).
Coro de santa Clara
Con todo, es otro texto más antiguo del actual Papa el que más aclara su pensamiento sobre la relación entre fe y humildad, certeza y duda, verdad y búsqueda, evangelización y diálogo. Es un texto que yo creo fundamental y también profético, aunque ha pasado muy desapercibido, y que no sólo justifica un acto como el de Asís, sino explica el fundamento que sustenta y da sentido al diálogo con otras religiones y con todo hombre que busca la verdad, al señalar lo que une al creyente y al no creyente. El texto se encuentra en el libro más famoso del teólogo Joseph Ratzinger antes de ser Papa, cuyo título es Introducción al cristianismo (consulta del libro en Catholic.net):
Prescindamos del ropaje literario. Creo que en esa historia se describe con mucha precisión la situación del hombre de hoy ante el problema de Dios. Nadie, ni siquiera el creyente, puede servir a otro Dios y su reino en una bandeja. El que no cree puede sentirse seguro en su incredulidad, pero siempre le atormenta la sospecha de que ‘quizá’ sea verdad. El ‘quizá’ es siempre tentación ineludible a la que uno no puede sustraerse; al rechazarla, se da uno cuenta de que la fe no puede rechazarse. Digámoslo de otro modo: tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe. Para uno la fe estará presente a pesar de la duda, para el otro mediante la duda o en forma de duda. Es ley fundamental del destino humano encontrar lo decisivo de su existencia en la perpetua rivalidad entre la duda y la fe, entre la impugnación y la certidumbre. La duda impide que ambos se encierren herméticamente en su yo y tiende al mismo tiempo un puente que los comunica. Impide a ambos que se cierren en sí mismos: al creyente lo acerca al que duda y al que duda lo lleva al creyente; para uno es participar en el destino del no creyente; para el otro la duda es la forma en la que la fe, a pesar de todo, subsiste en él como exigencia (es iluminante leer todo el apartado sobre duda y fe en este libro de Joseph Ratzinger).
Hábitos de san Francisco y santa Clara
Es esta concepción de la ‘humildad de la fe’ la que ha llevado Benedicto XVI a invitar también a no creyentes a la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo y a dedicarles una buena parte de su importante intervención. Incluso algunos han hablado, como el conocido vaticanista Andrea Tornielli, no sin razón, de una cierta predilección del Papa por los agnósticos. Esta concepción es también la que está detrás de la iniciativa del ‘Patio de los Gentiles’ de la que toma título este blog.
Vista de la Basílica de san Francisco durante el
Encuentro interreligioso de la tarde (27/10/2011)
Juan Pablo II convocó la primera Jornada en Asís y esto también forma parte de la inspiración divina que motivó esta iniciativa. Esta bellísima y pequeña ciudad de la Umbria, a menos de doscientos kilómetros de Roma, es la ciudad de san Francisco, el fundador de los franciscanos, el alter Christus, el primer estigmatizado, el pobrecillo, el reformador de la Iglesia, el que fue a predicar al sultán de los turcos aunque no pudo conseguir más que muestras de admiración y eso que buscaba el martirio. A esto se debe que los franciscanos tengan la Custodia de los Santos Lugares. La Oración Simple atribuida equivocadamente al santo en el siglo pasado es, a pesar de ello, un buen reflejo del espíritu del pobrecillo de Asís y está muy en sintonía con las primeras fuentes franciscanas:
Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar.
Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando, como se es perdonado, es muriendo como se resucita a la vida eterna.
Encuentro intterligioso de la tarde ante la entrada a la
Basílica inferior de San Francisco (27/10/2011)
(foto Osservatore Romano)
Si se tiene la suerte de poder visitar esta ciudad y rezar en la tumba del santo o ante la cruz original que habló a Francisco pidiéndole que reconstruyera la Iglesia que se estaba cayendo, y que se conserva en la Iglesia de santa Clara junto con otras reliquias, como los hábitos originales de los dos santos, o más aún, visitar el monasterio de San Damián, el primer lugar de Clara y su hermanas, las ‘pobres damas’ como entonces se llamaban, con su pequeño y sencillo coro, su dormitorio y el comedor, o la Porziuncula donde empezó la orden franciscana, o el Tugurio de Rivotorto, se puede percibir algo de ese Espíritu de Asís de que tanto se habla y que inspira estas Jornadas. Algo de este espíritu se puede encontrar en otra oración de san Francisco, esta vez original suya y que según las fuentes franciscanas rezaba delante del crucifijo de San Damián:
Alto y glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sensatez y conocimiento, Señor, para hacer tu santo y veraz mandamiento.
Mons. Marco Frisina, al poner una bellísima y sugerente música a esta oración, añadió otra petición que está plenamente en línea con el pensamiento y la vida del pobrecillo de Asís: “dame humildad profunda”. La fe recta, la humildad profunda y la caridad perfecta constituyen la esencia del espíritu de Asís y del auténtico diálogo interreligioso y con los no creyentes, como también del compromiso conjunto por la paz.
San Francisco pintado
por Cimabue
(Basílica Inferior de Asís)
Dos días después de la primera Jornada de oración por la Paz en Asís, hace 25 años, Juan Pablo II en un discurso a los representantas de las religiones no cristianas pedía que se ‘continuara difundiendo el mensaje de la paz, que se continuara viviendo el espíritu de Asís'. Y, desde entonces, se ha intentado vivir este espíritu de distintas formas, no todas acertadas. Con humildad profunda, fe recta y caridad perfecta lo podremos hacer, pero esto es fruto de la oración, y para nosotros los cristianos de la oración ante el crucificado, el príncipe de la paz, el que vino a reconciliar en la cruz lo que estaba separado. Francisco fue un enamorado de Jesús crucificado, tanto que se identificó en su mismo cuerpo con Él, y se volvió un hombre de paz. ¡Qué lo podamos ser también nosotros, siguiendo su ejemplo, imbuidos del Espíritu de Asís que aún se respira en esa ciudad, con fe recta, humildad profunda y unidos al Señor crucificado! (Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libroSi conocieras el don de Diosy por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)