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martes, 11 de marzo de 2014

Una cuaresma necesaria

Reflexiones en torno al I Domingo de Cuaresma (ciclo A)
Domingo 9 de marzo 2014


            Lo que muchos experimentamos al comenzar la cuaresma es la necesidad que tenemos de este
Fuente de la imagen: frasiaforismi.com 
tiempo de reflexión.  Con frecuencia tenemos la sensación de estar corriendo detrás de una liebre que no hemos visto, que nunca alcanzamos, y que tampoco sabemos si realmente vale la pena alcanzar. En esta carrera alocada no solemos pararnos a pensar quiénes somos, hacia dónde vamos, qué tipo de persona estamos siendo, cuáles son las cosas que nos mueven, cuánto tiempo y energía dedicamos a lo que es verdaderamente importante aunque quizás no tan urgente. La vida se nos puede estar escapando sin darnos cuenta. Necesitamos este tiempo para entrar dentro de nosotros mismos, para pararnos y reflexionar, para hacer silencio de los ruidos que no nos dejan oír el clamor de los demás ni la voz de Dios, para ir al desierto, para esforzarnos, para darnos cuenta de lo que está mal y reorientar nuestra vida, para cambiar, para prepararnos a un nuevo inicio... Todo esto es la cuaresma de la que algunos hablan como los Ejercicios Espirituales que hace toda la Iglesia.

            Los textos litúrgicos y la Palabra de Dios de este primer domingo de cuaresma nos dan las claves para entender este tiempo y vivirlo de modo que dé fruto en nuestra vida. La oración colecta con la que empieza la Misa nos indica la finalidad de este tiempo: “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”. Esto es lo que perseguimos con las prácticas cuaresmales: conocer mejor el misterio de nuestra salvación y conformar nuestra vida a él. En el prefacio con el que comienza la plegaria eucarística se afirma que fue Cristo quien ‘inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimentos', y que, 'al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado’. La cuaresma es tiempo para ‘sofocar la fuerza del pecado’, para ahogarla, a través de la penitencia, del ayuno de los vicios. Unidos a Cristo lo podemos hacer. Quizás al principio experimentaremos como nuestra carne se resiste, quiere lo suyo, aquello a lo que está acostumbrada, quiere mantenerse en la superficie, pero poco a poco va cediendo y nos vamos haciendo más libres para amar a Dios y a los hermanos.

            Las lecturas de este día nos hablan de la misteriosa y terrible realidad del pecado que actúa en
Hércules ahogando una serpiente
Museos Capitolinos - Roma (Italia)
nuestro mundo y dentro de nosotros y nos esclaviza. La primera lectura narra ese acto de desobediencia de nuestros primeros padres que san Pablo en la segunda lectura dice fue la causa de que entrara el pecado en el mundo y con él la muerte. Pero de este reinado del mal nos ha liberado Jesús con su obediencia, y gracias a él somos justificados, perdonados y puestos en una nueva relación con Dios. A los cristianos nos toca vivir esta vida nueva que se nos ofrece a través de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana.


   Pero para vivirla tenemos que ir sofocando la fuerza del pecado que sigue actuando en nosotros y que se manifiesta de muy diversos modos impidiéndonos vivir el amor cristiano, llevándonos a cerrarnos en nosotros mismos. Sofocamos la fuerza del pecado cuando unidos a Cristo decimos un “no” claro a las tentaciones. Estas tentaciones pueden ser muy variadas. Pueden ser muy burdas, relacionadas con el poder, la comodidad, la mundanidad, el prestigio social, etc., o más sutiles y difíciles de discernir teniendo apariencia de bien. En todo caso tenemos que esforzarnos en rechazarlas como hizo Jesús en el desierto. Si lo hacemos experimentaremos como va surgiendo en nosotros ese hombre nuevo hecho a imagen del verdadero Adán que es Jesús.

martes, 7 de mayo de 2013

Tomar decisiones de acuerdo con el Espíritu Santo


Homilía Domingo 5 de mayo de 2013
VI Domingo de Pascua (ciclo C)
Domingo de Pascua para ortodoxos y orientales
Día de la Madre en España

Muchas veces en la vida estamos obligados a tomar decisiones importantes, decisiones que
Fuente de la imagen: the-spiritual-coach.com
 condicionarán de modo prácticamente irreversible nuestro futuro, como elegir una carrera, o casarnos y casarnos con esa determinada persona , o aceptar una oferta de trabajo –cuando tenemos la suerte de que nos lleguen y de poder elegir-, o ir a vivir a otro país... No tenemos más remedio que tomar una decisión porque el tiempo apremia y querríamos que fuera la mejor posible. Si somos cristianos querríamos también que esa decisión fuera según la voluntad de Dios, que la tomáramos teniéndole presente a él, unidos a él, discerniendo lo que quiere de nosotros, conscientes de que es un Padre bueno que desea lo mejor para sus hijos, como cualquier padre o madre, hoy que es el día de la madre en España, día para reconocer y agradecer lo mucho que han hecho y hacen por nosotros y lo importante que son en nuestras vidas. Como cristianos desearíamos que las decisiones que tomamos sean acordes a lo que el Señor tiene pensado, a su designio.

Esto que nos pasa a nosotros en momentos decisivos de nuestra vida, salvando las distancias, le pasa también a la Iglesia. A lo largo de sus más de dos mil años de historia ha tenido que tomar decisiones difíciles que implicaban un giro importante. Hoy, por ejemplo, muchos hermanos nuestros que siguen el calendario juliano, especialmente los ortodoxos, celebran la Pascua de Resurrección, y sabemos que la fecha de la celebración de esta fiesta fue una de las determinaciones que tuvo que tomar la Iglesia en sus primeros años. Así también tuvo que decidir acerca del canon de los libros inspirados que entrarían a formar parte de la Biblia, o de su estructura, o más recientemente, en el Concilio Vaticano II, acerca de su relación con el mundo, con los cristianos separados y con las otras religiones.

Una de esas decisiones importantes que tuvo que tomar la Iglesia pocos años después de la muerte
Mosaico absidal de la Basílica de Santa Prudenciana (Roma)
Fuente de la imagen: elpuente.org.mx 
y resurrección del Señor – para varios estudiosos la más importantes de toda su historia – se nos narra en la primera lectura de este domingo, del Libro de los Hechos de los Apóstoles. En ella se habla de un momento crucial en el que la Iglesia fue llamada a decidir acerca de su identidad en referencia a su matriz judía y a tomar conciencia del significado del acontecimiento pascual, de su novedad en la historia de la salvación. Los primeros discípulos del Señor eran judíos y entendían su nueva identidad cristiana en continuidad con su ser judíos, como el cumplimiento de la fe y de las expectativas de su padres: Jesús con su resurrección ha mostrado ser el Mesías esperado que lleva a plenitud la ley de Moisés y permite cumplirla y que ha inaugurado los tiempos finales de la salvación, salvación que llegará a todos los pueblos por medio de Israel. Sin embargo, en Antioquía de Siria se había comenzado a predicar la buena noticia de Jesús también a los paganos y esto llevaba a la pregunta de qué hacer con ellos: ¿tenían que hacerse antes judíos para poder ser cristianos o no era necesario? ¿El cristianismo, aunque nace en el contexto de la religión judía, es algo fundamentalmente nuevo y distinto, o tiene que permanecer dentro del judaísmo? Para aclarar esto se consideró necesario que algunos ‘subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia’, y así se hizo. Y los apóstoles reunidos en lo que muchos han considerado ser el primer Concilio de la Iglesia, celebrado en Jerusalén alrededor del año 50, tomaron una decisión, conscientes de tomarla en unión con el Espíritu Santo, y que tan importante ha sido para el desarrollo posterior del cristianismo. Si estamos nosotros aquí hoy, sin ser de origen judío, se debe también a esa decisión tomada hace dos mil años por los apóstoles en Jerusalén. “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”, escriben a los cristianos de Antioquía.

Este relato, unido al evangelio que se nos ha proclamado, nos ofrece una enseñanza valiosa acerca
San Ignacio de Loyola
Fuente de la imagen: jesuitas.org.uy
de la toma de las decisiones importantes de nuestra vida. El evangelio de este sexto domingo de Pascua, estando ya próxima la fiesta de Pentecostés, nos habla del Espíritu Santo y su función en la vida de los creyentes, de los que guardan la palabra del Señor. Jesús promete una inhabitación de él y del Padre en el alma del discípulo: “El que me ama guardará mi  palabra, y el Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Esta presencia de Dios en la interioridad del cristiano tiene lugar a través del Espíritu Santo. Es él quien nos recuerda las enseñanzas de Jesús, el que nos lleva a entenderlas e interiorizarlas y a aplicarlas en nuestra vida. Por eso, al tomar decisiones importantes, debemos hacerlo en unión con Espíritu, de acuerdo con lo que nos sugiere, dejándonos conducir por él, como hicieron los apóstoles en el Concilio de Jerusalén. Y para poder hacer esto tenemos que tener una cierta familiaridad con el Paráclito, con su presencia en nosotros, con sus sugerencias, con el discernimiento de los espíritus. Uno de los instrumentos más útiles para la vida cristiana y que mayor frutos de santidad ha dado a los largo de los siglos son los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. En ellos se enseña al ejercitante a tomar decisiones y enmendar su vida de acuerdo con las ‘mociones’ del Espíritu y a saber discernir lo que viene de él de lo que procede del espíritu malo, del “enemigo de natura humana”. Las reglas y consejos que propone san Ignacio forman ya parte del patrimonio de la Iglesia y atestiguan que es posible tomar decisiones, no solo por nuestra cuenta, sino también atendiendo a los que nos sugiere el Espíritu Santo. ¡Qué importante es esto! ¡Cómo, si lo hubiéramos sabido, nos habría evitado tantos extravíos! Sin embargo, el fundador del los jesuitas también nos enseña que nunca es tarde, que siempre estamos a tiempo para enmendarnos y para empezar una nueva vida, fiel a la voluntad del Señor y que busque solo su gloria. 

sábado, 17 de diciembre de 2011

Estar donde Dios quiere que estemos

Homilía 11 de diciembre 2011
III Domingo de Adviento (ciclo B)

                El jueves vi una película que no me pareció muy buena y que, sin embargo, ganó en 2010 el León de Oro en el Festival de Venecia a la mejor película. Es verdad que la directora, Sofía Coppola, es muy conocida no sólo por su padre Francis Ford Coppola, sino también porque ha rodado películas buenas en el pasado, entre ellas una excepcional como Lost in Translation. La película que vi el jueves se titula Somewhere, ‘En algún lugar’ sería la traducción del título en castellano. Trata de un hombre, un actor de cine de mucho éxito, con una vida llena de excesos, que vive en un hotel muy conocido de Hollywood y conduce un Ferrari. A causa de la relación con su hija, fruto de un matrimonio fracasado, empieza a enfrentarse con la realidad y a preguntarse dónde se encuentra en su vida, quién es él y hacia dónde va, y estas preguntas sin respuesta hacen que se derrumbe entre lágrimas.
                Todos compartimos con mayor o menor intensidad estas preguntas que en algún momento de nuestra vida nos asaltan y para que las que muchas veces no tenemos una respuesta clara: ¿Quién soy? ¿En qué lugar me encuentro de mi vida?  ¿Qué estoy haciendo de ella? ¿Qué camino debo tomar? Muchos psicólogos pensamos que este tipo de interrogantes está relacionado con la mitad de la vida y con lo que se ha venido a llamar la ‘crisis de los 40’, que es una crisis de sentido.
                Esta pregunta es también la que le hacen los sacerdotes y levitas enviados por los judíos desde Jerusalén a Juan el Bautista: ¿Tú quién eres? Juan contesta sabiendo muy bien quién es. No se deja encasillar en los estereotipos, en los esquemas mentales de los que le hacían la pregunta: no es ni el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Juan conoce la voluntad de Dios sobre él, su misión en la vida, sabe el lugar que Dios le ha asignado. Probablemente lo ha descubierto en la soledad del desierto y a través de la oración, leyendo los libros sagrados. Por eso responde a los enviados citando un texto del profeta Isaías que indica lo que él es: “Yo soy la voz que grita en el desierto. Allanad el camino del Señor”.       
También Jesús en cuanto hombre va descubriendo y profundizando en su vocación a través de la oración y de la lectura de la Sagrada Escritura del pueblo de Israel. Seguramente meditó muchas veces ese texto del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor”. El Señor entendió que este texto se refería a él y que describía su misión. Por eso en Nazaret, su pueblo, al comienzo de su vida pública, un sábado entra en la sinagoga y se hace entregar el volumen del profeta Isaías, lee este texto y dice que en ese momento se cumplía lo que estaba escrito. Él era el ungido por el Espíritu del que habla el profeta, el que tiene el Espíritu del Señor y es enviado a anunciar la buena noticia a los que sufren.
Cuando la preguntas sobre ‘¿quién soy?’, ¿en qué lugar me encuentro? ¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿hacia dónde tengo que ir? nos asaltan e inquietan, los cristianos debemos enfrentarnos a ellas como hicieron san Juan Bautista y Jesús. No basta contestar con criterios mundanos, que hacen referencia a lo material, a la profesión, a lo que poseemos, a los títulos académicos que tenemos, al prestigio social, al poder que podemos ejercer... Somos mucho más que esto. Los cristianos tenemos que ver y juzgar nuestra vida y entenderla a partir de Dios. Para Dios, lo que es un fracaso puede ser una victoria y viceversa. Para Dios lo importante es que cumplamos su voluntad y que estemos en el sitio que Él nos ha asignado, que puede ser distinto del que nos gustaría cuando nos dejamos guiar por estereotipos y expectativas de los demás. Puede también que implique saber cargar con la cruz de cada día. Pero este es nuestro lugar en que encontraremos la paz y la alegría verdadera que buscamos.

 
De hecho, la alegría, a la que nos invita este tercer domingo de Adviento, el domingo Gaudete, no es mundana, no viene del mundo, de que nos vayan bien las cosas según sus esquemas y criterios. Es una alegría cuya fuente es Dios y deriva de estar en paz con Él, cumpliendo su voluntad y estando donde Él quiere que estemos. Es una alegría que nace de saberse hijos muy amados de Dios que están en su casa y reconocen esta gracia, a diferencia del hermano de la parábola del Padre misericordioso que tiene envidia del menor. Sería bueno que de vez en cuando hiciéramos los cristianos el propósito de estar alegres, prometiéndoselo al Señor, para no dejarnos vencer por la tristeza del mundo que tanto nos asecha. Me contaron hace tiempo que el conocido obispo Helder Cámara hacía en este domingo de Adviento y en el domingo Laetare de Cuaresma el voto de estar siempre alegre.
San Juan Bautista - Caravaggio 1599-1600
Roma, Musei Capitolini
Es verdad que a veces es difícil encontrar la propia vocación, lo que Dios quiere para nuestra vida, su voluntad, el sitio que nos tiene asignado en el mundo y en su plan de salvación. San Juan Bautista y Jesús lo fueron descubriendo a través de la soledad y el silencio, la oración intensa y la lectura de los textos sagrados del pueblo elegido. Éste es el camino también para nosotros. Los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, por ejemplo, son quizás el mejor instrumento que ofrece la tradición de la Iglesia para discernir la voluntad de Dios, lo que Dios quiere de nosotros y así enderezar nuestra vida. Se hacen en silencio, meditando la Palabra de Dios y los misterios de la vida del Señor y con tempos intensos y repetidos de oración. Quizás nosotros no podamos dedicar todo un mes a hacer estos Ejercicios, pero sí podemos encontrar la forma de separarnos de los que nos distrae, de orar intensamente al Padre para que nos ilumine y de leer la Escritura. Si hacemos esto, poco a poco empezaremos a oír la voz de Dios que habla en el silencio y a discernir su voluntad. Por eso, también en Adviento se habla tanto de desierto. Juan bautizaba en el desierto y era la ‘voz que grita en el desierto’. Para oírla, había que desplazarse de la comodidad y seguridad que daba estar en Jerusalén, lo que no quisieron hacer los judíos que enviaron emisarios para interrogar al Bautista.
                En el evangelio de Juan, el Bautista es presentado como ‘testigo de la luz’. Él tiene que señalar a Uno que no conocen pero que está en medio de ellos, que viene detrás de él, pero que existe desde antes, y que tiene una dignidad tal que Juan no es digno de hacer con Él ni lo que hacen los esclavos con sus amos, desatar sus sandalias. Cuesta entender que haya alguien tan grande, que sea la misma luz, con una dignidad enorme, que está en medio de nosotros pero que no lo conocemos. De ahí la necesidad y la función de los testigos: señalar a Dios presente. Ésta también es una tarea que tenemos los cristianos en un mundo como el nuestro donde parece haber una eclipse de Dios. Pero Dios está presente aunque no percibamos su presencia y lleva adelante su plan de salvación y nosotros somos testigos e instrumentos de ello. Una forma de ser testigos de la presencia de Dios en el mundo y de su victoria sobre el mal es a través de la alegría cristiana, alegría que nace de estar en paz con Dios.