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jueves, 16 de enero de 2014

Las manifestaciones del Señor que tanto necesitamos


Reflexiones en torno a la Fiesta del Bautismo del Señor
Domingo 12 de enero 2014

Hay momentos en la vida en que necesitamos una confirmación del camino que hemos elegido, de
Fuente de la imagen: thegospelcoalition.org
que lo que estamos haciendo y a lo que dedicamos nuestra vida, lo mejor de nosotros mismos, es lo que hay que hacer por muy duro que parezca. Desde una perspectiva más religiosa, diríamos que querríamos que Dios nos muestre con claridad que estamos haciendo su voluntad, que estamos cumpliendo ‘toda justicia’ como Jesús, que la cruz que hemos abrazado es la que él quiere para nosotros y es instrumento de nuestra salvación.

            Un tal momento epifánico debió de ser para Jesús su bautismo de manos de Juan en el río Jordán. Aunque es siempre arriesgado pretender saber lo que pensaba y sentía Jesús -el conocimiento que tenía de su misión y de su destino, de quién verdaderamente era- porque es intentar ahondar en ese misterio tan único que los teólogos llaman la unión hipostática, es decir, la unión en Jesús de lo humano y lo divino, sí podemos atrevernos a afirmar algo a partir de su plena humanidad. Jesús es en todo igual a nosotros excepto en el pecado, lo que nos lleva a pensar que su bautismo, según lo narran los evangelios, fue para él un momento crucial en su vida, señaló un antes y un después. Jesús recibe como uno más el bautismo de Juan, un bautismo que era signo de conversión y que servía para prepararse para el juicio inminente de Dios que el Bautista anunciaba. Jesús se pone en la cola de los que se reconocen pecadores y necesitados de purificación y baja a las aguas del río, signo de muerte y de vida. De este modo, Jesús se solidariza
Icono de la Epifanía de Novgorod (s. XV-XVI)
plenamente con el pecado del hombre y asume sobre sí su consecuencia más terrible que es la muerte. Por eso en los iconos orientales se representan las aguas del río Jordán como si fueran una tumba que envuelve a Jesús, ya que el bautismo del Señor es anticipo de su muerte y resurrección. Y del mismo modo que en el misterio pascual, al rebajamiento de Jesús que muere en la cruz corresponde la exaltación por parte del Padre que lo resucita, así, en el bautismo, al salir de las aguas baja sobre él el Espíritu y es declarado Hijo amado. Para Jesús este momento fue una relevación y confirmación de su misión como siervo sufriente, como mesías, como Hijo amado que obedece a la voluntad del Padre eligiendo el camino del servicio.

            Nosotros también necesitamos de tales momentos epifánicos en nuestra vida. Le pedimos al Señor que en su enorme benevolencia no los conceda para no desfallecer y desanimarnos. Sobre todo cuando hemos elegido el camino de Jesús, el camino de la cruz, el camino de vencer el mal con el bien, el camino del amor cristiano, del amor hasta la entrega. Necesitamos saber que Jesús es el verdadero Mesías, el Salvador, el Hijo del Padre, que su palabra es verdad y vida. Y necesitamos que Dios también nos hable a nosotros como hizo con Jesús y nos diga: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco”.
Fuente de la imagen: Los Angeles Public Library


            Estos momentos epifánicos, de revelación, de confirmación en el camino elegido, suelen acontecer en un contexto de oración y en relación a la Iglesia. Es en ella en la que Jesús se nos revela como Señor y experimentamos la fuerza salvífica de la cruz y su fecundidad a través de los hermanos. Así lo constatamos en aquellas personas que conocemos que, a imagen del ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, se cargan con el pecado de los demás y redimen a la humanidad. También en aquellos otros a los que el Señor, para unirlos más consigo, no les concede estos momentos de revelación, y viven en la oscuridad de la fe su seguimiento de Jesús crucificado, como Madre Teresa de Calcuta en los últimos años de su vida. 

martes, 15 de enero de 2013

El privilegio de haber recibido el bautismo


Homilía Domingo 13 de enero 2013
Fiesta del Bautismo del Señor (ciclo C)

Fuente de la imagen:
Saint Hedwig Catholic Church.org 
            Hay cosas importantes en la vida que corremos el riesgo de no valorar adecuadamente porque no nos paramos a pensar en ellas y en el privilegio que supone tenerlas. Una de estas ‘cosas’ es el sacramento del bautismo. La mayoría de nosotros lo hemos recibido cuando éramos niños; fue un regalo que nos hicieron nuestros padres, pensando que era lo mejor para nosotros y que formaba parte de la transmisión de la fe y de la vida cristiana que sentían como un deber. Sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar en el privilegio que supone haberlo recibido, el cambio que implica en nuestras vidas, la diferencia radical que ha llevado a cabo en nosotros. Hoy, fiesta del bautismo del Señor, es una buena ocasión para ello.

Fuente de la imagen:
 iconreader.wordpress.com
            El acontecimiento histórico del bautismo de Jesús de manos de Juan en el río Jordán es ante todo un ‘misterio’ de la vida del Señor, un suceso de su vida cargado de significado. De hecho, la predicación apostólica en sus comienzos iniciaba la narración de la buena noticia de Jesús partiendo de su bautismo, como podemos constatar en las palabras de san Pedro en casa de Cornelio de la segunda lectura: “Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. El bautismo del Señor es un momento de epifanía, de manifestación. Según el evangelio de san Lucas que acabamos de escuchar, esta epifanía tiene lugar en un contexto de oración. Se nos dice que se abre el cielo mientras oraba. Es la oración –también en nuestra vida- la que permite descubrir la hondura de lo que sucede, la que nos abre el cielo para que veamos el significado trascendente de los acontecimientos. Así se ve bajar el Espíritu en forma de paloma, lo que indica que Jesús es el Ungido, el Mesías, y se oye una voz del cielo que lo proclama Hijo amado, predilecto. En su bautismo el Señor se revela como el ungido por el Espíritu, el Mesías prometido, y el Hijo. Quizás también en las palabras de la voz celeste hay un eco del texto de Isaías de la primera lectura que habla del siervo de Yahvé que viene a implantar el derecho sobre la tierra a través de la mansedumbre y el sufrimiento: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”. Jesús es el Mesías y el Hijo, pero lo es como Siervo que viene a servir, a entregar su vida en rescate por muchos. Por eso se pone en la fila solidarizándose con los pecadores y se deja sumergir en las aguas, anticipando así su muerte en la cruz.

Pero como decíamos antes, la fiesta del bautismo del Señor es una buena ocasión para tomar renovada conciencia de nuestro propio bautismo, de lo que significa haber recibido este sacramento. Manteniendo las diferencias, lo que aconteció en el bautismo de Jesús, tuvo lugar también en el nuestro. Por eso no celebramos hoy un suceso solo del pasado, sino un ‘misterio’  del Señor que sigue siendo eficaz para nosotros hoy. En nuestro bautismo fuimos sepultados con Cristo por medio de las aguas bautismales, dejando atrás el hombre viejo hecho a imagen de Adán, y hemos resucitado a la vida sobrenatural, a la vida de la gracia, a la vida del Espíritu. El bautismo nos ha abierto las puertas del cielo y ha hecho que se pronunciaran sobre nosotros las mismas palabras que escuchó Jesús: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. Esto es lo que dijo Dios Padre de cada uno de nosotros cuando recibimos este sacramento. Nos miró como miró a su Hijo cuando se entregaba por nosotros en la cruz.

Fuente de la imagen: missioni-africane.org
            Esto es lo que significa nuestro bautismo y no debemos olvidarlo. Es un signo eficaz que marca un antes y un después en nuestra vida; constituye un segundo nacimiento como dice la Escritura, un renacer, un ser hecho nueva criatura. Este cambio que causa el bautismo en nuestro ser se debe manifestar en nuestra vida. El cristiano debe vivir como hijo de Dios, como ungido por el Espíritu. Debe ‘pasar haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el mal, porque Dos está con él’. El cristiano también es el siervo de Dios que viene a servir y dar su vida por los demás.

            En la Iglesia de los primeros siglos, y hoy también en Iglesias de países de misión y de antigua cristiandad que han sufrido un proceso de secularización, los que recibían y reciben el bautismo son en buena parte personas adultas. En estos casos, antes de recibir el sacramento deben someterse a un proceso de iniciación cristiana que se llama catecumenado, que puede durar varios años, de modo que la persona pueda darse cuenta de lo que significa el sacramento que va a recibir y dé signos claros de un cambio de vida, de que está pasando de vivir según el mundo a vivir como hijo de Dios. Los que hemos recibido el sacramento siendo niños, en cambio, tenemos que descubrir lo que significa este sacramento después de haberlo recibido, cuando somos adultos. Ya hemos recibido la gracia sacramental, pero ahora toca que nuestra vida se ajuste al don recibido. Es lo que le pedimos hoy al Señor.

sábado, 3 de noviembre de 2012

La santidad, don y tarea para todo cristiano


Solemnidad de Todos los Santos
1 de noviembre de 2012

Detalle de La llamada de los elegidos al paraíso
Luca Signorelli - 1499-1503
 Capilla Brizio - Catedral de Orvieto (Italia)
Fuente de la imagen: elpais.com

Hemos celebrado el pasado once de octubre, memoria del beato Juan XXIII, el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, que fue, sin duda alguna, el acontecimiento eclesial más importante de los últimos siglos, cambiando profundamente nuestro modo de vivir la fe y de entender la naturaleza y la misión de la Iglesia. Quizás el documento más importante del Concilio fue precisamente la Constitución Dogmática sobre la Iglesia que llamamos Lumen gentium, por las dos primeras palabras en latín con las que empieza. En este documento, después de haber hablado de la estructura jerárquica de la Iglesia, de los obispos y sacerdotes, y también de los laicos, encontramos un capítulo titulado universal vocación a la santidad. Con él los padres conciliares quisieron enseñar de nuevo, con fuerza y con plena autoridad, que la santidad no es algo reservado para unos pocos, sino que es vocación de todo cristiano, independientemente de su función en la Iglesia y de su estado de vida. Más allá de nuestras diferencias por razón del sacramento del orden sacerdotal o de la consagración religiosa, o del género de vida, está lo que nos acomuna a todos que es nuestro bautismo y la llamada que conlleva a vivirlo con coherencia, configurándonos a Cristo muerto y resucitado.

Veneramos hoy de modo especial a todos los santos, tanto los que han sido declarados tales por la Iglesia, por la heroicidad reconocida de sus virtudes y de su poder de intercesión, como también aquellos más anónimos pero no menos cercanos a Dios. Quizás algunos de nosotros hayamos tenido el gran regalo de toparnos con alguno de ellos en nuestra vida y hemos sentido la fuerza que emana de su persona, participación en la santidad de Dios, el único santo. Estos santos son para nosotros ejemplo y ayuda para nuestra debilidad en nuestro camino hacia la casa del Padre.

Dibujo de Kiko Argüello
Sin embargo, antes que una conquista nuestra, la santidad es un don, un regalo gratuito de Dios que ha ‘lavado y blanqueado nuestras vestiduras en la sangre del Cordero’. Esta frase de la primera lectura del Apocalipsis, de tanta fuerza expresiva y a la vez tanta incoherencia cromática, se refiere en primer lugar a los mártires que han pasado por la ‘gran tribulación’ como vencedores, pero la podemos aplicar también a los bautizados a los que se le han perdonado los pecados gracias al sacrificio de Cristo y han recibido la vestidura blanca de su nueva condición de cristianos. Los que hemos sido bautizado hemos sido hecho santos por gracia de Dios. Por eso el apóstol Pablo se dirige varias veces a los cristianos llamándolos santos.

Pero la santidad después de ser don, es también tarea, conquista. El don viene antes, por eso una interpretación solo moral de la santidad es insuficiente, se vuelve moralista y contradice la buena noticia del evangelio. Sin embargo, una vez recibido el don inmerecido de la vida nueva tenemos que vivirla a través de nuestras opciones y llevando a cabo un proceso de ascesis, de purificación, arrancando de nuestra vida todo lo que es contrario a la imagen de Dios en nosotros como nos la ha revelado el verdadero Adán, Cristo, a cuya imagen hemos sido creados. La segunda lectura de hoy afirma que el que tiene su esperanza puesta en Dios, de verle tal cual es, de vivir en comunión con él en la Jerusalén celeste, “se purifica a sí mismo, como él es puro”. Llegar a la perfección de la caridad para poder estar con Dios en el cielo es tarea de cada uno de nosotros, tarea que con su gracia podemos llevar a cabo. Los santos son nuestros amigos y compañeros y nos animan a ello.

Santa María ad Martyres - Panteón de Agripa (Roma)
Origen de la fiesta de Todos los Santos en Occidente
Las bienaventuranzas del evangelio de san Mateo señalan las actitudes profundas del verdadero discípulo del Señor, que nacen de la aceptación plena y confiada del reino de Dios, del mensaje de Jesús. Acoger la buena noticia siendo como esa tierra buena de la que habla la parábola del sembrador, lleva a la conversión, a un cambio radical en nuestro modo de pensar, de sentir y de comportarnos, y nos pone en camino hacia la santidad, hacia el vivir el amor cristiano en plenitud. Jesús es el que cumple perfectamente las bienaventuranzas; se ha dicho que éstas son como una fotografía del Nazareno. El cristiano puede llegar con la ayuda del Espíritu a reproducir su imagen, a ser ‘otro Cristo’. Esto es lo que hoy pedimos a los santos, que nos estimulen y ayuden en el camino de la santidad para llegar también nosotros donde ellos ya están.

jueves, 1 de marzo de 2012

Sofocar la fuerza del pecado


Homilía 26 de febrero 2012
I Domingo de Cuaresma (ciclo B)


Monasterio de la Cuarantena - Monte de las Tentaciones
Desierto de JudEA cerca de Jericó
Foto: Galería Bruno Brunelli
El primer domingo de cuaresma la Iglesia siempre nos proclama el pasaje de las tentaciones de Jesús según uno de los evangelios sinópticos. Este año el evangelio que nos acompaña es el de san Marcos y acabamos de escuchar su relato de este misterio de la vida del Señor. Es el más escueto de todos. A diferencia de Mateo y Lucas no nos dice el contenido de las tentaciones, sino sencillamente nos transmite el hecho. Sin embargo, este corto pasaje ya contiene todos los elementos importantes de la cuaresma y nos ayuda a entrar en este tiempo de gracia y de conversión.

San Marcos nos dice que Jesús, después de su bautismo y antes de empezar el ministerio público, fue ‘empujado’ por el Espíritu al desierto — éremos, en griego — donde se quedó cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, viviendo entre alimañas y con los ángeles que le servían. Estas pocas frases nos señalan los elementos fundamentales de este tiempo penitencial: el desierto, los cuarenta días, las tentaciones, la asistencia divina en la lucha.

En el prefacio de la Misa de hoy se nos dice cual es el sentido de este relato para nosotros hoy: ‘Cristo Señor nuestro, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado’.

Jesús nos enseña a sofocar la fuerza del pecado y lo hace dejándose tentar y venciendo a Satanás, rechazando lo que le ofrecía. Unidos a Cristo que nos ha abierto el camino, al haber entrado en la muerte y haberla vencido, con su Espíritu, lo podemos hacer también nosotros. Él ya ha vencido el pecado, la muerte, Satanás y el mundo, y con Él lo podemos hacer también nosotros.
       
         Pero, ¿cómo se vence la fuerza del pecado? ¿Cómo la venció Jesús? Con la cruz, con la mortificación, rechazando los caminos de felicidad falsos que le presentaba el demonio. La fuerza del pecado se sofoca con la renuncia y la mortificación; no hay otro camino. Por eso san Pablo dice a los Gálatas: “Los que son de Cristo Jesús han crucificado al carne con las pasiones y los deseos” (Gal 5, 24).

La fuerza del pecado se manifiesta en nuestras vidas de distintos modos para separarnos de Dios y de su voluntad. A veces nos lleva a cometer un pecado grave. Otras veces causa en nosotros actitudes inadecuadas y hábitos malos, como distintos miedos que nos bloquean, juicios gratuitos, egoísmos, pereza... Otras veces provoca conductas repetitivas de las que somos esclavos que llamamos vicios: la mentira compulsiva, la pornografía, el juego, el uso de drogas, etc. Otras veces nos impide perdonar y mantiene en nosotros el rencor que hace imposible que vivamos en gracia de Dios. Contra todo esto se lucha con la renuncia y la mortificación, ‘sofocando’ el pecado, y está muy bien empleada esta palabra en el prefacio. Cuando un animal está siendo sofocado lucha con todas sus fuerza para evitarlo, se retuerce, da coletazos, se rebela, intenta salir una y otra vez a la superficie; así también el pecado.

Diluvio universal - Miguel Ángel
Capilla Sixtina - Vaticano
En la primera y segunda lectura se hace referencia al arca de Noé, ‘en la que unos pocos se salvaron cruzando las aguas’. La segundo lectura dice que esto ‘es símbolo (anti-tipo, en griego) del bautismo que actualmente nos salva’. En nuestro bautismo fue sofocado el pecado, sumergido el mal, enterrado el hombre viejo, y hemos resurgido como nuevas criaturas. Sin embargo, como dice el Concilio de Trento en el Decreto sobre el pecado original, si bien es verdad que en el bautismo se nos borra la culpa, permanece en nosotros la concupiscencia como fuerza que procede del pecado y al pecado inclina y que queda en nosotros para el combate (D 1515). La cuaresma es el tiempo para este combate, para sofocar la concupiscencia y celebrar así renovados la Pascua.

Así entendido este tiempo litúrgico, no es tiempo para estar tristes, sino para luchar. Tenemos que empezar la cuaresma desperezándonos y dejándonos empujar por el Espíritu al desierto para hacernos conscientes de las tentaciones que nos acechan y rechazarlas. Esto al principio será amargo, pero después se volverá dulce. Lo que nos aguarda al final del camino es volver a vivir en gracia, como hijos de Dios, volver a recuperar y experimentar esa vida divina que se nos dio en nuestro bautismo. Si aprovechamos bien este tiempo podremos experimentar algo de esa paz que anunciaba los profetas para los tiempos mesiánicos, cuando “habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor” (Is 11, 6). Eso es lo que experimentó Jesús en el desierto estando con alimañas después de haber vencido al enemigo. Como Jesús, también nosotros en este combate contamos con la asistencia de Dios y de los ángeles.

domingo, 10 de abril de 2011

Caminar en una vida nueva

Homilía 10 de abril 2011
V Domingo de Cuaresma (ciclo A)

Mosaico siglo V
Basílica S. Apolinar Nuovo - Rávena
Decían los Padres de la Iglesia, los grandes teólogos y pastores de los primeros siglos del cristianismo, como el Papa San León Magno, que las acciones de Cristo que leemos en el evangelio no son algo del pasado, sino que se repiten, se vuelven a hacer presentes para nosotros a través de los sacramentos de la Iglesia. Esto es así porque Jesucristo no es sólo un hombre verdadero, en todo igual a nosotros excepto en el pecado, que se conmueve y llora ante la muerte de un amigo, sino es también verdadero Dios, de modo que todo lo que hace tiene valor eterno, es siempre actual. Esto es muy claro en el pasaje del evangelio de hoy de la resurrección de Lázaro. Este acontecimiento, signo de la resurrección de Cristo, se repite para nosotros cuando el Señor se compadece y nos saca de nuestros sepulcros, nos desata las vendas que nos mantienen en la muerte y no nos dejan andar en una vida nueva. Esto tiene lugar de un modo muy concreto y real en los sacramentos de la Iglesia, sobre todo en el bautismo y la reconciliación.
El signo de la resurrección de Lázaro tiene dos significados, como indica el mismo Jesús a Marta cuando dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Jn 9, 25-26). Por un lado, esta resurrección — aunque distinta, porque es un volver a la misma vida de antes — es anticipo de la resurrección de Jesús, que es el fundamento de nuestra esperanza en la resurrección futura. Resurrección que creemos y esperamos. Pero por el otro, la resurrección de Lázaro es signo del pasar de la muerte a la vida ya en esta vida, de salir de nuestra muerte espiritual, de abandonar el pecado y vivir en gracia de Dios.
Giotto
Capilla de los Scrovegni -Padua
Cuando estamos en esta situación de muerte espiritual, de lejanía de Dios, de estar metidos en nuestros sepulcros, de rechazar la voluntad de Dios, Jesús se compadece de nosotros, se estremece, solloza, llora como lloró por el amigo que amaba, y viene a la puerta de nuestra tumba y grita: “sal afuera”. El profeta Ezequiel en la primera lectura pone las siguientes palabras en boca de Dios: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel” (Ez 37, 12). Normalmente, cuando estamos en esta situación de muerte espiritual nos damos cuenta, aunque quizás no queramos reconocerlo; a veces, nos podemos hasta volver insolentes, contumaces, rebelarnos, no querer venir al Señor para que nos cure, casi preferimos permanecer en nuestro sepulcro. Otras veces no nos damos cuenta tan claramente, aunque si escuchásemos nuestra conciencia, esa voz interior de nuestro 'yo' auténtico, oiríamos que ‘algo no está bien’. Cuando estamos en esta situación de muerte y de oscuridad, de pecado, el Señor, gratuitamente, nos ofrece el perdón, nos resucita, para que caminemos en una vida nueva. Esto lo hace de un modo concreto y objetivo a través de los sacramentos de la Iglesia. Cuaresma es el tiempo en que los catecúmenos adultos se preparan para recibir el bautismo la noche de Pascua y en el que nosotros queremos reavivar nuestra iniciación cristiana y renovar las promesas bautismales. Cuaresma también es un tiempo muy indicado para celebrar el sacramento de la penitencia y reconciliarnos con Dios.

Piscina de hombres - Lourdes (1954)

Hace unos días, leyendo un comentario a los textos de la misa de hoy en la publicación Magnificat, me encontré con la siguiente cita de Newman: “Cristo dio la vida al muerto a costa de su propia muerte”. El Señor nos saca de nuestros sepulcros, nos libra de la muerte, entrando Él mismo en la muerte, muriendo por nosotros, en nuestro lugar. Es lo que celebraremos dentro de muy poco en el Triduo Pascual. Hace también unos días, cenando con un matrimonio de la parroquia, me narraron una experiencia que me hizo entender con más profundidad las palabras del cardenal inglés. Me contó la mujer que había estado enferma de cáncer de piel y que fue con su marido y su madre al santuario de Lourdes. Allí con su madre se bañó en las piscinas y la madre al salir la abrazó muy fuerte, con lágrimas en los ojos, como nunca lo había hecho antes. Regresaron a Madrid y poco después ella se curó de su cáncer y, en cambio, a la madre le apareció un tumor en el hígado del que falleció poco tiempo después. Me preguntaba esta mujer si creía posible que su madre hubiese pedido a la Virgen en Lourdes que le quitara a su hija el cáncer y se lo diera a ella en su lugar. El modo como la madre la abrazó al salir de las piscinas le sugería eso. Yo le dije que lo que pidió su madre no podíamos saberlo, pero era probable que pidiera algo así visto el amor tan especial que tienen las madres por sus hijos; tampoco sabía yo si la Virgen haría caso de una tal petición, pero lo que sí sabía con certeza es que eso mismo es lo que hizo Jesús por nosotros. Se cargó con nuestros pecados, sufrió la muerte en nuestro lugar para liberarnos a nosotros de ella, para sacarnos de nuestros sepulcros, para liberarnos del cáncer del pecado haciéndose Él pecado por nosotros, como dice el apóstol Pablo.
Y la forma en que todo esto se vuelve real para nosotros, actual, presente, es a través de los sacramentos de la Iglesia, que manan del costado abierto de Cristo en la cruz. A través de ellos salimos de nuestras muertes y podemos caminar en una vida nueva ya ahora, en la espera de la resurrección final.

lunes, 4 de abril de 2011

Caminar como hijos de la luz

Homilía 3 de abril 2011
IV Domingo de Cuaresma (ciclo A)

Curación del ciego de nacimiento - El Greco (1567)
Hay muchas imágenes, metáforas, comparaciones que podemos utilizar para describir lo que significa encontrarse con Cristo, llegar a la fe, conocer el amor de Dios, recibir la iniciación cristiana. Algunas de éstas las encontramos en la Sagrada Escritura y en la Liturgia de la Iglesia; entre ellas están las que la Iglesia nos propone en estos domingos de cuaresma del ciclo A. Están tomadas del evangelio de san Juan y desde la antigüedad se han utilizado para instruir a los catecúmenos — aquellos que se preparan para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana — sobre lo que acontece cuando uno se hace cristiano. Son el relato del encuentro entre Jesús y la samaritana de la semana pasada, la narración de la resurrección de Lázaro que se nos proclamará el próximo domingo, y el episodio de la curación del ciego de nacimiento de hoy. Cuando nos encontramos con Cristo, cuando Él entra en nuestra vida, todo cambia, nace algo nuevo, es como un renacer, es encontrar el agua viva que puede calmar nuestra sed, es salir de nuestras tinieblas y llegar a ver, es resucitar a una vida nueva.
¡Qué reveladora es la comparación de hoy entre fe y visión! Si hemos tenido esta experiencia de pasar — por puro regalo de Dios, por una elección gratuita suya — de no creyentes a creyentes, entendemos lo bien que esta comparación describe esta vivencia. Cuando tenemos fe vemos las cosas de una manera totalmente distinta, vemos los acontecimientos de nuestra vida, sobre todo los dolorosos e incomprensibles desde la perspectiva humana, bajo una nueva luz. En el evangelio de hoy, los discípulos le preguntan al Maestro de quién es la culpa de que el ciego haya nacido así, suya o de sus padres. Esta forma de pensar, de ver la enfermedad como castigo, de no encontrar sentido en lo que nos pasa y buscar un culpable, es la de una persona con una fe inmadura, una persona que todavía no ha descubierto al Dios Padre de Jesucristo ni ha conocido el amor de Dios. ¡Qué distinto es el modo en que las personas verdaderamente creyentes viven la enfermedad, la muerte, el dolor, el fracaso! Dice san Agustín que tenemos que poner en nuestros ojos el colirio de la fe para llegar a ver de verdad; llegar a ver nuestra vida, nuestra historia y nuestro mundo de un modo nuevo.
Iglesia de S. Mónica - Ostia Antica
it.wikipedia.org 
Pero la fe es un don. Forma parte de ese misterio de la elección divina del que nos habla la primera lectura. Dios, contra todo pronóstico humano y para sorpresa del profeta Samuel, elige entre los hijos de Jesé a David como rey. ¿Por qué nosotros tenemos fe y otros, quizás mucho mejores que nosotros, no? Por puro don inexplicable de Dios, es la respuesta. Por pura gracia. Pero sabemos también, como afirma el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que la fe “es accesible a quien la pide humildemente” (n.  28). Y nosotros, por nuestra parte, debemos pedir este don para los demás, sobre todo para nuestros seres cercanos que más queremos, como hizo santa Mónica con su hijo san Agustín, cuya conversión fue debida, como él mismo dice, a las oración con lágrimas de su madre. Mucho puede la oración insistente del justo, dice el apóstol Santiago (Sant 5, 16). Por otro lado, los que tenemos fe, tenemos que agradecer este don, pedir al Señor que nos la aumente, cuidarla y cultivarla, porque es un regalo delicado que se puede perder.
En el evangelio de hoy también notamos como los distintos grupos reaccionan de forma diferente a la curación del ciego. El ciego sabe lo que ha pasado, lo ha experimentado ‘en su propia piel’, sabe que ha sido curado por una intervención  directa de Dios a través del ‘hombre que se llama Jesús’, y así lo manifiesta ante quien le pide explicación; más tarde, cuando se vuelve a encontrar con Jesús, lo reconoce como ‘el Hijo del Hombre’ de las profecías y se postra ante Él. La gente que lo había visto pidiendo limosna, en cambio, no sabe qué pensar y 'pasa' un poco del tema; se limita a opinar, es el público, los exponentes del ‘se dice’, ‘se piensa’, ‘quizás’, ‘puede ser’, como si no fuera la cosa con ellos. Los padres quieren evitar problemas, tienen miedo a las autoridades judías y afirman sólo lo mínimo indispensable para no mentir pero a la vez no ‘mojarse’. Los fariseos que creen ver, están cegados por los prejuicios que tienen sobre Dios y su forma de actuar. Según el texto del evangelio, habían ya decidido excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías, y no podían entender que un enviado de Dios no guardara el sábado, haciendo barro en el día de descanso, y tampoco estaban dispuestos a recibir clases de uno que consideraban un pecador por su enfermedad, por muy de sentido común que fuera lo que dijera. ¡Qué fácil es creer ver y en cambio ser ciegos! ¡Cómo tenemos que tener cuidado con nuestros prejuicios! ¡Cómo puede con nosotros muchas veces la presión social y evitamos el compromiso, el tomar partido, el decir claramente la verdad, el salir de nuestras comodidades!
Pila bautismal - Pinilla de Jadraque (Guadalajara)
Esto nos lleva al segundo significado del relato de hoy, ligado también a la iniciación cristiana, al bautismo, pero bajo la perspectiva de la liberación del pecado. Para curar al ciego, Jesús hace barro con tierra y saliva, algo que los Padres de la Iglesia, como san Agustín, interpretan en referencia a la Encarnación, a la unión de la naturaleza divina de Cristo con nuestra humanidad, con nuestro barro. Y el ciego tiene que irse a lavar a la piscina de Siloé, signo del bautismo. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se nos da el perdón de los pecados a través del bautismo.
Todo esto está exquisitamente resumido en el prefacio de la misa de hoy: “Cristo, Señor nuestro... se hizo hombre para conducir el género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en sus hijos adoptivos”.
                Cuaresma es para nosotros un tiempo para redescubrir y reavivar nuestra iniciación cristiana. Para darnos cuenta de lo que significa ser creyentes, agradecerlo a Dios que nos ha elegido sin mérito nuestro, y comprometernos de nuevo a vivir como hijos de Dios, a caminar como hijos de la luz como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura, que también nos exhorta a despertarnos si estamos dormidos y a levantarnos si estamos muertos.

domingo, 27 de marzo de 2011

“Si conocieras el don de Dios”. Jesús y la samaritana

Homilía 27 de marzo 2011
II Domingo de Cuaresma (ciclo A)

Muchas veces la rutina, nuestras obligaciones apremiantes y quizás agobiantes, y nuestra historia personal con sus logros y fracasos, nos hacen pensar y sentir que ya la vida está más o menos encauzada, que todo va a seguir siempre más o menos igual, que no pasará nada nuevo de envergadura, que no habrá grandes sobresaltos. Y así suele ser, aunque haya momentos más o menos intensos de tristeza o alegría. Pero así suele ser, si Jesús no se nos cruza en el camino, si no descubrimos el don de Dios, si no se enciende en nosotros el fuego del amor divino, si no se derrama en nuestros corazones el amor de Dios por medio de Espíritu. Si esto tiene lugar, todo cambia, llegamos ser nuevas criaturas, a nacer de nuevo como dice Jesús a Nicodemo en el evangelio de Juan.
                La samaritana iba esa mañana a ese pozo de Jacob sin esperar nada, a hacer lo de siempre, a sacar agua para llevar a su casa. Pero va a tener un encuentro que cambiará su vida. Algunos comentaristas han hecho notar que iba muy tarde al pozo a sacar agua, a las doce de mediodía, cuando lo normal es ir temprano por la mañana, con la fresca. Quizás no quería que la viera nadie ni encontrarse con nadie del pueblo. Quizás estaba algo avergonzada de su vida con tantos maridos. Y ahí, en ese pozo que se remonta a los tiempos de los patriarcas, está Jesús esperándola. Conversando con ella con cariño y respeto, partiendo de su realidad como hace todo buen evangelizador, quiere predisponerla a recibir el don de Dios que Él trae, a recibir el agua viva, esa agua que quita verdaderamente y para siempre nuestra sed profunda, que es sed de Dios y de su amor; esa agua que se vuelve en nosotros ‘un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna’.
                Poco a poco y como gran maestro Jesús la va llevando a dar el salto de lo material a lo espiritual, del agua que estaba en el pozo y que ella iba a recoger con su cántaro todos los días, al agua del Espíritu que calma nuestra sed de Dios; de la discusión abstracta acerca del Mesías a reconocer que Él, el que está hablando con ella, es el salvador del mundo, mucho más grande que el padre Jacob que construyó ese pozo; de la discusión acerca del monte en el que hay que dar culto a Dios, a adorar al Padre en Espíritu y verdad. La mujer, transformada por este encuentro, al final se olvida de su cántaro y ella misma corre a dar testimonio de Jesús ante aquellos de los que antes se escondía.
                Todo este relato leído en este tiempo de cuaresma gira en torno al tema del don de Dios y nos quiere disponer para recibirlo, exhortarnos a que lo pidamos con fe, y llevarnos a dar gracias por haberlo recibido. “Si conocieras el don de Dios”, dice Jesús a la samaritana. Para hablar de este don de Dios usamos diversos términos que se iluminan recíprocamente y nos indican algo de los efectos del don espiritual que nos da el Señor. Decimos, por ejemplo, que el don de Dios es el Espíritu, fruto de la Pascua, que nos da Cristo crucificado y exaltado. Es a través de este Espíritu, como dice san Pablo en la segunda lectura, que el ‘amor de Dios es derramado en nuestros corazones’. Pero también hablamos de este don como ‘agua viva’, agua que calma nuestra sed profunda y espiritual, agua que hace que no tengamos que buscar otra, agua que se vuelve dentro de nosotros ‘manantial que brota hasta la vida eterna’. El don de Dios nos permite llevar a cabo un culto nuevo, ya no ligado a un lugar, sino un culto en Espíritu y verdad, un culto ligado a la autenticidad de la vida de la persona, que es el verdadero templo de Dios. Don de Dios que también va de la mano de reconocer a Jesús como más grande que los patriarcas, como el Profeta prometido, el nuevo Moisés que hace salir de la roca — de su costado traspasado — agua viva, como el Mesías esperado, como el Salvador del mundo. Don de Dios que es el fuego del amor divino, como se dice en el Prefacio de la misa de hoy.
Cuando hemos experimentado este fuego del amor divino todo cambia en nuestra vida; lo cotidiano, lo rutinario, se vuelve extraordinario. ‘El amor de Dios derramado en nuestros corazones’ es esa perla preciosa, ese tesoro escondido, esa parte mejor por la que vale la pena dejar todo lo demás. Hemos descubierto lo que de verdad calma nuestra sed profunda, lo que andábamos buscando sin saberlo.
Cuaresma es tiempo para disponernos a recibir este don de Dios, que se nos otorga en el bautismo. A reavivarlo si ya lo hemos recibido. A agradecerlo si no lo hemos hecho suficientemente. En el ciclo A en el que estamos, los evangelios de éste y de los próximos domingos nos quieren mostrar lo que recibimos en los sacramentos de la iniciación cristina, es decir, esa vida nueva que brota del amor de Dios. Y lo hacen a través de imágenes y comparaciones bellísimas: el agua, la luz, la resurrección. Hoy se nos dice que en el baustimo recibimos esa agua viva, ese manantial que brota hasta la vida eterna, el Espíritu, el fuego del amor divino. Toda cuaresma es para los bautizados, que ya han recibido los sacramentos de la iniciación cristiana, una ocasión para volver a descubrir y avivar los grandes dones del Señor que a veces tenemos olvidados y corriendo el peligro de que no den fruto.
Madre Teresa de Calcuta hizo poner las palabras Tengo sed, pronunciadas por Jesús en la cruz (Jn 19, 28), en todas las capillas de las Misioneras de la Caridad. Esas palabras son parecidas a las que Jesús dirige a la samaritana: “dame de beber”. Para Madre Teresa tienen una gran riqueza de significado e indican el carisma de la orden religiosa por ella fundada. Esas palabras nos revelan la sed que tiene Jesús de cada uno de nosotros, de nuestro amor, y a la vez, su deseo de darnos su amor. Pero también indican la sed de los pobres, en los que está presente el Señor, que nos piden a nosotros que les demos el agua del amor de Dios que calme su sed.
¡Qué con la intercesión de la Beata Teresa de Calcuta descubramos la inmensidad del don de Dios que nos ha sido dado en los sacramentos, que lo vivamos en plenitud y que lo transmitamos a los demás!

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)