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jueves, 26 de enero de 2012

Vivir ‘como si’

Homilía 22 de enero 2012
III Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos
Infancia misionera — San Vicente, mártir
El profeta Jonás
                Cuando sabemos que está a punto de pasar algo importante, algo que va a cambiar nuestra vida, vivimos el presente de un modo peculiar, sin estar absorbidos por él: lo que cuenta es lo que va a pasar y la situación que se va a producir cuando eso ocurra. Así, por ejemplo, si vamos a cambiar de trabajo, o de país, o vamos a recibir una herencia, o nos vamos a casar, o a tener un hijo, o también, más tristemente, si los médicos nos dicen que a un ser querido ya le queda poco tiempo de vida. En todas estas situaciones, nuestros quehaceres mundanos, las cosas presentes, se relativizan en vista del futuro que se aproxima.
                De la forma de vivir el tiempo nos hablan las lecturas de hoy; todas ellas están marcadas por esta fundamental categoría de nuestra existencia. En la primera lectura el profeta Jonás es mandado a Nínive a anunciar que queda poco tiempo, sólo cuarenta días, para que la ciudad sea destruida. Este anuncio fue creído por los habitantes y llevó a un cambio de conducta; hizo que vivieran su presente de modo distinto, en perspectiva de lo que podía pasar. En el evangelio se nos ofrece un resumen de toda la predicación de Jesús en Galilea. El Señor anuncia que el ‘plazo se ha cumplido’, que ‘el reino de Dios está cerca’ y exhorta a vivir el presente de modo distinto, cara a esta nueva realidad que llega y en la que se cumplen las promesas de Dios. La llegada del reino de Dios es obra de Dios, es gracia, es regalo. Ante el anuncio de su llegada estamos invitados a creer y a cambiar.
            Per es san Pablo en la segunda lectura el que nos sitúa en un plano más teológico y existencial. Hablando del matrimonio y la virginidad invita a los cristianos de Corinto a vivir las realidades mundanas y el tiempo presente de un modo nuevo, en vista de que “la representación de este mundo pasa”, cara al futuro escatológico que es inminente: “Digo esto: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no llorarán, los que están alegres, como si no lo estuvieran...” (1Cor 7, 29-30). Este ‘como sí’ que utiliza el apóstol — hos mé, en griego — es muy indicativo de lo que es una existencia redimida, una vida cristiana verdadera. Uno de los más influyentes filósofos del siglo pasado, Heidegger, en sus clases sobre la fenomenología de la religión, consideraba estas palabras de Pablo como descripción de una existencia cristiana auténtica. El apóstol no invita a los corintios a desentenderse de las realidades temporales, a no implicarse con las cosas de mundo, sino a vivirlas teniendo presente el futuro que llega, relativizándolas, dándoles su justo valor, no dejándose absorber por ellas. Si el Señor viene, si el reino de Dios está cerca, si nuestra verdadera patria está en el cielo, la forma que tenemos de vivir el presente y las cosas del mundo tiene que estar determinada por esto. Una vida preocupada sólo por lo mundano y esclava de ello, que no mira al cielo, sin esperanza, encarcelada en el aquí y ahora, no es cristiana. La Carta a Diogneto que describe la vida de los cristianos en la Atenas del siglo II es una buena ilustracion de lo que estamos diciendo: “Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña... Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes”.
                Esta semana, en unión espiritual con la mayoría de los cristianos de todo el mundo, rezamos por la unidad visible de los creyentes. Hacemos nuestra esa petición de Jesús al Padre en su oración sacerdotal en la víspera de la pasión: “ut omnes unum sint... ut mundus credat; que todos sean uno...  para que el mundo crea (Jn 17, 21). El Concilio Vaticano II afirmó que la oración es el ‘alma de ecumenismo’, y esta semana queremos dedicar más tiempo a rezar por este fin, conscientes de la fuerza de la oración que es capaz de realizar lo que humanamente puede parecer imposible. Pero el Concilio también decía que la conversión personal es un aspecto fundamental del compromiso ecuménico y el Papa Benedicto XVI, en su magisterio reciente, ha insistido frecuentemente sobre ello. La conversión implica ser transformados en la fe por la victoria de nuestro Señor Jesucristo, pasar con Jesús de la muerte a la vida, hacer nuestra su derrota y victoria, vivir el presente en la espera esperanzada de la manifestación plena de la resurrección y su triunfo sobre las fuerzas del mal y de la desunión. La Pascua del Señor cambia por completo nuestros conceptos de victoria y derrota y esto vale también cuando los aplicamos al ecumenismo. La cruz del Señor para el mundo es una derrota y un fracaso, para el creyente y para Dios es una victoria. Debemos también entender la unidad de la Iglesia en esta perspectiva pascual de muerte y resurrección y según los tiempos de Dios y no los nuestros. Éste es el mensaje central de los materiales que se han preparado de común acuerdo entre las Iglesias y comunidades eclesiales para este Octavario. Han sido elaborados por un grupo ecuménico polaco partiendo de una reflexión sobre la historia de su país, una historia marcada por derrotas y victorias. Esta historia civil se lee a la luz de los que dice san Pablo sobre la resurrección y sus efectos en el capítulo 15 de su primera carta a los Corintios. El lema elegido para esta Semana resume estas consideraciones: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo”.
                Hoy también celebramos el Día de la Infancia Misionera. Podemos relacionar esto con la memoria de san Vicente, diácono y mártir, que celebramos también hoy. Hablando de él y de su martirio, san Agustín dice que pudo soportar con entereza los padecimientos que se le infligían no por sus propias fuerzas, sino gracias a la ayuda del Señor, al ‘poder divino’ que actuaba en él. Así pudo vencer al mundo que intentaba hacerlo sucumbir de las dos formas en que lo intenta con los ‘soldados de Cristo’: “los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos”. Ayer hacíamos memoria de otra mártir, Santa Inés, que venció al mundo en joven edad, teniendo sólo doce años. Todo esto nos sugiere que incluso los niños, contando con la ayuda del Señor y de sus padres, pueden ir aprendiendo a ser verdaderamente cristianos, venciendo las fuerzas que a ello se oponen, y dando así testimonio con su forma de vivir de la victoria de nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 26 de enero de 2011

Quién es antes: ¿Dios o yo?

Homilía 23 de enero 2011
3er Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Hay fundamentalmente dos modos de entender y vivir nuestra vida ante Dios, que se reflejan en el gran debate de la modernidad entre autonomía y teonomía. El secularismo de nuestra sociedad nos instiga a vivir nuestra vida según una perspectiva autónoma, como si dependiera sólo de nosotros, sin necesidad de hacer referencia a Dios, prescindiendo de Él o incluso dándole la espalda; a lo mejor, tenemos en cuenta a Dios sólo en momentos puntuales cuando sentimos nuestra indigencia e incapacidad de resolver los problemas por nosotros mismos. Conocemos la célebre frase que el matemático y astrónomo francés Pierre Simon Laplace dijo al emperador Napoleón, cuando éste le preguntó acerca de su obra sobre el ‘sistema del mundo’ en la que no había mencionado ni una sola vez al Creador: “Sire, nunca he necesitado esa hipótesis”. Esta mentalidad, como ha afirmado Benedicto XVI recientemente citando esta misma frase, nos impregna también a nosotros, y no sólo prescindimos de Dios para explicar el mundo y los acontecimientos (cosa que hasta cierto punto es correcta, porque Dios no viene a rellenar los agujeros de nuestro conocimiento), sino que también no lo tenemos en cuenta al vivir nuestra vida, sobre todo cuando tomamos las decisiones más importantes.
                Así decidimos acerca de la carrera, del trabajo, del matrimonio y la familia, de lo que enseño a mis hijos, de qué tipo de hombre y mujer quiero ser, sin tener en cuenta a Dios, poniendo a Dios después de mi ‘yo’ que es el verdadero ‘señor’ de todo. Así, por ejemplo, cuando se pregunta a un miembro de una pareja porque se separó de su cónyuge, la respuesta muchas veces es "porque no era feliz". Hay que afirmar con mucha claridad que ésta no es una forma cristiana de vivir, por mucho que nos llamemos cristianos. Es una forma de vivir de no creyente, de un ateo. El creyente vive su vida como respuesta a una vocación, siendo responsable de ella ante Dios que llama y que tiene un proyecto sobre cada uno de nosotros; es decir, no vivimos para nosotros mismos, sino para Él que murió y resucito por nosotros, como afirma San Pablo. El verdadero creyente es aquel que acepta y vive el ‘Principio y Fundamento’ de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima”. Aceptar y vivir esto implica muchas veces una re-orientación de nuestra vida, cediendo el primer lugar a Dios, significa una conversión, abandonando un modo de vivir mundano para fundar nuestra vida en Dios.
conocereisdeverdad.org
                De esto nos habla el evangelio de hoy que narra la vocación de los primeros apóstoles. Pasa Jesús por el lago de Galilea y los llama a ser pescadores de hombres. Y ellos, dejándolo todo, trabajo y familia, ‘inmediatamente’ como insiste el evangelista, van en pos de Él. Esto lo pudieron hacer porque estaban interiormente preparados para este momento en el que la Gracia pasó por sus vidas. Vivían queriendo hacer la voluntad de Dios y como tenían los oídos del espíritu bien abiertos a la voz del único Señor, supieron reconocer en la llamada de Jesús la llamada de Dios a ponerse a su servicio. Así también nosotros. Dios nos llama a cada uno de nosotros a ser ‘santos e intachables ante Él por el amor’. A vivir ‘como sus hijos’. A esto nos ha predestinado, como se dice en la Carta a los Efesios. A partir de ahí, nosotros con nuestra inteligencia concretamos esta llamada universal en las opciones que vamos tomando en nuestra vida. Es verdad que a veces también tenemos la experiencia de que el Señor pasa y nos llama a seguirle más de cerca. Son momentos en que crecemos en nuestra intimidad con Él. A algunos nos llama a dejarlo todo, también lo que es bueno y útil, como un trabajo seglar y el matrimonio y la familia, para ponernos totalmente al servicio del Reino, imitándole a Él.

                El Reino es el eje central de toda la vida de Jesús: de sus palabras y de sus obras. Hablaba del Reino en su enseñanza, a través de las parábolas por ejemplo, y con sus milagros mostraba que el Reino ya había empezado con Él. El reino que es el señorío de Dios sobre el mundo y los hombres, el cumplimiento definitivo de Su voluntad, lo que todos deseamos en lo más profundo de nuestro corazón. El comienzo del ministerio de Jesús en Cafarnaún, en Galilea de los gentiles, es visto por el evangelista Mateo como cumplimiento de la profecía de Isaías que  escuchamos en la primera lectura. El ministerio de Jesús trae luz y alegría a un pueblo que camina en tinieblas, encorvado y deprimido. La predicación del Reino por parte de Jesús trae esa luz que todos estamos buscando, nos trae esa alegría que anhelamos. De este anuncio del Reino todos nos hacemos continuadores cuando compartimos con los demás lo que ha significado para nosotros, y algunos dedicamos a ello toda nuestra vida, energía y tiempo. Pero también los niños, como hoy destacamos al celebrar la Jornada de la Infancia Misionera, pueden hacerse anunciadores del Reino y colaborar con su oración, ejemplo y testimonio a la misión de la Iglesia. Algunos padres me han confesado que han empezado a venir a Misa gracias a las palabras y el testimonio de sus hijos.

En la segunda lectura de hoy, de la primera carta de San Pablo a los Corintios, se nos habla de la unidad y las divisiones en la Iglesia. En la comunidad de cristianos que vivían en Corinto, que Pablo mismo había fundado, se empezaron pronto a crear divisiones porque cada uno seguía su maestro. Pablo tiene que recordar a esta comunidad que el fundamento de nuestra fe no es la sabiduría humana de un maestro, sino es la muerte y resurrección del Señor, que los apóstoles anuncian. Así es también para el diálogo ecuménico como nos recuerda la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que estamos celebrando. El fundamento de nuestra unidad es Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, no un maestro o un ideología humana. La falta de unidad en la Iglesia se debe a nuestra debilidad humana, a nuestros personalismos, a nuestro pecado, y es un escándalo para lo que quieren acercarse a la fe. Debemos poner todos los medios para ir superando nuestra desunión, en un camino que no es fácil.
                Pidamos a María, la esclava del Señor, la mujer del sí pleno y sin condiciones a Dios, la mujer que se puso al servicio de su Hijo y del designio divino de salvación, que nos enseñe a vivir nuestra vida como respuesta a la vocación de Dios. Que como Ella sepamos alegrarnos por el anuncio de la cercanía del Reino de Dios y que seamos instrumentos de unidad entre todos los que seguimos a su Hijo.