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martes, 3 de septiembre de 2013

Comer juntos y el reino de Dios


Homilía Domingo 1 de septiembre de 2013
XXII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)

            Algunos estamos terminando el verano con algunos kilitos de más. Sabemos que esto es normal
porque en vacaciones somos más tolerantes con nosotros mismos, nos concedemos  algún capricho más, comemos cosas que no solemos probar durante el resto del año... pero también porque hacemos más comidas juntos en familia y con los amigos, y en nuestra cultura, como en la de Jesús, el comer juntos tiene mucha importancia; es algo que hacemos no solo para alimentarnos físicamente, sino es una acción que tiene profundas dimensione humanas, culturales y sociales, y también religiosas. Aunque compartimos la conducta de comer con el resto de los animales, en nosotros adquiere significados que superan este nivel y hacen referencia a lo humano y social, especialmente cuando la realizamos juntos. En esto es parecida a otras conductas, como la sexual, que en el hombre adquieren una dimensión nueva. Comer juntos, compartir el pan, es mucho más que alimentarse y es algo que tenemos que valorar y cuidar. En nuestras comidas familiares y con amigos, por ejemplo, a veces con demasiada ligereza damos paso a la televisión y a otros artilugios que nos aíslan los unos de los otros y entorpecen la comunión y comunicación verdaderas. Algunos hablan de estos aparatos como caballos de Troya que dejamos entrar poco precavidamente como si fueran un regalo y terminan destruyéndonos desde dentro.

Si consideramos la vida de Jesús como se describe en los evangelios nos damos cuenta de lo importante que eran las comidas para él. Muchas de las cosas señaladas que hace y enseña el Señor ocurren en el contexto de una comida, y el mismo eligió la imagen del banquete para hablar del reino de Dios. Esta Eucaristía que estamos celebrando se instituyó en la última cena de Jesús con sus discípulos y es una pregustación del cielo. Así nos lo decía el autor de la Carta a los Hebreos en la segunda lectura. Aunque en nuestro culto no se repitan los signos tremebundos del Sinaí que marcaron la antigua alianza, tiene lugar algo mucho más grande, porque en él nos acercamos “al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús”. Y en el origen de todo esto está el acto de comer juntos.

            El evangelio de hoy nos narra una de esas comidas de Jesús que él aprovecha para dar sus
El papa Francisco en la capilla de Santa Marta
enseñanzas sobre el reino de Dios. Jesús habla de la inclusividad de este reino, que es para todos. Nadie en principio está excluido de él; no es solo para los que se creen elegidos, los que la sociedad considera justos, sino también para los excluidos, los pobres, los que no cuentan, los impuros. Por eso una de las condiciones para entrar en él es la humildad. Esta actitud surge del darse cuenta y reconocer que uno es invitado al banquete sin merecerlo, que el puesto que le corresponde por propios méritos es el último. Decía santa Teresa de Ávila que la “humildad es andar en verdad”: nace de un verdadero conocimiento de uno mismo, de los propios límites y defectos y, más profundamente, de nuestro sabernos criaturas de Dios y pecadores, de la conciencia de nuestra nada si no fuera por la providencia y la misericordia del Señor. La actitud opuesta es la soberbia que surge de un autoconcepto falso, de un yo ‘inflado’, de una percepción errónea de la propia autosuficiencia.

            Otra condición para participar en el banquete es aceptar que Dios invita a quien quiere, según sus criterios que no son los nuestros. Por ello, no nos debemos escandalizar de ver en nuestras Eucaristías personas que algunos consideran ‘impuras’, como quizás pasaba en las comunidades a las que Lucas tiene presente al escribir su evangelio. Tenemos que aprender una y otra vez que los planes de Dios y sus caminos difieren de los nuestros, que su reino es para aquellos que él llama bienaventurados, los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón... no para aquellos que tienen éxito según los criterios humanos.

            Unido a lo anterior, para entrar en el reino de los cielos hay que aprender a hacer comunidad cristiana con los últimos y hay que aprender también a dar sin esperar una reciprocidad humana o mundana, sino la que nos dará Dios en la “resurrección de los justos”.

            ¡Cuidemos ese acto tan cotidiano y a la vez tan profundamente humano y religioso del comer juntos en el que pregustamos el reino de Dios! ¡Que aprendamos a conocernos y aceptarnos para ser verdaderamente humildes! ¡Que aprendamos también a ser generosos como lo es Dios con  nosotros!

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Dar desde la estrechez, poniendo nuestra confianza en Dios



Homilía Domingo 11 de noviembre de 2012
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Memoria de san Martín de Tours, obispo

Fuente de la imagen: prjunioaraujo.blogspot.com
En tiempos de fuerte crisis económica como el nuestro, en los que muchos tienen gran dificultad para mantener un nivel de vida digno para su familia, y otros pasan verdadera necesidad, careciendo de lo básico –como un trabajo estable, una vivienda segura- , hay una fuerte tendencia a ser menos generosos. Nos da miedo el futuro que vemos cada vez más incierto y problemático y pensamos que lo mejor es ahorrar lo poco que podamos para tener algo de seguridad para el mañana. Ya para muchas familias no se trata de eliminar cosas superfluas, como actividades extraescolares extravagantes, viajes exóticos o aparatos electrónicos costosos, sino que se ven obligadas a reducir gastos en cosas importantes como la educación, con frecuencia no pudiendo llevar a sus hijos a los colegios que desearían, o eliminando actividades formativas útiles, o reduciendo gastos sanitarios quizás no esenciales pero sí convenientes... En esta situación sentimos un cierto reparo a la hora de dar a los demás. El miedo al futuro nos puede llevar a ser menos generosos. Es verdad que también en estos tiempos difíciles se percibe con frecuencia más solidaridad y los voluntarios de Cáritas puede dar testimonio de ello, pero al mismo tiempo sentimos la tentación de cerrarnos en nosotros mismos y en nuestra familia.

Teniendo presente esta situación de crisis económica que nos tienta a ser menos generosos, podemos dirigir nuestra atención a la Palabra de Dios de este domingo para escuchar los que nos dice. Las dos viudas de las que se nos habla pasaban por grandes estrecheces. La de Sarepta estaba a punto de desfallecer de hambre con su hijo y de la del evangelio dice Jesús de ella que ‘pasa necesidad’. Sin embargo, las dos fueron muy generosas, dieron desde su escasez, y dieron confiando en la palabra del Dios: la de Serepta obedece al profeta Elías y la del evangelio echa su prenda en el arca del templo confiando en lo que dice la Escritura de lo que se ofrece a Dios, que nos lo devuelve con creces. De la del evangelio dice Jesús que dio más que todos los demás, no porque dio más cantidad de dinero, sino porque dio no de lo que le sobraba, sino “echó todo lo que tenía para vivir”. Esta viuda, que como todas las viudas de esos tiempos no contaba con seguridad social, vivía en una situación de mucha precariedad, pero se fiaba de la palabra de Dios, de lo que Dios promete a quien da, y de su pobreza da todo lo que tiene.

En cantidad de dinero da menos que los demás, dos leptas, la moneda más pequeña en circulación, pero para el Señor da más, porque él ‘mira el corazón’. Lo que cuenta para Dios no es la cantidad, sino la intención, el sacrifico que comporta lo que damos, lo que nos cuesta. Puede que en tempos de crisis económica podamos dar menos cantidad, pero el esfuerzo que hacemos, el costo que supone para nosotros, el sacrificio que implica, debe ser el mismo. Y lo hacemos no basándonos en cálculos humanos, sino fiándonos de la palabra del Señor que promete recompensa a quien da generosamente: “hay quien es generoso y se enriquece, quien ahorra injustamente y empobrece. El hombre generosos prosperará, quien alivia la sed será saciado” (Prov 11,24-25). Así lo vemos también en la historia de la viuda de la primera lectura, que aunque dio de lo necesario para su sustento, no le faltó.

San Martín y el mendigo
El Greco (c.1597-1599)
National Gallery of Art
Washington D.C (U.S.A)
De la viuda del evangelio se dice, sin embargo, algo más. Si nos fijamos en el texto griego se afirma no solo que “de su necesidad ha puesto todo lo que tenía”, sino también que ofrece “toda su vida (ólon tòn bión aútês)”. Si nos preguntamos con el salmista “¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me hecho?” (Sal 114, 12), ¿qué es lo que debemos dar al Señor?, la respuesta correcta no es dar algo sino darnos nosotros mismos. Junto y por encima de dar de lo nuestro –dinero, tiempo, comprensión, afecto...- el Señor nos pide ofrecerle nuestra misma vida, todo nuestro ser, que, en el fondo, le pertenece.

Hoy celebramos la memoria de un gran santo, el primero que fue venerado como tal sin ser mártir: san Martín de Tours. El acontecimiento fundamental de su vida que siempre se narra cuando se habla de él o se le representa es cuando a las puertas de Amiens un pobre medio desnudo le pidió limosna y él, al no tener más que sus armas y su capa, tomó su espada y corto la capa en dos partes dando una de ellas al mendigo. La noche siguiente se le apreció Jesús, diciéndole: “Martín, el catecúmeno, me ha cubierto con este vestido”. Pedimos con su intercesión que en estos tiempos difíciles sigamos siendo generoso y experimentando como “Dios ama al que da con alegría” (2Co 9,7).