lunes, 20 de junio de 2011

“...en Él vivimos, nos movemos y existimos”


Homilía 19 de junio 2011

Solemnidad de la Santísima Trinidad (ciclo A)

Día Pro orantibus



Muchos hoy, cuando se les pregunta si creen en Dios, dicen que son agnósticos, quizás sin saber muy bien lo que significa, pero les suena menos ‘radical’ que declararse no creyentes o ateos. Y en parte tienen razón. El agnóstico a diferencia del ateo, no niega explícitamente la existencia de Dios, sino niega que se le pueda conocer, que sea accesible a nuestra razón, y, por tanto, piensa que lo mejor que podemos hacer sobre lo divino es callarnos.

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                Esta forma de pensar no es nueva. Ya San Pablo se enfrentó a ella en el Areópago de Atenas. En su discurso en ese lugar hace referencia al Dios desconocido al que los atenienses habían construido un altar, y que es "el Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene" y que “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Dios creó a los hombres para que lo buscasen, “a ver si, al menos a tientas, lo encontraban”. Y finalmente se nos ha revelado plenamente en Cristo, que con su resurrección ha sido designado juez de todos, termina afirmando el apóstol (Hch 17, 19-33).

                En nuestro contexto agnóstico, la fiesta que celebramos hoy de la Santísima Trinidad, nos invita a no caer en el escepticismo tan presente en la cultura que nos rodea. Aunque es verdad, en contra de lo que piensan los agnósticos, que podríamos llegar a saber algo de Dios con nuestra sóla razón como dijo san Pablo en Atenas y la Iglesia en el Concilio Vaticano I, Dios mismo nos ha venido al encuentro, ha tomado la iniciativa, se nos ha revelado, se nos dado a conocer y esto a través de su Hijo único. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16), hemos escuchado en el evangelio de hoy. El mismos evangelista, Juan, dice en el prólogo: “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Unigénito que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a  conocer” (Jn 1, 18). Y también en el mismo evangelio, en la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena, el Señor dice: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3) . Por tanto, Dios mismos se nos ha revelado, se nos ha dado a conocer en el Hijo, y en conocerle a Él, en el sentido profundo que tiene esta palabra en la Biblia, que indica no sólo conocimiento intelectual sino también comunión de vida, está la vida eterna.

La Trinidad de Andréi Rubliov
                La Iglesia llegó a formular la doctrina trinitaria, del Dios uno y trino, tres Personas y una sola naturaleza, a partir de su experiencia de Dios, de como Dios se había manifestado. La experiencia cristiana de Dios es de un Dios único, ‘pero no solitario’ como afirmó un Concilio de Toledo celebrado en el siglo VII, un Dios que ha salido de sí mismo y se nos ha entregado en el Hijo y que a su vez nos envía el Espíritu, vínculo de unión entre el Padre y el Hijo, para que también nosotros participemos de la vida divina. La doctrina de la Trinidad está muy ligada a esa casi-definición de Dios que encontramos también en los escritos de San Juan: “Dios es amor”. Si es amor, aún siendo uno, sale da sí mismo hacia el Otro y lo genera para darse totalmente a Él. Una buena forma de pensar en la Trinidad es como una comunión de personas tan intensa que se vuelven una, una comunión de personas que debe servir de modelo para nuestras familias, nuestras comunidades y para Iglesia entera, llamada a ser una comunión de comunidades, no una unidad uniforme, sino una unidad en la diversidad.

                Estando hace tiempo en Estados Unidos, en un partido de baseball, salió en un momento en el tablón luminoso del estadio un nombre en inglés y unos números: John 3: 16, Juan 3, 16. Me sorprendió mucho y quedé muy intrigado, porque en un principio no sabía a qué frase del evangelio de Juan hacía referencia, y por qué se le daba tanta importancia. Cuando me enteré de la frase me di enseguida cuenta no sólo de diferencia entre la cultura de Estados Unidos — modelo de verdadera libertad religiosa — y la nuestra, sino también del significado de esa frase. Es un resumen de la buena noticia del evangelio y es la primera frase del evangelio de hoy que antes también citaba: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Esta afirmación de Jesús en su coloquio nocturno con Nicodemo puede, en un momento dado, cambiar nuestra vida. y es bueno que de vez en cuando la traigamos a la memoria.

                Nosotros nos encaminamos hacia la vida eterna en la que gozaremos para siempre de la intimidad con Dios, pero ya ahora en nuestro peregrinar por esta tierra pregustamos algo de ella a través de nuestra vida de comunión en la fe con las tres Personas divinas. Vivimos nuestra vida de cara al Padre, unidos a Jesucristo y configurados a Él, y esto gracias al Espíritu que inhabita en nosotros.

Hoy celebramos también la Jornada Pro orantibus, ‘Por los que rezan’, es decir, por los contemplativos. Ellos, movidos por su unión con el Dios uno y trino que sienten en lo más íntimo de su ser y que quieren cultivar, han elegido la parte mejor como Jesús dice de María de Betania, y emplean su vida en la alabanza, en la acción de gracias y en la intercesión por nosotros en unión al único y eterno sacerdote. Demos gracias a Dios por tantos hermanos nuestros que rezan continuamente por nosotros, pedimos por las vocaciones a la vida contemplativa tan importantes para la Iglesia, y agradecemos a Dios este don que es anticipo y signo de la vida eterna que se nos promete.

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