lunes, 27 de junio de 2011

La verdadera comida y bebida

Homilía 26 de junio 2011

Solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (ciclo A)
Día la Caridad
San José María Escrivá


Tabgha
Hay grandes regalos que el Señor que nos ha hecho o nos hace continuamente y que posiblemente no valoramos ni agradecemos lo ‘justo y necesario’. Quizás porque nos acostumbramos a ellos, porque caemos en la rutina de disfrutar de ellos como algo normal, casi llegamos a pensar que nos son debidos, que son algo ordinario y no excepcional, quizás hasta creemos que el tenerlos es mérito nuestro. Esto nos pasa con muchas cosas de nuestra vida de todos los días, de nuestra vida ‘ordinaria’, que en el fondo, mirada bien, no es ‘ordinaria’ sino ‘extraordinaria’: el hecho mismo de existir, de ser, de tener vida; nuestra familia y amigos; nuestras relaciones; la salud, el trabajo, el amor, que cuando nos faltan nos damos cuenta lo importante que son. Pero también vale lo mismo para los dones espirituales: la fe, la relación con el Señor, el conocer a Dios, y, de un modo especial, la Eucaristía, que es lo que celebramos hoy.

¡Qué gran regalo es la Eucaristía! ¡Qué idea tan ‘genial’ tuvo Jesús en la Última Cena con sus discípulos —  de una genialidad claramente divina—, de inventarse este sacramento, este signo e instrumento de la unión con Él y de la unión entre nosotros, con el que lo hacemos realmente presente y renovamos su sacrificio de amor! Jesús sabía que su muerte estaba ligada a la terminación del culto del Templo de Jerusalén y al comienzo de un nuevo culto en ‘espíritu y verdad’, a un nuevo sacrificio, que llevaría a cabo definitivamente lo que los antiguos sacrificios no conseguían: la purificación del hombre y la reconciliación con Dios. Este sacrificio puro y perfecto del Siervo de Dios en la cruz, ofrecido una sola vez para siempre, se renueva por nosotros en la Eucaristía. Pero, ¡qué fácil es no valorar y agradecer este regalo y no vivir consecuentemente , de forma que nuestra vida se corresponda al don recibido!

Detalle del mosaico
Es contra este peligro que pone en guardia Moisés a su pueblo antes de cruzar el Jordán y entrar en la Tierra Prometida, como hemos escuchado en la primera lectura del Libro del Deuteronomio. El pueblo estaba a punto de disfrutar de esa tierra tan rica a y fértil que Dios había prometido a sus padres y en la que no le iba a faltar nada, pero corría el grave peligro de que viviendo en la abundancia, se olvidara de Dios y de su gracia, se creyera que poseer la tierra no era un regalo sino algo debido, algo fruto de sus propios méritos. Podía incluso olvidarse de que vivir en esa tierra implicaba ser fiel al Señor y a la alianza con Él. Moisés exhorta entonces al pueblo a recordar el camino recorrido, lo que Dios ha hecho, la liberación de Egipto y el maná del desierto, el proceso de prueba y purificación por el que ha tenido que pasar antes de entrar en posesión de esa tierra. Como Dios lo ha ido instruyendo para que aprendiera que ‘no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios’.

En el evangelio se nos dice algo de lo que significa el gran regalo de la Eucaristía que el Señor nos ha hecho. Jesús, hablando en la sinagoga de Cafarnaún sobre el pan de la vida, dice del que come de ese pan, que es Él mismo, su carne entregada por la vida del mundo, que ‘vivirá para siempre’, que ‘tiene vida eterna y será resucitado en el último día’, que ‘habita en el Señor y el Señor en él y que vivirá por Él’. Éste es el verdadero alimento que anhelamos y que nos libra de la muerte eterna. Dice bellamente santo Tomás de Aquino que es lo que Cristo ‘dejó a los suyos como consuelo en las tristezas de su ausencia’.

Sin embargo, la Eucaristía no sólo nos une con el Señor, sino también con los hermanos, con los que comparten el mismo pan. Algunos recordamos ocasiones cuando el padre de familia en una comida familiar partía un mismo pan y daba un trozo a cada uno de los que estábamos sentados a la mesa. Algo parecido debió hacer Jesús con los discípulos de Emaús que llevó a que se les ‘abrieran los ojos’ y lo reconocieran ‘al partir el pan’. Este comer un mismo pan crea una unión profunda entre los comensales. Esto vale de una forma muy especial para la Eucaristía. Impresiona sentir en reuniones entre cristianos la unión profunda que existe entre los participantes, aunque no se conozcan personalmente y sean distintos según su extracción social, su procedencia, su cultura, etc. Una unión que supera muchas barreras y que va más allá de simpatías personales y de reacciones humanas. Es una unión que tiene su fundamento en Jesús,  en la Eucaristía,  con la que nos unimos a Él y formamos un sólo cuerpo, una unidad orgánica. Es lo deseamos experimentar en la Jornada Mundial de la Juventud que celebraremos en Madrid en agosto. Es lo  que san Pablo afirma en la segunda lectura, haciendo un paralelismo entre los cultos idolátricos con su carácter demoniaco y la comunión cristiana: el pan que partimos es comunión del cuerpo de Cristo y ya que ‘el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan’. Por eso el Día del Corpus es un día muy apropiado para ser también el día de Cáritas, el día de la institución de la Iglesia que se ocupa de animar y organizar la ayuda entre los hermanos que comparten la Eucaristía.


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