sábado, 29 de octubre de 2011

Amar al Otro a través del otro

Homilía 23 de octubre 2011
XXX Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
Jornada Mundial de las Misiones 2011 (DOMUND): “Así os envío yo”

cristotube.com
                Una de las verdades fundamentales del cristianismo es la encarnación del Hijo de Dios, es decir, el hecho de que Jesús es un hombre como nosotros, igual a cada uno de nosotros en todo excepto en el pecado, pero que también es a la vez y sin dejar de ser hombre, el Hijo de Dios encarnado. Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, “luz de luz, Dios de Dios”, como afirmamos en el Credo. Al leer con atención y con fe los evangelios podemos darnos cuenta de como en determinadas ocasiones se percibe, aunque veladamente, algo del misterio de la divinidad del Señor a través de sus actos humanos y de sus palabras. Así, por ejemplo, en el evangelio de hoy, se nos muestra la ‘originalidad’ del Señor, una ‘originalidad’ divina. Esta originalidad no consiste en ofrecer una enseñanza totalmente nueva, sino en retomar elementos dispersos de la revelación de Dios trasmitidos en las Escrituras y relacionarlos entre sí para darles un significado más profundo. La originalidad de la enseñanza de Jesús sobre el mandamiento principal de la Ley de Dios, es haber unido dos preceptos que ya se encontraban en el Antiguo Testamento de una forma en que no se había hecho antes, y de ampliar el concepto de prójimo para incluir también a los enemigos, lo que hace con la parábola del buen samaritano que encontramos en el evangelio de san Lucas.
                Dice Jesús, contestando a la pregunta capciosa de los fariseos, que el mandamiento principal — mégas-megále en griego —, importante, máximo, de la Ley, es el amor a Dios con todo nuestro ser: con el corazón, sede de los sentimientos la voluntad y la razón, con el alma, la psique, principio vital de la persona, y con la mente. Los rabinos explicaban esta división tripartita enseñando que tenemos que amar a Dios con la voluntad, con la vida y con el dinero. Esto quiere decir que el amor de Dios no es cuestión de puro sentimiento, implica nuestra voluntad, nuestra razón y toda nuestra vida, es una cuestión de fidelidad a la alianza de Dios con su pueblo que se basa en el respeto de la voluntad del Señor expresada en la Ley. Jesús indica este mandamiento como el principal citando un texto de libro del Deuteronomio que es la profesión fundamental de fe del pueblo de Israel en el Dios uno. Es el texto del Shemá, que los judíos rezan repetidamente y que llevan colocado en las muñecas y en la frente cuando oran solemnemente y puesto en los dinteles de las puertas de sus casas, como se ordena en el mismos texto bíblico: “Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deut 6, 4). Los fariseos que preguntan a Jesús bien conocían el Shemá y su centralidad para la fe del pueblo de Israel. Lo que hace el Señor es destacarlo y ponerlo por encima de todas las demás leyes, en un nivel cualitativamente distinto.
Hombre rezando con Tefilim
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                Pero la originalidad de Jesús se manifiesta en que inmediatamente añade otro precepto que también se encuentra en el Antiguo Testamento, y dice que es parecido, es semejante — ómoios en griego — al primero. Es el precepto del amor al prójimo. Aunque ya se encontraba en el libro del Levítico, a diferencia del Shemá no se le había dado mucha importancia. El que Jesús diga que es ‘parecido’ al primero es una novedad que él introduce. Otra novedad es que aclara el concepto de prójimo con la parábola del buen samaritano: prójimo no es sólo el miembro de mi familia, o de mi pueblo, o mi amigo, o el que comparte mis ideas, sino toda persona que necesita de mí, aunque sea oficialmente — socialmente, políticamente, ideológicamente, etc. — un enemigo.
                La coletilla a este segundo precepto también es muy significativa. Se nos dice que tenemos que amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismo. El criterio y fundamento del amor al prójimo es el amor hacia uno mismo. Hay un correcto y sano amor propio, distinto del amor narcisista y egocéntrico, que se basa en querernos y respetarnos como hijos de Dios, muy queridos por Él. Muchos trastornos psicológicos derivan de no quererse adecuadamente, de no respetarse, de no aceptarse, de una autoestima insana.
                Pero, ¿cómo concretamente podemos vivir este dúplice mandamiento del amor a Dios y al prójimo? ¿Qué viene antes cuando hay conflicto entre los dos? Un texto de San Juan en su primera carta nos puede ayudar. “Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1Jn 4, 20). Dios es el totalmente Otro, y lo amamos en y a través del otro concreto que está a nuestro lado, es decir, el prójimo. El fundamento de amor al prójimo es el amor de Dios, que hace que amemos al otro de verdad, buscando su bien, de una forma no egoísta. En el siglo pasado hemos sufrido una ideología, el marxismo, que decía que para amar y hacer el bien al otro había que eliminar a Dios, y fracasó miserablemente después de haber producido mucho daño. El garante del amor auténtico al prójimo es el amor a Dios. Cuando se elimina a Dios, la dignidad del otro se pone en peligro al perder su fundamento último. Pero este amor a Dios se realiza a través del amor al prójimo. No se puede amar a Dios si no es en y a través del prójimo. Es verdad que también nuestros actos de culto son una forma de realizar y manifestar nuestro amor al Señor, pero el culto sin justicia, sin amor al otro, es un culto vacío como ya advertían los profetas.
                Cuando amamos al prójimo realmente, en especial si es un enemigo, damos testimonio del amor de Dios y de la nueva vida que tenemos gracias al bautismo, con el que hemos pasado ya de la muerte a la vida eterna. Esta es la forma más eficaz de evangelizar en un mundo que busca testigos más que maestros, como decía Pablo VI. San Pablo en la segunda lectura habla de la eficacia del testimonio que daba la comunidad cristiana de Tesalónica cuya vida de fe y amor era notoria. Hoy, día del Domund, se nos recuerda, también a través del lema de esta Jornada Mundial de las misiones “Así os envío yo”, que todos, laicos y consagrados, somos enviados a anunciar la buena noticia del Jesús, y esto los hacemos eficazmente en la medida en que amamos de verdad.
                Cuando reflexionamos sobre estos dos preceptos mayores de la Ley y la relación entre ambos, muchas veces se nos presenta la imagen de la cruz con sus dos palos, el vertical y el horizontal. Cruz que implica entrega y sufrimiento. Amar a Dios y al hermano en un mundo como el nuestro marcado por el pecado supone muchas veces hacer experiencia del dolor y el rechazo. De hecho, el único que ha vivido plenamente estos dos preceptos ha sido Jesús. Con su Espíritu que hoy imploramos, si no rehuimos la cruz, podemos cada día aproximarnos más a cumplirlos también nosotros.

Dossier Prensa Domund 2011 (pdf)


(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro La buena noticia del matrimonio y la familia y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)

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