viernes, 14 de octubre de 2011

No basta estar en la Iglesia

Homilía 9 de octubre 2011
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

                Entre las distintas actividades de nuestra parroquia hay una que es especialmente importante para el barrio y a la vez muy enriquecedora para los que participamos en ella que es la pastoral del bautismo de niños. Hay muchos padres jóvenes en nuestra zona y tenemos al año más de 150 bautismos en nuestra Iglesia. Los padres que piden el bautismo para sus hijos se preparan con unos encuentros que tienen lugar los cuatro viernes anteriores a la celebración. En el primero de éstos los participantes cuentan su experiencia de ser padres,  que está significando en sus vidas, y a veces también su experiencia de fe. El viernes pasado una chica francesa que ha pedido bautizar a su tercer hijo compartió con nosotros su vivencia. Nos contó que su madre había recibido una educación católica muy rígida y que como reacción se había apartado de la Iglesia. Ella, en cambio, resumió su experiencia con una expresión que nos impresionó a todos: dijo que es “LIBREMENTE CATÓLICA’”, indicando con ello que es católica por opción personal, libre y consciente, más allá y en contra de condicionamientos familiares y sociales.
                También el Papa en su reciente viaje a Alemania, comentando el evangelio de hace dos domingos sobre los publicanos y las prostitutas que nos precederán en el reino de los cielos, dijo: “los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe”.
                La vivencia de la madre francesa y su bella expresión ‘libremente católica’ y las palabras del Papa en Alemania están muy relacionadas con el evangelio de hoy del comensal sin traje de fiesta. Esta parábola en la intención del evangelista Mateo hace claramente referencia a la Iglesia y nos viene a decir que no basta estar en ella, es necesario algo más que el Señor indica con la imagen del ‘traje de fiesta’. ¿Qué es este ‘traje de fiesta’ necesario para no ser echado fuera del banquete mesiánico, del reino de Dios? Son las obras de justica, el ejercicio de la caridad que nace de una fe adulta y madura, asumida libremente, superando los condicionamientos sociales tanto a favor como en contra.

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                Más concretamente, dice san Agustín que este ‘traje de fiesta’ es la caridad, ya que como afirma san Pablo ‘si no tengo amor no soy nada’ y de nada me sirve hacer las obras más heroicas. También la escena del juicio final del mismo evangelio de Mateo nos dice que éste tendrá lugar sobre la base del ejercicio concreto de la caridad y no de la pertenencia al grupo de los discípulos del Señor. Y en la Iglesia hay muchos que no viven la caridad. Hay muchos llamados que forman parte de ella, pero pocos escogidos que están unidos realmente al Señor en el amor. Benedicto XVI habla de la Iglesia como la red de Cristo con peces buenos y malos, con trigo y cizaña que el Señor separará al final.
                Pero está enseñanza sobre el invitado no vestido adecuadamente para participar en la fiesta, está precedida por otra parábola que encontramos de una forma algo distinta también en el evangelio de Lucas: la parábola de los invitados que rechazan la invitación. Inexplicablemente los primeros a los que va dirigida la invitación para participar en las bodas del hijo del rey no hacen caso, se muestran indiferentes, desprecian la invitación y “uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios”. La imagen que utiliza Jesús del banquete nos dice algo del Reino que Dios nos promete y el rechazo de los invitados nos enseña lo fácil que es no tomarse en serio las cosas de Dios, posponerle a otras cosas y no hacernos merecedores de la vida eterna.
                Se discute si la sentencia tan dura de Jesús al final del pasaje evangélico de hoy se refiere originariamente a la primera parábola, la de los invitados al banquete que rechazan la invitación, o también a la segunda, la del comensal sin traje de fiesta. La sentencia de Jesús la conocemos bien: “muchos son los llamados y pocos los escogidos”. En el primer caso, estas palabras de Jesús serían menos duras para nosotros ya que indicarían los pocos judíos que han aceptado a Jesús como Mesías. En el segundo caso, la sentencia de Jesús se refiere también a los que formamos parte de la Iglesia: no todos los que estamos en ella llevamos el traje adecuado. Sea como sea, esta segunda interpretación es plenamente válida para nosotros hoy: lo que cuenta es la fe que actúa por la caridad, no la pertenencia externa a la Iglesia.
                Resumiendo la enseñanza del evangelio de este domingo diríamos, utilizando una terminología más propia de las ciencias naturales y sociales, que estar en la Iglesia para nosotros ‘es necesario pero no suficiente’. Es necesario para nosotros porque Dios ha querido que entráramos en ella y en ella está la plenitud de los medios de salvación. En otra situación y para otras personas, la Iglesia como institución puede no ser un requisito para la salvación, como afirma el Concilio Vaticano II para los miembros de otras religiones. Pero no es suficiente porque tenemos que ejercer la caridad. Y para ejercer la caridad necesitamos salir de la rutina y decidirnos libremente a ser católicos, es decir, tener una fe adulta y madura capaz de superar los condicionamientos sociales.
                ¡Qué podamos decir también nosotros que somos “libremente católicos”, con una fe adulta, pensada, querida, buscada, vivida en el ejercicio de la caridad, más allá de la educación que hemos recibido, de los condicionamientos sociales y de nuestros miedos!

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