martes, 20 de diciembre de 2011

La vocación de María y la nuestra


Homilía 18 de diciembre 2011
IV Domingo de Adviento (ciclo B)

                En el lenguaje de la Iglesia hablamos con frecuencia de vocación. Entendemos con este término una llamada que una persona siente a desempeñar una cierto cometido en la Iglesia o en la sociedad. Solemos pensar que se aplica sobre todo a los sacerdotes y a las personas consagradas. En un determinado momento de sus vidas, a veces cuando eran muy jóvenes, quizás niños, otras veces ya mayores, estas personas sintieron lo que ellos interpretaron como una llamada especial de Dios a dejar otras cosas y dedicarse enteramente al Señor y su causa. Cuando cuentan su historia constatamos que hay diferencias en los modos en que se han sentido llamados: a veces han percibido la voz de Dios casi directamente, en su interior, una voz que les pedía un cambio radical en sus vidas; otras veces su vocación surgió por medio de personas cercanas que sugirieron con su palabra o ejemplo un camino nuevo; y otras veces fueron los mismos acontecimientos los que condujeron a un determinado desenlace. En cualquier caso, la persona que se siente llamada tiene que someterse a un proceso meticuloso de discernimiento para comprobar que se trata de una vocación real y no de un ‘espejismo vocacional’, usando un término de un conocido padre espiritual jesuita. En estas cosas es fácil auto-engañarse y tomar por vocación lo que es producto de nuestro vacío interior, de nuestra sed de ser importantes, de hacer algo significativo con nuestras vidas, de sentirnos miembros de un determinado grupo, de nuestro narcisismo enmascarado de altruismo.
                Uno de los criterios más importante para discernir la autenticidad de una vocación es compararla con las vocaciones que encontramos en la Sagrada Escritura. En ella se nos narra, por ejemplo, la vocación de Abrahán, de Moisés, de Isaías, de Jeremías, y en el Nuevo Testamento la de los apóstoles, entre otras. Aunque son distintas unas de otras hay algunos rasgos comunes que se dan en toda auténtica vocación. Por un lado, está la iniciativa y elección de Dios, elección que tiene lugar desde siempre. Jeremías oye a Dios que le dice: “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jer 1, 5). La llamada es una llamada personal, no genérica: Dios llama por nombre. La persona que es llamada invariablemente se siente inadecuada, incapaz, pecadora, y a veces intenta huir o escabullirse. Pero Dios ratifica su llamada garantizando su asistencia y haciendo a la persona capaz de llevar a cabo la misión que se le encomienda, ya que Dios siempre llama para algo. Con frecuencia el Señor ofrece un signo de credibilidad de su llamada y la persona intenta también entender mejor su vocación a veces preguntando directamente acerca de ella. Pero Dios aguarda siempre la respuesta libre del hombre. La vocación es misterio de elección y de libertad humana; es don y tarea como decía el beato Juan Pablo II. El hombre es invitado a responder a Dios que llama con fe y obediencia,  a caminar en una vida nueva hacia un futuro incierto confiando sólo en el Señor que le ha llamado.
Anunciación - Rupnik (Centro Aletti)
Capilla de la 'Fraternidad San Carlo' (Roma)
                Todos estos rasgos se dan también en la vocación de María que hoy la Iglesia nos presenta en el evangelio de este domingo. Ya hemos escuchado este relato de la Anunciación en la fiesta de la Inmaculada Concepción. En aquella ocasión nos centrábamos en las palabras de saludo del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Estas palabras del arcángel Gabriel hacen también de marco a la vocación de María. A ella se dirige el mensajero celeste llamándola, casi como si fuera su nombre propio, ‘llena de gracia’. Como en toda vocación hay una elección, en este caso realmente excelsa, y una misión, también única de María, la de ser madre del Salvador. También como en toda vocación María no se siente adecuada, pide aclaración, quiere entender mejor su misión. En ángel explica cómo sucederá lo inimaginable: Dios, para quien nada es imposible, intervendrá con su poder creador, en un acto comparable sólo con la creación del mundo de la nada y la resurrección de Cristo del sepulcro y fecundará el seno virginal de María. El ángel también ofrece un signo de credibilidad de su mensaje indicando el embarazo de la estéril pariente Isabel. Y como en toda vocación, Dios aguarda la respuesta libre de su criatura, el sí de María, y ella pronuncia su fiat. Dios le ha asegurado su asistencia - — “el Señor está contigo”, le dijo el ángel — y ella emprende una vida nueva que la separará del resto de las personas, una vida marcada  totalmente por su misión, una vida vivida en función de su Hijo al que dedicará todo su tiempo, todo su ser. María no sabe bien en ese momento lo que implica el sí que ha dicho al Señor, confía en que la hará capaz de llevar a cabo lo que le pide. La respuesta de la criatura a la llamada y a la voluntad de Dios produce siempre alegría, aunque puede que se dé plenamente sólo después de un largo recorrido. María cantará su alegría en casa de su prima Isabel.
                Nosotros hablamos de María como modelo de todo creyente y la Iglesia desde sus comienzos ha entendido la condición cristiana como ‘vocación’ y ha utilizado este lenguaje para hablar de ella. De hecho, enseña que dentro de la comunidad de los creyentes hay distintos ministerios y servicios, pero una llamada fundamental que vale para todos y es a ser cristianos, discípulos de Jesús. Por eso es inapropiado utilizar la palabra vocación sólo para los sacerdotes o consagrados. Es verdad que hay algunos que se sienten llamados, dentro de su llamada fundamental a ser cristianos, a serlo de un modo más exclusivo. Pero esto, parafraseando a la Madre Teresa de Calcuta, es una ‘llamada dentro de la llamada’. Creo que en estos tiempos de secularización y de nueva evangelización, estamos invitados todos a volver a descubrir nuestra condición de cristianos como una vocación, en la que se dan todos los rasgos de cualquier vocación que encontramos en la historia de la salvación narrada en la Biblia. Somos elegidos, asistidos por Dios, llamados por nombre, con una misión a desempeñar, separados de los demás, hechos capaces por Él para llevarla a cabo, etc.
                Pidamos a Dios por medio de la intercesión de la Virgen Madre que sintamos y vivamos nuestra vida cristiana como una respuesta generosa a una llamada personal de Dios que nos ha elegido desde siempre para ser ‘santos e inmaculados ante Él por el amor’ (cf. Ef 1, 4).


(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro La buena noticia del matrimonio y la familia y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)

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