sábado, 18 de febrero de 2012

Caravaggio y el amor que todo lo vence: ¿nos rendimos a él?

Reflexione teológicas (y filosóficas) a partir de algunas obras de Caravaggio (4)

El Amor victorioso (Caravaggio, 1602)
Gemäldegalerie de Berlín (Alemania)
                Una de las obras más desconcertantes, seductoras y provocadoras de Caravaggio es la del Amor vencedor (o Amor victorioso), también llamada Amor profano, realizada en 1602. Muestra un niño ‘de unos doce años’, con unas alas pardas de águila pintadas con todo lujo de detalle, y que han sido las que han permitido una datación bastante exacta del cuadro gracias a la existencia de una carta en la que su dueño, Orazio Gentileschi, las reclama al artista a quien se las había prestado para la obra. El niño parece estar sentado o levantándose de un banco cubierto con una sábana blanca desordenada. Detrás de él hay un globo estrellado y a sus pies los símbolos de los empresas humanas más nobles: el saber y las artes, la música, la arquitectura y la ingeniería, el gobierno, la guerra... Vemos un violín, un laúd, una armadura, una corona, un conjunto de compases, una pluma, un manuscrito y unas hojas de laurel. Pero lo que centra nuestra atención, lo que hipnotiza nuestra mirada, es el muchacho, pintado con tanto realismo e intensidad de colores que parece vivo. Su pene prepúber es el foco visual, su ambigüedad destaca, su brazo escondido detrás de las nalgas acentúa la apertura de sus muslos blancos que se ofrecen. Hasta el detalle de una de las alas negras rozando con la punta sus muslos seduce. El joven desarma con su sonrisa socarrona y a la vez inocente; es alegre y despreocupado, confiado en sí mismo. Peter Robb, un crítico de Caravaggio, dice que aquí se representa el “sexo sin culpa” (Peter Robb, M: El enigma de Caravaggio, Barcelona, Alba, 2005, p. 213). El chico que sirvió de modelo al pintor para esta obra (y para otras también, como la de san Juan Bautista) se llamaba Cecco, que algunos han identificado con el pintor Francesco Boneri y que se piensa que en ese tiempo no sólo vivía con el artista sino que era también su amante.
                Evidentemente, el cuadro fascinó a muchos y conquistó a varios poetas. Uno de ellos, Gaspare Murtula, escribirá tres madrigales sobre él: “No mires, no mires al Amor... hará arder tu corazón” (Perter Robb, op. cit., p. 219). El propietario del cuadro, el marqués Vincenzo Giustianiani, un auténtico caballero renacentista, lo consideraba el mejor de su notable colección y lo tapaba con un paño verde para no escandalizar, o mucho más probablemente para que los espectadores de su galería pudieran admirar antes los demás cuadros sin ser deslumbrados por éste. La obra también puede ser una alegoría del poder de Giustianiani, buen conocedor y dominador de los saberes y de las artes que están representados en la obra.
Amor sagrado y amor profano
(Giovanni Baglione 1602-1603)
Galleria Nazionale d'Arte Antica (Roma)
                El mensaje de este cuadro es evidente: el Eros, Cupido, el Amor, es más fuerte y se burla de las aspiraciones y de las empresas humanas más nobles. También el amor ideal parece tener que sucumbir ante su ímpetu. De ahí el título que se ha dado a la obra inspirado en las Bucólicas de Virgilio: “Omnia vincit amor” (el amor todo lo vence). Giovanni Baglione, rival de Caravaggio y después su biógrafo, pintó inmediatamente como respuesta un cuadro sobre el Amor divino que vence al profano, al mundo y al diablo, pero ni la obra impacta tanto ni el mensaje parece tan convincente.
                Los que sugiere esta obra impresionante de Caravaggio es de muchísima actualidad. ¡Qué frecuente es encontrarse con personas que en un momento dado de su vida, quizás cuando ya son bastantes mayores, son conquistadas por el Amor, por Cupido, por el Eros, por la Pasión, con una fuerza tal que puede con todo lo demás, y son capaces de dejar todo, su familia, su trabajo, logros conseguidos con mucho esfuerzo y sacrificio en tantos años! Yo mismo he experimentado la fuerza del Amor, tanto en mi vida, como en la de muchas personas que he intentado ayudar. Puede ser un sacerdote que se enamora de una chica y deja su ministerio con todo lo que eso significa, o una persona casada y con hijos que quiere a su cónyuge pero se descubre impotente ante una pasión que lo arrastra, o un hombre que descubre su homosexualidad reprimida durante muchos años, etc.
                ¿Qué se debe hacer en estos casos? ¿Seguir la ‘razón’ o el ‘corazón’? Dejarse transportar por eso que nos fascina, que nos tiene dominados, que nos promete una felicidad inmensa, o sacrificarse para quedarse con lo seguro, con la rutina, que puede ser gris y monótona, pero es lo que ‘se debe hacer’, ‘lo correcto’, ‘lo seguro’. ¿Ser ‘uno mismo’ o hacer lo que se ‘debe hacer’, lo que esperan los demás de una persona ‘sensata’ y ‘responsable’?
                Algunos pensadores y autores quizás nos pueden ayudar a reflexionar sobre esta pregunta tan acuciante en algunos momentos de la vida. El poeta y escritor libanés Khalil Gibran dice en una bellísima y muy citada poesía de su libro El profeta que hay que dejarse llevar por el amor:

Cuando el amor te llame, síguelo;
aunque sus caminos sean arduos y penosos.
Y cuando sus alas te envuelvan, entrégate a él;
aunque la espada escondida bajo su plumaje pueda herirte.

Cuando el amor te hable, cree ciegamente en él;
aunque su voz derribe tus sueños
como el viento destroza los jardines.
Porque si el amor te hace crecer y florecer,
él mismo te podará.

Y nunca te creas capacitado para dirigir el curso del amor,
porque el amor si te considera digno de sí,
dirigirá tu curso por los caminos de la vida.
Esto hará el amor en ti
para que conozcas los secretos del corazón.

El amor no da más que de sí mismo
y no toma más que de sí mismo.
El amor no posee nada
y no quiere que nadie lo posea,
porque el amor, se sacia en el amor.

                El Papa Benedicto XVI en su primera encíclica Dios es amor también reflexiona sobre el amor a la luz de la relación entre eros y ágape. Afirma que la Iglesia no está en contra del eros, ni pone arbitrariamente en su camino ‘carteles de prohibido’ para privarnos del placer que conlleva, ni lo ha envenado a través de sus preceptos y prescripciones para transformarlo en vicio, como afirma el filósofo Nietzsche. La Iglesia lo que enseña es que el eros para llegar a ser lo que está llamado a ser, para llevarnos hacia lo alto, hacia lo divino, tiene que pasar por un camino de ascesis, renuncia y purificación:
Cuando el amor te hable, cree ciegamenaunque su voz derribe tus r al
Pero, ¿es realmente así? El cristianismo, ¿ha destruido verdaderamente el eros? Recordemos el mundo precristiano. Los griegos —sin duda análogamente a otras culturas— consideraban el eros ante todo como un arrebato, una ‘locura divina’ que prevalece sobre la razón, que arranca al hombre de la limitación de su existencia y, en este quedar estremecido por una potencia divina, le hace experimentar la dicha más alta. De este modo, todas las demás potencias entre cielo y tierra parecen de segunda importancia: Omnia vincit amor”, dice Virgilio en las Bucólicas —el amor todo lo vence—, y añade: et nos cedamus amori”, rindámonos también nosotros al amor (X, 69). En el campo de las religiones, esta actitud se ha plasmado en los cultos de la fertilidad, entre los que se encuentra la prostitución ‘sagrada’ que se daba en muchos templos. El eros se celebraba, pues, como fuerza divina, como comunión con la divinidad.
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En estas rápidas consideraciones sobre el concepto de eros en la historia y en la actualidad sobresalen claramente dos aspectos. Ante todo, que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.
                Es decir, el eros no es aún amor en sentido pleno, pero puede ser su comienzo. Para llegar a ser amor verdadero, ágape, y hacer realidad la promesa de felicidad y de realización personal que contiene, tiene que estar sometido a la razón y a la voluntad, y ser purificado del egocentrismo que lo caracteriza. Esto implica que no debemos abandonarnos sin más a él, dejarnos arrastrar y dominar por él, sino dominarlo nosotros y ponerlo a servicio de lo que es nuestro verdadero bien, que es la unión con Dios. Esta unión se consigue a través del amor, pero no entendido como eros sino ágape.
Profundizando en la experiencia fascinante, aterradora — sobre todo cuando se vive por primera vez —, esclavizante, dolorosa... del estar enamorados, es esclarecedor considerar lo que dicen otros pensadores y artistas. Algunos mencionan lo fugaz e insensato que es, por ejemplo Ortega y Gasset que describe esta vivencia como “un estado de imbecilidad transitoria”. La canción quizás más conocida del cantante cubano Silvio Rodríguez, Ójala, retrata ese deseo del enamorado de verse libre de un sentimiento que todo lo invade y hace incapaz de pensar y dedicarse con serenidad a otras cosas.
También la moderna psicología es su vertiente biológica y evolucionista, que ha llevado a planteamientos tan interesantes como los de la sociobiología, puede ayudarnos a entender otros aspectos de esta experiencia devastadora. Así se nos dice que el enamorarse, que tiene sus fundamentos biológicos en determinadas áreas del cerebro y en algunos neurotransmisores y quizás también feromonas, es una conducta muy adaptativa para nuestra especie, ya que favorece la separación del individuo de los progenitores y la formación de un vínculo lo suficientemente estable con un miembro del otro sexo como para procrear y cuidar de la prole (y de la madre) en los primeros meses cuando es más vulnerable. Muchos padres tienen experiencia directa de esto cuando ven que lo único que haría que su hijo (o hija) abandonase ‘voluntariamente’ la seguridad y comodidad de la casa paterna, es que se enamore y quiera vivir con su pareja. La atracción sexual condicionada por estos factores biológicos también permite superar el rechazo que provocaría la relación genital si no existiera esta fuerza. Cierto es que estas observaciones más o menos científicas no suelen ser tenidas en cuenta por un enamorado, ya que percibe una distancia enorme entre este tipo de explicaciones y lo que él siente. Ésta es la razón por la cual muchos psicoterapeutas se niegan a tratar a personas enamoradas hasta que no se atenúe ese estado, ya que “son incapaces de escuchar”.
                Las consideraciones psicológicas que acabamos de hacer requerirían algunas matizaciones para el amor homosexual, ya que en este caso falta el aspecto procreativo tan importante para explicar las conductas de los humanos con criterios biológicos y evolucionistas. Esto ha llevado a algunos estudiosos a hablar de la homosexualidad como una ‘desviación’ o ‘trastorno’, como algo ‘no natural’, y a hacer esto sólo a partir de razones psicológicas y sociobiológicas, sin tener en cuenta aspectos morales o religiosos. No quiero entrar en este debate en este momento. Sí creo que lo que he dicho del enamoramiento, del eros, se puede aplicar al amor homosexual, y de hecho he partido en esta reflexión de una obra de Caravaggio que alude a él. Sin embargo, también hay que tener presente que este tipo de amor tiene características propias, entre ellas la que el estado de enamoramiento suele durar menos al no existir la misma base biológica.
El Principito y su rosa
                Este aspecto de la duración más o menos larga pero no ‘para siempre’ de este estado, es algo que el enamorado no suele tener en cuenta y que, sin embargo, debería ser uno de los  criterios decisivos a la hora de decidir si ‘rendirse al amor o no’. Desde la psicología se suele afirmar que este estado dura lo necesario para crear el vínculo entre varón y hembra y garantizar el cuidado de la prole en los primeros meses, es decir 1 o 2 años como mucho. La experiencia también nos muestra lo mismo. Esa persona que ocupaba antes toda nuestra mente, que no nos permitía dedicarnos con paz a otras cosas, que con sólo verla de lejos nos hacía trepidar, con el tiempo va pasando a ser una más entre la otras. Es verdad que algún residuo de pasión suele quedar; la persona sigue significando para nosotros algo especial, pero no como al principio. La bella imagen de la rosa que utiliza Antoine de Saint-Exúpery en El principito puede valer como una buena ilustración de ello. Al principio lo que hace que esa rosa sea distinta a las demás, única para nosotros, es una pasión que no sabemos muy bien cómo surge pero que nos trastorna totalmente. Sin embargo, para que esa rosa siga siendo especial, “la nuestra”, y no se vuelva una más entre las otras que hay en el campo, hay que “domesticarla” como dice el zorro, hay que cuidarla creando con ella una relación exclusiva.
                También es oportuno hacer una clarificación terminológica al hablar de amor. El amor que representa Caravaggio en la bellísima obra de la que hemos partido en nuestra reflexión, es el eros, el amor pasional, erótico, ligado a la sexualidad. Algunos autores, sin embargo, quieren distinguir el eros no sólo del ágape, como hemos visto hace Benedicto XVI, sino también del enamoramiento, siendo según ellos éste último más centrado en la persona que lo origina mientras que el eros no parecería tener muy en cuenta a la persona en cuanto tal. Sin embargo, aunque puede haber diferencias en la relevancia que tiene la persona misma que provoca la pasión, no existe una distinción real entre eros y enamoramiento. Los dos términos hacen referencia a una misma vivencia en la que lo que cautiva es la pasión en sí y no la otra persona; ésta es sólo ocasión para ella. Es a lo que se refiere san Agustín en sus Confesiones cuando habla del amor que ‘se ama a sí mismo’: “Todavía no amaba y amaba el amor, buscando a quien amar” (III, 1).
                                Dicho todo esto, queda la pregunta: ¿Qué debemos hacer cuando nos enamoramos? ¿Nos rendimos al ‘amor que todo lo vence’? ¿Hacemos un esfuerzo heroico y nos intentamos alejar de este fuego que parece nos va a consumir? ¿Aguantamos la tempestad siendo lo más fiel posible a nuestros compromisos y vida cotidiana hasta que pase?
                Creo que la respuesta a esta pregunta nos viene dada por la persona que somos y queremos ser. Si somos hedonistas en el buen sentido de la palabra, como la mayoría hoy lo somos, tanto conscientemente como inconscientemente, y buscamos la felicidad que identificamos con el placer, decidiremos según lo que pensamos nos va a dar más placer. Elegiríamos - siempre que tangamos el autocontrol para poder hacerlo - entre un placer inmediato y arrebatador, pero que probablemente traerá consecuencia desastrosas que nos harán infelices a largo plazo, o un placer más sosegado y duradero, más tranquilo y sereno, que puede ser en ocasiones monótono y aburrido, pero que no da más establidad. Si lo que nos mueve es el sentido del deber tendremos una actitud distinta, pero que debemos aclarar. Si lo que nos motiva es un sentido del deber rígido, frío y autoritario, que es una motivación inconsciente que surge del superego, escaparíamos asustados de este amor como de la peste, reprimiéndolo y sofocándolo al primer atisbo. Esto lleva a un tipo de personalidad rígida y neurótica como muy bien sabemos los psicólogos y psicoterapeutas, que se puede venir abajo en cualquier momento con consecuencias desastrosas. Si lo que nos mueve, o mejor, queremos que nos mueva, es el deber pero asumido conscientemente como propio, hecho nuestro, viviríamos esta experiencia conociendo nuestra debilidad y conscientes de que somos ‘humanos y nada humano nos es ajeno’, aceptando nuestra ‘biología’, pero intentando permanecer fieles a los compromisos asumidos que es lo que nos demanda nuestro ‘auténtico yo’. Si además somos cristianos, tenemos el ejemplo de Jesucristo que, como dice el autor de la Carta a los Hebreos: “en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hb 12, 2). Esta actitud de renuncia consciente, querida y agradecida, por un Bien mayor, por el Amor verdadero, por fidelidad a Aquel que nos ha amado primero, sabemos que es la que conduce a la verdadera felicidad, aunque tengamos antes que pasar por algunas tempestades en las que es fácil sucumbir.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

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