jueves, 8 de marzo de 2012

La muerte es sólo el final del primer tiempo (Lucio Dalla)

Homilía 4 de marzo 2012
II Domingo de Cuaresma (ciclo B)

Lucio Dalla
                Hoy se celebra en Bolonia el funeral del conocido cantante italiano Lucio Dalla. Se ha hecho para él una excepción, ya que no se deben celebrar exequias los domingos, porque hoy 4 de marzo es el día de su cumpleaños, día que es también el título de una de sus más famosas canciones, en un principio censurada porque habla de blasfemia y del Niño Jesús, pero canción bellísima que manifiesta una espiritualidad tierna y concreta. Lucio Dalla ha sido un cantante muy querido, identificado con frecuencia con la izquierda política; de hecho, sus canciones eran con frecuencia las que más sonaban en las fiestas del Partido Comunista Italiano. Sin embargo, y por raro que nos pueda parecer a los españoles acostumbrados a la tan empobrecedora separación entre izquierda y derecha también en lo que se refiere a la religión, Lucio Dalla era un hombre de una fe muy auténtica y sufrida, una fe ligada a la relación con su madre y a la devoción de ella por Padre Pío de Pietrelcina. Hay bastantes frases suyas que dan testimonio de esta fe profunda y sincera. Por ejemplo, decía que para él ‘la fe cristiana es el único punto firme, la única certeza’. También afirmaba, refiriéndose a su vida sexual, que vivía su ‘debilidad con dolor’. En vez de criticar la enseñanza de la Iglesia en materia de homosexualidad, o amoldarla a sus inclinaciones, él la aceptaba, reconociendo también con honestidad y dolor su situación de pecador, de no vivirla. Esto no es hipocresía, o doble moral, como se ha dicho, sino la actitud sincera de quien se da cuenta de la distancia entre el ‘ser’ y el ‘querer ser’ y se esfuerza por aminorarla con la gracia de Dios. Creo que es todo un ejemplo para nosotros de una forma auténtica de vivir la fe y la enseñanza moral de la Iglesia en estos tiempos de oscuridad y de exaltación idolátrica del individuo y sus deseos. Pero hay otra frase suya ligada al funeral que se celebra hoy y a la las lecturas de este domingo. Él decía que la muerte era ‘sólo el final del primer tiempo’. ¡Qué bella expresión! Es verdad que hay que corregirla un poco como con cualquier comparación, y decir que el segundo tiempo no es igual al primero, dura para siempre y en él ya no hay sufrimiento ni dolor. Sin embargo, la expresión del cantante da en el clavo de lo que significa creer en la vida eterna - que es lo esencial del cristianismo -, que la muerte no es el final.

                En el monte, como hemos escuchado en el evangelio, Jesús se transfigura, cambia de aspecto, muestra su gloria divina, a tres de sus apóstoles. Poco antes había anunciado su pasión y muerte, algo difícil de entender y de aceptar para sus discípulos. Poco a poco tendrá que ir instruyéndoles que es el Hijo de Dios y el Mesías, pero el Mesías sufriente, y quien quiera seguirlo tendrá que ir por el mismo camino. La transfiguración es un anticipo de la resurrección, de la victoria del Señor, y prepara a los apóstoles para pasar por el escándalo de la pasión y la cruz. El sentido de esta pasaje evangélico para nosotros hoy, en este segundo domingo de cuaresma, lo encontramos en el prefacio de la Misa, como es habitual en los tiempos fuertes del año litúrgico: ‘Cristo Señor nuestro, después de anunciar su muerte a sus discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”. Es decir, retomando la bella expresión de Lucio Dalla, para llegar al segundo tiempo de gloria, hay que jugar de un modo determinado en el primer tiempo. Hay que jugar como jugó Jesús. Hay que vivir una vida de entrega y de servicio. No hay otro camino.

Rafael Sanzio y Giulio Romano
(1518-1520)
Pinacoteca Vaticana
                En el Youcat, que es el Catecismo que se entregó a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid, como comentario al misterio de la transfiguración, en el margen, se citan unas palabras de Benedicto XVI: “Cuando se tiene la gracia de vivir una fuerte experiencia de Dios, es como si se viviera algo semejante a lo que les sucedió a los discípulos durante la Transfiguración; por un momento se gusta anticipadamente algo de lo que constituirá la bienaventuranza del paraíso. En general, se trata de breves experiencias que Dios concede a veces, especialmente con vistas a grandes pruebas (n. 93)”. Muchos cristianos han experimentado esto: como Dios prepara a los que elige para las pruebas, anticipándoles algo de lo que será el éxito final si se mantienen firmes y fieles.

                En este segundo domingo de cuaresma se nos presenta en la primera lectura la figura del patriarca Abraham como modelo de hombre de fe, este año por medio del relato del sacrificio de Isaac, que es figura de Cristo. Abraham, llamado a ser padres de todos los creyentes, tuvo que aprender a confiar sólo en Dios. Para él incluso su hijo, Isaac, el hijo de la promesa, podía volverse un ídolo que lo separaba de Dios; de ahí, la prueba. Nuestra vida de fe también es un camino en el que aprendemos a fiarnos cada vez más de Dios como él único con el que de verdad podemos contar. Pero la fe la vivimos de modos distintos y también cambia a lo largo de nuestra vida. A veces es una posesión segura, otras veces es una lucha, a veces incluso un deseo de tenerla, a veces es algo que nos impulsa a seguir adelante en la oscuridad. Para Lucio Dalla era su única certeza. Lo importante es vivirla con honestidad, sinceridad y autenticidad, dejándonos guiar por ella en vez de modificarla para que se adapte a nosotros y a nuestras debilidades.

                Este segundo domingo de Cuaresma la Iglesia nos proclama el relato de la Transfiguración del Señor para animarnos en el camino hacia la Pascua. Nos quiere mostrar que nuestros esfuerzos por sofocar el pecado, por vencer nuestros vicios y malas inclinaciones que nos separan del Señor, valen la pena, que van a dar fruto si nos mantenemos perseverantes y fieles en la prueba.

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