jueves, 1 de marzo de 2012

Sofocar la fuerza del pecado


Homilía 26 de febrero 2012
I Domingo de Cuaresma (ciclo B)


Monasterio de la Cuarantena - Monte de las Tentaciones
Desierto de JudEA cerca de Jericó
Foto: Galería Bruno Brunelli
El primer domingo de cuaresma la Iglesia siempre nos proclama el pasaje de las tentaciones de Jesús según uno de los evangelios sinópticos. Este año el evangelio que nos acompaña es el de san Marcos y acabamos de escuchar su relato de este misterio de la vida del Señor. Es el más escueto de todos. A diferencia de Mateo y Lucas no nos dice el contenido de las tentaciones, sino sencillamente nos transmite el hecho. Sin embargo, este corto pasaje ya contiene todos los elementos importantes de la cuaresma y nos ayuda a entrar en este tiempo de gracia y de conversión.

San Marcos nos dice que Jesús, después de su bautismo y antes de empezar el ministerio público, fue ‘empujado’ por el Espíritu al desierto — éremos, en griego — donde se quedó cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, viviendo entre alimañas y con los ángeles que le servían. Estas pocas frases nos señalan los elementos fundamentales de este tiempo penitencial: el desierto, los cuarenta días, las tentaciones, la asistencia divina en la lucha.

En el prefacio de la Misa de hoy se nos dice cual es el sentido de este relato para nosotros hoy: ‘Cristo Señor nuestro, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado’.

Jesús nos enseña a sofocar la fuerza del pecado y lo hace dejándose tentar y venciendo a Satanás, rechazando lo que le ofrecía. Unidos a Cristo que nos ha abierto el camino, al haber entrado en la muerte y haberla vencido, con su Espíritu, lo podemos hacer también nosotros. Él ya ha vencido el pecado, la muerte, Satanás y el mundo, y con Él lo podemos hacer también nosotros.
       
         Pero, ¿cómo se vence la fuerza del pecado? ¿Cómo la venció Jesús? Con la cruz, con la mortificación, rechazando los caminos de felicidad falsos que le presentaba el demonio. La fuerza del pecado se sofoca con la renuncia y la mortificación; no hay otro camino. Por eso san Pablo dice a los Gálatas: “Los que son de Cristo Jesús han crucificado al carne con las pasiones y los deseos” (Gal 5, 24).

La fuerza del pecado se manifiesta en nuestras vidas de distintos modos para separarnos de Dios y de su voluntad. A veces nos lleva a cometer un pecado grave. Otras veces causa en nosotros actitudes inadecuadas y hábitos malos, como distintos miedos que nos bloquean, juicios gratuitos, egoísmos, pereza... Otras veces provoca conductas repetitivas de las que somos esclavos que llamamos vicios: la mentira compulsiva, la pornografía, el juego, el uso de drogas, etc. Otras veces nos impide perdonar y mantiene en nosotros el rencor que hace imposible que vivamos en gracia de Dios. Contra todo esto se lucha con la renuncia y la mortificación, ‘sofocando’ el pecado, y está muy bien empleada esta palabra en el prefacio. Cuando un animal está siendo sofocado lucha con todas sus fuerza para evitarlo, se retuerce, da coletazos, se rebela, intenta salir una y otra vez a la superficie; así también el pecado.

Diluvio universal - Miguel Ángel
Capilla Sixtina - Vaticano
En la primera y segunda lectura se hace referencia al arca de Noé, ‘en la que unos pocos se salvaron cruzando las aguas’. La segundo lectura dice que esto ‘es símbolo (anti-tipo, en griego) del bautismo que actualmente nos salva’. En nuestro bautismo fue sofocado el pecado, sumergido el mal, enterrado el hombre viejo, y hemos resurgido como nuevas criaturas. Sin embargo, como dice el Concilio de Trento en el Decreto sobre el pecado original, si bien es verdad que en el bautismo se nos borra la culpa, permanece en nosotros la concupiscencia como fuerza que procede del pecado y al pecado inclina y que queda en nosotros para el combate (D 1515). La cuaresma es el tiempo para este combate, para sofocar la concupiscencia y celebrar así renovados la Pascua.

Así entendido este tiempo litúrgico, no es tiempo para estar tristes, sino para luchar. Tenemos que empezar la cuaresma desperezándonos y dejándonos empujar por el Espíritu al desierto para hacernos conscientes de las tentaciones que nos acechan y rechazarlas. Esto al principio será amargo, pero después se volverá dulce. Lo que nos aguarda al final del camino es volver a vivir en gracia, como hijos de Dios, volver a recuperar y experimentar esa vida divina que se nos dio en nuestro bautismo. Si aprovechamos bien este tiempo podremos experimentar algo de esa paz que anunciaba los profetas para los tiempos mesiánicos, cuando “habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor” (Is 11, 6). Eso es lo que experimentó Jesús en el desierto estando con alimañas después de haber vencido al enemigo. Como Jesús, también nosotros en este combate contamos con la asistencia de Dios y de los ángeles.

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