martes, 17 de abril de 2012

Sin el domingo y la Eucaristía no podemos vivir


Homilía 15 de abril 2012
Segundo domingo de Pascua – Fiesta de la Divina Misericordia

Mosaico de Tabgha
El evangelio de hoy, que siempre se proclama en este segundo domingo de Pascua, o domingo de la octava de Pascua, o domingo ‘in Albis’ porque en él que los neófitos se despojaban de sus blancas túnicas, o también domingo de la divina misericordia como quiso Juan Pablo II, nos invita a reflexionar sobre la importancia del domingo para nuestra vida cristiana. En el pasaje del evangelio de Juan que acabamos de escuchar, el Señor resucitado se aparece dos domingos sucesivos a sus discípulos; el primero, la tarde misma del día en que encontraron la tumba vacía, y el segundo, ocho días después, tal día como hoy.

En el evangelio se designa este día como ‘el primero de la semana’, es decir el ‘día después del sábado’, que ya pasó en seguida a llamarse ‘día del Señor’, como vemos en el libro del Apocalipsis (Ap 1,10). El equivalente en latín es dies dominica y ‘dominica’ de adjetivo se volvió pronto sustantivo, a saber nuestro ‘domingo’. El Señor resucitado se aparece en este día a los discípulos reunidos, lo que significa que desde el inicio mismo del cristianismo este día se fue constituyendo como el día de la comunidad cristiana, el día en que los discípulos del Señor se reúnen para celebrar su memorial, el día en que se celebra la presencia del Señor resucitado vencedor de la muerte, el día en que se nos da su Espíritu que hace que experimentemos la alegría y el perdón y que nos sintamos enviados a anunciar la buena noticia.

El significado del domingo para los cristianos se muestra con mucha claridad en las actas del martirio de los mártires de Abitene. Así es como las resume Benedicto XVI en su discurso de clausura del Congreso Eucarístico Nacional Italiano celebrado en 2005:

Este Congreso Eucarístico, que hoy llega a su conclusión, ha querido volver a presentar el domingo como ‘Pascua semanal’, expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de su misión. El tema escogido, “Sin el domingo no podemos vivir”, nos remonta al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, so pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. En Abitene, pequeña localidad en lo que hoy es Túnez, en un domingo se sorprendió a 49 cristianos que, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las prohibiciones imperiales. Arrestados, fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. En particular, fue significativa la respuesta que ofreció Emérito al procónsul, tras preguntarle por qué habían violado la orden del emperador. Le dijo: “Sine dominico non possumus”, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades cotidianas y no sucumbir. Después de atroces torturas, los 49 mártires de Abitene fueron asesinados. Confirmaron así, con el derramamiento de sangre, su fe. Murieron, pero vencieron: nosotros les recordamos ahora en la gloria de Cristo resucitado.

“Sin el domingo no podemos vivir”. Es el domingo y la celebración de la Eucaristía, del memorial del Señor muerto y resucitado, lo que fortalece nuestra fe, lo que nos va haciendo cristianos. En este día se actualiza para nosotros, salvando las diferencias, lo que experimentaron los apóstoles que se reunían ‘el primer día de la semana’: la presencia del Señor, el don del Espíritu, la alegría, la paz, el ofrecimiento del perdón de los pecados. Vivir bien el domingo y participar en la celebración del Eucaristía es para nosotros una necesidad más que un precepto. Si no lo hacemos nuestra fe se va debilitando, vamos perdiendo de vista el sentido de nuestra vida, del trabajo, de la creación, de la redención. Debemos dejarnos cuestionar por le lectura del evangelio del hoy y por el testimonio de los mártires africanos acerca de la forma en la que vivimos el día del Señor, nosotros y nuestras familias y comunidades. Quizás la secularización que tanto lamentamos y que también hace mella en nuestras familias e hijos tiene bastante que ver con la forma de vivir nuestra pascua semanal.

La incredulidad de Santo Tomás de Caravaggio (1602)
Palacio de Sanssouci, Potsdam, Alemania
            Otro tema fundamental del evangelio de hoy es el de la fe. Jesús reprocha al apóstol Tomás que no creyera sobre la base del testimonio de los otros. Le concede algo totalmente inaudito e irrepetible, poner sus manos en las llagas gloriosas del Señor y comprobar ‘carnalmente’, ‘físicamente’, la verdad de la resurrección. Esto lleva al apóstol a la confesión de fe más plena en la divinidad de Jesús que encontramos en el Nuevo Testamento: “Señor mío y Dios mío”. Pero seguidamente Jesús llama dichosos, bienaventurados, a los que crean sin haber visto, es decir, a nosotros que estamos aquí hoy. Nosotros creemos sobre la base del testimonio de los apóstoles que nos llega por mediación de la Iglesia. Así nos ha llegado el evangelio de Juan que fue escrito, como acabamos de escuchar, para que ‘creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengamos vida en su nombre’. Así también, como hemos escuchado en la primera lectura, “los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”. Esta fe que tenemos se fortalece por las experiencias que hacemos del Señor resucitado presente y actante en su Iglesia y en el mundo. Por eso es tan importante el domingo y todo lo que hace que reconozcamos y celebremos esta presencia del Señor.  ‘Sin el domingo y la Eucaristía no podemos vivir’.

Imagen de la Divina Misericordia
            Este segundo domingo de Pascua por iniciativa de Juan Pablo II también se llama domingo de la Divina Misericordia en referencia a los escritos de Sor Faustina Kowalska en los que se dice que esta fiesta tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el mensaje de que Dios es misericordioso y que “cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia” (Diario, 723). Es lo que hemos cantado en el Salmo: “·Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Nosotros debemos cantar y anunciar continuamente las misericordias del Señor, lo grande que ha sido con nosotros, el perdón que inmerecidamente nos ha otorgado con la muerte y resurrección de Cristo. Significativamente, Juan Pablo II murió el 2 de abril del año 2005, un sábado ese año, por la tarde, cuando ya se habían rezado las primeras vísperas de este segundo domingo de Pascua, de esta fiesta en la que “las profundidades de Mi misericordia se abrirán para todos”, como también dijo el Señor a Sor Faustina.


            Juan Pablo II fue declarado beato, bienaventurado, hace menos de un año. En el jubileo de los jóvenes del año 2000 citaba un texto de san Pablo aplicándoselo a él mismo: “Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Era verdad, era un hombre de gran fe, un bienaventurado como dice Jesús en el evangelio. Le pedimos, como se dijo en la misa de su funeral, que desde el cielo nos siga bendiciendo como lo hacía desde esa ventana de su despacho que da a la Plaza de San Pedro. También rezamos hoy por nuestro actual papa, Benedicto XVI, que mañana 16 de abril, celebra su 85 cumpleaños. 

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

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