martes, 12 de junio de 2012

El cuerpo y la sangre de Cristo, no solo el cuerpo



Homilía Domingo 10 de junio de 2012
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Día de la Caridad

Detalle de la Cruz de la Unidad
                La fiesta solemne que celebramos hoy tiene una larga historia. Se empezó celebrando en el siglo XIII con la finalidad de profesar la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, una presencia verdadera, no simbólica, y permanente, que no desvanece una vez terminada la celebración litúrgica, lo que hace que la forma consagrada sea merecedora de ser adorada cuando se expone y cuando es llevada en procesión por nuestras calles, porque en ella está presente Jesucristo en cuerpo, alma y divinidad. Sin embargo, esta misma historia tan gloriosa e importante para la piedad cristiana, ha llevado a poner en segundo plano otro aspecto fundamental del misterio eucarístico que es el de la sangre de Cristo. Ha sido la reforma litúrgica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II la que ha intentado recuperar este aspecto cambiando el nombre de la fiesta, de Corpus Domini – como aún hoy la solemos seguir llamando-, a Cuerpo y Sangre de Cristo. El hecho de que se dé la comunión a los fieles habitualmente solo bajo la especie del pan, de que se lleve en procesión solo la hostia y de que se exponga para la adoración la forma consagrada, ha hecho que nos olvidemos un poco de la sangre de Cristo y de su importancia.

                De hecho, las lecturas de hoy hablan de la sangre del Señor más que de su cuerpo. La primera lectura menciona la sangre de la antigua alianza, sacada de los animales sacrificados, que Moisés rocía sobre el altar, signo de Dios, y sobre el pueblo y con la que se sella el pacto entre Dios e Israel sobre la base de la Ley que los israelitas se comprometen a guardar. Sangre que es signo de comunión de vida y de posible castigo si una de la partes no es fiel a la alianza. La segunda lectura de la Carta a los Hebreos nos dice que la sangre de Cristo, “que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha”, es muy superior a la sangre de la antigua alianza y puede “purificar nuestra conciencia de las obras muertas”. Nos da la liberación eterna y el perdón de los pecados.

Cruz de la Unidad
                Pero sobre todo es importante para nosotros hoy el pasaje del evangelio de Marcos que se ha proclamado. Es uno de los cuatro relatos de la institución de la Eucaristía que encontramos en el Nuevo Testamento. En la última cena Jesús lleva a cabo un verdadero sacrificio incruento, anticipación del que tendrá lugar el día siguiente en la cruz, y da a sus discípulos a beber su sangre. Esto no es algo simbólico, sino real; las palabras que utiliza Jesús no dan lugar a dudas. Dice que la sangre es la sangre de la alianza, que es derramada por muchos. Cuando comulgamos con la sangre de Cristo, bebemos realmente su sangre bajo la especie del vino: la sangre que fue derramada en la cruz, la sangre que salió de su costado, la sangre que nos purifica y limpia nuestra alma, la sangre que nos rescata y libera, que nos otorga el perdón de los pecados, la sangre santa e inmortal.

                En los relatos de la institución de la Eucaristía que encontramos en el evangelio de Lucas y en la primera Carta de san Pablo a los Corintios se añade el mandato de repetir el gesto de Jesús: “haced esto en memoria mía”. Desde ese día la Iglesia no ha cesado de repetir este gesto en la celebración eucarística que, aunque ha cambiado mucho a lo largo de estos dos milenios en la forma en que se ha llevado a cabo, se ha mantenido idéntico en lo esencial, en lo que viene directamente de Jesús. Nuestras eucaristías de hoy nos unen con la que celebró Jesús en el cenáculo que, a su vez, está en continuidad con las otras comidas del Señor a lo largo de su vida pública. Comidas en las que se sentaba junto con publicanos y pecadores para escándalo de los bienpensantes de entonces. El comer juntos es signo de comunión de vida y el Señor se sienta con los pobres, marginados y pecadores,  es decir con nosotros, invitándonos a su mesa que es anticipo del banquete del Reino. Es él el que a la vez nos invita y nos hace dignos de participar en su banquete, purificándonos con su sangre.

                Sin embargo, a la invitación inmerecida del Señor tenemos que corresponder con el deseo de convertirnos y de cambiar para ser cada vez más dignos de sentarnos en la mesa con él y compartir su misma vida. San Pablo dice que debemos ‘discernir el cuerpo de Cristo’ para no ser 'reos del cuerpo y la sangre del Señor’. Participar dignamente en al Eucaristía significa hacer nuestra la caridad de Cristo, vivir según sus valores y virtudes. Participar en la Eucaristía es un don y un compromiso.  La alianza del Sinaí se estableció sobre la base de la Ley que el pueblo se comprometía a cumplir; la nueva alianza en la sangre del Señor se estipula sobre la nueva ley de Cristo, que es el Espíritu, el amor, la caridad derramada en nuestros corazones y ejercida.

                Por eso es muy apropiado que hoy celebremos también el Día de la Caridad, de Cáritas, que es una organización de la Iglesia a través de la cual ella organiza y coordina su servicio de caridad. La Eucaristía tiene su fundamento en el amor de Dios, en su servicio hacia nosotros, y pide nuestra respuesta de caridad y de servicio hacia los demás, sobre todo hacia los más pobres. “Vivir es amar; amar es servir”, es el lema de la Campaña de Cáritas de este año.

Benedicto XVI levantando
el Santo Grial en Valencia
(6 de julio de 2006)
                Terminamos con las palabras del salmo 115 que hemos rezado en respuesta a la primera lectura. Es uno de los salmos más bellos y profundos del salterio. El salmista canta su alegría por la salvación que ha experimentado: el Señor ha roto sus cadenas, lo la liberado de la muerte. Por eso dice que en acción de gracia alzará la copa de la salvación invocando el nombre del Señor. Es lo que hacemos en la celebración eucarística. Damos gracias al Señor alzando en unión con el sacerdote, que actúa in persona Christi’, la copa de salvación, la copa que contiene la sangre del cordero sin macha, la sangre de la nueva alianza, la sangre que nos redime.





(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

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