jueves, 7 de junio de 2012

La Santísima Trinidad y la vida real



Homilía 3 de junio de 2012
Solemnidad de la Santísima Trinidad
Día Pro Orantibus
Clausura en Milán del VII Encuentro Mundial de las Familias

P. Rupnik - Centro Aletti
Icono de la Sagrada Familia
VII Encuentro Mundial de las Familias (Milán)
                Muchas veces percibimos una gran distancia entre nuestra vida cristiana de todos los días y las formulaciones teológicas, como si éstas fueran especulaciones, pensamientos o ideas muy bellas y elevadas pero distantes de la ‘vida real’. Así cuando se nos dice, o aprendemos en el catecismo, que en Cristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, pero una solo persona, o cuando se nos enseña que en la Trinidad hay una sola naturaleza, la divina, pero tres personas. En un principio parecería que estas definiciones tan solemnes y clásicas tienen poco que ver con nuestra vida y con nuestros problemas. Sin embargo, no es así. Puede que el lenguaje de estas formulaciones nos sea el nuestro, pero estas definiciones de los misterios fundamentales de nuestra fe, surgidas en los grandes concilios ecuménicos de los primeros siglos cuando la Iglesia aun estaba unida, pretenden salvaguardar la autenticidad de la experiencia y de la vida cristiana. Son fórmulas que nos ayudan a discernir cuando nuestro pensar, obrar y vivir son verdaderamente cristianos, fieles a la revelación que Dios ha hecho de si mismo en Cristo, o no.

                Podemos darnos cuenta de esto si consideramos la segunda lectura de la misa de hoy. San Pablo nos habla de la vida del cristiano y señala su característica fundamental que es la de la filiación divina, el sentirnos y ser hijos de Dios. Y esto es posible gracias al Espíritu Santo que hemos recibido, Espíritu de hijos de adopción, que da testimonio a nuestro espíritu de que lo somos, hijos y herederos de Dios; herederos, juntos con Cristo, de la gloria eterna. Y esto no son ideas o conceptos abstractos, sino una realidad que vivimos en la fe. Y ya que somos hijos de Dios nos podemos dirigir a él como lo hacía Jesús, como nuestro Padre. Más aún, nos podemos dirigir a él con esa intensidad con la que lo hacía Jesús en el Huerto de los Olivos, gritando Abbá. La comunidad primitiva de Palestina conservó esta palabra aramea que utilizaba Jesús en su oración porque manifiesta esa relación tan personal e íntima de hijo que tenía Jesús con Dios Padre y que podemos, salvando las distancias, tener también nosotros. Decimos ‘salvando las distancias’ porque Jesús es Hijo único, de la misma naturaleza que el Padre, y nosotros somos hijos por adopción, gracias a Cristo y por medio del Espíritu Santo.

                Aquí vemos con claridad como la doctrina de la Trinidad, del Dios uno y trino, surge de la experiencia cristiana y de la revelación que Dios ha hecho de sí mismo en la vida, muerte y resurrección de Cristo. El reconocer a Dios como uno y trino es consecuencia de nuestra vivencia de la fe de que somos hijos de Dios en el Hijo único por medio del Espíritu que nos ha sido dado, y a la vez, la profesión de fe en la Santísima Trinidad es el criterio para discernir cuando una forma de vivir o de expresar las enseñanzas de Jesús es autentica o no.

Sin embargo, el apóstol Pablo en el texto de la segunda lectura va más allá y nos dice que no es suficiente ser hijos de Dios por la fe y el bautismo, sino que tenemos que vivirlo. Hay que dejarse llevar por el Espíritu y vivir la libertad que nos es dada como hijos, muy distinta de la actitud servil y temerosa del esclavo. También dice el apóstol que ser hijos implica tener nuestra parte en los sufrimientos del Hijo, “puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él”.

El papa Benedicto XVI con una familia en el Encuentro
Mundial de las Familias en Milán
                Las demás lecturas de este primer domingo después de Pentecostés hacen referencia a otros aspectos del misterio de la Santísima Trinidad que celebramos hoy. Así, la primera lectura resalta la unicidad de Dios, que es la esencia misma del monoteísmo judío que también nosotros profesamos: “Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro”. Dios es uno, no hay otro, todo lo demás que intenta usurpar su puesto y la adhesión que debemos solo a él, es un ídolo que nos termina quitando la vida. Nosotros creemos en un solo Dios, aunque pensamos que este Dios es uno pero trino, es “uno solo pero no solitario”, como dice una bella expresión utilizada en el VI Concilio e Toledo del año 638.

                Hoy clausura en Milán el papa Benedicto XVI el Encuentro Mundial de las Familias. No sé si se eligió esta fecha teniendo presente la fiesta litúrgica que celebramos hoy, pero sí es cierto que la familia humana  es la imagen menos imperfecta que tenemos de la vida íntima de Dios y la que quizás más nos puede ayudar a entender algo de cómo Dios es uno y trino. La característica principal de la familia es que es una comunión de personas que se fundamenta en el amor. Esto vale también para la Trinidad, aunque en este caso la comunión entre las personas divinas es perfecta.

En el final del evangelio de Mateo que se nos ha proclamado se narra la última aparición de Jesús resucitado a los Once en Galilea. Los apóstoles reciben el encargo de hacer discípulos de todos los pueblos, junto con la promesa de la presencia del Emanuel todos los días hasta el fin del mundo. La forma de hacer discípulos es a través del bautismo y enseñando a guardar las enseñanzas de Jesús. Se dice que el bautismo tiene que ser administrado “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu santo”, es decir, en el nombre de la Santísima Trinidad.


             Hoy, en esta fiesta de la Trinidad, celebramos también el día “pro orantibus”, “por los que oran”, los contemplativos, los que han consagrado su vida a la oración. Estas personas, hombres y mujeres, sienten con tanta fuerza su unión de vida con el Hijo, con Jesús, que se entregan totalmente para hacer suya la oración continua de Jesús al Padre en el Espíritu por todos nosotros. Damos gracias por este don de la vida contemplativa que Dios sigue dando a su Iglesia y por tantas personas que rezan pro nosotros y sin las cuales nuestro apostolado no daría fruto. Estas personas también son un testimonio viviente de la unicidad de Dios, de que ‘Dios solo basta’, de que primero hay que buscar ‘el reino de Dios y su justicia’, de que ‘la figura de este mundo pasa’.

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