martes, 3 de diciembre de 2013

Invitación a la alegría


Homilía Domingo 1 de diciembre de 2013
I Domingo de Adviento (ciclo A)

            Este tiempo que antecede la Navidad, que litúrgicamente es el Adviento, está cargado de emociones
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distintas y lo vivimos de modos diferentes, también entre los creyentes. Para algunos, la cercanía de las fiestas lleva a recordar momentos entrañables de celebraciones y reuniones familiares, de encuentro con personas queridas, y se espera con alegría a que vuelva a acontecer lo mismo también este año. Para otros con situaciones familiares difíciles o con pérdidas de personas queridas, la proximidad de las fiestas puede provocar nostalgia o tristeza. Otros viven con mucho agobio el tener que arreglar la casa, hacer las compras, pensar en las comidas, etc. Para los niños este tiempo que antecede las vacaciones de Navidad suele ser de alegre espera.

            Pero, ¿cómo deberíamos vivir este tiempo los cristianos? ¿Cuál debería ser el sentimiento o la emoción que prevalece? Creo que podemos decir sin lugar a dudas que la alegría, tengamos las circunstancias personales y familiares que tengamos. Una alegría que no es la que nos da el mundo, sino la que brota de la fe, la que surge de la salvación que se nos ofrece en Jesús y que se acerca a su cumplimiento, una alegría que sigue estando presente también cuando estamos pasando por momentos difíciles y de angustia.

            La invitación al gozo, a estar alegres porque el Señor está cerca, es una contante de los textos litúrgicos del tiempo de Adviento y se va haciendo más apremiante a medida que se acerca la celebración del nacimiento de Jesús. Así, en la misa de medianoche de ese día, escucharemos al profeta Isaías que dice: “Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín... Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado...”; y en el evangelio de esa misma misa escucharemos al ángel decir a los pastores: “No temáis, os traigo una buena noticia, una alegría para todo el pueblo”.

            También en las lecturas de hoy el tema de alegría está presente, junto a la exhortación a la vigilancia del evangelio porque no sabemos el día, y al cambio de actitudes que nos pide el apóstol porque “el día se echa encima”. Está presente en la primera lectura con la visión de Isaías sobre el monte del templo al que confluirán todas las gentes para caminar a la luz del Señor y vivir en paz, y está presente en el salmo responsorial que canta el gozo de ir de peregrinación a la ciudad santa y a la casa del Señor para encontrarse con él.

Sin embargo, en esta misma semana una voz fuerte y profética se ha alzado invitando a todos los
Texto de la Exhortación Apostólica en vatican.va
cristianos del mundo a la alegría: la voz del sucesor del Pedro, del papa Francisco, que ha escrito una Exhortación Apostólica realmente innovadora que se hizo pública el pasado martes y que lleva por título “La alegría del evangelio”. En ella, al comienzo, el papa habla del gran riesgo del mundo actual dominado por el consumismo, que consiste en esa “tristeza individualizada que brota de un corazón cómodo y avaro” que busca solo placeres superficiales y se cierra en sí mismo, sin dejar espacio para los demás, ni para Dios. Según el Pontífice este riesgo lo corremos también los creyentes y cuando caemos en él nos volvemos “seres resentidos, quejosos, sin vida”.

            La solución está en volvernos a poner en camino hacia el Señor, en “tomar la decisión de dejarse encontrar por Él”. “Sólo gracias a ese encuentro- o reencuentro- con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autoreferencialidad”.

            La alegría cristiana brota del encuentro con Cristo, del descubrimiento del amor de Dios manifestado en su vida, muerte y resurrección; ésta es su verdadera fuente. Por eso es tan importante la misión de la Iglesia de llevar la buena noticia de Jesús a todas las gentes, de modo que puedan entrar en ‘este río de la alegría’ que trae la llegada del Mesías.

            Es verdad que hay situaciones en la vida en las que vivir esta alegría puede ser difícil, momentos en
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los que se sufre mucho y puede llegar a tambalearse nuestra fe en un Dios que es bueno y providente. Sin embargo, citando de nuevo al papa, “poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias. ‘Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha [...] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! [...] Bueno es esperar en silencio la salvación de Dios’ (Lm 3.17.21-23.26)”.


            Esta invitación a estar alegres porque la salvación está cerca, porque en Jesús se nos ha manifestado el amor inquebrantable y fiel que tiene Dios hacia cada uno de nosotros, no debe ser entendida como un mandamiento, como una obligación, casi que si no estamos alegres nos debemos sentir culpables. Es más bien una invitación a darnos cuenta que si no estamos alegres es porque nos hemos dejado engañar, porque hemos caído en ese riesgo del que habla el papa Francisco de tener corazón cómodo y avaro cerrado en sí mismo. Es una invitación a volvernos a poner en camino para ir al encuentro del Señor que viene. Por eso este tiempo de Adviento tiene también un carácter penitencial: nos llama a convertirnos de nuevo al amor de Dios.

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