jueves, 29 de enero de 2015

La Iglesia una que nace del costado de Cristo


Homilía en la celebración ecuménica en la 
Iglesia Santísima Virgen María, 
actual catedral ortodoxa rumana, con motivo de la
Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Madrid, 23 de enero 2015

Evangelio de Juan 4, 11-15

«Pero Señor — replica la mujer —, no tienes con qué sacar el agua y el pozo es hondo.
Cartel de la Conferencia Episcopal Española
¿Dónde tienes esa agua viva? Jacob, nuestro antepasado, nos dejó este pozo, del que bebió él mismo, sus hijos y sus ganados. ¿Acaso te consideras de mayor categoría que él?» Jesús le contesta: «Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed sino que esa agua se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar vida eterna». Exclama entonces la mujer: «Señor, dame de esa agua; así ya no volveré a tener sed ni tendré que venir aquí a sacar agua.»

«El agua que yo daré se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar vida eterna», acabamos de escuchar en el evangelio de Juan. Del costado abierto de Jesús en la cruz sale esa «agua viva», esa agua que calma nuestra sed más profunda, esa agua que se vuelve dentro de nosotros un «manantial capaz de dar vida eterna».

Estimado Timotei, obispo ortodoxo rumano de España y Portugal:

Querido Teófilo, párroco desde hace muchos años de esta parroquia de la Santísima Virgen María de la Iglesia Ortodoxa Rumana y también, durante muchos años, profesor en la Universidad Eclesiástica católica san Dámaso y colaborador en el Secretariado de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española. Te agradezco mucho la invitación a hablar aquí esta tarde:

Estimados pastores y ministros de otras Iglesias y comunidades eclesiales:


Queridos hermanos y hermanas:

Es un honor para mí estar aquí esta tarde en este bello templo pronunciando estas palabras en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2015. Esta Semana es una importante cita anual que nos damos todos los cristianos para rezar por nuestra plena unidad visible tan deseada por el Señor, que es un requisito para que la Iglesia pueda cumplir eficazmente su misión de llevar la salvación hasta los confines de la tierra.


El texto que nos está acompañando a lo largo de esta semana es el hermoso relato del encuentro entre Jesús y la mujer samaritana del evangelio de san Juan. A lo largo de estos días hemos ido centrando nuestra atención en distintos aspectos de este relato, guiados por nuestro deseo de buscar la plena unidad de los cristianos, partiendo de las sugerencias que nos ha hecho el grupo de Brasil que se encargó de preparar los materiales de este año. Así, el primer día hemos visto como el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana no fue casual: Jesús pasó deliberadamente por Samaría, quiso encontrarse con esa mujer tan distante y diferente de él por sexo, religión y procedencia. Comentamos ese primer día como para enriquecernos espiritualmente debemos salir de nuestro círculo cerrado, debemos ir al encuentro del que es diferente, el que no es de los nuestros, del excluido y marginado. El segundo día vimos que el cansancio de Jesús que le lleva a sentarse junto al pozo se debe a la fatiga del camino, pero también a los rumores que los envidiosos de turno habían sembrado sobre él, de que bautizaba más que el Bautista. Reflexionamos ese día sobre como para dar culto auténtico a Dios Padre hay que hacerlo en «espíritu y verdad» y no compitiendo entre nosotros. El tercer día de esta semana nos invitaba a reconocer nuestra verdad, nuestras estructuras de pecado, los obstáculos que permitimos que existan en el camino hacia nuestra plena unidad, aceptando la denuncia profética de nuestro pecado como hizo la samaritana cuando Jesús le habló de sus maridos. El cuarto día constatamos como debemos dejar nuestros cántaros, nuestros prejuicios y estereotipos, para encontrarnos auténticamente con el otro, en un encuentro que nos transforma. Ayer, reflexionamos sobre como nos necesitamos unos a otros para sondear las profundidades del misterio divino, igual que Jesús que necesitaba de la ayuda de la mujer para sacar agua del pozo.

Hoy se nos ofrece para nuestra consideración otro elemento de este hermoso relato, a saber el agua que Jesús nos quiere dar, un «agua viva», un agua que calma de verdad nuestra sed, un agua que se convierte en nosotros en un «manantial capaz de dar vida eterna».

Centro Aletti
Jesús nos da esa agua, que es el verdadero «don de Dios», en la cruz cuando se entrega por nosotros, cuando de su costado abierto por la lanza del soldado sale sangre y agua. Mirar con fe al Señor crucificado, al que se ha dejado «traspasar» por nosotros, nos salva: en él descubrimos el amor del Dios misericordioso, que es incondicional, gratuito, y que siempre nos precede. Mirando al crucificado con fe nos sentimos perdonados de nuestros pecados, bebemos de ese amor infinito que calma verdaderamente nuestra sed profunda de ser amados, y se nos da esa paz que el mundo no nos puede dar.

San Juan Crisóstomo, en una de sus catequesis más conocidas [Catequesis 3, 13-19: SCh 50, 174-177], comenta bellamente este pasaje del evangelio de Juan del costado abierto de Jesús.

¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras.

Inmolad −dice Moisés− un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda −responde Moisés−: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor».

Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre?  Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio.

Del costado abierto de Jesús brota pues esa agua que calma nuestra sed, agua que es símbolo del bautismo en el que ya estamos todos unidos, porque según la tradición más antigua reconocemos la validez del bautismo dado en otras Iglesias y comunidades eclesiales, aunque lo entandamos de distintos modos: ese bautismo que nos une, que es signo y expresión de nuestra fe en Dios uno y trino y en Cristo Mesías y Señor, que nos hace hijos de Dios y hermanos los unos de los otros, que nos da el Espíritu que nos hace clamar «Abbá, Padre».

En la reflexión que se nos ofrece para el día de hoy en los materiales de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, se nos dice que los bautizados estamos llamados a ser manantiales de agua viva para los demás, a dar vida a nuestro alrededor, a hacer florecer los desiertos de este mundo, a dar testimonio ecuménico del amor cristiano en acción, como hizo la hermana Romi, una enfermera pentecostal que recibió en su casa a Semei que acababa de dar a luz a su hijo y no tenía donde ir. Romi se volvió una fuente de agua viva para los habitantes de su aldea que fueron movidos por su generosidad.

Pero del costado de Cristo sale también sangre, símbolo del otro sacramento constitutivo de la Iglesia: la Cena del Señor, la Eucaristía. En este sacramento aún estamos divididos; anhelamos el día en que podamos celebrarlo juntos y eso le pedimos al Señor en este Semana. ¡Que el agua y la sangre del costado de Cristo muerto en la cruz nos lleve hacia la unidad y no nos separe! ¡Que podamos ser juntos la única Iglesia de Cristo que surge de su costado, de su amor divino!

Es lo que dice también Juan Crisóstomo, Juan «boca de oro», en esa hermosa catequesis que hemos mencionado antes:

Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó pues la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón, afirma San Pablo: somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.

Centro Aletti
Nace pues la Iglesia una del costado abierto de Cristo en la cruz, significada en el agua y la sangre que brotan de su corazón que nos amó hasta el extremo. Cuando Jesús se encuentra deliberadamente con la samaritana, cuando le habla del «don de Dios» que ella no conoce, cuando le dice que él le puede dar «agua viva» que le quitará para siempre la sed, cuando la invita a dar culto a Dios en «espíritu y verdad», le está hablando de esto, le está hablando del misterio de la salvación que él realiza al ser elevado en la cruz, del misterio que implica a la Iglesia por él fundada, que nace del misterio pascual y que debe extender la salvación a todos, Iglesia que debe y puede ser una.

Esta unidad queremos pedir al Dios todopoderoso y misericordioso en esta celebración y en esta semana. Lo hacemos como «mendigos de Dios», como dice san Agustín, ya que la unidad de la Iglesia es don del Espíritu y no fruto de nuestro esfuerzo. El Espíritu es el vínculo de unión en la Santísima Trinidad y es el que puede crear la unidad a partir de nuestra legítima diversidad.


A lo largo de esta semana hemos visto como es necesario salir al encuentro del otro para encontrar a Dios, que nos necesitamos unos a otros. Hoy se nos pide también darnos cuenta de que ninguno de nosotros es propietario del pozo, ninguna Iglesia ni comunidad eclesial es dueña del «agua viva», del «don de Dios», del monte sobre el que hay que rendir culto a Dios, del Espíritu, del corazón del Señor, de los sacramentos que brotan de él. Solo unidos podremos experimentar plenamente la salvación que él nos da y ofrecerla eficazmente a los demás. ¡Que el Espíritu nos haga uno! ¡Así sea!

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