martes, 19 de mayo de 2015

Defensores de la frágil convivencia pacífica entre las religiones


Intervención en el acto interreligioso: 
La cultura de la paz en el Cristianismo y el Islam
Fundación Alulbeyt, Madrid, jueves 7 de mayo 2015

Fuente de la imagen: icjs.org
La declaración Nostra aetate del Concilio Vaticano II, de la que pronto, el 28 de octubre de este año, se va a cumplir el quincuagésimo aniversario de su promulgación, y que es un documento fundamental para saber el modo en que la Iglesia católica entiende su relación con las religiones no cristianas, terminaba afirmando lo siguiente:

La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, «observando en medio de las naciones una conducta ejemplar», si es posible, en cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos.
(Nostra aetate, 5)

Este documento de la autoridad suprema de la Iglesia católica, de todos los obispos reunidos con el
Cartel del acto
sucesor de Pedro, significó un gran cambio en su forma de entender y vivir la relación con las demás religiones. Aunque los primeros borradores del documento que se debatieron en el proceso conciliar trataban sobre todo de la relación de la Iglesia con el judaísmo, en el documento finalmente aprobado se habla de otras religiones y también del Islam, afirmando lo siguiente:

La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por tanto, aprecian la vida moral, y honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno.

Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres.
(Nostra aetate, 3)

A lo largo de estos últimos 50 años muchas cosas han cambiado, tanto en el orden civil como en el mundo musulmán y cristiano. Sobre todo destacaría el surgir de diversas formas de fanatismo en las dos tradiciones religiosas que en algunos sectores tienen mucha pujanza; un surgimiento del que Occidente con su política exterior y su cultura secularista es en parte responsable. Estos fanatismos en muchos casos no respetan el derecho fundamental a la libertad religiosa o incluso el valor sagrado de toda vida humana. Como muestra de este cambio que yo llamaría ‘epocal’, que ha tenido lugar en estos últimos años, puede valer lo que el papa Francisco decía hace algunos días a los obispos de Benín acerca de la fragilidad de la convivencia pacífica entre las religiones:

De hecho, es necesario favorecer en vuestro país —naturalmente sin renunciar para nada a la verdad revelada por el Señor— el encuentro entre las culturas, así como el diálogo entre las religiones, en particular con el islam. Es sabido que Benín es un ejemplo de armonía entre las religiones presentes en su territorio. Es necesario estar vigilantes, teniendo en cuenta el actual clima mundial para conservar esta frágil herencia. 


De hecho, quizás de los que más nos hemos dado cuenta en estos últimos años es de la fragilidad de
la convivencia pacífica entre personas de distintas etnias, creencias y religiones. Nos asombra a todos la facilidad con la que surge el odio, el terror y la violencia de la noche a la mañana entre personas y gentes que poco antes convivían pacíficamente sin tener en cuenta sus diferencias. Hemos sido testigos y estamos siendo testigos de ello en Oriente Medio, en la ex-Yugoslavia, en Ruanda, en Siria, en varios otras regiones, y también, como bien saben los miembros de esta Fundación que hoy nos acoge, en Iraq.

¿Qué podemos y debemos hacer las personas religiosas para defender esta frágil convivencia de la que hablaba el papa Francisco a los obispos de Benín? Creo que el camino, junto al respeto del derecho fundamental a la libertad religiosa que todos debemos defender y promover como algo innegociable, es el de la educación y la formación de los corazones para la paz, para vencer el odio y el miedo que anidan dentro de nosotros y que son muy fáciles de provocar. En ese documento que comentaba al principio de mi intervención del Concilio Vaticano II se habla de la paz citando tres importantes textos del Nuevo Testamento. Uno de ellos es del apóstol Pablo que en su carta a los Romanos exhorta a los cristianos de la capital del Imperio de entonces, que muchas veces persiguió a los cristianos y que en el libro del Apocalipsis es llamada ‘la gran prostituta sentada sobre las siete colinas’ (cfr. Libro del Apocalipsis 17, 9), a mantener la paz aún en un contexto adverso:

«En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo» (Carta a los Romanos 12, 18), les decía el apóstol a los cristianos de Roma.

Los cristianos descubrimos sobre todo en nuestras Sagradas Escrituras lo que significa paz, lo que implica el don de la paz, el camino para alcanzarla y los atajos falsos, y su relación inescindible con la justicia y la libertad. La palabra paz en la Biblia significa no solo ausencia de guerra, sino también bendición, plenitud, reposo, riqueza, salvación vida, seguridad. Es lo que deseamos al otro cuando nos encontramos con él o nos despedimos: salamalec. Sin embargo, en la Biblia la paz es también un estado que hay que conquistar, que es fruto y signo de la justicia, que surge cuando se vence el pecado y el mal, cuando hay verdadera libertad.

Así lo afirma el profeta Isaías:

«La obra de la justica será la paz, su fruto, reposo y confianza para siempre» (Libro de Isaías 32, 17);

Al que le hace eco el apóstol Santiago:

«El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz» (Carta de Santiago 3, 18).

Jesús llama bienaventurados a los que trabajan por la paz y son perseguidos a causa de la justicia: «Dichosos los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios» (Evangelio de Mateo 5, 9).

En las palabras de los profetas y en la reflexión de los sabios de Israel la paz podía venir solo venciendo el mal y la injusticia. Sin embargo, la experiencia humana muestra otra realidad: el triunfo muchas veces del mal y la injusticia en este mundo y la buena dicha que mucha veces acompaña la vida de los impíos. De ahí que en la Biblia la paz se fue viendo cada vez más como fruto de una intervención divina futura. El mismo Isaías profetizó un ‘príncipe de la paz’ que traería el ‘derecho a las naciones’ y un ‘siervo doliente’ que con su sacrificio anunciaría cual sería el precio de la paz (cfr. X. Léon Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder 2002; entrada: paz).

Para los cristianos es Jesús el que cumple estas profecías. Es él el que con su muerte y resurrección
vence definitivamente el pecado y el mal y nos trae la verdadera paz que el mundo marcado por el pecado no nos puede dar. Él es ‘nuestra paz’; él es el que con su sacrificio ‘derrumbó el muro que nos separaba’ y nos liberó del miedo a la muerte que nos mantiene esclavos. Sin embargo, hasta que el pecado nos sea vencido del todo en todo ser humano, hasta que él no vuelva para instaurar definitivamente su reino de paz y justicia, la paz sigue siendo una realidad venidera y una tarea a realizar por todos. Los cristianos unidos al Señor, con su espíritu, siguiendo sus huellas, estamos llamados a ser constructores de paz no respondiendo al mal con mal, sino venciendo el mal a fuerza de bien.. Éste es para los cristianos el camino para llegar a la paz: la purificación del corazón, la formación de las conciencias, el compromiso por la justicia, la superación de las estructuras de pecado e injusticia presentes en nuestro mundo, y sobre todo, el vencer en nuestra vida personal el mal con el bien.

Sin embargo, junto a este compromiso que tenemos todos los seguidores de Jesús, hay una tarea que nos incumbe a todos, a todos los hombres de buena voluntad y que es fundamental para poder mantener esa ‘frágil convivencia pacífica’ entre personas de diferentes creencias de la que habla el papa Francisco. Este compromiso, esta tarea, es la defensa y promoción de la libertad religiosa como derecho fundamental de toda persona humana que se basa en su misma dignidad inalienable. Libertad que implica la no coacción externa en temas de religión como afirma también el Profeta, coacción que puede ser física, pero también social, privando de los mismos derechos de ciudadanía a las minorías religiosas. Este derecho a la libertad religiosa requiere que se respete la libertad de toda persona a creer lo que le dicte su conciencia, a vivirlo privada y públicamente y a cambiar su fe cuando así lo sienta. Cuando no se respeta este derecho fundamental, como desgraciadamente pasa en varios países de tradición musulmana, no puede haber paz ni convivencia pacífica.

Al comienzo de mi intervención citaba un documento importante del Concilio Vaticano II que significó un cambio para la Iglesia católica en su forma de entender y vivir su relación con las demás religiones: la declaración Nostra aetate. Otro de los documentos importantes del Concilio que se aprobó en la misma sesión pero ya en el último día de trabajo, el 7 de diciembre de 1965, y que significó un cambio igualmente radical para la Iglesia católica, esta vez en su forma de entender la relación entre el hombre y la verdad, fue la declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa. En ella se afirma lo siguiente:
Fuente de la imagen: amigosdelolo.com

Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil.
(Dignitatis humanae, 2)

Fuente de la imagen: larazon.es
Me gustaría terminar mi intervención con un texto del papa Francisco en el que se resumen los temas que he intentado exponer, un texto extraído de un documento, una Exhortación Apostólica, que quiere ser un documento programático, una hoja de ruta para la Iglesia católica en los próximas años. Dice así el papa Francisco en este documento que lleva por título La alegría del evangelio:

Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes. Este diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto es un deber para los cristianos, así como para otras comunidades religiosas…

En esta época adquiere gran importancia la relación con los creyentes del Islam, hoy particularmente presentes en muchos países de tradición cristiana donde pueden celebrar libremente su culto y vivir integrados en la sociedad… Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica. ¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales! Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del Islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia.
(La alegría del evangelio, 250, 252, 253)


¡Muchas gracias!

Declaración conjuntas aprobada por los convocantes:



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