jueves, 25 de abril de 2019

El «aquí» de la salvación


Homilía en la Vigilia Pascual
Basílica de la Agonía, Getsemaní, Jerusalén
Sábado, 20 de abril de 2019

 «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres». Ha estado grandes con nosotros estos días en Tierra Santa, ha estado grande con nosotros tantas veces en nuestra vida, dándonos la posibilidad de empezar de nuevo, sacándonos de nuestras miserias, de nuestras muertes y de nuestras tinieblas.
Un saludo de corazón a todos los presentes, al patriarca emérito, a los hermanos sacerdotes, a los consagrados y a las consagradas, a los enfermos y a todos los peregrinos. Un saludo muy agradecido a los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa que guardan con tanto buen hacer los santos lugares y la presencia cristiana en estas regiones, cuna del cristianismo. El padre Pedro, responsable de la Custodia en España, me ha invitado a mí, párroco de una parroquia de Madrid que ha venido de peregrinación a Tierra Santa estos días, a presidir esta celebración de la Vigilia Pascual. Se lo agradezco mucho.

El Señor nos ha hecho un gran regalo a los que estamos aquí hoy: poder celebrar la Pascua
Fachada de la Basílica de la Agonía
 en Tierra Santa. Un lugar donde percibimos una presencia especial del Señor, la Shekinah. Un lugar donde la paz, la guerra y el testimonio cristiano son tan importantes. Aquí aprendemos lo que significa el compromiso ecuménico de la Iglesia y el diálogo interreligioso y porque son tan necesarios y porque es la Iglesia, sobre todo la católica, la que debe y puede llevarlos a cabo como deseo del Señor y sin miedos, ya que nuestro origen es un Crucificado y Abandonado, como bien sabía Chiara Lubich, fundadora de los Focolares y gran promotora del ecumenismo y el diálogo interreligioso.

Aquí en esta tierra la encarnación de Dios se hace muy real. Aquí nos damos más cuenta de lo
Iglesia de San José en Nazaret
que significa que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1, 14). Tantas veces estos días debajo de distintos altares hemos leído la palabra HIC, AQUÍ. Hemos pisado la tierra que pisó Jesús. Hemos visto las montañas, los campos, el lago, el río que él vio. Hemos seguido sus huellas en Belén, en Nazaret, en Caná, en el lago de Tiberíades, en Cafarnaúm, en el monte Tabor, en el río Jordán, en el monte de las tentaciones y ahora aquí en Jerusalén, en la Ciudad Santa.

Aquí, hic, en Jerusalén, en la Basílica del Santo Sepulcro, a pocos metros de aquí, hemos podido meter la mano en la tumba de Jesús y comprobar que está vacía, que no está el cuerpo del Señor. Lo mismo hicieron las mujeres ese primer día de la semana, como acabamos de escuchar en el evangelio. Este año nuestra Pascua coincide con la Pascua judía y los días de la semana reflejan más de cerca el relato evangélico. Ya está noche estamos en ese primer día después del Shabat en el que las mujeres encuentran la tumba vacía. A ellas unos ángeles les explican el sentido de lo que ven. La tumba está vacía porque el Señor ha resucitado: «¿Porque buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado» (Lucas 24, 5-6). Este anuncio, está buena noticia, la hemos escuchado tantas veces también nosotros, y hoy aquí, de nuevo, en la Tierra de Jesús. ¡Que el Señor nos aumenta la fe para creérnosla de verdad y para que cambie nuestra vida!


Hoy estamos aquí con María, como los apóstoles en el cenáculo, donde nace la Iglesia, celebrando el memorial de Jesús y él, que está vivo, se hace presente aquí en medio de nosotros.

A partir de mañana nos toca a muchos peregrinos volver a nuestras casas, a nuestros ambientes, a nuestros trabajos y quehaceres, quizás a nuestras dificultades y situaciones de sufrimiento. Volveremos transformados porque nos hemos encontrado con el Señor resucitado aquí en Tierra Santa, «lo hemos visto en Galilea», hemos vuelto a experimentar que está vivo y presente en su Iglesia a través de tantos hermanos que nos han acompañado estos días. Ahora volvemos a nuestras casas siendo testigos de la resurrección, «discípulos misioneros», como le gusta decir al papa Francisco. A los que nos encontraremos al volver le podemos decir lo que escribe el apóstol Juan en su primera carta:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida... os lo anunciamos para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo. (1 Juan 1, 1-4)

Renovemos ahora, queridos hermanos, nuestras promesas bautismales con nuestro compromiso claro, definitivo, firme, de dejar atrás el pecado, esa vida en la no verdad, en la mentira, en la que engañamos a los demás y nos engañamos a nosotros mismos, y a caminar en una vida nueva, experimentando la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Queridos hermanos: ¡El Señor ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Amén.

Video de la homilía:


sábado, 23 de febrero de 2019

Contentaos con lo que tenéis



Homilía con ocasión de la Semana de Oración
por la Unidad de los Cristianos 2019
Comunidad Luterana de la Friedenskirche (Iglesia de la Paz)
Madrid, 21 de enero 2019


La paz y la misericordia de Dios, nuestro Padre, y de nuestro Señor Jesucristo sea con todos
vosotros. Amén.

Como se suele hacer en esta Iglesia, oremos unos instantes en silencio pidiendo que Dios bendiga la palabra: ¡Señor, bendice el habla y la escucha!

«Que la fiebre del dinero no se apodere de nosotros; contentémonos con lo que tenemos, ya que es Dios mismo quien ha dicho: “Nunca te abandonaré; jamás te dejaré solo”». ¡Qué el Señor nos libere a nosotros y a nuestras Iglesias de la idolatría del dinero, del vicio capital de la avaricia! Amén.

Queridos hermanos y amigos:

Agradezco mucho a esta comunidad luterana de la Friedenskirche, Iglesia de la Paz, en especial a su pastor, Simon Döbrich, la invitación a participar en este acto de culto y a dirigir unas palabras de reflexión sobre el tema que se nos propone para este cuarto día de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos: «contentaos con lo que tenéis».

Sois una comunidad de habla alemana y siento mucho no tener los suficientes conocimientos de alemán para poder hablaros, aunque sea un poco, en vuestra lengua. Hablaré en español, esperando que los que solo habláis alemán podáis entender algo de lo que diré. Es tut mir sehr leid, aber ich spreche sehr wenig deutsch. Ich habe vor vielen Jahren Deutsch gelernt, aber ich habe fast alles vergessen. Ich hoffe, Sie können etwas von dem verstehen, was ich sage.

Fuente de la imagen: www.abc.es 
Me alegra mucho estar aquí en esta bella Iglesia tan significativa para el ecumenismo en España y en Madrid. Aquí hemos realizado varios actos juntos en los últimos años. Recuerdo estar aquí en la celebración de sus 150 años en 2014, en la conmemoración de la Reforma hace dos años y en la visita que hicimos los obispos y delegados de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, de la Conferencia Episcopal Española, en unas Jornadas celebradas en 2016. Tengo que reconocer que me impone un poco este púlpito. En la Iglesia católica ya los usamos poco, sin embargo, son un signo muy elocuente de la importancia da la palabra de Dios, que es palabra eficaz capaz de hacer lo que dice, que tiene el poder de salvar y liberar de los tantos demonios que nos dominan y esclavizan, como el de la avaricia.

Estamos aquí en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Elevamos una común plegaria en estos días al Señor para que seamos una sola Iglesia, como la fundó y quiso Jesús, y que por culpa de nuestros pecados y fragilidades se fue dividiendo y, en algunos casos, corrompiendo, siendo para muchos hoy un escándalo, una piedra de tropiezo para acercarse al Señor, más que un instrumento, como debería ser.

Los materiales de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año han sido
Conferencia Episcopal Española
preparados por las Iglesias de Indonesia, un país muy plural y diverso – es el país más grande del Sudeste asiático, con 265 millones de habitantes, con muchos grupos étnicos, muchas islas, lenguas y religiones, siendo la religión mayoritaria el Islam, que profesa el 86% de la población. Un país, enorme y plural que tiene como lema nacional «unidad en la diversidad». Un país que hasta hace algunos años vivía según sus normas y costumbres tradicionales, celebrando fiestas juntos, ayudándose mutuamente entre los distintos grupos, considerándose todos hermanos unos de otros. Sin embargo, en los últimos años, sobre todo a causa del crecimiento económico desequilibrado, han surgido muchas tensiones y situaciones de injusticia, corrupción y explotación de los más débiles- sobre todo, mujeres y niños- y del medio ambiente. Los cristianos de Indonesia nos invitan en esta Semana de Oración a «actuar con toda justica», a perseguir la unidad de los cristianos también a través del ejercicio de la justicia, buscando ser verdaderamente justos. En Indonesia se ha hecho cada vez más difícil celebrar fiestas juntos, ya que han crecido las tensiones y los radicalismos entre los distintos grupos. La corrupción se deja ver también en la forma de administrar la justicia, donde se aceptan sobornos y se hace acepción de personas. De ahí que el grupo que preparó los materiales eligió el texto de Deuteronomio 16 para este año, que hace referencia al modo en que Israel debe celebrar sus fiestas sin excluir a nadie, y a como los jueces deben administrar la justicia buscando solo lo que es justo.


Las Iglesias de Indonesia en sus documentos comparten la opinión de que la raíz de los males
Fuente de la imagen: protestantedigital.com/ 
del país es la avaricia e invitan a todos a una «espiritualidad de la moderación». Esto también es lo que nos enseña la Palabra de Dios y nuestra propia experiencia. «La avaricia, en efecto, es la raíz de todos los males y, arrastrados por ella, algunos han perdido la fe y ahora son presa de múltiples remordimientos», dice san Pablo a su discípulo Timoteo en la primera carta que le escribe (1 Tim 6, 10). La avaricia, el amor desmesurado, el apego al dinero, causa grandes males en nuestra vida y en la vida de nuestras Iglesias y de nuestras sociedades. La tradición de la Iglesia ha visto en la avaricia uno de esos vicios que causan muchos otros, llamándolo «capital». Lutero en sus 95 tesis también denunció la avaricia como uno de los grandes males de la Iglesia: «Mera doctrina humana predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa en la caja, el alma sale volando. Cierto es que, cuando al tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden ir en aumento, más la intercesión de la Iglesia depende sólo de la voluntad de Dios» (tesis 27 y 28).

Bien sabemos que el apego al dinero nos hace insolidarios con los demás, miedosos de perder lo que tenemos, incapaces de compartir y de acoger al hermano necesitado, al migrante y al huésped, siempre preocupados por las cosas materiales que pensamos necesitar, inquietos por el mañana, corruptos y afectos de ese mal que el papa Francisco ha llamado la «mundanidad espiritual», que consiste en utilizar lo espiritual para obtener beneficios materiales, como hacía la Iglesia en tiempos de Lutero con la venta de indulgencias. La avaricia es una fiebre que si dejamos que se apodere de nosotros nos enferma y nos lleva a la muerte espiritual y a ser incapaces de amar al hermano.

La alternativa, queridos hermanos y amigos, a esta forma de vivir que tiene como ídolo el dinero es la que se nos propone en la palabra de Dios que hemos escuchado. Un estilo de vida de hijos de Dios, que tiene su fundamento en la fe en un Dios bueno y providente, que busca antes que nada el reino de Dios y todo lo justo y bueno que hay en él, que acoge y practica la hospitalidad, que sabe cuidar y custodiar la vida y nuestra casa común.

Así nos lo decía el autor de la carta a los Hebreos:

Que la fiebre del dinero no se apodere de vosotros; contentaos con lo que tenéis, ya que es Dios mismo quien ha dicho: Nunca te abandonaré; jamás te dejaré solo.

Y así nos lo decía también Jesús en el Sermón de la Montaña:

Así pues, no os atormentéis diciendo: “¿Qué comeremos, qué beberemos o con qué nos vestiremos?”. Esas son las cosas que preocupan a los paganos; pero vuestro Padre celestial ya sabe que las necesitáis. Vosotros, antes que nada, buscad el reino de Dios y todo lo justo y bueno que hay en él, y Dios os dará, además, todas esas cosas.

Creo que hoy en nuestras vidas, en nuestras Iglesias, en el ecumenismo, se vuelve cada vez más importante no tanto hacer cosas, cuanto asumir un cierto estilo de vida más evangélico, un modo de vida verdaderamente cristiano, que dé un testimonio a esta sociedad tan perdida y dividida, tan insolidaria, tan triste, tan violenta, tan miedosa, que otro modo de vida es posible con la gracia de Dios:


  • Es posible acoger al inmigrante, al diferente y no pasa nada, no perdemos nada, más bien lo contrario, ganamos todos.
  • Es posible estar unidos como Iglesias, respetando nuestras diferencias, pero sabiéndonos hermanos, sin que ninguno pierda nada de lo suyo, sino enriqueciéndonos y celebrando los dones de Dios que tiene el otro.
  • Es posible compartir y no competir con el hermano que tenemos cerca y ganar los dos.
  • Es posible vivir con menos dinero y descubrir la dicha de la verdadera amistad, de la comunión y del compartir, de descubrir en el otro no un rival sino un hermano, herido como yo y que necesita amor.

Una de las experiencias más hermosas que he tenido en los últimos meses, también desde un
punto de vista ecuménico, ha sido el encuentro europeo de jóvenes organizado por la Comunidad de Taizé, que tuvo lugar hace pocos días aquí en Madrid. Lo viví sobre todo como párroco. En un principio no me había propuesto recibir a gente ni organizar nada en mi parroquia porque tenía un viaje programado esos días, porque venía familia con la que debía estar y por un cierto recuerdo malo de lo que fue la JMJ de Madrid en 2011 en relación a la acogida de los jóvenes en mi zona. Pero al final cedí, vista la necesidad de acoger, y fue una verdadera bendición de Dios para mi comunidad y para mí, porque experimentamos que otro modo de vida es posible desde la fraternidad, la acogida, la confianza, el compartir, la sencillez y la oración en común y descubrimos de nuevo que esto es bello y llena el corazón.

¡Es verdad, queridos hermanos y amigos, que otra forma de vivir es posible! Una forma de
vivir no dominada por el amor al dinero. Una forma de vivir de la que los cristianos y las Iglesias tenemos el deber de dar testimonio ante el mundo. Creo que este es también el camino del ecumenismo del futuro. No tanto hablar de unidad y quejarnos de su falta y del poco compromiso ecuménico de nuestras jerarquías y organizar reuniones y celebraciones, cosas que a veces son buenas y necesarias, sino crecer en nuestras Iglesias en la fidelidad a Cristo, que es lo que quería Lutero, crecer en dar un testimonio común de vida de hermanos ante el mundo, de hermanos comprometidos con la justicia y la custodia de la casa común. Iglesias y comunidades que sean espacios de acogida, de reconciliación, de comunión; un verdadero anticipo del Reino.

Para ello, hermanos y amigos, tenemos que escuchar de nuevo con oídos abiertos la Palabra de Dios que tiene poder para liberarnos del demonio de la avaricia por la fe. ¡Volvamos a escuchar el kérygma, el anuncio fundamental cristiano que nos dice que Jesús ha muerto y ha resucitado por nosotros, que es el Señor, el Kyrios, el dueño de nuestra vida, del mundo y de la historia, que es el que nos da el perdón de los pecados y la vida eterna por pura gracia! Este anuncio escuchado con fe nos libera de la esclavitud de las obras y también del miedo a la muerte que nos mantiene esclavos del demonio y del dinero toda la vida, como dice la Carta a los Hebreos (2,15). Este anuncio acogido con fe nos da la vida eterna en esperanza y nos hace capaces de amar realmente al hermano. Muchas gracias. Amén.


Audio de la predicación: 



sábado, 8 de diciembre de 2018

La llena de gracia y su sí

Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Homilía 8 de diciembre 2018

Fuente de la imagen
«Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas», hemos rezado con el salmista. El Señor verdaderamente hace maravillas, las he hecho en María, su hija elegida desde siempre para ser la madre de Jesús, y las hace en nosotros sus hijos muy amados.

Celebramos hoy, 8 de diciembre, dentro del camino del Adviento, una fiesta de María, la fiesta de su Inmaculada Concepción. La Iglesia reconoce desde la antigüedad a María como llena de gracia, como la llama en ángel en la anunciación. María es la purísima, la concebida sin pecado, la preservada por un singular privilegio libre de toda culpa original desde el comienzo mismo de su existencia. En María reconocemos las primicias de la redención, la victoria del bien sobre el mal, de la gracia sobre el pecado.

El beato Pío IX proclamó este dogma con la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854, en un momento difícil para la fe, cuando se veía amenazada por un racionalismo inmanentista que negaba lo sobrenatural: Así reza la bula:

Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles.

Hoy, entonces, celebramos a María nuestra madre; vemos ya en ella la victoria de la gracia, nos encomendamos a ella. Las lecturas de esta fiesta, junto a hablarnos de María, nos hablan también de nosotros y nos alientan a vivir bien este camino de Adviento y prepararnos al encuentro con el Señor que viene. La primera lectura nos habla del pecado original, la segunda de la elección divina y la tercera de la obediencia de la fe.

En la primera lectura encontramos la narración bíblica de ese primer acto de rebeldía de la humanidad, que da la espalda a Dios, desobedece, no cree en su amor, no acepta ser criatura. Un pecado cuyas consecuencias padecemos, dejándonos una culpa que se borra con el bautismo y una tendencia al mal inscrita en nuestro ser contra la que tenemos que luchar y que la tradición llama concupiscencia. María, por singular privilegio fue preservada de la culpa y las consecuencias de este pecado original, en virtud de los méritos de Cristo, ya que fue elegida desde siempre para ser la madre de Dios. Nosotros, en cambio, tenemos que reconocer esta tendencia al mal en nosotros, que nos empuja a alejarnos de Dios y del bien y aprender a luchar contra ella.

En la segunda lectura Pablo nos habla de la elección divina: "Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor". Esto vale de un modo especial para María, pero vale también para nosotros. Dios nos ha destinado desde siempre, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos.

Como evangelio hoy hemos escuchado la bellísima narración de la anunciación a María que
Fuente de la imagen
nos ofrece San Lucas, un texto clave que escucharemos más veces a lo largo del Adviento y la Navidad. Hoy nos centramos en dos aspectos de este relato: las palabras del ángel a María y el sí de María al designio divino. María es llamada por el mensajero divino «llena de gracia». Es como su nombre propio. María es objeto de la benevolencia divina y elegida y preparada para ser la madre del Mesías. Este saludo no se encuentra en otro lugar de la Escritura, se reservó solo para María, como dice Orígenes. Por otro lado, María a lo que Dios le pide pronuncia su sí, su amén, su así sea, su cúmplase. Por eso, este relato sería mejor llamarlo la vocación de María que la anunciación. María es parte activa. El sí de María es eco del sí de Jesús en la cruz y en el Getsemaní a la voluntad del Padre, de ese sí que vence el pecado, vence la desobediencia de nuestros primeros padres. Es el sí que debemos pronunciar poco a poco cada uno de nosotros a lo que Dios nos pide.

¡Que con la intercesión de María y su ejemplo podamos ir dando nuestro amén a la voluntad de Dios y llegar preparados y limpios de todo pecado al encuentro con el Señor que viene!

martes, 6 de junio de 2017

The peace potential of religions




Conference organized by European People’s Party
Working group on intercultural and interreligious dialogue
European Parliament, Strasbourg
16 May 2017


Intervention by Rev. Dr. Manuel Barrios
Director of the Secretariat for Ecumenism and Interreligious Dialogue
Spanish Bishops’ Conference



Dear ladies and gentlemen,
Dear friends,

It is an honour for me to participate as speaker in this conference on “the peace
potential of religions” here in Strasbourg, during the plenary session of the European Parliament. I thank very much the European People’s Party, its Working Group on Intercultural and Religious Dialogue for this opportunity. I find it very appropriate and praiseworthy for a political group to engage in a structured and regular dialogue with Churches and religious representatives, as the EPP does. Churches and religions have much to offer to the political community in the way of insights, values, world views, solidarity, spiritual renewal, which are so much needed in our world. A world that is in agony and threatened by many things. My name is Manuel Barrios. I am a catholic priest and I a work in the Spanish Bishops’ Conference since 2011 as director of the Secretariat for ecumenism and interreligious dialogue.


I want to argue in this brief speech that religion, when it is authentically lived and taught, not only nurtures peace, but it also enhances humankind, making persons and communities more genuinely human and full. The reason for this is that the human being, as the Bible teaches, is made in the image and likeness of God, that is, he has an inherent transcendent dimension, he is open to the Ultimate Reality in his very being. His very nature, as the existentialists say, is to ex-ist, to exist outside himself, in reference to the Other. This is what Saint Augustine also expresses in his famous quote: “Thou hast made us for thyself, O Lord, and our heart is restless until it finds its rest in thee”.

It is true that today many people, mainly in the West, don’t think this way. What they have seen and learned in the social sciences, in the media, and in public discussion brings them to consider religion as dangerous and as a hindrance to human development; as something that promotes or gives grounds to fanaticism, terrorism, bigotry, superstition and that threatens basic human rights, like freedom of conscience and equality between men and women. Many, to avoid this danger, lobby to reduce the presence of religion in the public sphere and use the means at their disposal to discredit religions and religious leaders. Obviously, I don’t believe this. I believe that religion is inherent to the human person as such and if well practiced brings him to fulfil his potentialities.

But let’s go back to the initial question: What is the peace potential of religions? What can we do to enhance it? What can the religions offer to our world? To answer this I will make a brief reference to Pope Francis’ visit to Egypt a few days ago and his speech at the University of Al-Azhar and also to the Declaration Toward a Global Ethic of the Parliament of World Religions.

But first it is important to state one basic principle that is of paramount importance for world peace. It is the fundamental human right to freedom of religion. Though this might seem to us self-evident, it is not so. For the religious minded person it is difficult to accept that another person does not adhere to what he considers the Truth, with capital letter. For him this Truth is the most important thing in his life, it is a Truth that is valid for everyone, it is a Truth that has directly to do with eternal salvation, therefore he feels he has the duty to lead others to it. Accepting religious freedom as a fundamental human right, a right that implies that someone can choose a different truth, might be difficult to recognize for him. It was difficult for the Catholic Church. The path that brought finally to the declaration on religious freedom of the Second Vatican Council was not easy. This document was promulgated in the last session of the Council after much discussions and clarifications, and it was not accepted by all. The path undertaken by the Catholic Church has to be undertaken by all Churches and religions if we want peace. Accepting religious freedom does not imply that men and women are not obliged to seek truth and once found to adhere to it; it means that this obligation falls and exerts its binding force upon the human conscience and cannot be imposed by external coercion.

In his speech in the university of Al-Azar in Cairo, Pope Francis spoke of Egypt as the

land of civilizations and the land of covenants. He spoke of the importance of education and the quest for true knowledge, for wisdom. He taught that in interreligious dialogue one has to put together respect for one’s own identity, the courage to accept differences and sincerity of intentions. He said that the only alternative to the civilty of encounter, fostered by good education, is the incivility of conflict. In relation to  the role of religions he said: “especially today, religion is not a problem but a part of the solution: against the temptation to settle into a banal and uninspired life, where everything begins and ends here below, religion reminds us of the need to lift our hearts to the Most High in order to learn how to build the city of man… Sinai reminds us above all that authentic covenants on earth cannot ignore heaven, that human beings cannot attempt to encounter one another in peace by eliminating God from the horizon, nor can they climb the mountain to appropriate God for themselves”.


In relation to the image of Mount Sinai, pope Francis spoke of the ten commandments that were promulgated there. He quoted Pope John Paul II who, in his Jubilee pilgrimage to Mount Sinai in the year 2000, said: “The Ten Commandments are not an arbitrary imposition of a tyrannical Lord. They were written in stone; but before that, they were written on the human heart as the universal moral law, valid in every time and place. Today as always, the Ten Words of the Law provide the only true basis for the lives of individuals, societies and nations. Today as always, they are the only future of the human family”.

Here, I gather, is where the great peace potential of religions lies. Beyond engaging in interreligious dialogue and religious leaders giving example of friendship and cooperation, beyond the defence of the fundamental human right to freedom of religion and conscience, beyond declaring the sacredness of human life against every form of violence, beyond praying for one another and imploring from God the gift of peace, beyond doing all we can to eliminate situations of poverty and exploitation – all things that are very necessary – religions can offer and are called to offer a spiritual renewal that our world desperately needs, a change in the hearts of people, a change based on the “binding values, convictions and norms which are valid for all humans, regardless of their social origin, sex, skin colour, language or religion”, as the Declaration Toward a Global Ethic states.

According to this proposal of a Global Ethic Project*, it is possible to define a set of “binding values, irrevocable standards, and personal attitudes” that are common to religions, without ignoring the differences between them; in other words, it is possible to arrive to a minimal fundamental consensus on a set of core values and attitudes we all share. These can be summarized in the six ethical principles of a global ethic: humanity, the Golden Rule, non-violence, justice, honesty and partnership between men and women.

Keeping alive this sense of global responsibility based on these values and passing it on to future generations, promoting peace, justice, truthfulness and partnership, is the special task of religions and their main way of contributing to peace.

Thank you very much!


*According to the Global Ethic Project, If we take a close look at world religions, we
find in them similar ethical teachings. Common to them is that every human being must be treated humanely and that we must do good and avoid evil. A basic principle that is found in many religions is the golden rule: what you do not wish done to yourself, do not do to others. From this basic principle there arises a set of guidelines that are also common to religions. Namely:

  1. Commitment to a culture of non-violence and respect for life, in accordance with the commandment: “You shall not kill!”; or, positively expressed: Have respect for life!
  2. Commitment to a culture of solidarity and a just economic order, in accordance with the commandment: “You shall not steal!”; or, positively expressed: Deal honestly and fairly!
  3. Commitment to a culture of tolerance and a life of truthfulness, in accordance with the commandment: “You shall not lie!”; or, positively expressed: Speak and act truthfully!
  4. Commitment to a culture of equal rights and partnership between men and women, in accordance with the commandment: “You shall not commit sexual immorality!”; or, positively expressed: Respect and love one another! 


jueves, 20 de abril de 2017

Volver a Galilea para apropiarnos de nuestra historia


Homilía en la Vigilia Pascual
Madrid, 16 de abril 2017

Queridos hermanos y amigos:

Fuente de la imagen
Hoy celebramos ­-y celebrándolo lo hacemos presente con toda su fuerza salvífica para nosotros hoy­- el acontecimiento fundamental de nuestra fe, la resurrección del Señor. «Jesús ha resucitado»: este es el anuncio, la buena noticia que da el ángel a las mujeres que fueron al sepulcro ese primer día de la semana, el día después del sábado, al amanecer. Él ángel les anuncia un acontecimiento, algo que ha tenido lugar, pero algo realmente excepcional, un actuar de Dios en nuestra historia solo comparable con la creación del cosmos de la nada. Dios resucita a Jesús de la muerte, cumpliendo de modo sobreabundante todas sus promesas, yendo mucho más allá de lo que podíamos imaginar: la resurrección del Señor es el fundamento de nuestra vida y de nuestra esperanza. El cristiano es fundamentalmente una persona que cree en la resurrección del Señor.

Fuente de la imagen
La excepcional Liturgia de la Palabra de esta Vigilia Pascual nos muestra el acontecimiento de la resurrección como culmen de toda la historia de la salvación, de toda esa historia dirigida por Dios para salvar al hombre hecha de gestos y palabras narrados en el Antiguo Testamento. Así, la primera lectura nos habla de la creación del mundo, porque la resurrección es el cumplimiento de la creación, es el inicio de la nueva creación en la que Dios será «todo en todos» (1 Cor 15, 28). La segunda lectura del sacrificio de Abraham, porque Jesús es el verdadero Isaac entregado por Dios Padre y porque Abraham es modelo de creyente por su obediencia a la palabra; la tercera lectura del éxodo, porque el poderoso actuar de Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud era imagen y preparación de la verdadera Pascua que nos libera del pecado y de la muerte. La cuarta y la quinta lectura de Isaías porque los planes de Dios no son nuestros planes y nuestros caminos no son los suyos y porque el amor de Dios es un amor eterno; aunque nos hayamos sentidos abandonados por él, eso fue cosa de un momento; la sexta lectura del profeta Baruc, porque la resurrección del Señor es donde se encuentra «la vida larga, la luz de los ojos y la paz»; la séptima lectura de Ezequiel, porque por medio de la muerte y resurrección de Jesús, Dios ha hecho una nueva alianza con nosotros, dándonos su espíritu que nos permite caminar en una vida nueva.

Pablo nos dice en su epístola a los Romanos que gracias al bautismo hemos sido incorporados al misterio de la muerte y resurrección de Jesús; hemos sido sacramentalmente sepultados con él para resucitar con él a una vida nueva. Por eso esta noche renovamos nuestras promesas bautismales, ya que al don de la gracia del bautismo debe corresponder nuestro esfuerzo por vivirlo a través de las opciones de vida que tomamos y de los valores que intentamos honrar. Hoy queremos renovar nuestras promesas bautismales, pero no como un rito más, sino con sinceridad.

Fuente de la imagen
Del pasaje evangélico que acabamos de escuchar, quero solo indicar tres elementos que destaca el mismo evangelista Mateo: el sepulcro vacío, el «ir a Galilea» y la unidad entre el crucificado y el resucitado. En primer lugar: el sepulcro vacío. Hay una insistencia en este hecho en el relato evangélico. El ángel dice a las mujeres: «No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía…». La tumba estaba vacía. Ya no estaba el cuerpo del Señor. Los que hemos tenido el regalo de ir a Tierra Santa y visitar la Basílica del Santo Sepulcro, hemos podido entrar en ese edículo y tocar con mano la tumba vacía como las mujeres aquel primer domingo. Esa tumba vacía es prueba de ese acontecimiento tan asombroso de la resurrección. 


En segundo lugar, el ángel pide a las mujeres que digan a los discípulos que vayan a Galilea, allí verán a Jesús, y la misma orden repite el resucitado justo después. ¿Por qué ir a Galilea? ¿Qué significado tiene Galilea? En Galilea todo empezó. En Galilea los discípulos podrán
«rebobinar» su historia desde principio, pero ahora mirándola con ojos nuevos, a la luz de resurrección. Allí podrán entender mejor lo que significó su llamada años atrás a orillas del lago a ser pescadores de hombres, las bienaventuranzas que pronunció el Señor en aquel monte y que entonces parecían palabras de otro mundo; allí también podrán comprender mejor los momentos de prueba y la oposición a Jesús que fue creciendo hasta llevarle a la muerte. También para nosotros es importante de vez en cuando «volver a Galilea» para reencontrarnos con nuestra historia y entenderla mejor y asumirla, volver a los inicios, a ese amor primero. Mirar el recorrido de nuestra vida a la luz del misterio pascual nos permite comprenderlo mejor y hacerlo nuestro, apropiarnos de él y abrazarlo como una historia de amor y redención; también los momentos de prueba y de oscuridad, adquieren sentido. 

Fuente de la imagen
En tercer lugar, la unidad entre la pasión-muerte y la resurrección. Él ángel dice a las mujeres: «buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí…». El resucitado es el mismo que fue crucificado. La resurrección es la otra cara de la moneda de la pasión y la muerte. La cruz, esa cruz no buscada directamente ni querida, que permite el Señor en nuestra vida, esa cruz que nace de la entrega a los demás y de la lucha por el Reino y la justica en un mundo marcado por el pecado, es el camino para la resurrección.


¡Que el Señor nos de la alegría de la resurrección y nos ayude a vivir con más coherencia nuestro bautismo!

martes, 12 de julio de 2016

Jesucristo, buen pastor, rostro de la misericordia divina


Homilía, 17 de abril 2016

en la Jornada de Diálogo Interreligioso organizada por el Diálogo Interreligioso Monástico (DIM) y otras instituciones
Colegio Santísimo Sacramento (Calle Arturo Soria, 208 Madrid)

Jornada mundial de oración por las vocaciones


Queridos hermanos y amigos:

Celebramos esta Eucaristía de acción de gracias, clausurando este hermoso día de
convivencia interreligiosa en el cuarto domingo de Pascua, domingo del buen Pastor, Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebra este año con el lema: “La Iglesia, madre de las vocaciones”. En el mensaje del papa Francisco para esta Jornada se dice que la vocación nace en la Iglesia, crece en la Iglesia y está sostenida por la Iglesia. Celebramos hoy esta Eucaristía pidiendo por esta intención.

Cuando convivimos con personas de distintas religiones, como hemos hecho hoy, nos enriquecemos, ya que descubrimos en estas personas y en sus tradiciones “destellos de aquella Verdad que ilumina todos los hombres”, como dice el Concilio Vaticano II en la Declaración Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. En otro documento más reciente, de 1991, promulgado conjuntamente por el Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso y la Congregación para la Propagación de la Fe, titulado Diálogo y anuncio, se concretan las distintas formas de diálogo interreligioso, y se habla del diálogo de la vida, de la acción, del intercambio teológico, y de la experiencia religiosa. Hoy aquí hemos hecho experiencia de todos ellos, enriqueciéndonos como personas y por eso damos gracias al Señor y a los que han organizado con mucho esfuerzo esta Jornada.

La Eucaristía que estamos celebrando es memorial de Jesús, de su vida y de su muerte, de su entrega por nosotros. Él es el pastor bello, hermoso (kalós), bueno, que nos conoce de verdad, en lo más profundo de nuestro ser, que conoce nuestro verdadero nombre, ese nombre nuevo que él nos quiere dar. Jesús, buen pastor, que da su vida por sus ovejas, es el rostro de la misericordia de Dios.

Hoy hemos podido profundizar junto con nuestros hermanos y amigos de otras religiones lo que implica la misericordia divina, que es para nosotros el atributo más importante de Dios. En latín el termino misericordia, miseri-cors, indica esa actitud del corazón (cors) que se hace cercano al mísero (miseri), al pobre, al que sufre, al pecador, que se pone a su lado y de su lado. En el Antiguo Testamento hay tres términos relacionados con esta actitud: rahamim, que expresa el apego instintivo de un ser a otro, que tiene su sede en las entrañas maternas, hanan que se suele traducir como ternura, y hesed, que indica una relación entre dos personas marcada por la fidelidad y en caso de Dios, por su fidelidad a sí mismo, no obstante el pecado y la obstinación del pueblo. “Dios es injusto solo con él mismo”, dirá un conocido teólogo ecuménico. Todos estos términos están presentes en la autorevelación de Dios a Moisés en el monte Sinaí: “Señor, Dios compasivo (rahum) y misericordiosos (hanun), lento a la ira y rico en clemencia (hesed) y lealtad” (Ex 34, 6).

En Jesús la misericordia de Dios se hace carne. En él, en su enseñanza, en su vida, en su muerte, se nos revela y se hace presente la misericordia de Dios de un modo pleno. Todo en él expresa misericordia: sus parábolas, como la del buen samaritano o la del hijo pródigo, su vida compartida con los pecadores y los publicanos, con los pobres y los que sufren, y su muerte en la cruz entre dos malhechores. En él descubrimos lo que realmente significa misericordia, descubrimos las entrañas de Dios, su pathos. Dios no tiene pasiones, pero sí tiene pathos, porque así se nos ha revelado, en contra de lo que puedan pensar algunos filósofos metafísicos.

De hecho, la misericordia divina, centro de la revelación que Dios hace de sí mismo
recogida en la Sagradas Escrituras, tardó tiempo en ser plenamente asimilada por los primeros pensadores cristianos. Éstos estaban condicionados por la filosofía griega que, en oposición a los mitos paganos de dioses con pasiones antropomórficas indignas de la divinidad, hablaban de Dios como el motor inmóvil, impasible, ‘que no tiene amigos, ni necesita de ellos’, totalmente autosuficiente y no afectado por sus criaturas. “En esta noción metafísica de Dios no hay espacio para la misericordia porque ella no deriva de la esencia divina, sino de su autorevelación”, dirá Kasper.

Curiosamente algunos filósofos modernos en cambio, si intuyeron que el Dios bíblico era sobre todo misericordioso, a veces también para rechazar este atributo como indigno de la divinidad, pero sobre unas bases totalmente distintas. Uno de ellos es Nietzsche. Hay dos célebres frases de este filósofo anticristiano que paradójicamente nos pueden ayudar a profundizar en lo que significa la misericordia divina. Una de ellas es: “Así me dijo el demonio una vez: ‘También Dios tiene su infierno, es su amor a los hombres’”; y la otra: “Dios ha muerto. Su compasión por los hombres es lo que le ha matado”. Nietzsche tenía razón: Dios sufre por los hombres. Sin embargo, contrariamente a lo que este filósofo piensaba, esto no es signo de debilidad en Dios, sino de fuerza, no es imperfección, sino perfección del amor. De ahí que Jesús, el buen pastor, afirme: “Por eso me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”. Santa Catalina de Siena solía repetir: “No fueron los clavos los que mantuvieron Jesús atado a la cruz, sino su amor”. La misericordia no es imperfección, sino perfección del amor.

Dios es así, hermanos y hermanas, sin límites en su amor y esto es lo estamos llamados
a descubrir en este Año Santo de la Misericordia. En Jesús, Dios se ha hecho próximo a nosotros, a nuestra miseria y pecado, se ha puesto de nuestra parte. En esta Eucaristía que celebramos clausurando esta bella Jornada, la misericordia de Dios se hace presente aquí y ahora para nosotros, se nos pone realmente al alcance de la mano. Podemos en este momento no solo hablar de ella, sino sentirla presente y actuante en nuestras vidas.


Vamos a pedirle al Señor hoy por las vocaciones, sobre todo por las vocaciones a hacer presente en medio de los hombres, en medio de nuestra sociedad triste y egoísta, al buen pastor, al pastor misericordioso que conoce a sus ovejas y las llama por su nombre, que las cuida y da su vida libremente por ellas, que las lleva a la vida eterna. También pedimos por la paz y el entendimiento entre las religiones. ¡Que Maria, reina de la paz, nos proteja y guíe hacia la paz verdadera! Amén.