domingo, 5 de diciembre de 2010

El Papa y el preservativo. ¿Ha cambiado la doctrina de la Iglesia sobre el uso del condón?

Algunas consideraciones sobre las afirmaciones de Benedicto XVI en el libro-entrevista
Luz del Mundo y las reacciones que han provocado

Título: Luz del Mundo.El papa, la Iglesia y los signos de los tiempos.
Una conversación con Peter Seewald
Autor: RATZINGER, Joseph / BENEDICTO XVI - SEEWALD, Peter
Editorial: Herder
Páginas: 227
Precio aprox.: 15 €
ISBN: 9788425427565
Año edición: 2010

Cuando el sábado 20 de noviembre el periódico oficial de la Santa Sede L’Osservatore Romano adelantaba algunos pasajes del libro-entrevista del Papa que saldría a las librerías el siguiente martes 23, hubo un gran revuelo, tanto en los medios católicos de todas las tendencias, como en los otros medios y entre los mismos fieles. Se afirmaba como gran novedad que el Papa admitía el uso del preservativo “en casos singulares justificados”. Todos nos hacíamos una serie de preguntas: ¿Significa esto un cambio en la postura de la Iglesia sobre el uso del preservativo? ¿Ha tenido que ceder la Iglesia ante las reacciones a las palabras del Papa sobre este tema durante su vuelo a Camerún en marzo de 2009? ¿Cómo es que un asunto tan importante se trata en un libro-entrevista y no en un documento oficial?


                Después de lo adelantado por L’Osservatore Romano, hubo un comunicado el día siguiente del P. Fedrico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, aclarando que “el razonamiento del Papa no puede ser definido como un cambio revolucionario", ya que “numerosos teólogos moralistas y autorizadas personalidades eclesiásticas han afirmado y afirman posiciones análogas", aunque sí es verdad “que no las habíamos escuchado aún con tanta claridad de los labios de un Papa”. Para el portavoz, "Benedicto XVI nos da, por tanto, con valentía, una contribución importante para aclarar y profundizar una cuestión debatida desde hace tiempo". Al día siguiente, algunos medios informaban que el Papa le habría dicho al P. Lombardi en una reunión en el apartamento papal que sus ‘palabras sobre el preservativo no necesitan corrección’. El libro-entrevista se presentó oficialmente en rueda de prensa el martes 23 de noviembre de una forma ‘solemne’, al estar presente no sólo el autor, sino también Mons. Rino Fisichella, presidente del recién creado dicasterio para la Nueva Evangelización. Tanto Rino Fisichella, como Peter Seewald autor de la entrevista, se quejaban de la excesiva importancia que se había dado a las palabras del Papa sobre el preservativo, olvidando el resto del libro que trata muchos otros asuntos también de actualidad. Un dato curioso, y quizás significativo, es que a la hora de comprar el libro editado por Herder en España, éste se había agotado en pocas horas en todas las librerías religiosas, pero no así en las grandes superficies comerciales. ¿Se debe esto a que los grandes almacenes son más expertos en la venta de bestsellers y tienen una política comercial más eficaz, o a que el tema preocupa (o interesa) sobre todo a los católicos y menos a los no creyentes y alejados?

Mons. Rino Fisichella

                ¿Hay que hablar entonces de un cambio en la doctrina oficial de la Iglesia sobre el uso del preservativo? Yo diría que no se trata de un cambio, sino más bien de una importante aclaración, de la aplicación sin tapujos al ámbito tan delicado de la sexualidad de unos principios que siempre han formado parte de la doctrina moral de la Iglesia y que son de sentido común. Estos principios son el del bien posible, el del mal menor y el de la ley de la gradualidad. Al leer el libro es muy evidente la aplicación ‘magistral’ de estos principios. Por ejemplo, el del bien posible: “Las perspectivas de la Humanae Vitae siguen siendo correctas. Ahora bien, encontrar nuevamente los caminos para poder vivirlas es algo diferente. Creo que siempre habrá núcleos [en algunas traducciones ‘minorías’] que se dejen realmente convencer y llenar interiormente por ellas y que, después, contribuyen a sostener también a otros. Somos pecadores. Pero no deberíamos tomar como instancia contra la verdad el que esa elevada moral no se viva. Deberíamos intentar hacer todo el bien que podamos y sostenernos y soportarnos mutuamente (pp. 155-156; el cursivo es mío). La ley de la gradualidad se aplica de una forma muy elegante en los párrafos más citados del libro sobre este tema, cuando hablando de un “prostituido” se afirma que utilizar el preservativo con la intención de reducir el peligro de contagio puede ser “un primer acto de moralización, un primer tramo de responsabilidad... un primer paso en el camino hacia una sexualidad vivida de forma diferente, hacia una sexualidad más humana” (p. 132). El principio del mal menor tiene su formulación clásica en los escritos de San Alfonso María de Ligorio: “"Es lícito persuadir a uno que haga un mal menor si ya está determinado a cometer un mal mayor. Y la razón es que, quien tal aconseja no pretende un mal sino un bien, es decir, que se elija un mal menor". Y citaba a San Agustín: "Si de todas maneras lo tiene que hacer, mejor que cometa un adulterio que no un homicidio, o mejor una simple fornicación que un adulterio". Este principio lo aplica el Papa cuando afirma, refiriéndose a los servicios que ofrece la Iglesia católica para los enfermos de SIDA: “Y la realidad es que, siempre que alguien lo requiere, se tienen preservativos a disposición. Pero eso no resuelve la cuestión. Deben darse más cosas” (p. 131).
                Aunque es verdad que el contexto de estas palabras d Benedicto XVI es el de las políticas sociales en la lucha contra el SIDA y no el de la moral sexual individual, lo que se afirma en este contexto por lógica debe tener validez general y ser extrapolable a otras situaciones. De ahí que sí creo que a la luz de estas palabras del Papa hay que hablar de una novedad en la perspectiva en la que se aborda el tema de la utilización del condón. Es suficiente comparar estas afirmaciones con otras anteriores para darse cuenta de esta novedad. Por ejemplo, en un libro editado por la Conferencia Episcopal Española en febrero 2002, elaborado por la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida, titulado 100 Cuestiones y respuestas sobre el SIDA, encontramos la siguiente pregunta (la nº 92) y su respuesta: ¿Sería legítimo en este caso [cuando uno de los cónyuges está infectado] el uso del preservativo, que evitaría a la vez los riesgos de contagio al cónyuge sano y de engendrar un hijo enfermo? No. El uso del preservativo, como el de cualquier otro método de contracepción, no es moralmente lícito en ningún caso, por extremo y dramático que éste pueda ser. No es ésta una problemática que se plantee sólo respecto al SIDA: existen otras enfermedades o características hereditarias que llevan a los cónyuges a tener que optar entre la abstinencia de relaciones sexuales o la asunción del riesgo de generar hijos enfermos. En estos casos no varía el juicio moral sobre la contracepción, pues la doctrina moral católica se asienta sobre la verdad objetiva: un acto malo en sí mismo no se convierte en bueno por las circunstancias, aunque éstas sí pueden hacer malo lo objetivamente bueno, o modificar (para bien o para mal) la responsabilidad subjetiva del que lo realiza”. Cuando comparamos estas afirmaciones con las del Papa es inevitable concluir que sí ha habido un cambio global de actitud, aunque los principios fundamentales permanecen los mismos. El que algunos principios morales no se aplicaran antes con tanta claridad, era debido a la delicadeza de la problemática sexual, que a partir de la Humanae vitae y sobre todo de la encíclica Veritatis splendor en su intento de recuperar la objetividad de la moral, llevaba a absolutizar la inseparabilidad física del significativo unitivo y procreativo del acto sexual y el principio moral que nunca se puede hacer directamente un mal aunque sea a fin de bien, y a limitarse a tratar la sexualidad en el ámbito de la relación conyugal, que es el único legítimo, aunque esto significara ignorar la problemática social actual. Toda esto ha creado una cierta incomodidad en algunos obispos, que acosados por los periodistas para que se pronuncien sobre las palabras del Papa, o evitaban contestar, o lo hacían de forma temerosa. Sobre todo si han tenido que defender anteriormente posiciones distintas a las que acaba de sostener el Pontífice.
Peter Seewald
                ¿Que pasará ahora? Creo que prudentemente debemos esperar un documento oficial que implique un ejercicio auténtico del magisterio pontificio. Si todo se queda en estas afirmaciones de un libro-entrevista, se podría hablar de las palabras de un pastor bueno y justo que sabe cuidar de sus ovejas, sobre todo de las débiles y enfermas e ir en busca de la perdida, dando a cada una lo que necesita. Serían las palabras de un buen padre que aplica la ley moral con sabiduría a sus hijos, sabiendo cuando es preciso hacer uso de la epikeia. Este libro-entrevista ha valido como un globo-sonda, probablemente no buscado como tal, que ha mostrado a través de la reacción que ha provocado, tanto en los fieles como en los que no lo son, que los tiempos están maduros para un documento de tal índole que trate unos temas importantes e improcrastinables para la humanidad en su conjunto. Temas que hay que tratar a la luz de una moral sexual aclarada y renovada capaz de afrontarlos, y que son tan urgentes y complejos como el de la lucha contra el SIDA o el de la cuestión demográfica. Es comprensible y justo que la humanidad pida a la Iglesia sobre estos temas que tanto preocupan una doctrina clara y viable, aunque no sea del agrado de la mayoría ni sea favorable a los muchos intereses comerciales implicados, y la Iglesia tiene la obligación de ofrecerla.
                Quedan otras preguntas que ha suscitado este libro-entrevista del Papa. Algunos, por ejemplo, se han preguntado que hubiera pasado si estas mismas palabras las hubiese pronunciado no el Papa, sino otro obispo o cardenal u otra autoridad eclesiástica. No es arriesgado pensar que quizás hubieran creado algo de escándalo y en algunos sectores quizás acusaciones de herejía. Esto puede ser una gran lección para todos los miembros de la Iglesia en una situación como la actual, a veces tan crispada. Tenemos todos que aprender a escuchar, pensar, no juzgar precipitadamente y centrarnos más en lo que se dice que en quien lo dice. Otra cuestión curiosa que valdría la pena profundizar es la forma en que las palabras del Papa han sido interpretadas de muy distintos modos, aunque él mismo haya afirmado que sus palabras no necesitan aclaración.
                De todos modos, desde mi punto de vista como sacerdote, a la espera de un documento oficial, estas palabras de Benedicto XVI dan una gran tranquilidad a la hora de acompañar a las personas que nos son encomendadas en su camino de salvación y de realización humana y cristiana. Al pronunciar estas palabras, el Papa se muestra como un modelo de buen pastor que no huye ante el peligro como haría un mercenario, sino que da la vida por sus ovejas siguiendo al único Pastor, o como un padre sabio que busca el bien de sus hijos y sabe ser fiel a la gran tradición de la Iglesia sin ser insensibles a sus problemas e inquietudes.

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