viernes, 24 de diciembre de 2010

San José y la ‘justicia mayor’

Homilía 19 de diciembre 2010
Domingo IV de Adviento (ciclo A)

Rembrandt: El sueño de José
Hay veces en la vida en que se nos pide una justicia mayor, ir más allá de lo que manda estrictamente la ley, aunque sea la ley de Dios, movidos por el amor y por el deseo de cumplir más plenamente la voluntad del Señor. Es lo que le pasó a San José, según el evangelio de Mateo que se nos proclama este domingo. Se dice de José que era un hombre ‘justo’, lo que para este evangelista es casi sinónimo de santo: José es un fiel observante de la Ley, un cumplidor solícito de la voluntad de Dios. Pero, al enterarse de que María estaba embarazada, la Ley mandaba denunciarla para que fuera apedreada (Deut 22,20-21). Él, en cambio, porque era justo de verdad como subraya el evangelista, de esa 'justicia mayor' de la que hablábamos antes, decide repudiarla en secreto. Es en esta situación, movido a la vez por el amor a María y el deseo de obedecer a Dios, que descubre la voluntad de Dios y el papel que se le ha asignado en la historia de la salvación, es decir, su misión personal. Él, como padre jurídico iba a poner nombre a Jesús y transmitirle los derechos de la descendencia davídica. Muchas veces nos quejamos porque es difícil saber cuál es la voluntad de Dios, qué es lo que Dios quiere de nosotros y esto se acentúa cuando la situación en la que nos encontramos es difícil y no es como la esperamos. San José, bajo cuyo patrocinio muchos ponemos nuestra vida espiritual, non enseña dos actitudes fundamentales que nos hacen receptivos a los mensajes de Dios: la justicia y el amor.

Miguel Ángel (Capilla Sistina): Isaías

El evangelista Mateo cita un texto del profeta de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura de este domingo. El rey Acaz no quiere pedir un signo que el profeta le ofrece, con el argumento aparentemente correcto de que no quiere tentar a Dios. ¡Qué fácil es en cuestiones de religión manipular y falsear las cosas, usando argumentos aparentemente correctos y respetuosos, pero para fines que nada tienen que ver con la mayor gloria de Dios ni el amor a los hombres! Curiosamente, en un sentido inverso, es lo que tiene lugar en una de las tentaciones de Jesús en el desierto, cuando el diablo cita un Salmo de la Escritura sobre como el justo goza de la protección divina y Jesús rechaza poner a prueba a Dios. La historia es testigo de lo fácil que es utilizar mal argumentos religiosos aparentemente correctos. Al rey Acaz el profeta le promete una señal: una doncella que está encinta y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel. El evangelista indica que esta profecía se cumple plenamente con el nacimiento de Jesús. Y se cumple en un doble sentido, al ser Jesús concebido virginalmente y al ser el verdadero Dios-con-nosotros esperado.
En el evangelio de San Mateo se afirma claramente la concepción virginal de Jesús y se cita esta profecía de Isaías como confirmación. Aunque el evangelista hace sobre todo hincapié en la virginidad de María en el momento de concebir a Jesús, la tradición de la Iglesia, partiendo del sentir profundo de los primeros creyentes, llegó en el siglo VII a la fórmula clásica sobre la virginidad perpetua de María: “María virgen antes del parto, en el parto y después del parto”. De todo esto surgen dos tipos de consideraciones que nos interpelan a nosotros hoy. Por un lado, el valor de la virginidad, tan apreciado en los comienzo del cristianismo y hoy tan poco comprendido, cuando no rechazado o ridiculizado. Tanto la virginidad permanente de aquellas personas que consagrándose al Señor como único esposo se hacen ‘eunucos por el Reino de los cielos'. Pero también la virginidad antes del matrimonio, en la vivencia de un noviazgo en el que verdaramente se intenta poner las bases de una sólida unión que dure toda la vida, unión de dos personas que no es sólo corporal, sino que también tiene que ser espiritual. Virginidad que antes de ser física es del corazón; la de un corazón no dividido, del que habla Jesús en esa bienaventuranza sobre ‘los puros de corazón que verán a Dios’.

Fra Angélico: Anunciación

Por otro lado, la concepción virginal de Jesús apunta hacia el misterio mismo de la persona de Jesús. Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Es el Hijo único de Dios encarnado. Al encarnarse en el seno de María, asume de ella su carne, pero Él viene de arriba, es Dios, la iniciativa es suya.
Y esto nos lleva al segundo modo en que el nacimiento de Jesús cumple la profecía de Isaías: Jesús es el verdadero Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Para San Mateo esto está relacionado con la promesa que hace Jesús resucitado a los discípulos al final del evangelio: “Yo estaré con vosotros todo los días hasta el fin del mundo”. Jesús glorificado está presente en su Iglesia, está en medio de ella y camina con ella, como el Arca de la Alianza con el pueblo de Israel. Pero más allá de esto, hablar de Jesús como el Emmanuel, el Dios-con-nostros nos lleva a reflexionar sobre el significado del misterio de la encarnbación para nosotros. Jesus es verdadero Dios y verdadero hombre. Es hombre en todo igual a ti y a mí, en todo excepto en el pecado, lo que no significa que sea menos hombre, sino que lo es más plenamente. Pero por otro lado, es Dios en sentido pleno. ¿Qué significa esto para mi vida y la tuya? Es lo que vamos a celebrar, contemplar e intentar vivir en estas fiestas de Navidad, yendo una y otra vez delante de ese portal de Belén para adorar al Niño-Dios que nos ofrece la Virgen y que cuida San José.

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