miércoles, 26 de enero de 2011

Quién es antes: ¿Dios o yo?

Homilía 23 de enero 2011
3er Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Hay fundamentalmente dos modos de entender y vivir nuestra vida ante Dios, que se reflejan en el gran debate de la modernidad entre autonomía y teonomía. El secularismo de nuestra sociedad nos instiga a vivir nuestra vida según una perspectiva autónoma, como si dependiera sólo de nosotros, sin necesidad de hacer referencia a Dios, prescindiendo de Él o incluso dándole la espalda; a lo mejor, tenemos en cuenta a Dios sólo en momentos puntuales cuando sentimos nuestra indigencia e incapacidad de resolver los problemas por nosotros mismos. Conocemos la célebre frase que el matemático y astrónomo francés Pierre Simon Laplace dijo al emperador Napoleón, cuando éste le preguntó acerca de su obra sobre el ‘sistema del mundo’ en la que no había mencionado ni una sola vez al Creador: “Sire, nunca he necesitado esa hipótesis”. Esta mentalidad, como ha afirmado Benedicto XVI recientemente citando esta misma frase, nos impregna también a nosotros, y no sólo prescindimos de Dios para explicar el mundo y los acontecimientos (cosa que hasta cierto punto es correcta, porque Dios no viene a rellenar los agujeros de nuestro conocimiento), sino que también no lo tenemos en cuenta al vivir nuestra vida, sobre todo cuando tomamos las decisiones más importantes.
                Así decidimos acerca de la carrera, del trabajo, del matrimonio y la familia, de lo que enseño a mis hijos, de qué tipo de hombre y mujer quiero ser, sin tener en cuenta a Dios, poniendo a Dios después de mi ‘yo’ que es el verdadero ‘señor’ de todo. Así, por ejemplo, cuando se pregunta a un miembro de una pareja porque se separó de su cónyuge, la respuesta muchas veces es "porque no era feliz". Hay que afirmar con mucha claridad que ésta no es una forma cristiana de vivir, por mucho que nos llamemos cristianos. Es una forma de vivir de no creyente, de un ateo. El creyente vive su vida como respuesta a una vocación, siendo responsable de ella ante Dios que llama y que tiene un proyecto sobre cada uno de nosotros; es decir, no vivimos para nosotros mismos, sino para Él que murió y resucito por nosotros, como afirma San Pablo. El verdadero creyente es aquel que acepta y vive el ‘Principio y Fundamento’ de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima”. Aceptar y vivir esto implica muchas veces una re-orientación de nuestra vida, cediendo el primer lugar a Dios, significa una conversión, abandonando un modo de vivir mundano para fundar nuestra vida en Dios.
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                De esto nos habla el evangelio de hoy que narra la vocación de los primeros apóstoles. Pasa Jesús por el lago de Galilea y los llama a ser pescadores de hombres. Y ellos, dejándolo todo, trabajo y familia, ‘inmediatamente’ como insiste el evangelista, van en pos de Él. Esto lo pudieron hacer porque estaban interiormente preparados para este momento en el que la Gracia pasó por sus vidas. Vivían queriendo hacer la voluntad de Dios y como tenían los oídos del espíritu bien abiertos a la voz del único Señor, supieron reconocer en la llamada de Jesús la llamada de Dios a ponerse a su servicio. Así también nosotros. Dios nos llama a cada uno de nosotros a ser ‘santos e intachables ante Él por el amor’. A vivir ‘como sus hijos’. A esto nos ha predestinado, como se dice en la Carta a los Efesios. A partir de ahí, nosotros con nuestra inteligencia concretamos esta llamada universal en las opciones que vamos tomando en nuestra vida. Es verdad que a veces también tenemos la experiencia de que el Señor pasa y nos llama a seguirle más de cerca. Son momentos en que crecemos en nuestra intimidad con Él. A algunos nos llama a dejarlo todo, también lo que es bueno y útil, como un trabajo seglar y el matrimonio y la familia, para ponernos totalmente al servicio del Reino, imitándole a Él.

                El Reino es el eje central de toda la vida de Jesús: de sus palabras y de sus obras. Hablaba del Reino en su enseñanza, a través de las parábolas por ejemplo, y con sus milagros mostraba que el Reino ya había empezado con Él. El reino que es el señorío de Dios sobre el mundo y los hombres, el cumplimiento definitivo de Su voluntad, lo que todos deseamos en lo más profundo de nuestro corazón. El comienzo del ministerio de Jesús en Cafarnaún, en Galilea de los gentiles, es visto por el evangelista Mateo como cumplimiento de la profecía de Isaías que  escuchamos en la primera lectura. El ministerio de Jesús trae luz y alegría a un pueblo que camina en tinieblas, encorvado y deprimido. La predicación del Reino por parte de Jesús trae esa luz que todos estamos buscando, nos trae esa alegría que anhelamos. De este anuncio del Reino todos nos hacemos continuadores cuando compartimos con los demás lo que ha significado para nosotros, y algunos dedicamos a ello toda nuestra vida, energía y tiempo. Pero también los niños, como hoy destacamos al celebrar la Jornada de la Infancia Misionera, pueden hacerse anunciadores del Reino y colaborar con su oración, ejemplo y testimonio a la misión de la Iglesia. Algunos padres me han confesado que han empezado a venir a Misa gracias a las palabras y el testimonio de sus hijos.

En la segunda lectura de hoy, de la primera carta de San Pablo a los Corintios, se nos habla de la unidad y las divisiones en la Iglesia. En la comunidad de cristianos que vivían en Corinto, que Pablo mismo había fundado, se empezaron pronto a crear divisiones porque cada uno seguía su maestro. Pablo tiene que recordar a esta comunidad que el fundamento de nuestra fe no es la sabiduría humana de un maestro, sino es la muerte y resurrección del Señor, que los apóstoles anuncian. Así es también para el diálogo ecuménico como nos recuerda la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que estamos celebrando. El fundamento de nuestra unidad es Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, no un maestro o un ideología humana. La falta de unidad en la Iglesia se debe a nuestra debilidad humana, a nuestros personalismos, a nuestro pecado, y es un escándalo para lo que quieren acercarse a la fe. Debemos poner todos los medios para ir superando nuestra desunión, en un camino que no es fácil.
                Pidamos a María, la esclava del Señor, la mujer del sí pleno y sin condiciones a Dios, la mujer que se puso al servicio de su Hijo y del designio divino de salvación, que nos enseñe a vivir nuestra vida como respuesta a la vocación de Dios. Que como Ella sepamos alegrarnos por el anuncio de la cercanía del Reino de Dios y que seamos instrumentos de unidad entre todos los que seguimos a su Hijo.

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