jueves, 10 de febrero de 2011

Lo mejor está por venir


            Hace unos días una gran amiga me hizo llegar el texto de un discurso pronunciado por el P. José María Fernández –Martos S. J., en un acto en la Pontificia Universidad de Comillas. Aborda un tema interesantísimo y que toca muy de cerca no sólo a los que se han jubilado o están a punto de hacerlo, sino también a los que estamos en esa edad ‘de la crisis de los 40’ y notamos como el tiempo de nuestra vida transcurre cada vez más rápido. Al no poder encontrar el discurso en Internet, lo ‘pego’ más abajo para compartirlo con los lectores de mi blog, anteponiendo unas breves consideraciones que me ha suscitado su lectura.

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            Los psicólogos decimos que una de las diferencias importantes entre una persona mayor y un joven, es que la persona mayor mira más hacia el pasado y la joven hacia el futuro. Al pasar de una etapa a la otra, el lamento, el rencor, los reproches por lo que pudo haber sido empiezan a sustituir los sueños e ilusiones porque lo que puede ser. Pero para el cristiano, lo mejor siempre está siempre por venir. El cristiano está llamado a ser eternamente joven en el espíritu porque siempre mira hacia adelante, hacia el encuentro con el Señor, hacia el estar con Él y disfrutar de su presencia para siempre, que, como dice san Pablo, ‘es con mucho lo mejor’. Esta esperanza es la que da sentido a nuestra vida, a nuestra cruz, a nuestro esfuerzo por amar hasta el extremo, a nuestro sacrificio diario en las pequeñas cosas, a nuestra lucha por la justicia. No debemos dejarnos ‘quitar el cielo’, arrebatar este esperanza, perder la perspectiva escatológica, porque nuestra fe entonces ya no tiene sentido y ‘somos los más desgraciados de toda la humanidad’, como dice también el Apóstol.

            Es verdad que la perspectiva de la vejez nos entristece y quizás nos preocupa, pero mantengamos siempre viva esa llama de la fe que es capaz de alumbrar también los momentos más difíciles y duros, sabiendo lo que nos espera, que lo mejor como nos lo ha prometido el Señor 'está por venir', y Él es fiel y cumple sus promesas. Los muy buenos consejos que nos ofrece el P. José María Fernández-Martos pueden ayudarnos a vivir este otoño de la vida, el tiempo entre las cuatro y las seis de la tarde como él dice, con ilusión y esperanza, y ‘dando todavía fruto’. Como el buen ladrón en la cruz junto a Jesús, nunca es tarde para arrepentirnos, cambiar nuestra actitud ante la vida y la muerte y pedir al Señor que se acuerde de nosotros.


SR. RECTOR MAGNÍFICO. EXCMO. Y RVDMO. SR. NUNCIO APOSTÓLICO. R. P. VICE-GRAN CANCILLER. DIGNÍSIMAS AUTORIDADES. PROFESORES Y ALUMNOS. PERSONAL DE ADMINISTRACIÓN Y SERVICIOS. SEÑORAS Y SEÑORES      

Un solo mensaje: lo mejor está por venir, aunque no lo parezca. Así es para los cinco que cumplimos 40 años en la Universidad y los nueve que se jubilan. Nuestras ocupaciones han sido muy variados (Enseñanza, Oficialía, Biblioteca, etc), pero nuestro esfuerzo e ilusión confluía – casi sin saberlo - en la marcha de esta Universidad excelente que proclama y entorcha nuestras canas y excedencias.

                En primer lugar y en nombre de todos nosotros, me permito dar gracias a Dios porque nos dio larga salud para trabajar con ganas hasta regalarnos este acto de hoy. Agradecidos y entorchados. Nuestra hora – entre las seis y las ocho de la tarde del día de la vida - es bella, aunque se sienta ya el temblor y dolor de algunas hojas cayendo. No queda atrás el “meollo de la vida”; ahora nos toca testimoniar no si hay vida después de la muerte, sino si hay vida después de la jubilación.

                En segundo lugar me dirijo a mis compañeros de escapada con sus nombres: Isidora, Javier, Ricardo, Norberto, Carlos, María Rosa, Antonio, Santiago, José Miguel, Mª Dolores, Andrés, Mª Asunción, Rafael María, Mª del Pilar y, el que os habla, José María. Sólo quiero deciros que no es tiempo de aparcar sino de afanarnos en tareas recias y sutiles. Despedidos los “quehaceres”, toca afinar el propio “quehacerse”. Casi sin notarlo se nos ha ido acercando al primer día del resto de nuestra vida. El librillo del papel de fumar de la vida nos muestra una hoja roja que anuncia: “quedan cinco hojas”. El verde de las esperanzas, se torna tierra ocre de esfuerzos y deberes.

                He aquí algunos matices del “quehacerse” otoñal.

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                1. Cambiar frente a estancarse: ¿Cómo crece la langosta? Produciendo caparazones protectores de los que se desprende para crecer. En cada transición queda frágil y vulnerable hasta lograr el nuevo caparazón acomodado al crecimiento. Sin exponerse al cambio y a la vulnerabilidad, no hay crecimiento. La jubilación y la edad adulta imponen deshacerse de caparazones. Adquirir una profesión o un trabajo,  casarse, tener hijos, perder familiares y amigos, lidiar con responsabilidades, lamentar aspiraciones frustradas, reforzaron el caparazón y nos hicieron menos permeables a lo nuevo. Las costumbres y modas de los jóvenes pueden chocarnos y descolocarnos. Esta desazón cultural no se sortea, arrastrando “nuestro hogar transeúnte” como el caracol.  ¡Ojo! Que cuando disminuyen las exigencias y tareas de afuera, no aumenten las manías y rutinas de dentro. Los recortes de la despedida son menos peligrosos que los que nos autoimponemos balanceándonos en la mecedora o aparcando ante el televisor. Nuestros hábitos no son manchas de tigre imposibles de borrar. Si reaccionamos con vigor no miraremos con envidia a otros que inician caminos a los que nosotros dimos la espalda. ¡Abrámonos a lo nuevo, aunque sea con pasos lastrados de incalculable pereza! ¡Rescatemos aficiones menudas que un día sofocamos! ¡Arrostremos tanteos de nuevos aprendizajes! 

                2. Sortear la tristeza; recalar en la esperanza: La sociología nos dice que la probabilidad de tener una depresión es tres veces mayor para nosotros que para nuestros abuelos. ¿Razones? Pérdida de espíritu de lucha, menor tolerancia a la frustración; avidez de evasiones; erosión de la familia, debilitamiento de grandes horizontes del pasado (Dios, nación, familia, deber). Nos toca defender nuestra alegría, como se defienden las trincheras. Alcemos la bandera de una serena alegría. La diversión y la alegría se relacionan como superficie y profundidad. La alegría es profunda, afecta al núcleo de nuestro ser y lo baña por entero, iluminando la vida, tanto en su pasado como en su futuro. Nuestros hijos y nietos nos perdonarán muchas cosas, pero no que seamos tristes. El alegre no quiere volver atrás el reloj del tiempo ni pide con Goethe en el Fausto: “Devolvedme mi juventud”. La vida no es aburrida.

                3. Afrontar y acoger las muertes parciales: la inevitable jubilación, las escaleras que se resisten, unos kilos de más, una artritis penosa, el olvido de los nietos. Cada día susurrará un dato minúsculo y sin importancia. No soñemos con un último tren maravilloso, ni nos aferremos a lo que podamos ceder. Nos toca recogernos en lo profundo para darnos forma en la escucha serena del misterio de las cosas que nos rodean. Es agradecer el crecimiento de los demás cuando nosotros bajamos. Es sentir dentro la satisfacción y dignidad del propio estilo de vida.  Es entrar en nuestra verdad desnuda y en la verdad rocosa de la vida. Sonó la recia hora de llamar a las cosas por su nombre y no a nuestra conveniencia. Nuestro deseo de evitar conflictos no era prudencia. La incapacidad para detenernos no era pasión por la acción. Nuestra avaricia no solo era sacrificarse por la seguridad familiar. Nuestra evitación de la familia no la pedía el trabajo. Despidamos eufemismos. Los hijos pueden desvelarnos, rudamente quizás, alguna verdad molesta del guión de nuestra vida. Quizás descubramos que algunas decisiones que en su tiempo saludamos como liberadoras, nos condujeron a esclavitudes reales.

                4. Pero esta verdad nos la tenemos que decir con bondad. Es tiempo de ser bueno con uno mismo. Aceptarme a mí mismo como soy, pobre ser humano. No es contarme los cuentos que Mark Twain ironizaba, “cuando era joven podía recordar cualquier cosa hubiese ocurrido o no; ahora que me voy haciendo viejo, sólo recuerdo las que no ocurrieron”. Se trata de mirar la propia vida con una mirada más matizada, menos tajante, menos escéptica, y, sin duda, mucho más benévola con el pobre barro humano que somos. Ser bueno es darme tiempo para la contemplación benévola y sorprendida de los placeres y espectáculos menudos que mi apresurada vida me hurtaron: paseo con el nieto, lectura, conversación pausada, escuchar música, cuidar plantas, visitar alamedas junto al río que nos limpien la mirada y enseñen lo que los libros y la prisa nos velaron. Aprendamos de Rilke: “Y cuando sepa mucho, iré a mirar // los animales, simplemente, para que un poco de la gracia de su marcha // entre en mis coyunturas; y tendré breve vida en sus ojos, al tomarme // y soltarme despacio, sin juzgarme” (Rilke, Cincuenta poesías, Ed Ágora, Madrid, 1957, en “Réquiem para una amiga”, p. 57)

                5. Aprovechar la sonora posibilidad de murmurar una palabra nueva. Huarte de San Juan escribió que “en ninguna edad está el cuerpo más flaco que en la vejez, ni el ánima más libre y suelta para obrar conforme a razón”. Mi historia de libertad no ha terminado. Incluso el pobre ladrón pronunció una última palabra que le trasplantó al paraíso. Se nos pasa a la firma la “última forma” que configurará definitivamente nuestro trayecto vital. Quizás el pasado no permita restablecernos del todo ante la historia, pero sí ante la conciencia, ante la familia y ante Dios. La vida biográfica pide ser definitivamente moldeada, no sólo por lo que quisimos o logramos ser, sino por lo que ahora creemos que deberíamos haber sido. Inclinemos la balanza a favor de los impulsos generosos, amplios y sanos. Basta una tonalidad última, quizás hecha de paciencia, de valentía, de tolerancia, de generosidad, de reconciliación, de humor, y el último rayo de la tarde la vestirá de belleza. Una torta de manzana, un abrazo del abuelo son, a veces, recuerdos calientes para siempre. ¡Dejemos atrás los agravios! Pasó el tiempo de competir. Despidámonos, mejorando la vida.  El ave fénix renueva su juventud cuando ya es chamuscada ceniza. Nuestra biografía no está cerrada. Canta D.H. Lawrence: “Cuando el fruto maduro cae, // su dulzura destila y permea las venas de la tierra. // Cuando muere la gente con plenitud, // el aceite esencial de su experiencia entra // a las venas del viviente espacio, y agrega un destello // al átomo, al cuerpo inmortal del caos” ( D. H. Lawrence, Poemas, en “Cuando el fruto maduro cae”, Ed. Argonauta, Barcelona, 1980).

                6. Quizás esa nueva palabra tenga que ver con estrenar alguna manera de amar a los demás. Nos cumplimos, amando, no cumpliendo años. Pocos años, pueden ser muchos, si los invertimos en amar y en ablandar durezas pasadas. Crecer de verdad, es avanzar en el amor. Así se alcanza la edad adulta: “la plenitud de Cristo. Así ya no seremos niños zarandeados y a la deriva… sino auténticos en el amor (Ef 4, 13-15). Al declinar la tarde, al final de la jornada, nos han de examinar: no si es mucha la cosecha, más si salimos a sembrar. Que podamos responder que no todas florecieron, pero sí que las sembramos con amor. El albor del “encanecer” abrirá alboradas nunca imaginadas, claridades convertidas en estrenada ternura, incluso, para aquellos que pensamos que no nos pertenecían…

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                7. Abrirse a la transcendencia. La edad adulta con su disminución de fuerzas, la futilidad de lo que en otro tiempo entusiasmó, los logros y fracasos, interroga siempre sobre un algo, como decía Paracelso, “por encima de la naturaleza”. En los atardeceres se abren paso preguntas entre los ídolos caídos de antaño. ¿Mira que si es verdad lo de Jorge Manrique?: “este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar“.Es un Alguien con mayúscula que me invita a un abandono confiado, a pasar de la nostalgia a la alabanza, de la soledad que endurece al diálogo que abre. Sin esperanza esta edad puede ser muy dura, pero si se aguza el oído podremos oír una llamada discreta del que nos regaló la existencia: “Hasta la vejez yo seré el mismo; hasta las canas yo os sostendré y os liberaré” (Is 46, 4), dice Dios. “No, mi corazón no duerme.// Está despierto, despierto. // Ni duerme, ni sueña; mira, // los claros ojos abiertos, // Señas lejanas y escucha // a orillas del gran silencio”, cantaba Antonio Machado. Hechos para el encuentro, delante nos espera el mejor y más grande de los abrazos.

                Ah! y a los más jóvenes que nos acompañáis no olvidéis que la calidad del otoño se prepara en primavera: “Acuérdate de tu Hacedor durante tu juventud, antes de que lleguen los días aciagos” (Eclº 12, 1). Muchas gracias por su atención.  

P. José María Fernández-Martos S.J.

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