lunes, 29 de agosto de 2011

De piedra fundamento a piedra de tropiezo

Homilía 28 de agosto 2011
XXII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
Memoria de San Agustín


Estatua de S. Pedro en la Basílica del Vaticano

                En poco tiempo el apóstol Pedro pasa de ser designado por Jesús como la piedra sobre la que edificará la Iglesia a ser llamado piedra de tropiezo. Lo que media entre una afirmación y otra es el misterio del dolor y el camino de la cruz. Inicialmente, Simón, hijo de Jonás, había tomado la palabra entre los discípulos para contestar a la pregunta del Maestro y había profesado su fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios; fe que es fruto de una revelación divina y no del esfuerzo intelectual humano. A esta confesión de fe sigue el cambio de nombre del apóstol a ‘Pedro’, signo de su función en la nueva asamblea de creyentes, de ser piedra sobre la que se edifica la comunidad, con la autoridad para ‘atar y desatar’, junto al poder de las llaves del nuevo templo de Dios. Pedro tendrá la autoridad doctrinal para decidir lo que es conforme con la doctrina del Maestro y el poder para incluir y excluir de la comunidad. Acto seguido Jesús empieza a hablar de su destino de sufrimiento y de cruz y Pedro reacciona increpando al Maestro: “Eso no puede pasarte”. El apóstol no puede aceptar que el designio de Dios prevea la ignominia, el sufrimiento y el fracaso para su elegido. Él piensa ‘como los hombres y no como Dios’, y por eso se convierte para Jesús en una concreción de Satanás, el Tentador por antonomasia que quiere alejar a los hombres de la fidelidad a Dios. Se vuelve skandalón, palabra griega que indica una piedra que obstaculiza el camino.
                Tenemos todos que tener muy claro que Dios no quiere e sufrimiento de nadie, ni el de Jesús, ni el nuestro. Sin embargo, ser fieles a Dios en un mundo como el nuestro marcado por el pecado y el rechazo de Dios, amar de verdad al hermano, luchar por la justicia y por el bien de los demás, construir el reino de Dios, implica siempre dolor, persecución y cruz. Rechazar esta cruz implica ser infieles a Dios, huir de la propia misión en la vida, buscar atajos que no llevan a ninguna parte.
                De este misterio del dolor y de la cruz presente en la vida de todo siervo de Dios nos hablan las tres lecturas de este domingo, no sólo el evangelio. En la primera lectura, una de las páginas espiritualmente más intensas del Antiguo Testamento, se nos revela la experiencia interior de Jeremías, seducido por el Señor, que se queja por las persecuciones que sufre por ser profeta, de haberse vuelto el hazmerreír y ser objeto de burlas, pero al mismo tiempo reconoce que aunque quiera escaquearse de su misión no puede, hay un fuego ardiente en sus entrañas que no puede contener y que lo lleva a anunciar la dura palabra de condena y amenaza de Dios que el pueblo no quiere oír.
                San Pablo, en la segunda lectura, nos exhorta con la autoridad que tiene como apóstol a que, teniendo presente las misericordias de Dios para con nosotros, ofrezcamos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Es este el nuevo culto cristiano que sustituye a los sacrificios que se ofrecían en el templo y que se fundamenta en el sacrificio único del Señor en la cruz que se renueva en la Eucaristía. Ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio es otra forma de decir lo mismo que apunta Jesús en el evangelio de hoy cuando habla de negarse a sí mismo, de cargar con la cruz y de perder la vida por Él. Significa poner en primer lugar la voluntad de Dios y el amor a los demás, como hizo Jesús. Este es nuestro culto razonable, espiritual, conforme a la revelación que Jesús ha hecho de Dios.
                Pero para llevar a cabo esto tenemos que no dejarnos amoldar a este mundo; tenemos que renovar nuestra mente para pensar como Dios y no como los hombres. El mundo, los hombres, el Tentador, siempre nos instigarán a que rechacemos la cruz y el sufrimiento. A veces, hasta las mismas personas que nos quieren más, por un amor mal entendido, como Pedro con Jesús, nos increparán por querer seguir el camino de la cruz y nos tentarán a que seamos infieles a Dios. Esto pasa con frecuencia en muchas circunstancias de la vida. Un ejemplo claro es el matrimonio, cuando un familiar aconseja con ligereza el divorcio a unos esposos que están pasando por un momento de crisis, mientras que lo que realmente pide la situación es un crecimiento en el amor para asumir la cruz que siempre está presente cuando se quiere a alguien de verdad.
San Agustín pintado por Caravaggio
                El salmista canta que su alma está sedienta de Dios como tierra reseca, agostada, sin agua; por Dios madruga. Jeremías en la primar lectura nos habla de Dios que forcejea con él y al final lo vence y seduce. Hoy hacemos memoria de un gran santo, padre y doctor de la Iglesia, que experimentó con mucha intensidad todo esto y que descubrió y enseñó que sólo en Dios podemos encontrar nuestro reposo porque estamos hecho por Él y para Él y, aún sin saberlo, lo estamos siempre buscando, aunque muchas veces en lugares equivocados. También nosotros como San Agustín, el salmista y Jeremías sentimos sed de Dios y experimentamos que Él vence nuestras resistencias, aunque a veces sus palabras sean duras, sobre todo cuando nos habla de cruz y sufrimiento. Pero sabemos que sólo Él tiene palabras de vida eterna, palabras que encienden en nuestras entrañas un fuego ardiente que no podemos contener.

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