jueves, 18 de agosto de 2011

La oración que cambia los planes de Dios


Homilía 14 de agosto 2011
XX Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
Vigilia de la Asunción de la Virgen María
 
Puerta del Paraíso - Baptisterio de Florencia 
                En la Sagrada Escritura encontramos varias ocasiones en las que la oración y la penitencia hace que Dios modifique sus planes, se “arrepienta” de lo había pensado hacer. Así cuando Abraham intercede a favor de Sodoma y salva a Lot y su familia (Gn 18,16s); o cuando lo ninivitas escuchan la predicación de Jonás y se convierten: “vio Dios su comportamiento, como habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó” (Jonás 3, 10). También en el desierto, camino de la tierra prometida, cuando el pueblo se volvió idolatra y construyó un becerro de oro para adorarlo como su dios. El Señor había decidido acabar con ellos y se lo dice a Moisés: “Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo” (Ex 32, 10). Pero Moisés, en la montaña, intercede por su pueblo y Dios cambia sus planes: “Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (Ex 32, 14).
Detalle de la puerta
Moisés recibe las tablas de la Ley
                Desde un punto de vista estrictamente filosófico estas afirmaciones de la Escritura nos pueden parecer antropomórficas, es decir, una indebida aplicación a Dios de cualidades humanas. Si Dios es Dios, el omnisciente, el eterno, no puede cambiar de parecer, “no es hombre que dice y se arrepiente”, como también afirma la Biblia (cfr. Nn 23, 19). Sin embargo, desde un punto de vista existencial sí entendemos lo que estas afirmaciones quieren decir y tenemos además experiencia de ello. La oración humilde e insistente, hecha con fe, llega hasta el corazón de Dios y hace que el rumbo de los acontecimientos, visto desde nuestra perspectiva, cambie. Esto es lo que experimentamos. Es verdad, después podemos — y algunos debemos — seguir reflexionado y quizás decir que Dios había previsto la oración del justo y de este modo hacer compatible lo que experimentamos con la posterior reflexión filosófica. Pero lo más cercano a nosotros, nuestra experiencia inmediata, es el poder que tiene la oración, que es capaz de influir realmente en lo que nos pasa a nosotros y a nuestros seres queridos.
                Es también este el mensaje central del pasaje evangélico que la Iglesia nos brinda este domingo. Jesús, cuyo ‘pan era hacer la voluntad del Padre’, sabía que su misión iba dirigida primeramente a los hijos de Israel, al pueblo elegido. Así, cuando una mujer cananea sale a su encuentro y le pide que tenga compasión de ella y los discípulos insisten en que le haga caso para que dejara de importunar, Él contesta: “Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Ante la insistencia de la mujer es aún más contundente: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. Frase que nos choca en labios de Jesús por su dureza, aunque es menos de lo que parece si tenemos en cuenta que ‘perro’ era la expresión que usaban los judíos para referirse a los que no lo eran y que el Señor utiliza el diminutivo ‘perritos’, que es más cariñoso. Pero la mujer no se rinde, sigue insistiendo, no se siente ofendida, con mucha astucia, como hace Moisés en la montaña, torna las mismas palabras del Señor a su favor. Jesús queda impresionado de la fe de esta mujer. Sólo de esta mujer, una cananea, se dice en el evangelio de san Mateo que su fe es ‘grande’.
Muerte de la Virgen (Caravaggio, 1606)
                Toda una enseñanza para nosotros. Cuando un ser querido está en dificultad, ‘tiene un demonio muy malo’, o cuando nos sentimos con el ‘agua al cuello’, cuando parece que está todo decidido y que el rumbo de los acontecimientos va imparablemente hacia un determinado desenlace, es el momento de rezar, de rezar con fe, determinación, insistencia y perseverancia, sin desanimarnos, y experimentaremos como el Señor escucha la oración del pobre che confía en Él.

                Mañana celebramos la fiesta solemne de la Asunción de María. Ella es modelo de creyente y de orante. Desde el cielo, donde está en presencia de Dios con todo su ser, en cuerpo y alma, al haberse ya realizado plenamente en ella la redención, ‘porque no era conveniente que el cuerpo en cuyo seno se hizo hombre el Hijo de Dios conociera la corrupción del sepulcro’, intercede por cada uno de nosotros, con una intercesión más poderosa que la de Abrahán y Moisés. A ella nos encomendamos y de ella queremos aprender la confianza y la oración de los pobres que llega al corazón de Dios y hace que se ponga de nuestra parte.

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