martes, 9 de agosto de 2011

Orar en contacto con la naturaleza

Homilía 7 de agosto 2011
XIX Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

delejucartagena.es
En verano solemos tener más tener ocasiones para estar en contacto con la naturaleza, saliendo de la ciudad y yendo al campo, a la playa, a la montaña... Y nos damos cuenta de lo importante que es esto y de como lo necesitamos para volver a encontrar esa armonía con lo que nos rodea, armonía que durante el curso muchas veces perdemos por las preocupaciones y las prisas. También es más fácil encontrar momentos para estar a solas y en silencio y ponernos en contacto no sólo con la naturaleza, sino también con Dios, sintiendo su cercanía y presencia. Y nos damos también cuenta de lo fundamental que es esto y de la necesidad que tenemos de volver a ponernos en sintonía con Dios, que en el fondo es lo que hace que estemos en sintonía con todo lo demás, con nosotros mismos, nuestra historia y sufrimientos, con los otros, sobre todo los más cercanos, y con el cosmos. Son también las preocupaciones, las prisas, los pensamientos disfuncionales que nos asaltan, las emociones que no controlamos, nuestras conductas con las que hacemos daño a nosotros y a los demás, lo que hace que perdamos esa sintonía con Dios. Sin embargo, cuando tenemos una vida espiritual más o menos intensa, sentimos de vez en cuando la necesidad de alejarnos de todo y hacer silencio exterior e interior, yendo a un sitio donde sintamos con fuerza la presencia de Dios, para volver a ponernos en comunión con Él y gustar de su amor y amistad.
Muchas veces en los evangelios se nos cuenta que Jesús en distintos momentos del día, especialmente de madrugada y de noche, se aparta de la gente y de sus discípulos y se va a un lugar solitario para orar. Así lo vemos en el evangelio de hoy. Inmediatamente después de haber realizado el milagro de la multiplicación de los panes y peces, apremia, obliga, a sus discípulos a subir a la barca e ir a la otra orilla, mientras Él despide a la gente. Una vez hecho esto, sube al monte solo para rezar. Jesús, en su humanidad, es para nosotros un modelo. Aplicando la doctrina escolástica de la causalidad, decimos que el Señor es causa eficiente de la salvación, pero también causa ejemplar. Es decir, el Señor con su vida, su enseñanza, su muerte y resurrección es causa de nuestra salvación, nos procura la salvación, pero también es modelo para nosotros. Y en lo que se refiere a la oración es un gran ejemplo. En los momentos importantes de su vida reza; así en el bautismo, antes de elegir a los Doce, antes de enseñar el Padrenuestro, en la transfiguración, en el Getsemaní, en la cruz... Reza por sus verdugos, por sus discípulos, por Pedro, por los que le seguirán, por Él mismo. Seguro que rezaba también por cada uno de nosotros y ciertamente lo sigue haciendo como sumo y eterno sacerdote. A lo largo de su vida en la tierra estaba contantemente en comunicación con su Padre al que se dirige llamándole ‘Abbá’, y enseña a sus discípulos a hacer lo mismo; incluso nos enseñó una oración que es resumen de toda su doctrina y de lo que Él pedía a Dios en sus largos ratos de oración.
Sombra del Monte Sinaí al amanecer
En la oración podemos llegar a sentir la presencia de Dios, su paso por nuestra vida. Elías, en el monte Horeb, al oír una brisa tenue, se tapa el rostro porque siente la presencia de Dios que le habla en el silencio. No estaba el Señor en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego, como otras veces había estado, sino en una brisa tenue. Este encuentro con el Señor dará al profeta Elías nuevas fuerza para seguir con su misión de la que había huido por miedo al ser amenazado de muerte. El encuentro con el Señor en la oración nos cambia, nos da nuevas fuerzas.
A veces en la oración podemos llegar a pedir cosas que van más allá de lo aparentemente razonable. Así san Pablo en la segunda lectura dice querer él mismo ser separado de Cristo, ser un proscrito, por el bien de sus hermanos, los de su raza según la carne, los judíos que como pueblo habían rechazado al Salvador. La oración es un ámbito íntimo de plena libertad, donde abrimos totalmente nuestro corazón a Dios que nos conoce mejor que nosotros mismos, sin miedos y sin pudor, y Él sabe interpretar mejor que nadie nuestras súplicas y concedernos lo que es bueno para nosotros y para nuestros seres queridos.
Muchas veces rezamos en momentos de apuro, como Pedro que se hundía en el mar. Con su amor pasional y su impulsividad, había pedido al Señor andar él también sobre las aguas y el Señor se lo había concedido, pero el fuerte viento hizo que sintiera miedo y dudara y que comenzara a hundirse. Empezó entonces a gritar: ¡Señor, sálvame’. ¡Qué oración tan breve pero tan completa! ¡Señor, sálvame! Con cierta frecuencia podemos encontrarnos en una situación parecida a la de Pedro. Quizás con mucho entusiasmo habíamos emprendido una vida de compromiso cristiano, pero el fuerte oleaje del mundo que nos rodea y zarandea, ha hecho que sintamos miedo, que dudemos y que empecemos a hundirnos. En la Sagrada Escritura el mar es signo de vida, pero también de muerte. Cuando nos sentimos así, zarandeados, abandonado por Dios, miedosos, con el agua al cuello, es el momento de orar, de gritar ‘Señor, sálvame’, y experimentaremos como el Señor extiende su mano poderosa, nos agarra y nos saca de la muerte.
Aprovechemos, hermanos, este tiempo de verano para ‘sintonizar con Dios’. Encontremos momentos, aunque sean pocos, para apartarnos de todo lo demás, hacer silencio, ponernos en presencia de Dios y hablar íntimamente con Él. Busquemos su presencia en la naturaleza, obra de sus manos. Quizás en el monte o en el mar, en el silencio, oigamos esa tenue brisa de su paso. Así experimentaremos su salvación, como nos agarra con su mano y no saca de nuestras muertes, de nuestras dudas y nuestros miedos, y nos renueva para seguir con nuestra misión en la vida.

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