martes, 2 de agosto de 2011

Pan y palabra, palabra y pan

Homilía 31 de julio 2011
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
San Ignacio de Loyola

Niño de Somalia
                Es difícil leer el evangelio de hoy sin relacionarlo con la situación de hambruna tan dramática de los países del Cuerno de África, situación que es de verdadera emergencia humanitaria, en la que muchas adultos y niños están a punto de morir. Las imágenes de estos niños tan demacrados, con la piel pegada a los huesos y los ojos tan grandes y suplicantes, que quizás quisiéramos no ver, nos impactan, entristecen y avergüenzan, aunque ya hemos sido en parte desensibilizados a ellas. Estás imágenes nos llegan junto con la voz de alarma de organismos internacionales, Organizaciones no Gubernamentales y muchos misioneros que nos cuentan lo que están haciendo con los pocos recursos que tienen. También el Papa hoy, en el rezo del Ángelus desde Castel Gandolfo, haciendo referencia a este pasaje evangélico, decía que ‘está prohibido quedarse indiferente ante la tragedia de los hambrientos y los sedientos’.
                En el evangelio que se nos ha proclamado, Jesús, una vez que se entera de la muerte de Juan el Bautista, se retira en barca a un ‘sitio tranquilo y apartado’. La muerte de Juan marca una nueva etapa en la vida del Señor: ahora siente más cercana su misma muerte y empieza a dedicar más tiempo a instruir a sus discípulos. Pero la gente lo sigue por tierra desde los pueblos. Este buscar a Jesús, seguirlo, llegar donde está él, es como una oración silenciosa, un grito sin palabras, una súplica. Y así lo entiende Jesús. Él ve el gentío, siente lástima y cura a los enfermos. Ve, siente lástima y cura, como hizo Dios con el pueblo de Israel que era esclavo en Egipto: se fija en la aflicción de su pueblo, siente compasión y libera a los suyos en la primera Pascua, anticipo de la Pascua definitiva de Jesús que hacemos presente en cada Eucaristía.
                Pero atardece y los discípulos dicen prudentemente al Maestro que despida a la multitud para que busquen comida. La respuesta de Jesús es sorprendente: “dadles vosotros de comer”. Estas palabras que el Señor dirige a sus discípulos las sigue dirigiendo hoy a nosotros: “dadles vosotros de comer”. Así las tenemos que entender y así las han entendido los grandes santos, algunos al pié de la letra.
                Pero los discípulos tienen demasiado poco para poder dar de comer a tantos, tienen sólo cinco panes y dos peces, que quizás justo les bastaría a ellos para alimentarse. No importa; Jesús les pide lo poco que tienen y con ello alimenta a la multitud, y aún sobra. Este es el gran milagro: basta compartir lo poco que tengamos y el Señor hace el resto. Pero tenemos que aprender a compartir...
                Sin embargo, también es verdad que ‘no sólo de pan vive el hombre’. Las demás lecturas de este domingo nos lo quieren recordar. Así el gran himno al amor de Dios, fundamento de nuestra esperanza, que concluye el capítulo ocho de la Carta a los Romanos. Dice Pablo entusiasta, después de haber descrito la nueva vida del cristiano, que nada nos puede separar del amor de Dios revelado en Cristo Jesús; nada, ninguna criatura, ningún acontecimiento por doloroso que sea, ninguna potencia que no conocemos; sólo nuestra libertad que Él respeta nos puede separar del amor de Dios. Esta buena noticia del amor infalible de Dios también necesitamos que nos la proclamen y es la que de verdad nos hace felices. Y así también la primera lectura de Isaías nos dice que ‘no gastemos el dinero en lo que no alimenta, ni el salario en lo que no da hartura”. Lo único que llena nuestro corazón, nos alimenta y nos sacia es Dios.
                Pero las dos cosas van juntas, el pan y la palabra. A veces se discute si viene antes la palabra, la tarea de santificación personal, el esfuerzo espiritual de cada uno, o si primero es el pan, la lucha por la justicia, el cambiar las estructuras injustas, el compromiso social. Aunque según las circunstancias haya que priorizar una u otra dimensión de la acción eclesial, las dos tienen que ir juntas. Y quizás hoy, a la luz de la tragedia de Somalia y los países vecinos, tenemos que volver a tomar más en serio nuestro esfuerzo por construir un mundo mejor y más justo. Y todos podemos hacer algo. Desde ayudar con la oración y el sacrificio personal, con nuestra aportación económica por pequeña que sea — nuestros ‘cinco panes y dos peces’ —, hasta decidirnos por llevar una vida más austera y menos consumista y, según la responsabilidad que tengamos, emprendiendo acciones en el ámbito social y político. Este aspecto de la vida cristiana que quizás por algunos excesos después del Concilio Vaticano II se había relegado, tenemos que retomarlo con fuerza. De hecho, el milagro de Jesús de la multiplicación de los panes, como dicen los exegetas, no es sólo un signo de su poder sobre la naturaleza, ni tampoco sólo un signo moral de la bendición del compartir, sino también es un signo social de que Dios hace justica a los oprimidos. En este milagro Jesús da de comer a una buena proporción de la población judía — algunos dicen el 10% — de la Palestina de entonces.
San Ignacio de Loyola
                El milagro de la multiplicación de los panes se ha leído desde siempre en relación también con la Eucaristía, que es a la vez palabra y pan, alimento espiritual y temporal. Concluimos esta reflexión hoy que es la fiesta de San Ignacio de Loyola, recordando y rezando una oración suya con un fuerte sabor eucarístico:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos de alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

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