miércoles, 11 de enero de 2012

El Bautismo del Señor y el nuestro

Homilía 8 de enero 2012
Fiesta del Bautismo del Señor

                Cuando nosotros pensamos en nuestra vida y hacemos un recorrido mental por sus años, nos damos cuenta que hay momentos que sobresalen sobre los demás, momentos de cambio en los que hemos tomado una decisión, en los que hemos hecho una opción fundamental o nos ha venido impuesta desde fuera, momentos en los que nuestra vida ha tomado un determinado rumbo que la ha marcado hasta hoy. Puede ser el momento en que hemos ido a vivir en un determinado lugar, que hemos elegido la carrera, en que nos hemos casado, en que hemos empezado a trabajar, en que hemos tenido un hijo... A veces son acontecimientos más tristes los que encauzan nuestra vida: la muerte de un ser querido, un despido, una desilusión de amor...
Bautismo de Jesús (Rupnik -Centro Aletti)
Sacristía de la Catedral de la Almudena - Madrid
                Algo así es lo que significó para Jesús el bautismo que recibió de manos de Juan en el Jordán. Marcó un antes y un después en su vida; señaló el comienzo de su vida pública, su revelación como el ungido por el Espíritu que viene a ‘traer el derecho a la naciones’, a proclamar la buena nueva a los pobres, ‘a abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas’. En su bautismo se oyó una voz del cielo que lo proclama Hijo amado, predilecto, en quien Dios se complace. Más aún, el bautismo de Jesús indica también el modo de su vida, la forma en que llevará a cabo su misión, por eso es su inauguración, su preludio, una anticipación de su pasión y resurrección. El Señor baja a las aguas del Jordán, símbolo de muerte, uniéndose a los pecadores que se hacían bautizar por Juan, como si fuera uno más, solidarizándose con ellos y por tanto con todos nosotros. El cumple lo que anunciaban las Escrituras del Siervo de Yahvé, que ha venido ‘para servir y no para ser servido’, para ‘tomar el pecado de muchos’ (Is 53, 12). Pero Jesús sale también del agua, y se abren los cielos, y baja sobre Él el Espíritu, y es proclamado Hijo amado, predilecto, anticipando la victoria de su resurrección.
El bautismo del Señor tiene tanta importancia en su vida y en la predicación apostólica que en los comienzos se narra la buena noticia de Jesús partiendo de este acontecimiento, como hemos constatado en la segunda lectura que nos presenta la predicación de Pedro en casa del pagano Cornelio: “conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él” (Hch 10, 37-38). También cuando fue el momento de sustituir a Judas para completar el grupo de los Doce, el requisito que se exigía a los posibles candidatos era que hubiesen acompañado a los apóstoles ‘desde el bautismo de Juan hasta el día que nos fue quitado y llevado al cielo’ (Hch 1, 22).

Río Jordán
Jesús no necesitaba recibir el bautismo de Juan: era sin pecado y era Él el que inauguraba el reino de Dios al que ese bautismo de agua preparaba. Sin embargo, lo recibió; según los Padres, no para ser Él santificado, sino para santificar Él las aguas de todos los bautisterios del mundo, de todas las pilas bautismales; ‘para que el agua tuviera desde entonces poder de santificar’. Por eso el bautismo del Señor es inauguración y fundamento del nuestro. Esta fiesta que hoy celebramos del bautismo del Señor es un momento oportuno para reflexionar y renovar nuestro propio bautismo.

En nuestro bautismo, salvando las distancias, se repitió para cada uno de nosotros lo que aconteció en el bautismo de Jesús. Se rasgaron los cielos y se abrió para nosotros el paraíso cerrado por el pecado de Adán. La voz del Padre nos declaró hijos amados, predilectos, en quienes Él se complace. En nuestro bautismo, sacramental pero realmente, hemos sino unidos a la muerte y resurrección de Cristo y hemos salido del agua como nuevas criaturas para formar parte del nuevo Israel.

Cuando se recibe el bautismo siendo adultos, este sacramento se vuelve uno de aquellos momentos de los que hablábamos antes, que marcan un antes y un después en la vida. Uno se prepara para recibirlo por medio de un proceso largo y exigente llamado catecumenado para empezar realmente a caminar en una vida nueva una vez recibido el sacramento. Sin embargo, la mayoría de nosotros hemos recibido el bautismo siendo niños. Fueron nuestros padres los que, queriendo darnos lo mejor, nos llevaron a la pila bautismal y fueron también ellos, junto con los padrinos, los que se comprometieron públicamente a educarnos en la fe para que el sacramento pudiera dar mucho fruto en nuestra vida. Se lo agradecemos porque así cumplieron con una tradición antiquísima de bautizar a los niños para que participaran de la vida de la gracia cuanto antes. Pero al hacernos adultos debemos hacer nuestro el bautismo que recibimos, renovarlo, confirmarlo con nuestra libre decisión.

Renovando el bautismo a orillas
del río Jordán
Renovar el bautismo tiene dos aspectos. Por un lado, reconocer y agradecer lo que Dios hace por nosotros gratuitamente, sin mérito por nuestro parte. Nos abre el paraíso, nos da su gracia, el Espíritu, y nos declara sus hijos muy amados, sus predilectos. Por otro lado, está nuestra colaboración con la acción de Dios, nuestra adhesión. Esto significa decidirnos por la vida de Jesús, rechazando el pecado, dejándolo sumergido en las aguas, y vivir una vida nueva, una vida según el ejemplo de Jesús, una vida de servicio, de entrega, de amor, de cruz.

En distintos momentos se nos invita a renovar nuestro bautismo de modo que el sacramento que hemos recibido vaya marcando cada vez más un antes y un después en nuestra vida, quizás no cronológico pero sí existencial. Así renovamos el bautismo cuando nos confesamos, sacramento que es como como un segundo bautismo en el que se nos perdonan lo pecados cometidos después del primero. También renovamos nuestras promesas bautismales la noche de Pascua, después del camino cuaresmal que es como un nuevo catecumenado. Cuando peregrinamos a Tierra Santa uno de los momentos más destacados es el recuerdo que se hace del bautismo a orillas del río Jordán. Cuando un familiar recibe el sacramento y nos hace el honor de elegirnos como padrinos también renovamos nuestros compromisos. También hoy, fiesta del bautismo del Señor, es un buen momento para hacerlo.

¡Que el bautismo que hemos recibido y que hoy renovamos marque realmente un antes y un después en nuestra vida!

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