martes, 24 de abril de 2012

La materialidad de las apariciones del Resucitado



Homilía 22 de abril 2012
Tercer domingo de Pascua

Materia oscura
Fuente de la imagen: newscientist.com 
            Mucho se ha hablado, discutido, y estudiado acerca de las apariciones del resucitado. Desde el punto de vista teológico tenemos que decir que son experiencias únicas e irrepetibles que tuvieron los discípulos, experiencias en las que se abre paso una realidad nueva e ‘inédita’, la realidad de la vida gloriosa de la resurrección; son experiencias ligadas indisolublemente a Jesucristo crucificado y experiencias cualitativamente distintas de las experiencias posteriores que han tenido algunos místicos, como santa Teresa de Jesús. Lo más importante es que eran experiencias reales, objetivas, de algo externo a la conciencia de los discípulos, algo material y palpable – “palpadme”, dice el Señor en el evangelio de hoy- , por tanto históricas. No son alucinaciones, ni experiencias solamente subjetivas.

            Digo esto porque hay una tendencia en algunos estudiosos también católicos a considerar las apariciones del resucitado como experiencias subjetivas, y por tanto ‘no históricas’ en el sentido que se suele dar a esta palabra. Sin embargo, esto no sólo va contra la enseñanza oficial de la Iglesia, sino también contra la misma literalidad de los textos bíblicos. Es verdad que no hay que interpretar los relatos de las apariciones de forma estrictamente literal, y también es verdad que entre los distintos relatos hay muchas diferencias y también contradicciones, pero esto se debe a que hacen referencia a una realidad totalmente nueva, no mundana, no de este mundo. Sin embargo, los relatos sí insisten en la objetividad de estos encuentros con Jesús, como podemos constatar en el evangelio de hoy.

José Antono Marina
            Un ejemplo de un pensador conocido e influyente en nuestra cultura española contemporánea que considera las apariciones como experiencias subjetivas de los discípulos parecidas a otras experiencias de algunos místicos, y por tanto no clasificables como hechos históricos, es José Antonio Marina. Hace algunos años – en el 2005 - escribió un libro interesante con el título Por qué soy cristiano, en el que propone una visión bastante personal del cristianismo. Uno de los ejes de su propuesta es lo que afirma de las apariciones. Dice lo siguiente:

Hace muchos años, me impresionó leer las voluminosas obras de un fraile dominico holandés, Edward Schillebeecks, porque centraba con claridad el problema. Si su maestro había fracasado, ¿por qué volvieron a reunirse los discípulos? La respuesta que da es: “Porque tuvieron una profundísima experiencia que les hizo sentirse salvados, perdonados, experiencia que relacionaron con la figura del ajusticiado”. Este texto me hizo comprender que el cristianismo entero no tenía su fundamento vital en los hechos históricos, sino en la experiencia de unos hombres, que la contaron a su manera... No sé en qué pudo consistir esa experiencia, pero la contaron como si hubieran tenido la certeza de que Jesús permanecía vivo y actuante en ellos... Por eso, la fe en Jesús es –desde el punto de vista psicológico –fe en la experiencia contada por los discípulos.
           
(José Antonio Marina, Por qué soy cristiano, Anagrama, 2005; pp. 39-40)

            Por tanto, para Marina y para otros muchos el ‘fundamento vital’ del cristianismo no son hechos históricos sino experiencias subjetivas que después cada uno contó a su manera. Sin embargo, si consideramos atentamente los textos vemos que esto no es así. Se describe una experiencia sí peculiar, pero muy real y objetiva. En el evangelio de hoy, por ejemplo, se insiste en que no se trata de un fantasma, Jesús quiere que le toquen, come con ellos. Estas experiencias eran tan evidentes, tan indiscutibles, tan diríamos hoy auto-validantes, que llevaron a un cambio radical en los discípulos, haciéndoles testigos valientes de lo que vieron, hasta dar la vida por ello.

Casa del Libro
            Aunque puede parecer que esta homilía es demasiado teológica, lo que estoy diciendo es algo fundamental para nuestra fe y nuestra forma de vivirla. Nuestra fe tiene una dimensión conductual - implica un modo de comportarse -, una dimensión sentimental o emocional y una dimensión racional. A veces cultivamos sólo la dimensión emocional y apelamos solo a ella en las homilías, y esto es un grave error, porque es la dimensión racional la que permite evitar errores, nos distingue de las sectas, y nos ayuda a ‘dar razón de nuestra esperanza’, también a los más cercanos, a nuestro hijos y compañeros de trabajo que muchas veces escuchan o leen ideas parciales de nuestra fe. Contra un excesivo sentimentalismo nos pone en guardia también Marina en el mismo libro que estamos comentando, cuando dice que es necesario aclarar lo que significa ser cristiano, y si ser cristiano significa “emocionarse con la romería de la Virgen del Rocío” que no contemos con él. Evidentemente, ser cristiano puede significar emocionarse con la Virgen de Rocío, pero también implica comportarse de un determinado modo y creer algunas cosas que son razonables, que hemos sometido al escrutinio de la razón crítica.

            Digo que es fundamental lo que estamos comentando aquí porque es muy distinto que nuestra fe se fundamente en hechos históricos o en experiencias subjetivas de los primeros discípulos. En este segundo caso, nuestra religión no pasaría de ser una opinión, una creencia ente otras, algo subjetivo y no verificable, algo que cae en el ámbito de la interioridad de las personas. Si, en cambio, nuestra fe se basa en un hecho real, histórico, objetivo, material, aunque también trascedente, cosa en la que insisten los textos bíblicos, ponemos a fundamento de nuestra vida y nuestra fe la roca de un acontecimiento que ha tenido lugar en la historia humana y la ha cambiado. En resumen, nosotros no creemos en una experiencia interior que tuvieron los apóstoles, sino en un hecho real del que ellos fueron testigos.

            El texto del evangelio de hoy es muy claro en esto. El Señor resucitado muestra sus manos y pies, dice “palpadme y daos cuenta que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”, hasta come delante de ellos un trozo de pez asado. Después abre el entendimiento de sus discípulos para que comprendan las Escrituras, para que entiendan lo que han presenciado, sobre todo la muerte y resurrección de su maestro, y los hace testigos de ello. Testigos de algo real, algo que han tocado y visto y que ha cambiado su vida y la historia del mundo.

            Así vemos como san Pedro en la primera lectura anuncia como testigo presencial la resurrección e invita al arrepentimiento, a la conversión, para obtener el perdón de los pecados. Así también queremos nosotros hoy escuchar el anuncio de esta buena noticia, la noticia de la resurrección del Señor, como algo que realmente ha tenido lugar, no una fantasía, ni una creencia. Ya que el Señor verdaderamente ha resucitado podemos y tiene sentido caminar en una vida nueva, entregándola por Cristo y los hermanos.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

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