martes, 29 de mayo de 2012

Caminar según el Espíritu



Homilía Domingo 27 de mayo 2012
Solemnidad de Pentecostés
Día de la Acción Católica y del Apostolado seglar


Pentecostés - Giotto (ca. 1305)
Capilla Scrovegni - Padua (Italia) 
                En nuestra vida nos damos fácilmente cuenta que para ser verdaderamente cristianos, para poner en práctica las enseñanza de Jesús, para vivir según las bienaventuranzas que son el retrato del auténtico discípulo del Señor que ha conformado su vida a la suya, necesitamos una ‘fuerza que viene de lo alto’. Dejados a nosotros mismos, por mucho fondo bueno que tengamos, prevalecen las tendencias egoístas y hedonistas, la búsqueda del placer material inmediato solo para nosotros, el ponernos por encima de los demás, el ser instrumentos de discordia y desunión, la depresión y la tristeza. Es lo que en la doctrina de la Iglesia se conoce como la concupiscencia, que es consecuencia del pecado original. Aunque en el bautismo se nos perdone la culpa de ese pecado que heredamos por nuestra solidaridad con los hombres de todos los tiempos, empezando por Adán, las consecuencias del pecado permanecen en nosotros y con frecuencia pueden con nosotros. De ahí nuestra necesidad de que el Señor nos conceda esa fuerza que cambia nuestro corazón, nuestro sentir y pensar, nuestra forma de comportarnos.

El Jardín de las Delicias - El Bosco (1503-1504)
Museo del Prado - Madrid (España)
Fuente de la imagen y explicación
                En la segunda lectura de la carta a los Gálatas, san Pablo compara las obras de la carne con el fruto del Espíritu. Por obras de la carne entiende lo que acabamos de decir de la concupiscencia, de esa tendencia al mal que heredamos y que muchas veces dejamos que nos domine. Los ejemplos que propone Pablo nos dan una clara idea de la diferencia entre dejarnos conducir por la carne o el Espíritu: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo.... En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Gal 5, 19-22). Es una buena lista no exhaustiva de actitudes y acciones que nos ayuda a discernir cuál es la fuerza que está ahora dominando en nuestra vida, la fuerza que nos conduce. Si nos damos cuenta que la carne está venciendo la batalla, el apóstol nos da la receta para poder caminar según el Espíritu, la única receta válida, por mucho que no esté de moda: la mortificación. “Los que son de Cristo Jesús han crucificado al carne con las pasiones y los deseos” (Gal 5, 24). Cuando con la ayuda del Señor vamos sofocando la fuerza del pecado, dando muerte a las obras de la carne, rechazando lo que nos sugiere ese lado más oscuro de nosotros, vamos poco a poco dejando atrás el hombre viejo que sigue el modelo de Adán y revistiéndonos del hombre nuevo, de Cristo.

                En los escritos del Nuevo Testamento se hace especial hincapié en los efectos de esta ‘fuerza que viene de lo alto’ que todo lo transforma y que marca la vida del cristiano y de la Iglesia. Es el Espíritu “el que pone en pie a la Iglesia en medio de las plazas y levanta testigos en el pueblo”. Es el Espíritu el que hace que el cristiano ya no esté sujeto a la Ley y camine en una vida nueva. Es el Espíritu el que hace que la Iglesia salga de los confines del judaísmo convenciendo a Pedro para que bautizara a Cornelio. Es el Espíritu que mantiene la unidad de la Iglesia en su pluralidad constitutiva. Es el Espíritu el que en Antioquía de Siria designa a Pablo y a Bernabé para la misión a los gentiles y los guía en ella. Es el Espíritu el que causa que los oyentes escuchen la predicación apostólica y se conviertan. Es el Espíritu el que derrama el amor de Dios en nuestros corazones.

                Este don del Espíritu está ligado íntimamente a la Pascua, a la muerte y resurrección del Señor, aunque hay diferencias en los autores sagrados acerca del momento en el que fue concedido a la Iglesia naciente. Para el evangelista Juan, como acabamos de escuchar, es dado la misma tarde de ese primer día de la semana en que se encontró la tumba vacía. Para el autor del Libro de los Hechos Apóstoles tiene lugar cincuenta días después de aquel primer domingo, tal día como hoy cuando los judíos celebraban la entrega de la Ley en el Sinaí y la alianza. Esa diferencia cronológica puede deberse a que el Espíritu es un don algo inefable, un ‘tesoro sin nombre’, y es difícil señalar el momento preciso en el que es concedido. Lo que sí queda claro en los textos bíblicos es la importancia de este don y sus efectos en la vida de los creyentes. Es un don que brota de la muerte y resurrección del Señor y está relacionado, según los textos que hoy hemos escuchado, con el perdón de los pecados, el envió de los discípulos, la predicación apostólica, la misión de la Iglesia, la unidad en la misma fe...

                Hoy es un día para pedir con insistencia al Señor este don. Sin su aliento, como hemos rezado en la secuencia, nos damos cuenta del poder de pecado. Pedimos este don para nosotros y también para la Iglesia en este momento difícil en el que nos preocupan mucho las noticias que nos llegan de lo que está pasando en el Vaticano. Pero pedimos este don también sobre el mundo, porque el Espíritu actúa más allá de los límites visibles de la Iglesia. Como dice el Concilio Vaticano II: “Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22). Este texto tan fundamental del Concilio y tan citado nos llena de esperanza y de agradecimiento. Si estamos atentos podemos ver la acción del Espíritu en los corazones de los hombres y en la historia del mundo. Sin embargo, también vemos las obras de la carne. Nos entristece que con frecuencia el fruto del Espíritu se dé fuera de la Iglesia y, en cambio, las obras de la carne se den dentro. Por eso rezamos hoy por este don y nos comprometemos con más fuerza a caminar según el Espíritu mortificando las obras de la carne, conscientes de la dura advertencia de Pablo a los que se dejan llevar por la carne, sean o no miembros de la Iglesia, ocupen o no un cargo de responsabilidad en ella: “Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios” (Gal 5, 21).

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