martes, 9 de octubre de 2012

Los que se casan de verdad se vuelven una sola carne



Homilía Domingo 7 de octubre de 2012
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Memoria de Nuestra Señora, la Virgen del Rosario
Apertura del Sínodo de Obispos
Proclamación de san Juan de Ávila ‘doctor de la Iglesia’

Fuente de la imagen: shaddai360.blogspot.com.es
            La Palabra de Dios de este domingo trata un tema que nos toca muy de cerca, del que depende nuestra felicidad y la de nuestros seres queridos y del que depende también nuestra vida cristiana y el testimonio que damos de la verdad de la buena noticia de Jesús en el mundo. El tema es el matrimonio y ya sabemos lo conflictivo que es y la diferencia que supone abordarlo en términos generales o a partir de nuestra propia vida y la de los nuestros. Conocemos lo que dicen las estadísticas; por ejemplo, que por cada cuatro matrimonios que se celebran en España, tres se rompen (en 2011, según datos del INE, se celebraron 161,345 y se disolvieron 110,651), que la duración media de los matrimonios  disueltos en nuestro país es de alrededor de 15 años, que el 58% de ellos tienen hijos al romperse… Pero más allá de las estadísticas, está nuestra propia experiencia personal y la de personas muy cercanas a nosotros, experiencias a veces muy positivas, pero muchas veces, quizás la mayoría de las veces, muy dolorosas.

            Es a partir de esta experiencia que escuchamos hoy la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Esto puede llevar a que cerremos nuestros oídos, a que no queramos escuchar, porque tememos que esta palabra nos juzgue o nos imponga cosas irrealizables. Pero esto es mentira. La Palabra de Dios es siempre buena noticia. La tenemos que acoger del mismo modo que los niños aceptan un regalo, sin prejuicios ni miedos. Dice Jesús en el evangelio de hoy que de los que son como ellos es el reino de Dios, que “el que no acepte el reino de Dios como un niños no entrará en él”. El reino de Dios no es cuestión de estatus, de fuerza, no lo podemos exigir, sino que es un regalo que debemos acoger como hacen los niños, con alegría, agradecimiento y disponibilidad. Esto vale también para la Palabra de Dios que anuncia la llegada del reino. Ella no juzga nuestra vida sin más, sino la sana, nos hace ver nuestra realidad con los ojos de Dios, nos abre nuevos horizontes y nuevas posibilidades, nos llena de esperanza. ¡Escuchemos, entonces, con la confianza de los niños, la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio, lo que nos dice el verdadero y único Maestro que nos habla desde la Verdad!

            Lo primero que tenemos que señalar es que la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio no consiste en una serie de prohibiciones, sino que se fundamenta en la voluntad de Dios, en lo que Dios Padre y Creador ha queridos para el bien de sus hijos, en su sueño para el hombre y la mujer, en su proyecto originario. El reducir la enseñanza de Jesús a la prohibición del divorcio y de nuevas nupcias la falsea y no hace justicia a su profundidad y belleza. Jesús, ante la pregunta sobre la licitud del divorcio, retrotrae la cuestión a su origen, a lo que era ‘en principio’, y lo hace citando un texto del relato de la creación del libro del Génesis que hemos escuchado en la primera lectura. En él se habla de la soledad del hombre: “no está bien que el hombre esté solo”; una soledad que puede solo llenar alguien que sea similar a él, que le pueda ayudar desde el mismo nivel, un ser personal con su misma dignidad, complementario a él por esa diferencia sexual que establece el Creador desde el principio. “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. La constitución misma del hombre y la mujer, su mismo ser con su diferencia sexual y su igual dignidad, son los presupuestos del matrimonio, de esa unión profundísima de dos existencias humanas. Esta unión es tan íntima que se dice que ya no son dos, sino una sola carne. Esta unión querida por Dios, que es una unión interpersonal exclusiva y única que se pone en acto en los que se han casado de verdad, que se expresa y consolida de una manera eminente en la relación sexual, es lo que Dios ha querido para nosotros y lo que nos hace verdaderamente felices, sacándonos de esa soledad de la que habla el Libro del Génesis. Dice el Señor que esta unión, cuando es verdadera, no puede ser disuelta, porque es Dios mismo quien la ha establecido. La indisolubilidad de esta unión no es algo impuesto arbitrariamente desde fuera, una exigencia más que el Señor pone, sino que es constitutiva de esta unión, está inscrita en su misma esencia.

Resumiendo mucho lo que Jesús nos enseña sobre el matrimonio, podríamos decir que los que se casan de verdad  -no los que se casan por la Iglesia o por lo civil, como a veces decimos, y que muchas veces, desgraciadamente, no se casan de verdad, no se entregan del todo, de ahí las nulidades que con tanta facilidad se declaran-, los que se casan de verdad en un acto sincero e incondicional de entrega al otro, se vuelven una sola carne, crean una unión de vida y de amor que es única, exclusiva, indisoluble y querida por Dios, que es más fuerte que todo lo demás y que para los cristianos es signo del amor fiel de Dios.

La Batalla de Lepanto -  Paolo Veronese (1571)
Galleria dell'Accademia (Venecia, Italia)
Pero ahora, podríamos decir, habiendo escuchado sin prejuicios esta bellísima enseñanza de Jesús: ¿Y las tantas rupturas? ¿Y la violencia doméstica? ¿Y los infiernos en los que a veces se vuelven nuestros hogares? ¿Y cuando es uno solo de los dos el que tira del carro y el otro pasa? ¿Y cuando el otro se quiere ir? El divorcio ya existía en tiempos de Jesús y la ley establecía el modo de llevarlo a cabo: no se hacía en un tribunal, bastaba que el marido diera un acta de repudio a la mujer. También para la mujer, por lo menos en la ley romana, valía lo mismo.

Jesús dice que lo que ha llevado a esta norma, y lo que en el fondo lleva a las rupturas matrimoniales, es la terquedad, la sklerokardía en el texto griego, la dureza del corazón. Lo que hace para nosotros difícil vivir el proyecto de Dios que nos haría felices, es nuestro corazón duro, nuestro pecado, nuestra incapacidad de amar, nuestros miedos, nuestro egoísmo...

Jesús con su muerte y resurrección nos libera del pecado y nos da su Espíritu para que podamos caminar en una vida nueva, fieles a lo que Dios desde siempre ha querido para nosotros. Jesús no solo nos enseña la verdad sobre el amor humano, sino que también nos da la fuerza para poderlo vivir. De ahí la importancia para los matrimonios cristianos de permanecer unidos a él como los sarmientos a la vid. Permanecemos unidos al Señor a través la oración, y hoy, siete de octubre, fiesta del Rosario, puede ser una buena ocasión para retomar esta oración tan importante en la tradición de la Iglesia y cuya eficacia han experimentado muchas familias a lo largo de los siglos.

También las personas que sufren la muy dolorosa situación de una ruptura matrimonial, o que están solas no por su voluntad, pueden recibir luz de estas palabras de Jesús sobre el matrimonio para poder ver su historia con otros ojos, y encontrar fuerzas para permanecer unidas al Señor 'fuente de todo consuelo' y dar testimonio de su amor en el mundo.

Hoy empieza en Roma una Asamblea General del Sínodo de Obispos convocada por el papa para tratar el tema de La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Toda evangelización para ser eficaz necesita de signos claros que hagan creíble lo que se anuncia. Unos de los signos más elocuentes que hoy podemos dar al mundo de la verdad de la buena noticia del amor fiel de Dios hacia el hombre es la vida misma de los matrimonios cristianos que, con todas sus deficiencias humanas, viven eso que la Biblia llama ser ‘una sola carne’.

Hoy también el papa declara a san Juan de Ávila, patrono del clero secular español,  doctor de la Iglesia. Nos ponemos bajo su intercesión para que los sacerdotes y los matrimonios seamos testigos con nuestra vida de un Dios que es amor, como él decía.

2 comentarios:

  1. Estoy de acuerdo que en el tiempo de Jesús existia el divorcio segun la ley.Tambien estoy de acuerdo que cuando una pareja se unen en matrimonio( de verdad ) llegan a ser una sola carne.Mi pregunta es:¿Puede un sacerdote como en el tiempo de Jesús llegar a ser una sola carne en el estado del matrimonio? ¿Por qué si o por qué no?. Por favor no lo tome como una ofensa.Gracias


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  2. Si se refiere a un sacerdote católico romano, antes de ordenarse sacerdote hace una promesa de celibato y vive su ordenación como una entrega total al Señor, de forma comparable a la alianza que hacen los esposos cuando contraen matrimonio, por tanto yo diría que no es posible ser también una sola carne en el estado del matrimonio, porque uno se entrega con esa radicalidad a otra persona o al Señor solo una vez en la vida. Sin embargo, sí es posible que una persona casada, que es una sola carne con su mujer, se ordene sacerdote, como hacen desde siempre los cristianos orientales. De modo que el sacerdocio no es en principio incompatible con el matrimonio, pero depende de la tradición a la que se pertenece y del modo de vivirlo. Espero que la respuesta le haya sido útil. No tema ofenderme con sus preguntas, ya que para esto escribo este blog, con la intención de que sea un verdadero patio en el que podemos encontrarnos abiertamente los que buscamos la Verdad.

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