miércoles, 17 de octubre de 2012

Siempre estamos a tiempo para decir sí al Señor



Homilía Domingo 14 de octubre de 2012
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)

Detalle del mosaico de Cristo pantocrátor
Iglesia de San Salvador en Chora (Estambul)
Fuente de la imagen: flickr.com
            Estoy seguro de que algunos de nosotros hemos percibido alguna vez en nuestra vida esa mirada tan especial que Jesús dirige al hombre rico del evangelio de hoy, hombre que según el evangelista Mateo es joven. El texto dice que el Señor “se le quedó mirando con cariño”, o más literalmente “se lo quedó mirando y lo amó”, o “fijando en él la mirada, quedó prendado de él”. El verbo que se utiliza en el texto original griego  –agapáô- indica un amor de predilección. Jesús mira intensamente a este joven y lo ama. Lo ama no porque ha guardado los mandamientos con fidelidad desde su juventud, sino porque ha buscado con empeño, desde su adolescencia, la sabiduría, como Salomón en la primera lectura: “Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza.... La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso”. Este joven busca la sabiduría, busca vivir una vida auténtica, por eso se acerca corriendo a Jesús, se arrodilla y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Sabemos que este amor especial que siente Jesús por el joven no se debe a su cumplimiento de la Ley porque Dios no nos ama por cumplir la Ley, su amor no está condicionado a lo bueno que seamos, sino que nos precede, es un amor ‘primero’ y gratuito. Sin embargo, en este caso se trata de un amor especial. El Señor desde la eternidad ha amado a este joven y puesto en él el deseo de la sabiduría para que buscara al Único que es bueno de verdad, al Único que puede dar vida eterna.

Fuente de la imagen: faberex.wordpress.com
Por eso Jesús se atreve a pedirle algo más, algo que pide solo a aquellos con los que quiere compartir más de cerca su vida y su ministerio. Jesús sabe que para este joven sus riquezas son un obstáculo para que realice lo que Dios tiene pensado para él. Puede que a otras personas que son amadas con el mismo amor de predilección el Señor pida una renuncia distinta, según donde cada cual tenga puesto su corazón y lo que considere su tesoro. Las riquezas materiales, sin embargo, son para la mayoría de nosotros un verdadero ídolo, algo que pervierte nuestra relación con Dios y con los demás, y nos esclaviza impidiendo que seamos libres para seguir al Señor. Por eso todos nosotros debemos desprendernos de las riquezas con el corazón –es decir, no poner nuestra confianza en ellas-, y a algunos se les pide que lo hagan también materialmente.

Sabemos la reacción de este joven: se marcha ‘pesaroso’, ‘triste’. Dicen los grandes maestros espirituales que hay distintos tipos de tristeza. Hay una tristeza que lleva a la muerte del alma, que nace de la envidia, del apego a las riquezas, del estar atrapados en las preocupaciones del mundo. Hay otro tipo de tristeza que lleva a la vida y que está asociada al arrepentimiento sincero, al darse cuenta de que hemos rechazado la voluntad de Dios, lo que él tenía pensado para nosotros.

Puede que la tristeza de este joven sea de este segundo tipo. Puede que se arrepintiera de haber dicho que no a lo que le pedía Jesús. Puede que después haya renunciado a sus riquezas y se haya hecho discípulo del Señor. El hecho de que este episodio se narre en los tres evangelios sinópticos puede ser signo de que esta persona fuese conocida en la primera comunidad cristiana y que hubiera, ya como creyente, contado la historia de su primer encuentro con el Maestro.

Mientras vivimos en este mundo estamos siempre a tiempo para volver sobre nuestros pasos y decir ‘sí’ al Señor, sean cuales sean nuestras circunstancias actuales. Si en algún momento de nuestra vida hemos percibido que el Señor nos miraba con amor de predilección y nos pedía alguna renuncia para seguirle más de cerca y le dijimos que ‘no’, estamos aun a tiempo para cambiar las cosas. Algunas personas me han contado con dolor que en un dado momento se sintieron llamadas a la vida consagrada, o a una vida de apostolado muy comprometido, pero por miedo, o porque temían entristecer a sus padres, o porque se sentían también muy ligados a otras cosas o personas, dijeron que no. Pues ahora es el momento de decir ‘sí’. Puede que las circunstancias hayan cambiado y que haya que plantearse el seguimiento de Jesús en otros términos, pero la radicalidad de la opción por él debe ser la misma. El Señor nos sigue mirando con el mismo amor y sigue esperando nuestro sí; como dice el apóstol Pablo: “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).

San Francisco renuncia a los bienes
Atribuido a Giotto (1295-1300)
Basílica superior de Asís (Italia)
En el evangelio de hoy Pedro hace notar a Jesús que él y los demás discípulos sí han dejado todo y le han seguido, a lo que el Señor contesta prometiendo el céntuplo en este tiempo a los que dejen algo por él “y en la edad futura, vida eterna”. Creo poder decir con casi absoluta certeza que todos los que hemos dejado algo para seguir más de cerca al Señor podemos dar testimonio de que esta promesa se cumple, que hemos recibido cien veces más de los que hemos dejado en relaciones humanas y en bienes . Sin embargo, Jesús también dice –algo que curiosamente solo aparece en el evangelio de Marcos- que este céntuplo va acompañado de persecuciones. Evidentemente, el camino del discipulado no es una camino de rosas; si es auténtico, implica participar de algún modo en la suerte del Maestro, pero experimentando a la vez las consolaciones de Dios y la gran riqueza en relaciones humanas y en comunión de bienes que comporta el ser apóstol.

            Como podemos constatar al reflexionar sobre el evangelio de hoy, es verdad lo que se afirma en la segunda lectura de la Carta a los Hebreos sobre la Palabra de Dios: “es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y huesos. Juzga los deseos e intenciones del corazón”. La Palabra de Dios nos ayuda a hacer claridad en nuestro interior, a darnos cuenta de nuestras motivaciones y de nuestros deseos y anhelos más profundos y a juzgarlos según Dios y a amoldarlos a su voluntad. En esto consiste el duro y fascinante camino hacia la perfección cristiana.

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