sábado, 3 de noviembre de 2012

La santidad, don y tarea para todo cristiano


Solemnidad de Todos los Santos
1 de noviembre de 2012

Detalle de La llamada de los elegidos al paraíso
Luca Signorelli - 1499-1503
 Capilla Brizio - Catedral de Orvieto (Italia)
Fuente de la imagen: elpais.com

Hemos celebrado el pasado once de octubre, memoria del beato Juan XXIII, el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, que fue, sin duda alguna, el acontecimiento eclesial más importante de los últimos siglos, cambiando profundamente nuestro modo de vivir la fe y de entender la naturaleza y la misión de la Iglesia. Quizás el documento más importante del Concilio fue precisamente la Constitución Dogmática sobre la Iglesia que llamamos Lumen gentium, por las dos primeras palabras en latín con las que empieza. En este documento, después de haber hablado de la estructura jerárquica de la Iglesia, de los obispos y sacerdotes, y también de los laicos, encontramos un capítulo titulado universal vocación a la santidad. Con él los padres conciliares quisieron enseñar de nuevo, con fuerza y con plena autoridad, que la santidad no es algo reservado para unos pocos, sino que es vocación de todo cristiano, independientemente de su función en la Iglesia y de su estado de vida. Más allá de nuestras diferencias por razón del sacramento del orden sacerdotal o de la consagración religiosa, o del género de vida, está lo que nos acomuna a todos que es nuestro bautismo y la llamada que conlleva a vivirlo con coherencia, configurándonos a Cristo muerto y resucitado.

Veneramos hoy de modo especial a todos los santos, tanto los que han sido declarados tales por la Iglesia, por la heroicidad reconocida de sus virtudes y de su poder de intercesión, como también aquellos más anónimos pero no menos cercanos a Dios. Quizás algunos de nosotros hayamos tenido el gran regalo de toparnos con alguno de ellos en nuestra vida y hemos sentido la fuerza que emana de su persona, participación en la santidad de Dios, el único santo. Estos santos son para nosotros ejemplo y ayuda para nuestra debilidad en nuestro camino hacia la casa del Padre.

Dibujo de Kiko Argüello
Sin embargo, antes que una conquista nuestra, la santidad es un don, un regalo gratuito de Dios que ha ‘lavado y blanqueado nuestras vestiduras en la sangre del Cordero’. Esta frase de la primera lectura del Apocalipsis, de tanta fuerza expresiva y a la vez tanta incoherencia cromática, se refiere en primer lugar a los mártires que han pasado por la ‘gran tribulación’ como vencedores, pero la podemos aplicar también a los bautizados a los que se le han perdonado los pecados gracias al sacrificio de Cristo y han recibido la vestidura blanca de su nueva condición de cristianos. Los que hemos sido bautizado hemos sido hecho santos por gracia de Dios. Por eso el apóstol Pablo se dirige varias veces a los cristianos llamándolos santos.

Pero la santidad después de ser don, es también tarea, conquista. El don viene antes, por eso una interpretación solo moral de la santidad es insuficiente, se vuelve moralista y contradice la buena noticia del evangelio. Sin embargo, una vez recibido el don inmerecido de la vida nueva tenemos que vivirla a través de nuestras opciones y llevando a cabo un proceso de ascesis, de purificación, arrancando de nuestra vida todo lo que es contrario a la imagen de Dios en nosotros como nos la ha revelado el verdadero Adán, Cristo, a cuya imagen hemos sido creados. La segunda lectura de hoy afirma que el que tiene su esperanza puesta en Dios, de verle tal cual es, de vivir en comunión con él en la Jerusalén celeste, “se purifica a sí mismo, como él es puro”. Llegar a la perfección de la caridad para poder estar con Dios en el cielo es tarea de cada uno de nosotros, tarea que con su gracia podemos llevar a cabo. Los santos son nuestros amigos y compañeros y nos animan a ello.

Santa María ad Martyres - Panteón de Agripa (Roma)
Origen de la fiesta de Todos los Santos en Occidente
Las bienaventuranzas del evangelio de san Mateo señalan las actitudes profundas del verdadero discípulo del Señor, que nacen de la aceptación plena y confiada del reino de Dios, del mensaje de Jesús. Acoger la buena noticia siendo como esa tierra buena de la que habla la parábola del sembrador, lleva a la conversión, a un cambio radical en nuestro modo de pensar, de sentir y de comportarnos, y nos pone en camino hacia la santidad, hacia el vivir el amor cristiano en plenitud. Jesús es el que cumple perfectamente las bienaventuranzas; se ha dicho que éstas son como una fotografía del Nazareno. El cristiano puede llegar con la ayuda del Espíritu a reproducir su imagen, a ser ‘otro Cristo’. Esto es lo que hoy pedimos a los santos, que nos estimulen y ayuden en el camino de la santidad para llegar también nosotros donde ellos ya están.

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