martes, 11 de diciembre de 2012

El comienzo de algo realmente nuevo


Homilía Domingo 9 de diciembre de 2012
II Domingo de Adviento (ciclo C)
Fiesta judía de la Dedicación: Janucá

Fuente de la imagen: foro.libertaddigital.tv 
Hay un libro del Antiguo Testamento que siempre que lo leemos nos desconcierta por las ideas que en él se expresan y hasta nos puede sorprender de que forme parte de la Biblia, de que sea reconocido como palabra inspirada, como Palabra de Dios. El libro se llama Eclesiastés, o Qohélet, según el nombre del autor en griego y en hebreo, respectivamente. Tradicionalmente, la autoría del libro se atribuye al rey Salomón y la tesis principal que se expone ya en el primer capítulo es que todo esfuerzo humano, todo lo que intenta hacer el hombre, es “vanidad de vanidades”; todo es “vanidad y caza de viento” y nada de lo que hagamos merece realmente la pena; “nada hay nuevo bajo el sol”. A veces caemos también los cristianos en esta forma desesperanzada de pensar, sobre todo cuando, como en el caso del autor de este libro bíblico, nos obsesiona el tema de la muerte que parece reducir a la nada todo lo que hacemos y nos ilusiona: “¿Quién sabe si el aliento de vida del hombre sube arriba y el aliento de vida del animal baja a la tierra?" (Ecl 3,21), se pregunta retóricamente el hagiógrafo. Sin embargo, las lecturas de este domingo contrastan radicalmente con esta idea: son el anuncio de algo verdaderamente nuevo que comienza; son la concreción de que lo que Dios ha prometido comienza a cumplirse, y comienza a cumplirse en el desierto, en un momento concreto de la historia universal, de la historia del hombre sobre la tierra.

            A veces decimos que Juan el Bautista es el punto de unión entre los dos testamentos, entre las dos alianzas: es el último de los grandes profetas, pero también es el que señala no algo que tendrá lugar en el futuro, sino a Alguien que ya está presente. Por esto último Juan pertenece más al tiempo del cumplimiento que al de la promesas. Con él se inauguran los tiempos mesiánicos, el tiempo de la irrupción de Dios en la historia humana. Él recibe la Palabra de Dios que le constituye profeta, y la recibe en el desierto, como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Y como predicador itinerante recorre toda la comarca del Jordán, “predicando un bautismo conversión para el perdón de los pecados”. Ejerce su misión a través de una inmersión en el agua del Jordán que hace visible la conversión de la persona que se somete a ella, y que es la que otorga el perdón de los pecados en vistas a la venida del Mesías y al juicio inminente de Dios.

San Juan Bautista bautizando las multitudes
Francesco di Antonio del Chierico (sig. XV)
Manuscrito iluminado de la Biblia - Biblioteca Vaticana
Fuente de la imagen: commons.wikimedia.org
            Lo que lleva a cabo Juan en el desierto de Judea nos dice que lo que afirmaba Qohélet no es verdad: sí hay algo realmente nuevo bajo el sol. Dios ha intervenido en la historia humana cumpliendo sus promesas, otorgando el perdón de los pecados y la salvación. Es verdad que esto lo vivimos ‘en esperanza’, no lo percibimos del todo plenamente, porque aun aguardamos “los cielos nuevos y la tierra nueva”, pero ya algo nuevo ha acontecido realmente en nuestro mundo: ya ha venido el Mesías; ya han sido vencidos nuestros enemigos, sobre todo el pecado y la muerte; ya estamos llamados a participar en la fe de esta victoria, como María, la concebida sin pecado gracias a la venida del Señor, como celebrábamos ayer. El creyente vive de esta novedad que empezó hace más de dos mil años con el sí de María y con el ministerio de Juan a orillas del Jordán; una novedad que ha cambiado radicalmente la historia del mundo.

Juan recibe la palabra en el desierto, ejerce su misión en el desierto, y los que querían recibir su bautismo tenían que ir al desierto. Desierto en griego es 'erémo, y lo que significa espiritualmente esta palabra es importante para nosotros en este tiempo de Adviento. El desierto es el lugar de la prueba, de la escucha, de lo esencial, de la manifestación de Dios, de la alianza.... En los tiempos fuertes del año litúrgico, como la Cuaresma y el Adviento, la Iglesia nos invita a ir espiritualmente al desierto, para purificarnos, para escuchar con más atención la Palabra de Dios, para hacer silencio, para alejarnos de las distracciones y los agobios de este mundo, para volver a los esencial, para encontrarnos con Dios y renovar la alianza con él.

Hoy los judíos empiezan a celebrar la fiesta de Janucá, de las luces, en la que conmemoran la victoria de los Macabeos y la purificación del templo y el restablecimiento del culto en él después del intento de helenización del pueblo y la profanación del lugar sagrado llevada a cabo por Antíoco IV Epífanes. Lo característico de esta fiesta es que se enciende cada día una vela de un candelabro de ocho brazos recordando un milagro que cuenta el Talmud: una vez reconquistado el templo se volvió a encender su lámpara – la menorah- que debía estar siempre encendida, pero había aceite solo para un día. Sin embargo, la lámpara no se apagó a la largo de los ochos días necesarios para obtener nuevo aceite apto para el culto. Más allá de esta conmoración histórica, y quizás también de la significación agrícola de la finalización de la cosecha de la aceituna, es una fiesta ligada al solsticio del invierno, como nuestra Navidad. En estas fechas terminan de acortarse los días y empiezan a aumentar las horas de luz, lo que en muchas culturas se ha interpretado como un signo cósmico de la victoria de la luz sobre las tinieblas. Para nosotros esta victoria no forma parte de un proceso cíclico de eterno retorno que se repite todos los años, porque el ‘sol de justicia’ que nació una vez ‘para siempre jamás’, en un lugar concreto del planeta y en un momento concreto de la historia humana, ha hecho ‘nuevas todas las cosas’. Este es el acontecimiento que nos estamos preparando para celebrar en Navidad; acontecimiento que ha cambiado la historia humana, que nos ha abierto el cielo, que nos llena de esperanza, y en cuya luz vivimos.

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