lunes, 31 de diciembre de 2012

Navidad del ‘Año de la fe’ en una sociedad secularizada



Homilía 24-25 de diciembre 2012
Solemnidad de la Natividad del Señor

Iluminación navideña en la calle Serrano de Madrid
Fuente de la imagen: modayhogar.com
Nos quejamos muchas veces de que nuestra sociedad se está descristianizando, que en nuestras familias y en nuestro entorno cultural la Navidad ha perdido su sentido cristiano, que en muchos sitios se han suprimidos los signos religiosos tan característicos de estos días, que en varios colegios se hacen ‘belenes laicos’ y se habla de ‘fiesta de invierno’, que el saludo de estos días no es tanto “feliz Navidad”, cuanto “felices fiestas’. Ante esta realidad, ante este proceso que solemos llamar de ‘secularización’, los cristianos reaccionamos de modos distintos. Algunos se lamentan de la situación con resignación, ya que consideran que es un proceso imparable y que irá a más, y recuerdan con nostalgia los tiempos pasados y lo que sentían en estos días. Otros asumen una actitud más ‘beligerante’, si así podemos llamarla, se oponen a este proceso, se esfuerzan para que en sus ambientes no se pierdan las tradiciones y para que se mantengan los signos religiosos. A mí me gustaría hoy, aprovechando este día tan importante para nosotros, proponer otra vía, distinta a las dos que he comentado, y que es la que desde siempre han seguido los cristianos en las sociedades en las que han sido minoría, y que es también la que nos propone el papa para este Ano de la fe. Los cristianos de los primeros tres siglos no intentaron cristianizar el Imperio Romano, hacer que siguiera sus normas morales y tradiciones, sino intentaron vivir con coherencia su fe, en un ambiente a veces indiferente y otras veces hostil, y de este modo lo convirtieron. No se trata, por tanto, de enzarzarnos en una lucha contra la sociedad, que a veces se hace desde sus mismos presupuestos secularistas y con sus mismos instrumentos de poder, sino de ser cristianos de verdad.

Página oficial Año de la fe
Este es el camino que nos propone el papa al haber convocado este Año de la fe, que empezó el pasado 11 de octubre, 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y que se clausurará a finales de noviembre del próximo año, en la fiesta litúrgica de Cristo rey del universo. En la Carta Apostólica con la que lo ha convocado, que lleva como título sus dos primeras palabras en latín, Porta fidei, ‘La puerta de la fe’, explica los motivos para hacerlo. Afirma que en nuestras sociedades ‘la fe ya no es un presupuesto obvio de la vida común’, que ya no hay “un tejido cultural unitario ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe”, que está teniendo lugar una “profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”. Ante esto es necesario que los cristianos ‘redescubramos el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo’, de modo que “nuestra adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa”. Debemos, a lo largo de este año, ‘redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, con el que nos entregamos totalmente y con plena libertad a Dios’.

Hoy, solemnidad de la Navidad del Señor, es un buen día para hacer esto ya que celebramos el misterio fundamental de nuestra fe: la encarnación del Hijo de Dios. El acontecimiento del que hoy hacemos memoria, y que se vuelva actual para nosotros en la celebración litúrgica, distingue esencialmente nuestra religión de todas las demás, ya que el cristianismo no tiene su origen en un fundador solo humano, sino en el mismo Dios hecho hombre. De este acontecimiento a la vez histórico y trascendente nos habla la palabra de Dios de esta solemnidad. Sobre todo el evangelio de san Lucas y el de san Juan quieren llevarnos a reconocer este misterio. San Lucas parte del lado humano, del censo ordenado por el emperador que obliga a María y a José a ir desde Nazaret a la ciudad de David, a Belén, del nacimiento del niño y del pesebre en el que lo colocan porque no había sitio en la posada, de los pastores, del anuncio de los ángeles que indica el significado trascedente de lo que está sucediendo y que los ojos carnales no pueden ver, de María que conservaba estas cosas en su corazón. Juan, en cambio, nos invita a ver las cosas desde arriba, desde Dios, y nos habla del Verbo eterno, de la Palabra creadora, del Logos divino que se hace carne y acampa, pone su morada, entre nosotros. La invitación que se nos hace es a que veamos y reconozcamos en ese Niño, en la humildad de Belén y del pesebre, el cumplimiento de las promesas de Dios, la salvación que se nos brinda gratuitamente, el amor de Dios que se manifiesta, la gloria de Dios que se hace presente y a la vez se esconde.

Misa del Gallo
Fuente de la imagen: lazarohades.com
En este Año de la fe estamos llamados a redescubrir, como repite muchas veces el papa, este contenido fundamental de nuestra fe, su significado para nuestra vida y para nuestra sociedad, y a vivirlo con coherencia. Esta es la forma de llevar a cabo esa nueva evangelización de los países de antigua cristiandad a la que nos ha llamado el papa actual, como ya lo había hecho el beato Juan Pablo II. Sin embargo, Benedicto XVI también nos recuerda que no basta solo conocer los contenidos de la fe, sino que también es necesario que ‘el corazón, auténtico sagrario de la persona, se abra por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios’. La fe es don y virtud. Debemos agradecer este inmenso don y cultivarlo. Y esto se hace imitando a María, modelo para todo creyente, que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Esta es la tarea fundamental para este año de la fe. Meditar, contemplar, celebrar los grandes misterios de nuestra fe, como hacemos hoy, guardándolos con cariño, y meditándolos en nuestro corazón, para que pueda actuar en nosotros la gracia de Dios y podamos adherirnos de un modo renovado, más ‘consciente y vigoroso’, a Cristo. Es este el modo de dar un testimonio convincente a los nuestros y a nuestra sociedad de la belleza de la fe, del sentido de la Navidad, de la alegría del encuentro con Cristo que se hace uno de nosotros para hacernos partícipes de su divinidad.

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