martes, 8 de enero de 2013

Familia, paternidad y educación



Homilía Domingo 30 de diciembre 2012
Fiesta de la Sagrada Familia: Jesús, María y José
Jornada por la Familia y la Vida

            Cuando se le pregunta a los españoles acerca de la importancia que tienen para ellos los distintos aspectos de su vida, como se hace periódicamente en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), siempre sale que lo más importante es la familia, por encima del trabajo, los amigos, el tiempo libre, la religión, la política y otras actividades asociativas. Creo que todos estamos de acuerdo con esto, que lo más importante para nosotros, la institución de la que más depende nuestro bienestar y felicidad, es la familia, aunque paradójicamente puede que no sea la realidad a la que dediquemos más tiempo o nuestras mejores energías. La fiesta que celebramos hoy de la Sagrada Familia, en este domingo de la octava de Navidad, es una buena oportunidad para hacernos más conscientes de la importancia de nuestras familias, para encomendarlas al Señor que quiso nacer y vivir en una familia, y para escuchar sin prejuicios lo que nos dice Dios de esta realidad humana que es tan importante para nosotros.

            Los primero que tenemos que afirmar a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado es que la familia, siendo una realidad humana, y sin dejar de serlo, es también una realidad divina, querida por Dios, con una leyes propias; es algo sagrado que tenemos que respetar, como hizo Jesús que vivió en Nazaret bajo la autoridad de sus padres, de José y María. Este fue el ámbito donde creció “en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y los hombre”. Por tanto, lo primero que nos enseña la palabra de Dios es a respetar la familia como tal, en su esencia, tal como Dios la ha querido. Es verdad que la forma concreta que asume la familia pueda variar algo según los tiempos, los lugares y las culturas, pero su esencia es siempre la misma. Es decir, que se fundamenta invariablemente en la unión estable entre un hombre y una mujer como ámbito en que nace y se desarrolla la vida. Por tanto, no es una institución creada por el hombre, que surge de determinados condicionantes sociales y económicos, sino que es algo anterior a él, que le precede y cuyas leyes le son dadas por el Creador. Al hombre le toca respetar este carácter sagrado e inviolable del matrimonio y de la familia. No hacerlo significa hacerse daño a sí mismo y minar una institución de la que depende su felicidad y su futuro. Por eso la Iglesia critica con mucha dureza cualquier intento o legislación que vaya contra la familia o la debilite. No se trata de defender una determinada visión de familia, una cierta concreción histórica, social y cultural de este grupo humano primario, la ‘familia tradicional’ como a veces se dice, sino la familia en cuanto tal, la que Dios ha querido desde siempre para el bien del hombre y la mujer.

            Del evangelio de hoy también podemos sacar otras enseñanzas importantes sobre la familia, la paternidad y el deber. Jesús dice que ‘debe’ estar en la ‘casa de su Padre’, o más literalmente, ‘en las cosas de su Padre’. Aun aceptando la autoridad de José y de María sobre él, ya que ‘baja con ellos a Nazaret y sigue bajo su autoridad’, el Señor es consciente de que su ‘deber’ para con Dios viene antes. La palabra griega que se utiliza en el texto –deî- indica tanto en el evangelio de Lucas, como en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, ese deber, o mejor, esa ‘necesidad’, de conformarse a lo establecido por Dios, de obedecer a la voluntad divina. Más allá del dolor que causó a sus padres, que es difícil de entender para nosotros, está la fidelidad de Jesús a su vocación, a Dios Padre. Muchas veces decimos que los padres no son dueños de los hijos, sino sus custodios, que los hombres antes y por encima de ser hijos de sus padres, son hijos de Dios. En este episodio evangélico de Jesús ‘perdido y hallado en el templo’, como lo llamamos al rezar el Rosario, se nos revela algo de lo que es la obediencia auténtica y lo que significa ‘ser hijo’, como también de la ‘necesidad’ de ser fieles a la propia vocación en la vida, a lo que Dios quiere de nosotros, aunque pueda causar dolor a nuestros seres queridos. Varios comentaristas han hecho notar que Jesús tenía doce años cuando se queda en el templo, y esa era la edad cuando un judío se volvía ‘hijo de la Ley’ -bar mitzvah-, sujeto a la Ley. Por tanto, en este pasaje del evangelio de san Lucas están presentes varios temas que el mismo evangelista quiere destacar y que también son importantes para nosotros y nos iluminan en nuestra vivencia a veces conflictiva de la familia, de la paternidad, de la obediencia, de la libertad frente a nuestros padres, de la fidelidad a la propia vocación, de la función pedagógica de la Ley de Moisés y de la ley moral, de la experiencia de ser hijos de nuestros padres y de Dios. Un buen resumen de algunas de las cosas que nos enseña este evangelio, que se nos ha proclamado en esta fiesta de la Sagrada Familia, lo podemos encontrar en un conocido poema de la beata Teresa de Calcuta que trata de la difícil tarea de educar:
Enseñarás a volar,
pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar,
pero no soñarán tu sueño.
Enseñarás a vivir,
pero no vivirán tu vida.
Sin embargo…
en cada vuelo,
en cada vida,
en cada sueño,
perdurará siempre la huella
del camino enseñado.

María experimentó de una manera muy singular la verdad de estas palabras. Ella vivió más de cerca que nadie el misterio de su Hijo y de su vocación y misión redentora. Aunque le costó entenderlo, como constatamos en el evangelio de hoy, se esforzó por hacerlo, guardando todo lo que acontecía y meditándolo en su corazón. Ejerció su misión de madre y aceptó y se asoció a la misión redentora de su Hijo. A ella, hoy, encomendamos nuestras familias y nuestra difícil tarea de educar a nuestros hijos para que cumplan la misión que Dios les tiene asignada.

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