lunes, 21 de febrero de 2011

Imitadores de Dios que hace salir su sol sobre malos y buenos

Homilía 20 de febrero 2011
7º Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

El regreso del hijo pródigo
Rembrandt
Es muy difícil para nosotros comprender el amor de Dios que ‘trasciende todo conocimiento’ como dice san Pablo (cfr. Efesios 3, 19), ese amor que descubrimos al contemplar la pasión de Jesús, ese amor que es totalmente gratuito, desinteresado, previo a cualquier cosa que hagamos, a que seamos buenos o malos. Por eso para nosotros es tan difícil entender la parábola del hijo pródigo, el amor del padre a un hijo que lo quiso muerto al pedir su herencia en vida y alejarse de él; un padre que aparentemente trata mejor y se alegra más por éste, que por el otro que siempre lo sirvió. Cuando en nuestra vida se nos revela este amor de Dios, muchas veces al sabernos inmerecidamente perdonados por Él, nos sentimos sobrepasados, desbordados, sobrecogidos y llegamos a entender algo de lo que Jesús nos quiso decir al contar esa parábola.
                El Señor dice a los suyos que se acercaron para oír el sermón de la montaña, es decir, a nosotros hoy, que tenemos que ser perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto. Y nos dice que este Padre celestial hace “salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos e injustos”. ¡Qué importantes son estas palabras de Jesús! Pero también, ¡qué difíciles de aceptar! A nosotros nos gustaría un Dios que simplemente premiase a los buenos y castigase a los malos, pero el Dios que nos revela Jesús no es así, es un Dios justo sí, y hace justicia en especial a los pobres y desamparados, pero es un Dios que sobre todo ama y ama de una manera que supera con creces lo que nosotros somos capaces de entender. Es un Dios que siente una tierna compasión por todas sus criaturas y que a diferencia de los hombres, ni se acuerda del mal, ni tiene resentimiento.
                A nosotros que estamos llamados a ser ‘luz del mundo y sal de la tierra’, a ‘tener una ‘justicia mayor que la de los escribas y fariseos’, se nos pide que seamos imitadores de nuestro Padre celestial, que seamos perfectos como Él es perfecto, que seamos santos como Él es santo, como dice la primera lectura de hoy del libro del Levítico. Y Jesús nos da ejemplos de lo que esto significa. Ejemplos que no debemos tomarnos literalmente, porque Jesús habla de una ‘forma paradójica y provocativa’ para enseñarnos un ‘comportamiento que va más allá de la letra de Ley y que nace de la aceptación del reino de Dios’. Esto lo vemos claramente al considerar como Jesús mismo, que es nuestro modelo, se comportó. Por ejemplo, en casa de Anás, al darle una bofetada un guardia, no ofreció la otra mejilla, sino dijo: “Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?” (Jn 18, 23). Y Pablo, que era un santo aunque muy vehemente, en una situación análoga, cuando el sumo sacerdote Ananías ordenó a sus ayudantes que le golpeasen en la boca, le dijo:” A ti te va a golpear Dios, muro blanqueado” (Hch 23, 2-3). Por tanto, tenemos que a partir de los ejemplos que nos presenta Jesús, entender la forma general de comportamiento que quiere tengan sus discípulos.
                En el sermón de la montaña, Jesús nos dice cómo debe ser esa ‘justicia mayor’ que nos pide a través de una serie de antítesis con las que enfrenta la enseñanza de los antiguos con el cumplimiento de la Ley que Él trae. En el evangelio de este domingo se nos presentan dos. La primera se refiere a la ley del talión, ‘ojo por ojo, diente por diente’ que, aunque nos suene muy ‘primitiva’, era ya un avance moral porque intentaba poner un límite a la venganza y a la espiral del mal. No se puede hacer más daño que el que nos han hecho. Jesús nos pide que superemos esto, no haciendo frente al que nos agravia, no resistiendo al mal, como Él hizo en la cruz. Ésta no es una actitud pasiva, sino una muy activa, de vencer el mal con el bien. Probablemente la mejor interpretación de este mandato de Jesús nos la ofrece san Pablo: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rm 12, 21). La actitud no-violenta implica una estrategia de cambiar el corazón el otro y hay que saberla utilizar con inteligencia. Asimismo Jesús, dentro de esta antítesis, pide a los suyos a través de los ejemplos de dar también la capa a quien nos pone pleito por la túnica, de acompañar dos millas quien nos requiera para caminar una, de dar a quien pida y de no rehuir quien quiera prestado, tener una actitud de apertura al otro, de cariño, de generosidad que supera lo que estrictamente exige la Ley.
Pero es la segunda antítesis la más conocida y la que también más citan los no creyentes cuando quieren resumir la enseñanza moral de Jesús. El Señor parte de una enseñanza de los antiguos que no encontramos tal como Él la cita en el Antiguo Testamento; sólo encontramos la primera parte de ‘amar al prójimo’, pero no así la segunda de ‘aborrecer al enemigo’. Puede que Jesús se refiriera a enseñanzas orales que circulaban en el ambiente y que tienen como base una concepción muy étnica de quien es el prójimo y quien el enemigo.  El prójimo sería el miembro de mi familia, de mi clan o de mi pueblo, y el enemigo quien no lo es. Jesús pide a sus discípulos el amor a los enemigos y que recen por los que los persiguen. ¡No sólo que no les hagan daño, ni que no les deseen ningún mal, sino también que recen por ellos! Esta es la enseñanza moral más elevada de todo el Nuevo Testamento y de toda la historia de la humanidad.
                ¿Es posible vivirla? ¿Es posible amar a los enemigos? ¿Rezar por los que nos hacen daño? Ciertamente es verdad que quien lo logra se hace perfecto como nuestro Padre celestial es perfecto, vive verdaderamente como hijo de Dios que ‘hace salir su sol sobre malos y bueno’, se vuelve luz del mundo y sal de tierra, signo viviente para los demás del evangelio. Jesús vivió de esta forma y quien vive así da testimonio con su comportamiento de la verdad de la resurrección de Cristo y se hace signo del amor de Dios.

El buen samaritano
Van Gogh

                Ante esta enseñanza de Jesús no debemos ni ignorarla, ni desesperarnos, ni tirar la toalla, ni considerarla una utopía irrealizable, ni culpabilizarnos por no lograr actuar así. Debemos confiar en la gracia de Dios y poner de nuestra parte. Lo primero es reconocer que llegar a los que nos pide el Señor es fruto de la gracia y no de nuestro esfuerzo, es Dios quien nos cambia el corazón, nos quita el corazón de piedra que tenemos y nos da un corazón de carne capaz de amar y perdonar como el suyo. El experimentar el amor de Dios que nos perdona y borra nuestros pecados sin mérto por nuestra parte, que nos hace ‘amigos’ de 'enemigos' que somos, nos ayuda a irnos acercando a esto.
                Pero nosotros también debemos poner de nuestra parte, debemos abrirnos a la gracia, esforzarnos por adquirir poco a poco las actitudes de Cristo con los medios que se nos ofrecen. Y tener paciencia con nosotros mismos y perseverancia, comprendiendo que es un proceso lento, continuo, difícil, a veces doloroso, con recaídas y nuevos comienzos. Es un proceso de purificación, de ir dejando atrás el hombre viejo figura del Adán desobediente, egoista y soberbio, y revistiéndonos del hombre nuevo, de Cristo.
                María, en la que el Verbo de Dios tomó carne, es la que nos ayuda en este proceso para que también en nosotros tome cuerpo el hombre nuevo, para que Jesús pueda nacer en nuestros corazones. Nos encomendamos a ella, Madre de todos los cristianos, en nuestro esfuerzo por parecernos cada vez más al Dios que nos ha revelado Jesús.

jueves, 17 de febrero de 2011

La buena noticia del matrimonio y la familia




Vive la familia. Con Cristo es posible.
Plan Pastoral- Achidiócesis de Madrid

La Iglesia y los cristianos nos sentimos llamados a anunciar con fuerza el evangelio del matrimonio y la familia. A unos hombres y mujeres que con frecuencia parecen haber perdido toda esperanza, encerrados en la cárcel de su propio ‘yo’, incapaces de amar de verdad y de aceptar ser amados, la Iglesia proclama el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia, el amor ‘hermoso’, la vocación innata y el deseo más profundo del corazón del hombre, la verdad de que es posible en Cristo vivir la caridad conyugal. Como dice Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio: “El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz” (Familiaris Consortio, citada en lo que sigue como FC; n. 13). Este anuncio lo debemos realizar con mucha firmeza hoy, en un contexto relativista que no reconoce nada como definitivo, a un hombre que sigue preguntándose acerca de la bondad de su vida y de sus relaciones y de la validez de su esfuerzo por construir un mundo mejor, pero que muchas veces es ciego y temeroso, incapaz de abrirse al esplendor de la verdad, y con miedo ante el compromiso definitivo que implica el matrimonio.

Kiko Argüello

El matrimonio y la familia en sus rasgos esenciales no son una invención humana, o una construcción sociológica surgida a raíz de situaciones históricas o económicas, sino están enraizados en el ser mismo del hombre y la mujer, en su esencia. El matrimonio, fundamento de la familia, entendido como relación entre hombre y mujer recíproca y total, única e indisoluble, “responde al proyecto primitivo de Dios, ofuscado en la historia por la ‘dureza de corazón’, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido ‘desde el principio’ (cfr. Mt 19, 8). En el matrimonio, elevado a la dignidad de Sacramento, se expresa además el ‘gran misterio’ del amor esponsal de Cristo a su Iglesia (cfr. Ef 5, 32)” (Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España, en adelante citado como DPF; n. 17). Es decir, no podemos separar la pregunta acerca de la esencia del matrimonio y de la familia, de la pregunta acerca del ser del hombre y la mujer, ni ésta se puede separar de la pregunta acerca de Dios. Estos interrogantes están en el corazón de todo hombre y mujer y encuentran su respuesta plena en la revelación cristiana. En la Sagrada Escritura se afirma que Dios es amor (1Jn 4, 8) y que el hombre es creado a ‘imagen de Dios’ (Gn 1, 26). “Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y, consiguientemente, la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano… La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar íntegramente la vocación de la persona humana al amor: el matrimonio y la virginidad” (FC; n. 11). El ser humano, por tanto, se realiza a sí mismo y a la vez se parece más a Dios en la medida en que ama.


Rembrandt

Por otro lado, el ser humano es un espíritu encarnado y está llamado a vivir esta vocación al amor con todo su ser. Su cuerpo no es algo meramente biológico separado de su ser persona, sino es parte constitutiva de su ser y participa del amor espiritual. Existe hoy una tendencia dualista que considera el cuerpo como algo secundario, como algo que se puede utilizar según se considere, “como un mero material biológico sin otra relevancia moral que la que el hombre en un acto espiritual y de libre elección quisiera darle” (DPF; n. 17). Evidentemente, esto lleva al hombre a una profunda ruptura interior, a una falsa libertad, que al final va contra el propio cuerpo que, al no considerarse parte integrante de su ser persona, queda desprestigiado. Lo mismo es necesario afirmar acerca de la sexualidad. “La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte” (FC; n. 11). Este compromiso por su misma naturaleza es un compromiso público, a través del cual los contrayentes asumen ante la sociedad la responsabilidad de la fidelidad que es lo que garantiza el futuro de la comunidad. Por eso, “la institución matrimonial no es una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad, ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador” (FC; n. 11). Este acto de donación total, que concreta la vocación al amor inscrita por Dios en el ser mismo del hombre y la mujer – también en su misma dimensión corporal – tiene su ‘lugar’ propio en el matrimonio, que también es el ámbito adecuado para la transmisión de la vida. Es este un acto en que se ejerce plenamente la libertad. De hecho, la expresión más grande la libertad no es la búsqueda permanente del placer sin nunca decidirse, sino el comprometerse en un don definitivo de uno mismo.


Bartolomé Esteban Murillo
El núcleo fundamental de la experiencia de fe del pueblo de Israel es la comunión de amor entre Dios y su pueblo, el hecho de que “Dios ama a su pueblo”. Este misterio del amor de Dios por los hombres encuentra en la revelación bíblica una expresión significativa, una forma lingüística apropiada, en el vocabulario del matrimonio y la familia, tanto en su aspecto positivo como en el negativo. Así, la cercanía de Dios con su pueblo se presenta con lenguaje esponsal, mientras que la infidelidad de Israel a la Alianza y su idolatría se señalan como adulterio y prostitución. De este modo, la historia de amor y de comunión de un hombre y una mujer en la alianza matrimonial, es asumida por Dios como símbolo de la historia de salvación. Esta revelación del amor de Dios contenida en la Sagrada Escritura llega a su plenitud en Cristo Jesús, el “Esposo que ama y se da como Salvador de la humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo” (FC; n. 13). Con su enseñanza, Jesús revela la verdad del matrimonio, esa verdad originaria, la verdad desde ‘el principio’ (Gn 2, 24; Mt 19, 5) y con el Misterio Pascual, mediante la entrega de su Espíritu, libera al hombre de la ‘dureza de corazón’ y lo hace capaz de vivirla plenamente. En el sacrifico de Jesús en la cruz se revela plenamente el designio de Dios que está impreso en el mismo ser del hombre y la mujer. Es por ello que el matrimonio de los bautizados se convierte en el símbolo real de la nueva y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. Por el bautismo el hombre y la mujer son insertados en la Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza Esponsal de Cristo con la Iglesia y en virtud de esa inserción la comunidad íntima de vida y amor fundada por el Creador es asumida, sanada y elevada por la gracia que brota del costado abierto de Cristo. A consecuencia de esta sacramentalidad del matrimonio, los esposos están vinculados el uno al otro de una manera más profundamente indisoluble, ya que su mutua relación es signo real de la inquebrantable unión de Cristo con la Iglesia.


Raffaelo Sanzio
Es oportuno señalar que el efecto primario del sacramento del matrimonio “no es la gracia sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal cristiano, una comunión en dos típicamente cristiana, porque representa el misterio de la Encarnación de Cristo y su misterio de Alianza” (FC; n. 13). Este amor conyugal que implica a la persona en su totalidad, con sus características propias de unidad, indisolubilidad, exclusividad, fecundidad, y fidelidad, alcanza en los bautizados un significado nuevo por el que se hace expresión de valores propiamente cristianos. Han sido muchos los autores que han hablado de la belleza y de la especificidad de esta comunión conyugal vivida en Cristo: “¿Cómo lograré exponer la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia favorece, que la ofrenda eucarística refuerza, que la bendición sella, que los ángeles anuncian y que el Padre ratifica?... ¡Qué yugo el de los fieles unidos en una sola esperanza, en un solo propósito, en una sola observancia, en una sola servidumbre! Ambos son hermanos y los dos sirven juntos; no hay división ni en la carne ni en el espíritu. Al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne, y donde la carne es única, único es el espíritu” (Tertuliano, Ad uxorem, II, VIII, 6-8: CCL, I, 393).

La Iglesia quiere anunciar a todos con caridad pastoral y a la vez con firmeza este plan de Dios sobre el matrimonio y la familia en toda su belleza y exigencia, consciente de que es lo que Dios desde siempre ha querido para el hombre y la mujer y que sólo cumpliendo Su voluntad encontraremos nuestro descanso y se realizarán las aspiraciones más profundas de nuestro corazón. Esto se hace cada día más evidente al constatar los efectos negativos que se derivan de otras propuestas que se señalan como ‘alternativas’, pero que no lo son. También el Santo Padre Benedicto XVI ha llamado la atención sobre la relación existente entre atacar el amor humano y alejar el hombre de Dios: “El envilecer el amor humano, el suprimir la auténtica capacidad de amar, se revela, de hecho, como el arma más apta y más eficaz para echar a Dios del hombre, para alejar a Dios de la mirada y del corazón del hombre” (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI en la apertura de la Asamblea Eclesial de la diócesis de Roma sobre Familia y comunidad cristiana: formación de la persona y transmisión de la fe [6.VI.2005]) . La defensa que la Iglesia hace del amor, del matrimonio y la familia, es el mejor servicio que puede prestar al bien de todos los hombres y mujeres.

Michelangelo Buonarotti
La institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole. El amor conyugal que como todo amor es esencialmente don, no se agota dentro de la pareja, sino que hace capaces a los esposos “de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana” (FC; n. 14). Del mismo modo que el amor y el cuerpo en el ser humano no se pueden reducir solo a la dimensión biológica, así también la paternidad y la maternidad son verdaderamente tales cuando junto con la transmisión de la vida se transmite también el amor y el sentido que da la posibilidad de decir sí a esa misma vida. Así los esposos, al pasar a ser también padres, reciben una nueva responsabilidad que, para cumplirla debidamente, deberán contar con la ayuda de Dios. De hecho, por sí mismos no pueden con sus solas fuerzas transmitir a los hijos de modo adecuado el amor y el sentido de la vida. El afirmar el valor absoluto de una vida humana, su bondad intrínseca y su sentido, aunque no se conozca su futuro, requiere una autoridad y credibilidad que no poseen los padres, pero sí la Iglesia que es signo e instrumento de salvación. En ella puede edificarse la familia cristiana segura de ese sí definitivo de Dios a la humanidad, de esa alianza eterna en la sangre de Cristo. A su vez, la Iglesia se edifica a partir de las familias, “pequeñas Iglesias domésticas” como las ha llamado el Concilio Vaticano II (Constitución Lumen gentium; n. 11; Decreto Apostolicam actuositatem; n. 11) retomando una antigua expresión de los Padres de la Iglesia (San Juan Crisóstomo, In Genesim serm. VI, 2; VII; 1). Esta interrelación entre la familia y la Iglesia hay que tenerla muy presente en la actividad de la Iglesia. De hecho, la familia está constituida por un conjunto de relaciones humanas mediante las cuales los miembros son introducidos en la gran familia humana y en la familia de de los hijos de Dios que es la Iglesia. Toda persona es engendrada y educada tanto humanamente como en la fe en su familia y por eso ella es el lugar natural en el que la Iglesia se inserta en las generaciones humanas y éstas en la Iglesia. También sabemos que para realizar una auténtica labor educativa, como es la educación en la fe, no basta  tener una buena doctrina para comunicar, sino es necesario algo más humano y profundo, una cercanía vivida cotidianamente como acontece en la familia, donde se puede y se debe ser no sólo maestros sino testigos de lo que se enseña. El testigo está personalmente comprometido con lo que trasmite y a la vez apunta hacia otra cosa distinta de él, en nuestro caso Otro, Cristo Jesús, a su vez verdadero testigo del Padre. Lugar privilegiado y a la vez exigente de este testimonio de Cristo es la familia, y por eso es lugar privilegiado para la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. La crisis de la familia y la pérdida de la fe, esa ‘apostasía silenciosa’ de la que habla el documento del Sínodo de Obispos Ecclesia in Europa (n. 9), son dos fenómenos muy relacionados. La nueva evangelización a la que nos llama insistentemente el Santo Padre, también a través de la creación de un nuevo dicasterio en la Curia romana destinado a tal fin, tiene que tener muy en cuenta la familia.





(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro La buena noticia del matrimonio y la familia y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)


lunes, 14 de febrero de 2011

Una justicia mayor

Homilía 13 de febrero 2011
6º Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

El muro occidental de noche
Cuando el Señor nos concede el gran regalo de ir a Jerusalén, mejor de subir a Jerusalén, porque a la ciudad santa siempre se sube, y vamos al muro de las lamentaciones, o mejor  muro occidental como lo llaman los judíos, el Kotel, quedamos sobrecogidos. Es el lugar más sagrado en la actualidad para el pueblo de la antigua alianza porque es lo que queda de las piedras del segundo templo que mandó construir Herodes el Grande. Ver a los judíos rezar con los salmos, y estudiar la Ley, la Torá, con tanta devoción y cariño, impresiona. Yo siempre que estoy en ese lugar me acuerdo de las palabras de Jesús del evangelio de hoy: “si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. ¿Cómo puede mi justicia ser superior a la de esta gente que muestra tanto amor, respeto y obediencia por la Ley?
                Vamos a hacernos esta pregunta a lo largo de estos domingos, sin buscar una respuesta inmediata y fácil. Vamos a dejarnos iluminar por el Señor abriendo nuestros oídos y corazón a la Escritura. Tenemos la dicha que hasta que empiece la tardía cuaresma de este año, se nos va a proclamar todo el Sermón de la Montaña, dejando fuera sólo unas pocas partes que se leen en otros momentos del año. En este discurso de Jesús que ocupa los capítulos 5, 6 y 7 del evangelio de san Mateo, el Señor como nuevo Moisés nos da la nueva ley del Reino de Dios, ley que lleva a plenitud la antigua. El domingo pasado escuchábamos las bienaventuranzas y hoy  se nos han proclamado las primeras de las seis antítesis con las que Jesús nos da ejemplos de la forma en que nuestra justicia debe ser superior a la de los escribas y fariseos.
es.josemariaescriva.info
Pero antes de considerar brevemente cada una de ellas,  es útil decir algo sobre la forma de interpretar el Sermón de la Montaña a la luz de la tradición de la Iglesia. Cuando leemos lo que han dicho grandes maestros espirituales sobre este Sermón vemos que se ha interpretado de distintas formas, pero todas ellas correctas y útiles para entender bien este discurso de Jesús y aplicarlo a nuestra vida. Estas formas se pueden, simplificando un poco, reducir a dos, la interpretación moral y la cristológica. La moral la podemos encontrar, por ejemplo, en santo Tomás de Aquino, que comenta las bienaventuranzas en la sección moral de su obra teológica, en el contexto de las virtudes y los dones. El Sermón de la Montaña sería para él un ideal de perfección, superior a la antigua ley, que Jesús enseña a sus discípulos. En esta línea de una interpretación moral, pero dándole la vuelta, se encuentra Lutero que dice que esta nueva ley, igual que la antigua, tiene una función ‘acusatoria’, sirve para que me dé cuenta de lo pecador que soy, de mi impotencia para cumplirla y que aprenda a confiar en la gracia y el perdón de Dios. Junto a esta interpretación moral, que no moralista, porque santo Tomás pone siempre primero la gracia de Dios, está la cristológica que ve en Jesús el único que ha cumplido la Ley en plenitud, el verdaderamente justo y que nos hace partícipes por pura gracia de su justicia. Para entender bien el Sermón de la Montaña y aplicarlo a nuestra vida tenemos que mantener unidas estas dos interpretaciones. La nueva ley que nos da el Señor y que supera la antigua es don gratuito, es justicia que se nos aplica, es gracia y la podemos cumplir sólo con la ayuda del Espíritu, pero implica a la vez nuestro esfuerzo por ponerla en práctica por medio del empeño ascético con el que respondemos a la gracia.
La primera antítesis se refiere al mandamiento de no matarás. Jesús lo amplía para incluir la ofensa al hermano y el deber de reconciliarnos con quien sabemos que tiene quejas (se entiende justificadas) contra nostros y esto antes de participar en el culto. También el Señor nos dice que aprovechemos esta vida para hacernos buenos amigos, para arreglar nuestras cuentas con los demás, mientras todavía estamos a tiempo, porque habrá un momento cuando ya será tarde. Esa enseñanza de Jesús la entendemos a la luz  de la doctrina de la Iglesia sobre los novísimos, las últimas cosas, la muerte, el juicio, el paraíso y el infierno, que a veces olvidamos o queremos olvidar.
La segunda antítesis toma como punto de partida el mandamiento sobre el adulterio. Jesús  pide a sus discípulos un cumplimiento no solo exterior, sino interior, con el corazón, de este mandamiento. Llegar a esta pureza interior que nos pide Jesús implica la acción de la gracia que nos va cambiando el corazón, pero también nuestra colaboración. Aquí vemos como las dos formas de interpretar el Sermón de la Montaña tienen que mantenerse unidas. Esta enseñanza de Jesús a la vez me revela lo pecador que soy, lo impuro que tengo el corazón y lo necesario que es que pida la ayuda del Señor, pero también el esfuerzo que tengo que hacer para colaborar con la gracia. De nada me sirve la gracia de Dios si no pongo lo medios para evitar este pecado. Uno que quiere cumplir esta enseñanza pero que no mortifica la vista, por ejemplo, respecto a programas de televisión, a páginas de Internet, etc.  difícilmente podrá cumplirla, por mucho que actúe la gracia. De ahí lo que dice Jesús de esas partes de mi vida que me inducen a pecado y que tengo que quitar, que pueden ser costumbres, hábitos, relaciones, etc. de por sí buenas , pero que en mi situación actual pueden ser ocasión de tropiezo.


Rezando en el Kotel
 
Dentro de esta antítesis se sitúa una enseñanza de Jesús sobre el divorcio y la indisolubilidad del matrimonio que encontramos repetida otra vez en este mismo evangelio de san Mateo y en otros lugares del Nuevo Testamento. No es momento para detenernos en esta enseñanza que toca un tema tan delicado y que afecta de cerca la vida de tantas personas, con situaciones muy distintas, que van desde el que ha sido abandonado por el cónyuge sin culpa por su parte, al que se ha visto en la ‘necesidad’ de ‘rehacer’ su vida con otra persona,... Deseo aquí decir sólo dos cosas. Lo primero que tiene que quedar claro es que la Iglesia no condena a las personas, sino al pecado; y la segunda es que ésta es una enseñanza que como acabamos de ver viene directamente de Jesús, no es una enseñanza 'inventada' por la Iglesia; la Iglesia fielmente reitera esta enseñanza difícil de Jesús, como es su misión. Nosotros debemos aplicarla a nuestra vida y nuestros posibles fracasos también forman parte de nuestra historia personal y pueden ser ocasión de salvación.  
La tercera antítesis arranca de las normas sobre el juramento. Jesús dice que para sus discípulos el hablar debe ser veraz y sincero, sin necesidad de apelar a Dios como garante de lo que se afirma. En un mundo en el que reina la mentira y el engaño, y en el que en algunas profesiones  se admite esto no sólo como lícito y normal, sino como ‘necesario’, estas palabras del Señor nos dan mucho que pensar. Es terrible no poderse fiar de lo que te dice una persona cercana. Decía la Madre Teresa que el hombre más peligroso es el mentiroso.

jueves, 10 de febrero de 2011

Lo mejor está por venir


            Hace unos días una gran amiga me hizo llegar el texto de un discurso pronunciado por el P. José María Fernández –Martos S. J., en un acto en la Pontificia Universidad de Comillas. Aborda un tema interesantísimo y que toca muy de cerca no sólo a los que se han jubilado o están a punto de hacerlo, sino también a los que estamos en esa edad ‘de la crisis de los 40’ y notamos como el tiempo de nuestra vida transcurre cada vez más rápido. Al no poder encontrar el discurso en Internet, lo ‘pego’ más abajo para compartirlo con los lectores de mi blog, anteponiendo unas breves consideraciones que me ha suscitado su lectura.

noticiasdealava.com
            Los psicólogos decimos que una de las diferencias importantes entre una persona mayor y un joven, es que la persona mayor mira más hacia el pasado y la joven hacia el futuro. Al pasar de una etapa a la otra, el lamento, el rencor, los reproches por lo que pudo haber sido empiezan a sustituir los sueños e ilusiones porque lo que puede ser. Pero para el cristiano, lo mejor siempre está siempre por venir. El cristiano está llamado a ser eternamente joven en el espíritu porque siempre mira hacia adelante, hacia el encuentro con el Señor, hacia el estar con Él y disfrutar de su presencia para siempre, que, como dice san Pablo, ‘es con mucho lo mejor’. Esta esperanza es la que da sentido a nuestra vida, a nuestra cruz, a nuestro esfuerzo por amar hasta el extremo, a nuestro sacrificio diario en las pequeñas cosas, a nuestra lucha por la justicia. No debemos dejarnos ‘quitar el cielo’, arrebatar este esperanza, perder la perspectiva escatológica, porque nuestra fe entonces ya no tiene sentido y ‘somos los más desgraciados de toda la humanidad’, como dice también el Apóstol.

            Es verdad que la perspectiva de la vejez nos entristece y quizás nos preocupa, pero mantengamos siempre viva esa llama de la fe que es capaz de alumbrar también los momentos más difíciles y duros, sabiendo lo que nos espera, que lo mejor como nos lo ha prometido el Señor 'está por venir', y Él es fiel y cumple sus promesas. Los muy buenos consejos que nos ofrece el P. José María Fernández-Martos pueden ayudarnos a vivir este otoño de la vida, el tiempo entre las cuatro y las seis de la tarde como él dice, con ilusión y esperanza, y ‘dando todavía fruto’. Como el buen ladrón en la cruz junto a Jesús, nunca es tarde para arrepentirnos, cambiar nuestra actitud ante la vida y la muerte y pedir al Señor que se acuerde de nosotros.


SR. RECTOR MAGNÍFICO. EXCMO. Y RVDMO. SR. NUNCIO APOSTÓLICO. R. P. VICE-GRAN CANCILLER. DIGNÍSIMAS AUTORIDADES. PROFESORES Y ALUMNOS. PERSONAL DE ADMINISTRACIÓN Y SERVICIOS. SEÑORAS Y SEÑORES      

Un solo mensaje: lo mejor está por venir, aunque no lo parezca. Así es para los cinco que cumplimos 40 años en la Universidad y los nueve que se jubilan. Nuestras ocupaciones han sido muy variados (Enseñanza, Oficialía, Biblioteca, etc), pero nuestro esfuerzo e ilusión confluía – casi sin saberlo - en la marcha de esta Universidad excelente que proclama y entorcha nuestras canas y excedencias.

                En primer lugar y en nombre de todos nosotros, me permito dar gracias a Dios porque nos dio larga salud para trabajar con ganas hasta regalarnos este acto de hoy. Agradecidos y entorchados. Nuestra hora – entre las seis y las ocho de la tarde del día de la vida - es bella, aunque se sienta ya el temblor y dolor de algunas hojas cayendo. No queda atrás el “meollo de la vida”; ahora nos toca testimoniar no si hay vida después de la muerte, sino si hay vida después de la jubilación.

                En segundo lugar me dirijo a mis compañeros de escapada con sus nombres: Isidora, Javier, Ricardo, Norberto, Carlos, María Rosa, Antonio, Santiago, José Miguel, Mª Dolores, Andrés, Mª Asunción, Rafael María, Mª del Pilar y, el que os habla, José María. Sólo quiero deciros que no es tiempo de aparcar sino de afanarnos en tareas recias y sutiles. Despedidos los “quehaceres”, toca afinar el propio “quehacerse”. Casi sin notarlo se nos ha ido acercando al primer día del resto de nuestra vida. El librillo del papel de fumar de la vida nos muestra una hoja roja que anuncia: “quedan cinco hojas”. El verde de las esperanzas, se torna tierra ocre de esfuerzos y deberes.

                He aquí algunos matices del “quehacerse” otoñal.

trecebits.com
                1. Cambiar frente a estancarse: ¿Cómo crece la langosta? Produciendo caparazones protectores de los que se desprende para crecer. En cada transición queda frágil y vulnerable hasta lograr el nuevo caparazón acomodado al crecimiento. Sin exponerse al cambio y a la vulnerabilidad, no hay crecimiento. La jubilación y la edad adulta imponen deshacerse de caparazones. Adquirir una profesión o un trabajo,  casarse, tener hijos, perder familiares y amigos, lidiar con responsabilidades, lamentar aspiraciones frustradas, reforzaron el caparazón y nos hicieron menos permeables a lo nuevo. Las costumbres y modas de los jóvenes pueden chocarnos y descolocarnos. Esta desazón cultural no se sortea, arrastrando “nuestro hogar transeúnte” como el caracol.  ¡Ojo! Que cuando disminuyen las exigencias y tareas de afuera, no aumenten las manías y rutinas de dentro. Los recortes de la despedida son menos peligrosos que los que nos autoimponemos balanceándonos en la mecedora o aparcando ante el televisor. Nuestros hábitos no son manchas de tigre imposibles de borrar. Si reaccionamos con vigor no miraremos con envidia a otros que inician caminos a los que nosotros dimos la espalda. ¡Abrámonos a lo nuevo, aunque sea con pasos lastrados de incalculable pereza! ¡Rescatemos aficiones menudas que un día sofocamos! ¡Arrostremos tanteos de nuevos aprendizajes! 

                2. Sortear la tristeza; recalar en la esperanza: La sociología nos dice que la probabilidad de tener una depresión es tres veces mayor para nosotros que para nuestros abuelos. ¿Razones? Pérdida de espíritu de lucha, menor tolerancia a la frustración; avidez de evasiones; erosión de la familia, debilitamiento de grandes horizontes del pasado (Dios, nación, familia, deber). Nos toca defender nuestra alegría, como se defienden las trincheras. Alcemos la bandera de una serena alegría. La diversión y la alegría se relacionan como superficie y profundidad. La alegría es profunda, afecta al núcleo de nuestro ser y lo baña por entero, iluminando la vida, tanto en su pasado como en su futuro. Nuestros hijos y nietos nos perdonarán muchas cosas, pero no que seamos tristes. El alegre no quiere volver atrás el reloj del tiempo ni pide con Goethe en el Fausto: “Devolvedme mi juventud”. La vida no es aburrida.

                3. Afrontar y acoger las muertes parciales: la inevitable jubilación, las escaleras que se resisten, unos kilos de más, una artritis penosa, el olvido de los nietos. Cada día susurrará un dato minúsculo y sin importancia. No soñemos con un último tren maravilloso, ni nos aferremos a lo que podamos ceder. Nos toca recogernos en lo profundo para darnos forma en la escucha serena del misterio de las cosas que nos rodean. Es agradecer el crecimiento de los demás cuando nosotros bajamos. Es sentir dentro la satisfacción y dignidad del propio estilo de vida.  Es entrar en nuestra verdad desnuda y en la verdad rocosa de la vida. Sonó la recia hora de llamar a las cosas por su nombre y no a nuestra conveniencia. Nuestro deseo de evitar conflictos no era prudencia. La incapacidad para detenernos no era pasión por la acción. Nuestra avaricia no solo era sacrificarse por la seguridad familiar. Nuestra evitación de la familia no la pedía el trabajo. Despidamos eufemismos. Los hijos pueden desvelarnos, rudamente quizás, alguna verdad molesta del guión de nuestra vida. Quizás descubramos que algunas decisiones que en su tiempo saludamos como liberadoras, nos condujeron a esclavitudes reales.

                4. Pero esta verdad nos la tenemos que decir con bondad. Es tiempo de ser bueno con uno mismo. Aceptarme a mí mismo como soy, pobre ser humano. No es contarme los cuentos que Mark Twain ironizaba, “cuando era joven podía recordar cualquier cosa hubiese ocurrido o no; ahora que me voy haciendo viejo, sólo recuerdo las que no ocurrieron”. Se trata de mirar la propia vida con una mirada más matizada, menos tajante, menos escéptica, y, sin duda, mucho más benévola con el pobre barro humano que somos. Ser bueno es darme tiempo para la contemplación benévola y sorprendida de los placeres y espectáculos menudos que mi apresurada vida me hurtaron: paseo con el nieto, lectura, conversación pausada, escuchar música, cuidar plantas, visitar alamedas junto al río que nos limpien la mirada y enseñen lo que los libros y la prisa nos velaron. Aprendamos de Rilke: “Y cuando sepa mucho, iré a mirar // los animales, simplemente, para que un poco de la gracia de su marcha // entre en mis coyunturas; y tendré breve vida en sus ojos, al tomarme // y soltarme despacio, sin juzgarme” (Rilke, Cincuenta poesías, Ed Ágora, Madrid, 1957, en “Réquiem para una amiga”, p. 57)

                5. Aprovechar la sonora posibilidad de murmurar una palabra nueva. Huarte de San Juan escribió que “en ninguna edad está el cuerpo más flaco que en la vejez, ni el ánima más libre y suelta para obrar conforme a razón”. Mi historia de libertad no ha terminado. Incluso el pobre ladrón pronunció una última palabra que le trasplantó al paraíso. Se nos pasa a la firma la “última forma” que configurará definitivamente nuestro trayecto vital. Quizás el pasado no permita restablecernos del todo ante la historia, pero sí ante la conciencia, ante la familia y ante Dios. La vida biográfica pide ser definitivamente moldeada, no sólo por lo que quisimos o logramos ser, sino por lo que ahora creemos que deberíamos haber sido. Inclinemos la balanza a favor de los impulsos generosos, amplios y sanos. Basta una tonalidad última, quizás hecha de paciencia, de valentía, de tolerancia, de generosidad, de reconciliación, de humor, y el último rayo de la tarde la vestirá de belleza. Una torta de manzana, un abrazo del abuelo son, a veces, recuerdos calientes para siempre. ¡Dejemos atrás los agravios! Pasó el tiempo de competir. Despidámonos, mejorando la vida.  El ave fénix renueva su juventud cuando ya es chamuscada ceniza. Nuestra biografía no está cerrada. Canta D.H. Lawrence: “Cuando el fruto maduro cae, // su dulzura destila y permea las venas de la tierra. // Cuando muere la gente con plenitud, // el aceite esencial de su experiencia entra // a las venas del viviente espacio, y agrega un destello // al átomo, al cuerpo inmortal del caos” ( D. H. Lawrence, Poemas, en “Cuando el fruto maduro cae”, Ed. Argonauta, Barcelona, 1980).

                6. Quizás esa nueva palabra tenga que ver con estrenar alguna manera de amar a los demás. Nos cumplimos, amando, no cumpliendo años. Pocos años, pueden ser muchos, si los invertimos en amar y en ablandar durezas pasadas. Crecer de verdad, es avanzar en el amor. Así se alcanza la edad adulta: “la plenitud de Cristo. Así ya no seremos niños zarandeados y a la deriva… sino auténticos en el amor” (Ef 4, 13-15). Al declinar la tarde, al final de la jornada, nos han de examinar: no si es mucha la cosecha, más si salimos a sembrar. Que podamos responder que no todas florecieron, pero sí que las sembramos con amor. El albor del “encanecer” abrirá alboradas nunca imaginadas, claridades convertidas en estrenada ternura, incluso, para aquellos que pensamos que no nos pertenecían…

madrid.es
                7. Abrirse a la transcendencia. La edad adulta con su disminución de fuerzas, la futilidad de lo que en otro tiempo entusiasmó, los logros y fracasos, interroga siempre sobre un algo, como decía Paracelso, “por encima de la naturaleza”. En los atardeceres se abren paso preguntas entre los ídolos caídos de antaño. ¿Mira que si es verdad lo de Jorge Manrique?: “este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar“.Es un Alguien con mayúscula que me invita a un abandono confiado, a pasar de la nostalgia a la alabanza, de la soledad que endurece al diálogo que abre. Sin esperanza esta edad puede ser muy dura, pero si se aguza el oído podremos oír una llamada discreta del que nos regaló la existencia: “Hasta la vejez yo seré el mismo; hasta las canas yo os sostendré y os liberaré” (Is 46, 4), dice Dios. “No, mi corazón no duerme.// Está despierto, despierto. // Ni duerme, ni sueña; mira, // los claros ojos abiertos, // Señas lejanas y escucha // a orillas del gran silencio”, cantaba Antonio Machado. Hechos para el encuentro, delante nos espera el mejor y más grande de los abrazos.

                Ah! y a los más jóvenes que nos acompañáis no olvidéis que la calidad del otoño se prepara en primavera: “Acuérdate de tu Hacedor durante tu juventud, antes de que lleguen los días aciagos” (Eclº 12, 1). Muchas gracias por su atención.  

P. José María Fernández-Martos S.J.

martes, 8 de febrero de 2011

Amos Oz e il conflitto israelo-palestinese: È un “divorzio equo” la soluzione?


     È molto chiarificatore leggere il piccolo libro di Amos Oz Contro il fanatismo  (Feltrinelli, 2008 - 6ª edizione), tanto per ciò che afferma sul fanatismo in generale, come per quello che dice sul conflitto tra Israele e Palestina e la soluzione che lui propone. Riguardo al conflitto, la sua posizione si può riassumere in pochi punti:

  • È un conflitto tra due diritti, tra due pretese ugualmente legittime alla stessa terra. Non si può inquadrare questo conflitto con una mentalità da film western che vuole sapere subito chi sono i buoni e chi i cattivi. Anche se può essere più facile riconoscere il diritto del popolo palestinese alla sua patria, nondimeno, è anche necessario riconoscere l’autenticità del legame ebraico con la sua terra.
  • Contrariamente al pregiudizio europeo che vede ogni conflitto come frutto di un malinteso che può essere risolto prendendo un caffè insieme o sottoponendosi ad una buona terapia di gruppo, questo è un conflitto reale.
  • Si risolve solo con un compromesso, che, come ogni compromesso, è doloroso; un compromesso che può essere paragonato ad un divorzio equo; a due divorziati che devono mettersi d’accordo per vivere sotto lo stesso tetto.
  • Mettersi d’accordo implicherebbe:
  • La creazione di due Stati indipendenti;
  • Il ripiego di Israele alle linee precedenti al 1967 tenendo conto grosso modo della distribuzione demografica della popolazione;
  • Uno statuto speciale per i luoghi santi di Gerusalemme;
  • Una giusta soluzione per i profughi palestinesi del 1948.

Graffito su un muro di Betlemme
      Anche per ciò che riguarda il fanatismo, le idee avanzate di Amoz Oz nel suo libro sono illuminanti. Ingegnosa è l’immagine del fanatico come “un punto esclamativo ambulante” (p. 35); utile il porre in risalto il legame tra fanatismo e disperazione e la necessità di generare speranza. Facile è essere d’accordo con la sua affermazione che “l’Islam moderato è l’unica forza che possa fermare il fanatismo islamico” (p. 36). Acutamente nota la facilità con cui paradossalmente la gente diventa “fanaticamente antifanatica, antifondamentalista, con cui intraprende una crociata antijihad” (p. 51). Como soluzione al fanatismo propone il senso dell’umorismo, il sapersi mettere nei panni dell’altro, il riconoscersi reciprocamente come penisole, legati alla terra ma soli di fronte all’oceano, l’imparare a vivere ‘in situazione aperte, entro conflitti non risolti, insieme alla diversità degli altri’ (p. 52). Amoz non crede “che l’amore sia la virtù grazie alla quale si possono risolvere i problemi internazionali. È di altro che abbiamo bisogno. Del senso di giustizia, ma anche del buon senso. E poi di immaginazione, una capacità profonda di immaginare l’altro, talvolta di metterci nei panni degli altri (p. 64)
    Un libro certamente arricchente e pieno di buoni spunti per la riflessione personale e per trovare insieme vie per la pace. Credo però, che andrebbe approfondito il diritto di Israele alla sua terra, e a quella terra in particolare. Questa pretesa che l’Autore afferma, anche riconoscendo che taluni possono avere difficoltà ad accettare, non viene giustificata sufficientemente nel libro ed è il vero nocciolo della questione. Como si fondamenta questo diritto? Nella religione, sulla base della tradizione biblica che vede quella terra data da Dio in eredità ai patriarchi? Sulla storia del popolo di Israele e la continuità della sua presenza in quei luoghi? Su un accordo internazionale? Per necessità vista la vulnerabilità di questo popolo senza terra e il complesso di colpa d’Occidente per la Shoah? Sulla forza e la convenienza geo-politica vista  la situazione vicino-orientale? Sulla politica dei ‘fatti compiuti’ e ‘irreversibili’? Questo deve essere chiarito ed in modo convincente per quelli che sono restii ad ammettere un tale diritto di Israele, affinché il ragionamento di Oz abbia forza.

domingo, 6 de febrero de 2011

Sal de la tierra y luz del mundo

Homilía 6 de febrero 2011
5º Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

San Pablo Miki y compañeros, mártires


Amanecer en el Monte de las Bienaventuranzas
Las metáforas muchas veces nos ayudan a entender aspectos de la realidad de una modo nuevo y más profundo, al sacar a la luz algún parecido entre dos cosas que de por sí son muy distintas. Jesús era un verdadero maestro en utilizar metáforas y lo vemos con mucha claridad en las dos que aparecen en el evangelio de hoy: la luz y la sal. Jesús habla a sus discípulos que se habían acercado a Él para escuchar el Sermón de la Montaña y que acababan de oír las bienaventuranzas y les habla de su misión en el mundo; dice que son sal de la tierra y luz del mundo. ¿Qué significa esto?
La característica principal que tienen en común la sal y la luz es que basta muy poca cantidad para que produzcan su efecto. Con muy poca sal se sala un plato y cambia totalmente su sabor, como bien sabemos los que tenemos hipertensión, y con muy poca luz se alumbra una habitación oscura: es suficiente encender una vela para que todo cambie. De la misma manera, bastan pocos cristianos para cambiar su entorno, pero la condición es que sean auténticos. Un cristiano que vive las bienaventuranzas, que ha entendido y hecho suyo el mensaje de Cristo crucificado, es sal de la tierra y luz del mundo: su sola presencia produce efectos. Un sólo santo, como muestra la historia de la Iglesia, puede hacer grandes cosas. Impresiona, por ejemplo, la figura de San Francisco de Asís, que contrariamente a lo que afirma Jesús, fue profeta en su patria. La autenticidad de su testimonio, atrajo a una vida de servicio a Dios a muchos de los que antes eran sus compañeros de juerga en Asís.
sanantoniodepadua.org
Ha habido momentos en la historia de la Iglesia que pensábamos que lo que había que intentar es que todos entrasen la Iglesia, que todos se bautizaran y fueran cristianos. Interpretábamos de una forma muy reduccionista las palabras de Jesús a Nicodemo de que ‘hay que nacer del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de Dios’ y decíamos que extra ecclaesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación, que si uno no se bautiza no se salva. Hoy, después del Concilio Vaticano II, algo ha cambiado en nuestra perspectiva y nos hemos dado cuenta que esa forma de entender la Iglesia lleva a rebajar mucho el listón, a aflojar las condiciones exigidas para ser miembro de ella, y la Iglesia corre el riesgo de no ser ya luz del mundo y sal de la tierra, e identificarse demasiado con el mundo que tiene que evangelizar.
La Iglesia está llamada a ser luz y sal y nosotros como miembros de ella también. Lo somos en la medida en que somos auténticos. No hace falta que seamos muchos, pero sí que seamos buenos. Las palabras de Jesús del evangelio de hoy muestran que para Él es mejor “pocos pero buenos, que muchos pero mediocres”. Estas palabras nos indican que quizás tengamos que replantearnos lo que exigimos para acceder a los sacramentos; quizás no todos deben ser bautizados, recibir la primera comunión, casarse por la Iglesia, confirmarse... si no están bien dispuestos, si nos son llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo, si no son capaces o no quieren comprometerse a ello.
devocionalescristianos.org
Pero, ¿cómo se es sal y luz? Las lecturas de hoy nos hablan también de esto. Lo primero que hay que tener claro es que no los somos por nosotros mismos, sino en la medida en que hacemos presente con nuestra vida a Jesús, la verdadera luz de las naciones. Nosotros estamos llamados a reflejar su luz, porque Él es el que  cumple las bienaventuranzas, Él es el salvador, Él el médico. Nosotros reflejamos su luz, como la luna el sol, en la medida en que imitamos sus virtudes, su forma de ser, sentir y pensar. Por nosotros mismos somos nada, somos tiniebla. Lo segundo que nos dicen las lecturas de hoy es que para ser luz hay que practicar la justicia y la misericordia. Isaías afirma en la primera lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo y no te cierres a tu propia carne, entonces romperá tu luz como la aurora... cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia... brillará tu luz”. Lo mismos en el Salmo: “En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo”. Una persona que practica la justicia y es clemente y compasivo es como una vela encendida en este mundo de tinieblas; es sal y luz para los demás.
Esto es lo que nos dicen las lecturas de hoy del Antiguo Testamento, pero ¿qué añade el Nuevo Testamento? Añade el misterio de la cruz. Vivir la justicia en un mundo inicuo lleva a ser tomado por tonto, ridiculizado, quizás perseguido, a sufrir. Es lo que le pasó Jesús, que centro su vida en la predicación del Reino de Dios y su mensaje en el mandato del amor, pero fue puesto a muerte. Esta vivencia de la cruz que con frecuencia acompaña el amar de verdad al hermano y deriva del pecado presente en nuestra sociedad, vivida en unión con Cristo y configurándonos a Él, nos hacen luz y sal.
La segundo lectura del la primera carta de San Pablo a los Corintios ratifica todo esto. Pablo se presentó a los corintios débil y temblando de miedo para predicarles el misterio de Dios, no hablando de sí mismo, ni con sublime elocuencia, sino anunciando a Jesucristo, y éste crucificado. Este anuncio del Justo-crucificado y glorificado fue el que cambio la vida de los corintios que se abrieron al evangelio. Este Justo-crucificado es la revelación del amor de Dios y del pecado del mundo, y por eso es luz del mundo y sal de la tierra. Con Él y unidos a Él todo adquiere un sentido nuevo, todo queda iluminado y tiene un sabor distinto. Nosotros estamos llamados a ser testigos con nuestra vida de esto.
No es necesario que seamos muchos, bastamos muy pocos para dar sentido y sabor al mundo, pero tenemos que ser fiel reflejo de Él, y lo seremos en la medida en que lo imitemos practicando la justicia y viviendo las bienaventuranzas y aceptando en unión con Él el misterio de la cruz presente en nuestra vida y en el mundo. Esto es lo que hicieron los mártires cuya memoria celebramos hoy: San Pablo Miki y sus compañeros, crucificados en Nagasaki en 1597 después de sufrir graves ultrajes. Fueron luz y sal para sus conciudadanos japoneses. Fueron esa semilla que si muere produce mucho fruto y aunque relativamente pocos, veintiseis entre sacerdotes, religiosos y laicos, la Iglesia de Japón les debe mucho.

jueves, 3 de febrero de 2011

¿Dónde está la verdadera dicha?


Homilía 30 de enero 2011
4º Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Los que fuimos el año pasado en la peregrinación organizada por la parroquia a Tierra Santa, tuvimos la ventura de alojarnos algunos días en la Casa de Ejercicios situada en el Monte de las Bienaventuranzas. Pudimos pasearnos por esa colina y contemplar el sol que salía sobre el lago de Galilea al amanecer y la luna que se reflejaba en sus aguas por la noche. Respirar el aire de ese sitio y oler sus aromas. Oír los sonidos de la naturaleza y sentir la humedad de la noche. Yo intentaba imaginarme como sería cuando Jesús en ese mismo lugar, hace más de 2000 años, se sentó como en una cátedra, y ante la multitud pobre y hambrienta, ante ese ‘resto de Israel’ que se había congregado para escuchar una palabra de vida y esperanza, empezó el Sermón de la Montaña. Eran palabras divinas con voz humana. Aún hoy a nosotros nos parecen que vienen de otro mundo muy distante y distinto del nuestro. Seguro que la reacción de la gente fue de sorpresa, sobrecogimiento y entusiasmo. De asombro y alegría. Algo en los más profundo de su ser empezaba resonar. Y todavía hoy, en ese lugar, parece que se pueden oír esas palabras de vida eterna pronunciadas por Jesús hace tanto tiempo.
                Es curioso como todos nosotros creemos saber donde está la verdadera dicha, donde está la felicidad, la bienaventuranza, y que se debe hacer, o tener, para conseguirla. Pero también es verdad que la mayoría de nosotros nunca se ha parado a pensar en el tema con detenimiento y hemos tomado por bueno lo que nuestros padres nos han transmitido y la sociedad nos propone. Y así creemos que para ser felices hay que tener una buena posición social, tener un buen trabajo, tener dinero, tener una familia ejemplar, unos hijos bien educados con buen futuro, un buen coche, una buena casa, vacaciones etc.; lo que a veces llamamos ‘calidad de vida’. Y toda nuestra energía y tiempo los empleamos para alcanzar estos objetivos, a veces con testarudez y mucha perseverancia y esfuerzo. Tenemos la esperanza que una vez alcanzados estaremos en paz y seremos felices. Es verdad que a veces surgen dentro de nosotros dudas de si nos estaremos engañando o dejando engañar, de si la vida no consista más en ‘ser’ que en ‘tener’ como diría Erich Fromm, de que quizás estemos persiguiendo una liebre ilusoria, de que no estamos viviendo de verdad, porque como decía John Lennon ‘la vida es lo que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otras cosas’. Pero acallamos rápidamente estas dudas porque nos dan miedo y ponen en cuestión muchas cosas que hemos creído. Sin embargo, a veces la vida misma hace que tengamos que pararnos y pensar, o a veces una palabra, como esta de las Bienaventuranzas, se abre paso en nuestra coraza y derrumba nuestros muros. Entonces descubrimos que la felicidad está mucho más cerca de lo que pensábamos, que no consiste en tener cosas sino en ser, que la dicha es el ‘efecto colateral’ de una vida bien vivida y que para el cristiano una vida bien vivida es una vida en unión con el Señor, en comunión con Él. Las bienaventuranzas nos vienen a decir que en nuestra vida actual, con su sufrimiento, su fracaso, su llanto, en definitiva con su cruz, podemos ya ser dichosos si la vivimos  en unión con Cristo. Que podemos ya hoy experimentar esa dicha reservada para los amigos del Señor que viven como Él. Cuando hacemos este descubrimiento lloramos a la vez de pena y de alegría, de pena por el tiempo perdido y lo engañados que estábamos, y de alegría por saber que aún estamos a tiempo para cambiar y ser felices de verdad.
                Las bienaventuranzas que abren el Sermón de la Montaña, que es la nueva ley dada por el nuevo y definitivo Moisés, son como el manifiesto solemne de los valores del Reino de Dios, de las actitudes para estar disponibles para este Reino. Son sobre todo una fotografía espiritual de Jesús, nos describen su rostro humano, su forma de ser. Es interesante que en el Nuevo Testamento no encontramos ninguna descripción de como era Jesús físicamente, casi que este dato no interesara, pero sí encontramos una descripción de su rostro espiritual y esto si interesa porque es el que estamos llamados a imitar. Y esta descripción de su rostro espiritual son las bienaventuranzas. Es Jesús el pobre en el espíritu, el manso, el que llora, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el limpio de corazón, el que trabaja por la paz, el perseguido por causa de la justicia.
                Las bienaventuranzas nos enseñan el camino para la felicidad y éste, en definitiva, es Jesús mismo, camino verdad y vida. Si nos unimos a Él, imitándole, haciendo nuestra su forma de vida, en nuestra vida concreta, experimentaremos la verdadera dicha. Experimentaremos como el Señor mismo nos va cambiando y nos va transformando a su imagen. De hecho, las bienaventuranzas más que un mandato son una promesa, una buena noticia, son el anuncio de lo que Dios hará con nosotros si nos dejamos moldear por Él, por su Espíritu.
                Hagamos nuestra esta ley; abrámonos a la acción del Espíritu de Jesús que nos quiere transformar a su imagen y no nos dejemos engañar por el mundo y sus seducciones. Decimos los psicólogos que la infelicidad surge de la distancia percibida entre nuestras expectativas y la realidad. Muchas veces nuestras expectativas son irreales y engañosamente creadas en nosotros y asumidas por nosotros sin mucha reflexión. Por otro lado, huimos de nuestra realidad que no aceptamos y no la vemos como ocasión para unirnos al Señor. Las bienaventuranzas nos vienen a decir que esta distancia entre relidad y expectativas ha sido anulada por Jesús. Que ya ahora eligiendo vivir como Jesús y unidos a Él podemos ser dichosos y que esta felicidad, que ahora experimentamos junto con tribulaciones, llegará a su plenitud en la vida eterna.