viernes, 20 de mayo de 2011

Indignarnos y rebelarnos. Sí.

Tienen razón los del Movimiento 15-M (‘Democracia Real Ya’, ‘acampados de la Puerta del Sol’) y su inspirador Stéphane Hessel que hay que estar indignados. Y en situaciones como lo actual donde hay un descontento generalizado, basta que alguien empiece a moverse para que nos movamos todos. Esto es lo que está pasando desde este domingo y que tanto preocupa a los partidos políticos tradicionales, empeñados en los últimos días de una campaña electoral que todos percibimos como ‘más de lo mismo’. Sin embargo, lo que verdaderamente debería preocupar los partidos, más allá de la posible repercusión en las elecciones del próximo domingo, es que este movimiento transmite una verdad potencialmente explosiva, que es que nuestra democracia no es una democracia real, sino una ‘partitocracia’ que no representa al pueblo y sus intereses. Esta verdad que todos conocemos pero que nos callamos — porque pensamos que no hay un modelo mejor y que el bipartismo a fin de cuentas, con su alternancia en el poder, no es tan malo y crea un poco de justicia — es lo que se está poniendo en cuestión estos días y que tanto apoyos recibe de la gente común, jóvenes y mayores, de derechas y de izquierda.

             Pero los partidos políticos siguen con su campaña y con la mirada miope puesta en los resultados del domingo, como la orquesta del Titanic seguía tocando su música mientras el barco se hundía, fingiendo que no pasaba nada. Eso sí, algunos de ellos piensan que los votos en blanco o la abstención pueden hacerles un flaco favor, y los otros, escarmentados por la experiencia, temen que este movimiento pueda estar pilotado para reventar las elecciones o ser instrumentalizado para ello, ya que las encuestas les daban como claros ganadores. Finalmente, algunos partidos minoritarios, cuyas posiciones en el ámbito económico son similares a las del Movimiento 15-M, quieren llevar de forma interesada el agua a su molino...

Stéphane Hessel
             Desde mi punto de vista es fundamental aclarar qué es lo que nos indigna. Stéphane Hessel, en su libro, afirma que lo importante es huir de la indiferencia, ‘la peor de las actitudes’, e indignarnos, ya que esto nos lleva a la acción, pero no aclara mucho el motivo para hacerlo. Sí sugiere algunos, como la brecha entre ricos y pobres, la situación de Palestina y la pérdida de los derechos sociales conquistados por la Resistencia en Francia. En línea con esto, creo que nosotros los españoles — por lo menos yo, como uno de ellos — tenemos dos serios motivos para estarlo. El primero es que nuestra democracia no es real, se ha vuelto una ‘partitocracia’, en la que los partidos políticos han usurpado el poder a los ciudadanos. Nosotros podemos optar pero no decidir y las opciones son muy limitadas; de hecho, son al final lo mismo, el mismo plato con distinto condimento. El segundo motivo, para mí más importante, es que tenemos que sentirnos indignados y rebelarnos contra la dictadura de los mercados financieros, que son lo que verdaderamente mandan, estando los partidos y los medios de comunicación plenamente a su servicio. Con la excusa que no hay dinero, aunque sí lo hay y más que nunca pero acumulado en pocas manos, se recortan derechos sociales como las pensiones, las vacaciones, las estabilidad laboral, etc., para pagar los excesos de algunos, que son los causantes de la crisis, que siguen con sus mismos privilegios y que permanecen en los mismos puestos de mando. Y todo esto con el beneplácito de los partidos, tanto de derecha como de izquierda, que han legislado la desregulación de los mercados que ha llevado a la crisis y ahora permiten que los de siempre paguen los platos rotos.

Casa del Libro
Ante esto es justo indignarse y rebelarse. Como también ante los medios de comunicación social que, como dice Hessel, ‘proponen a nuestro jóvenes como único horizonte el consumismo de masa, el desprecio de los más débiles y de la cultura, la amnesia generalizada y la competición permanente de todos contra todos’.

Algunos han comparado lo que está teniendo lugar estos días en España con lo que ha pasado y sigue pasando en países musulmanes del norte de África y de Medio Oriente, donde han surgidos movimientos sociales que han llevado a cambios importantes, aunque siga habiendo mucha incertidumbre acerca del desenlace final. Evidentemente, hay diferencias importantes: el presidente del Gobierno español no puede ser equiparado a los que gobiernan estos países. Sin embargo, sí hay muchas similitudes. Entre ellas, la más importante es que estos movimientos surgen como reacción a una falsa democracia y a la corrupción generalizada. Quizás estemos viviendo un momento histórico de nueva toma de conciencia por parte de la humanidad de los derechos humanos universales.


Otros dicen que aunque este Movimiento en España critique el sistema político en cuanto tal, nace de una mala gestión, sobre todo de la Economía, que ha llevado a cinco millones de parados y a una tasa de paro juvenil que roza el 50%. En Alemania, por ejemplo, con un sistema político similar, se ha abordado mucho mejor la misma crisis y se está saliendo de ella con tasas de crecimiento y de paro muy aceptables, y por eso no ha surgido este tipo de movimiento social anti-sistema. Se afirma, por tanto, que esta protesta realmente no es contra el sistema, sino contra el Gobierno de Zapatero y su forma de gestionar la crisis. De todos modos, el Partido Popular, que defiende esta lectura de los eventos, está preocupado de perder con este Movimiento parte del voto de protesta que iba a sumar en las elecciones del domingo.

Y como cristianos, ¿cómo nos situamos ante todo esto? ¿Qué debemos hacer? Creo que tenemos que superar la dialéctica Partido Popular – Partido Socialista que es reductiva, rebasando así el mito de las ‘dos Españas’, y situarnos en un plano de análisis más elevado que es el verdaderamente fundamental. La lucha verdadera no es entre PP y PSOE, sino entre lo que hace bien al hombre y a su dignidad y lo que no, entre la justicia y el bien y la injustica y el mal, entre los que viven para Dios y los demás y los que viven para sí mismos — parafraseando a san Agustín —, al final entre Dios y el demonio. En el libro del Apocalipsis que la Iglesia lee en estos días de Pascua se habla del dragón y de las bestias a las que da su fuerza. La segunda de ellas sale de la tierra, y engaña a sus habitantes “mediante los signos que se le ha concedido realizar”, y hace que a “todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pueda comprar ni vender si no tiene la marca de la bestia” (Ap 12). Estas imágenes de libro del Apocalipsis representan los imperios y las ideologías que oprimen al hombre, que son encarnaciones de la fuerza del mal presente en la historia. ¿Qué duda cabe que hoy el dinero - y la consecuente dictadura de los mercados financieros -  se ha vuelto el gran ídolo, el becerro de oro, una de las bestias del texto sagrado, que todos adoran y sirven, empezando por los partidos políticos y los medios de comunicación, y que engaña y oprime a los hombres? Contra esto es ‘justo y necesario’ indignarse y rebelarse, uniéndonos a todos los hombre y mujeres de buena voluntad comprometidos con esta lucha no-violenta.

Con todo, tengo pocas esperanzas que después de las elecciones las cosas cambien. ¿Habrá que resignarse, que junto con la indiferencia es la peor actitud para que algo cambie? ¿Cabe otra posibilidad? ¿Tendremos que esperar a que algo o alguien nos vuelva a mover?

martes, 17 de mayo de 2011

Volvamos al pastor y guardián de nuestras almas


Homilía 15 de mayo 2011

IV Domingo de Pascua (ciclo A)

Fiesta de San Isidro Labrador, patrono de Madrid


Catacumbras de los santos
 Pedro y Marcelino (Roma)
Estamos aquí en España en plena campaña electoral. Muchos se proponen a sí mismos para gobernar nuestros pueblos, ciudades y comunidades autónomas y piden nuestro voto. Otras veces, nos encontramos con personas o instituciones que se proponen no ya para gobernar algo que nos afecta pero que es externo a nosotros, como el lugar donde vivimos, sino nuestra propia vida. Pretenden ser nuestros guías, ensenarnos como debemos vivir, que debemos hacer para ser felices, lo que es bueno o malo para nosotros. Nos prometen llevarnos a ser verdaderamente felices y cumplir todos nuestros deseos. Pero siempre nos defraudan y nos damos cuenta que estas personas o instituciones no tienen un verdadero interés por nosotros, por nuestro bien, sino que buscan su propio interés y nos usan como instrumentos para ello. De esto nos hemos dado cuenta con mucha claridad en esta crisis económica que padecemos.
             Y de esto también nos habla la Palabra de Dios de este Día del Señor que estamos celebrando, cuarto domingo de Pascua, domingo que llamamos del ‘Buen Pastor’, porque se nos proclama parte del capítulo diez del evangelio de San Juan en el que Jesús usa esta comparación para hablar de sí mismo y su relación con nosotros. De hecho, Jesús usa en este capítulo del cuarto evangelio dos imágenes para hablar de sí mismo, la del buen pastor, pero también la de la puerta y haciendo esto nos ofrece unos criterios para distinguir los buenos pastores de los que no lo son.

Para entender mejor estas imágenes de Jesús, tenemos que visualizar a los pastores de su tiempo. Éstos solían dejar su rebaño por la noche en un redil común, compartido por varios pastores y cuidado por un guarda. Por la mañana, cuando iban a salir a los pastos con su rebaño, se presentaban en la puerta y recogían a sus ovejas, dejando en el redil a las de los otros pastores, y las conducían, caminando delante de ellas, hacia donde sabían que había comida. También a veces los mismos pastores hacían con su cuerpo de puerta del aprisco, durmiendo en la puertilla de acceso a él.
En el capítulo diez del evangelio de Juan, Jesús afirma que Él es el buen pastor, que da la vida por sus ovejas, no como los asalariados que no le importan. Él conoce a cada una por su nombre y las llama y ellas conocen su voz y las conduce donde hay buenos pastos. También dice el Señor que Él es la puerta, los que nos pasan por él para coger a las ovejas, sino que saltan el muro del redil, son ladrones y bandidos.
Nuestros verdaderos maestros y guías en la vida, los que realmente nos aman y desean nuestro bien y quieren llevarnos a la ‘vida abundante’, son los que pasan por Jesús que es la única puerta, los que siguen su ejemplo y se han configurado a Él. Éstos hacen presente al único buen pastor que es Cristo, “que cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado”. El Señor ‘padeció la pasión por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas y aprendamos a hacer el bien soportando el sufrimiento’. Como Él mismo dice, camina delante de nosotros llevándonos donde hay verdadera comida y bebida. Él quiere que tengamos vida y vida abundante. Sólo Él es y puede ser el pastor de nuestras almas, porque es quien ha entregado su vida por nosotros y nos abre las puertas del cielo. Los demás pueden ser nuestros pastores y pedir nuestra adhesión en la medida que lo hacen presente a Él, si a través de ellos oímos su voz. Si no, son unos embusteros que nos quieren engañar ‘buscando sus intereses y no los de Cristo’. Sólo Jesús es nuestro verdadero dueño y solo Él, que es Dios y hombre, puede pedirnos legítimamente una adhesión absoluta.
Siendo este el domingo del Buen Pastor, es también el día mundial de oración por las vocaciones. Es un día para pedir al Señor que algunos de entre nosotros respondan con generosidad a la llamada a hacer presente a los demás con su vida y servicio al único buen pastor. Creo que la crisis vocacional de la Iglesia, de la que mucho hablamos y que mucho nos preocupa, es en buena medida debida a la falta de generosidad para entregar nuestra vida al Señor y ponernos a su servicio donde podamos ser más útiles y nos sintamos llamados. Con frecuencia, nos dejamos conquistar por los cantos de sirena de otros pseudo-pastores que nos engañan proponiéndonos una falsa felicidad y llevándonos a pastos que no sacian nuestra hambre y nos dejan frustrados.
Celebramos hoy también la fiesta del patrono de la villa de Madrid, San Isidro Labrador. De este hombre que vivió en el siglo XII, la tradición nos dice que era agricultor y que se casó con Santa María de la Cabeza. Fue santo, no porque hizo grandes cosas según el mundo, sino porque vivió una vida sencilla íntimamente unido al Señor, a través de la oración perseverante, del trabajo y de la vida familiar. Cualquiera que viva así, desde la sencillez de su vida ordinaria, pero unido al Señor, experimentará, como se cuenta de San Isidro, los grandes milagros que hace Dios en su vida y en su entorno.

sábado, 14 de mayo de 2011

Fernando, un niño 'especial', signo del amor, la predilección y el poder de Dios

         Hace justo hoy un año que fallecía Fernando, niño de dieciséis años con parálisis cerebral, hijo de un matrimonio muy comprometido de mi parroquia. Poco antes de su muerte, había ido a cenar a casa de sus padres, Fernando y Paloma, y me contaron de su hijo, de lo bien que había ido el embarazo y de la lesión cerebral que se produjo en el momento de su nacimiento, quizás por negligencia médica, pero que ellos no quisieron investigar. Me contaron lo importante que era Fernandito para ellos, de cómo sus vidas giraban alrededor de él, y de lo mucho que lo querían y estaban pendientes de él también el hermano y la hermana. Para todos ellos era un gran regalo de Dios, y cada nuevo día pasado con él era un don más, ya que sabían que no estaba destinado a vivir mucho tiempo.

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Pero al principio no fue así. Les costó mucho aceptar la realidad y la historia que Dios hacía con su familia, hasta que un jesuita conocido de ellos, que tenía también un hermano en las mismas condiciones, les señaló un texto de un escritor que cambió su forma de ver las cosas. Este religioso joven actuó como un verdadero ángel, como alguien que pasa por nuestras vidas y después desaparece, dejándonos un mensaje de parte de Dios, un mensaje que nos ayuda a ver las cosas de un modo nuevo, como las ve Dios, y a vivirlas. El texto que les señaló este jesuita está sacado de una novela de Morris West titulada Los bufones de Dios (The Clowns of God). Es un texto relacionado con una niña mongólica que aparece en el libro sin ser el personaje principal, ni formar parte de la trama central de la novela que, en cambio, trata de un Papa, Gregorio XVII, que tiene una visión del apocalipsis que se avecina, y que tiene que huir al ser perseguido por la curia romana a causa de ella.

Es curioso como un texto relativamente corto, que no es central en la trama de un libro, y de un libro que tampoco es el mejor de Morris West, tenga tanta fuerza y haya podido ayudar a tantas personas. ¡Es el poder creador de la escritura que escapa muchas veces al mismo autor!

Quiero proponer a los lectores de este blog este texto, que ha sido tan significativo en la vida de Fernando y Paloma, y como he descubierto después, también en la vida de otras personas que tienen o han tenido ‘niños especiales’, que son verdaderos signos del amor, de la predilección y del poder de Dios. Pongo aquí el texto en la versión original inglesa de este autor australiano, y después en una traducción al castellano. Comentaré seguidamente algo desde una perspectiva teológica, que es la mía, para terminar indicando otros testimonios relacionados con este mismo texto que se pueden encontrar en Internet.


I know what are you thinking.

You need a sign.

What better one could I give than to make this little one whole and new?

I could do it; but I will not.

I am the Lord and not a conjurer.

I gave this mite a gift I denied to all of you

ETERNAL INNOCENCE.

To you she looks imperfect but to me she is flawless,

like the bud that dies unopened,

or the fledglings that fall from the nest to be devoured by ants.

She never offended me, as all of you have done.

She never perverted the work of My Father hands.

She is necessary to you.

She will evoke the kindness that will prompt you to gratitude for your own good fortune... more...

she will remind you every day that I am who I am, that My ways are not yours,

and the smallest dust mite whirled in darkest space does not fall out of my hand.

I have chosen you. You have not chosen me.

This little one is my sign to you.

TREASURE HER.



Sé lo que estás pensando.

Necesitas una señal.

¿Y cuál mejor podría darte que hacer a esa pequeña nueva y sana?

Podría hacerlo; pero no lo haré.

Yo soy el Señor y no un brujo.

Le di a esa nena un regalo que negué a todos vosotros

LA ETERNA INOCENCIA.

A vosotros os parece imperfecta, pero para mí es inmaculada,

como el capullo que muere sin abrir

o el pajarillo que cae del nido para ser devorado por las hormigas.

Ella nunca me ha ofendido como habéis hecho vosotros.

Nunca ha pervertido la obra de mi Padre.

Ella es necesaria para ti.

Te evocará la ternura que te inspirará la gratitud por tu buena suerte... más aún

Te recordará cada día que Yo soy el que soy, que mis caminos no son los tuyos,

y que ni la más pequeña mota de polvo que revolotea en el espacio cae fuera de mi mano...

Yo te he elegido. Tú no me has elegido a mí.

Esta pequeña es mi señal para ti.

GUÁRDALA COMO UN TESORO.



Hay seis temas teológicos fundamentales que aparecen en este texto, que creo son los que le dan su fuerza y nos iluminan sobre Dios y su forma de actuar en el mundo. Los comento brevemente a continuación.

Enrique Villaseñor: Parálisis cerebral. Quiero decirte.
1.     Señales de Dios: La mayoría de las señales que nos suele dar Dios en nuestra vida son paradójicas, forzándonos a salir de nuestros esquemas y de la forma de pensar del ‘mundo’. Son señales que chocan con la idea que tenemos de su omnipotencia y de lo que es bueno y malo para nosotros. De hecho, la señal más importante que nos ha dado Dios a toda la humanidad es la cruz de Jesús, que es signo para el creyente de amor, fuerza y predilección, mientras que para el no creyente es un escándalo y no la acepta. La cruz es la clave hermenéutica para interpretar, entender y contrastar todos los demás signos. Es indudable que hay algo muy profundo que acomuna los niños ‘especiales’ con la cruz del Señor.

2.     Dios es Dios y no un brujo: Con frecuencia tenemos una idea infantil de Dios como si fuera un mago, a nuestra disposición para hacer milagros y cambiar lo que no nos gusta, enfadándonos cuando parece que no nos hace caso. Una y otra vez en la vida tenemos que aprender que Dios es Dios, que somos nosotros los que tenemos que hacer su voluntad y no Él la nuestra, que sus caminos no son los nuestros.

3.     Inocencia: Los niños ‘especiales’, como todas las personas que carecen o tienen muy limitada su capacidad cognitiva y volitiva, al no poder hacer actos plenamente conscientes y libres, son incapaces de pecar. Son inocentes, a diferencia de nosotros. Hacen presente a Jesús, cordero sin mancha que cargó con nuestros pecados. Son unos signos muy elocuentes del único verdaderamente Puro.

4.     Ella es necesaria para ti: Las personas que el Señor nos pone al lado en nuestra vida, sobre todo las que necesitan de nuestros cuidados, están ahí no por casualidad, sino porque forman parte de la historia que Dios hace con nosotros, están ahí para nuestra santificación y salvación. Nos salvamos y nos unimos al Señor a través de ellas y no al margen de ellas. Atenderlas y vivir con ellas nos hace mejores personas.

5.     Haber sido elegidos: Es difícil decir si Dios elige a los mejores o hace mejores a los que elige, pero es cierto que muchas familias que han tenido niños ‘especiales’, se han sentido y se sienten elegidas por Dios, amadas con amor de predilección y creo que esto es verdad. La vida tan humanamente rica que yo noto en estas familias, la de Fernando y Paloma, pero también otras que he conocido a lo largo de mi vida, me han convencido de ello.

6.     Guárdala como un tesoro: Toda persona pertenece a Dios, pero sobre todo los inocentes y los niños ‘especiales’. Los padres no son dueños de sus hijos, éstos no les pertenecen, ellos son meros administradores de algo que es propiedad de Otro. Se les ha confiado un tesoro de valor incalculable y su tarea es hacer que reluzca todo lo posible, que realice todas sus potencialidades, cuidándolo con el mayor esmero. Esto vale de una forma muy especial para estos niños.


Otros testimonios:

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro La buena noticia del matrimonio y la familia y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)

Si de verdad creyéramos en la resurrección...

Homilía 8 de mayo 2011
III Domingo de Pascua (ciclo A)

                Hace unos días, cenando en casa de un matrimonio joven de la parroquia para preparar una reunión de su grupo de matrimonios que iba a tratar el tema la resurrección del Señor y su significado para nuestra vida, Diego, el marido, me comentó: “Si de verdad creyéramos en la resurrección deberíamos pensar y vivir de forma muy distinta; no podríamos seguir viviendo como lo hacemos porque todo tendría un sentido distinto”. Tenía mucha razón y pocas veces lo había oído expresado con tanta claridad. Quizás sólo en la primera Carta a los Corintios de San Pablo, cuando afirma que si Jesús no ha resucitado nuestra fe es vana y seríamos los más desgraciados de todos los hombres al esforzarnos por vivir el mensaje de la cruz para nada, teniendo una esperanza que carece de todo fundamento. La resurrección de Jesús es la que llena de luz y sentido toda su vida anterior, sobre todo su muerte en la cruz, pero también su enseñanza, y la corrobora por Dios como verdadera y divina. La resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra esperanza en nuestra propia resurrección y en la vida eterna. Vivir un cristianismo sin resurrección, dudo que pueda ser posible. Al final no tiene sentido y se vendría abajo con la primera dificultad, con la primera cruz que el Señor permite.      

Monasterio de S. Domingo de Silos
Jesús aparece como peregrino compostelano
Pero la resurrección de Jesús es un acontecimiento muy peculiar, de hecho único en la historia de la humanidad y por eso difícil de creer. Es un acontecimiento que tiene sus efectos en nuestra historia pero que la supera al formar parte de la esfera divina y de la vida futura. El cuerpo de Jesús resucitado que se aparece a los discípulos, aún siendo el mismo que el que fue crucificado, es un cuerpo glorioso que rebasa los límites espacio-temporales de nuestra vida ordinaria. Nosotros creemos en la resurrección no porque tengamos una experiencia directa de ella, sino gracias al testimonio interno del Espíritu y al externo de estos testigos privilegiados que presenciaron las apariciones y vieron la tumba vacía.

                Uno de estos relatos de apariciones del Señor resucitado a sus discípulos es el que la liturgia de la Iglesia nos presenta hoy en el evangelio de este tercer domingo de Pascua. Es el exquisito relato de la aparición a los discípulos de Emaús. El evangelista Lucas, al narrarlo, aprovecha para darnos una catequesis sobre la vida de la Iglesia y la Eucaristía. De hecho, en este relato encontramos temas muy importantes para este evangelista como son el del camino, el de la fe como ver, y el de la hospitalidad. Estos dos discípulos se habían sentido defraudados por Jesús en quien habían puesto su esperanza como ‘futuro liberador de Israel’, y habían abandonado su camino. En esto se les une Jesús resucitado que les explica las Escrituras, enseñándoles como lo que ha pasado no es una casualidad sino que estaba escrito, era voluntad de Dios. Sin embargo, aunque les arda el corazón al oír al Resucitado explicar los textos bíblicos, ellos reconocerán plenamente al Señor sólo cuando hospedan a este misterioso desconocido, es decir, cuando ejercen la caridad. Al hacerlo se sienten perdonados y ven ya con claridad — surge en ellos la fe — y vuelven a Jerusalén para reunirse con los otros, seguir en el camino de Jesús y ser sus testigos.

Así nos pasa también a nosotros. Aunque no tengamos esas experiencias únicas que tuvieron esos primeros discípulos de encontrarse con Jesús resucitado, si experimentamos en la fe a Jesús presente cuando ejercemos la caridad, cuando aceptamos y vivimos la cruz. La Sagrada Escritura nos ayuda a conocer la voluntad de Dios y saber que sus caminos no son los nuestros, que sus planes son distintos, que lo que para el mundo es un fracaso y una derrota pare Dios puede ser una victoria. Y esto hace que arda nuestro corazón cuando ‘se nos abre a la inteligencia de la Escritura’ y del actuar de Dios en la historia de la humanidad y en nuestra propia vida. Así nos emocionamos cuando alguien nos explica las Escrituras y nos muestra como lo que nos pasa es voluntad de Dios y que nuestra vida esta ‘escondida con Cristo en Dios’.

En la Eucaristía se hace realidad todo esto. Los cristianos nos reunimos sobre todo el domingo, el día del Señor, el día de las apariciones del Resucitado, para escuchar la Palabra de Dios y oír su explicación por el ministro que actúa in persona Christi y partir juntos el pan.

El domingo pasado en la Plaza de San Pedro de Roma, Benedicto XVI en la homilía de la misa de beatificación de su predecesor Juan Pablo II, hablaba de la bienaventuranza de la fe, comentando el relato de la aparición de Jesús al apóstol Tomás, el incrédulo. “Dichosos los que crean sin haber visto”, dice solemnemente Jesús. Vamos a pedir al Señor a través de la intercesión de este nuevo gran beato, de Juan Pablo II, verdadera roca de la fe de la Iglesia, que experimentemos algo de esa bienaventuranza de la fe y que creamos de verdad que Jesús ha resucitado y vivamos consecuentemente.

sábado, 7 de mayo de 2011

Viaje a Italia para la beatificación de Juan Pablo II

El grupo de peregrinos en Nápoles
                Después de la peregrinación a Tierra Santa el año pasado, algunos feligreses de mi parroquia habían expresado el deseo de visitar Italia y habíamos empezado a organizar un viaje para los primeros días de abril de este año. Sin embargo, en cuanto nos enteramos de la beatificación de Juan Pablo II y que tendría lugar el primero de mayo, rápidamente cambiamos las fechas para poder estar en la Plaza San Pedro de Roma en un día tan señalado.
                Juan Pablo II ha sido un Papa que ha dejado una huella profundísima en la vida de muchas personas, entre ellas la mía. Aunque tengo algunos recuerdos de Pablo VI y de Juan Pablo I, mi vida adulta, y sobre todo mi ministerio sacerdotal, ha trascurrido en el marco de este largo pontificado. Entré en el Pontificio Seminario Romano para discernir mi vocación sacerdotal siendo ya Karol Wojtyla Papa, y me ordené en mayo de 1988, año que él había proclamado ‘mariano’. Al ser el mío el ‘seminario del Papa’, teníamos dos encuentros anuales con él: una misa en su capilla privada muy temprano por la mañana en el mes de octubre, para celebrar el aniversario del comienzo de su pontificado, y su visita al seminario y cena con los seminaristas coincidiendo con el día de la patrona Santa María della Fiducia, un sábado de febrero. También tuve el gran regalo de comer con él en su comedor antes de que hiciese una vista pastoral a la parroquia romana donde empecé a ejercer de cura. Todos momentos que han significado mucho para mí.
                Pero más allá de estos imborrables recuerdos personales, las distintas facetas de la figura pública de este gran Papa han impresionado a muchos. Él era la vez un buen teólogo y filósofo y un gran místico; un hombre de bien, un ‘hombre justo’ como lo ha llamado la comunidad judía, y un gran sacerdote enamorado de su labor pastoral; un actor capaz de poner su talento al servicio de Cristo y un verdadero amigo de los que tuvieron la suerte de conocerlo de cerca. Tenía la capacidad notable de hacer sentir a cada uno de los participantes en los grandes eventos que no eran miembros anónimos de una masa, sino personas que tenían con él una relación especial. Sobre todo creo que lo que más define su pontificado es que ha sido un buen pastor, que ha hecho presente en Roma y en mundo al único Buen Pastor que es Cristo, siendo un icono fiel de Él. Era lo que en ese momento histórico tan crítico necesitaba la Iglesia y el mundo, más que un gran teólogo o diplomático que pueden ser más necesarios en otros momentos.
                Yo creo sin ninguna duda que era un santo. Y pienso también que se puede afirmar que el pueblo de Dios en su conjunto comparte esta creencia, como lo demuestra la gran asistencia a la misa de beatificación del 1 de mayo y que ya en el momento de su muerte era aclamado como tal. Siendo esto a todas luces una expresión veraz del ‘sentido de la fe de los fieles’, que no se puede equivocar como afirma el Concilio Vaticano II, cabe concluir sin miedo que era realmente santo. Es verdad que junto a esto, se requiere llevar a cabo el proceso canónico y que Dios lo corrobore todo a través de un milagro para llegar a una declaración oficial, pero creo que en este caso estos elementos son secundarios. Y creo que es santo, no obstante pueda haberse equivocado en algunas cosas en su acción de gobierno o en su magisterio, como algunos afirman respecto al escándalo de la pedofilia o a sus enseñanzas morales. Si estas equivocaciones fueran ciertas, no quitarían nada a su santidad. Como tampoco ensombrecería nada su santidad — más bien todo lo contrario — la relación de íntima amistad que haya podido tener con Wanda Poltawska, como se ha oído susurrar en algún círculo clerical oscurantista. La santidad de Juan Pablo II significa no sólo que ya está en la gloria, en el cielo gozando de Dios, sino que en su vida ejemplar aquí en la tierra se ha hecho presente de un modo muy especial el misterio de Dios.
                Al final, el viaje que habíamos organizamos en la parroquia para visitar Italia, resultó ser una peregrinación para encontrarnos con el Señor por medio de este nuevo beato. Pasamos por lugares del bel paese muy queridos por él — Asís, Loreto, San Giovanni Rotondo...— para llegar a la misa de beatificación y hacer una honda experiencia de Dios a través de este servidor fiel. Quiero compartir con los lectores de este blog algo de lo que ha sido esta experiencia.
Lunes 25 de abril: Florencia y Siena
                De Florencia impresiona al visitador que llega por primera vez el Duomo (Catedral) con sus mármoles blancos, verdes y rosados y la cúpula de Brunelleschi, junto al baptisterio con los mismos mármoles y sus preciosas puertas de bronce, como ‘la del paraíso’ frente a la Catedral, y el río Arno con su Ponte Vecchio repleto de tiendas de joyeros, por el que pasa el pasillo de Vasari que une el Palazzo Vecchio en Piazza della Signoria con el Palazzo Pitti, cruzando media ciudad.
Esclavo que se despierta
Pero lo que más me impactó en este viaje fue la Galleria dell’Accademia donde está el famoso David de Michelangelo. Cerca de esta estatua símbolo de la fuerza juvenil, hay otras en el mismo museo que llamaron más mi atención, que tienen el sugestivo nombre de prigioni (cárceles), y que Miguel Ángel llamaba ‘cautivos’ o ‘esclavos’. Estas estatuas inacabadas muestran muy claramente el proceso creativo del artista. Las figuras parecen luchar para liberarse de la materia, para salir del agua levantándose de la bañera, como decía el mismo escultor. En un cierto sentido la figura ya está presente en el bloque de mármol antes de que empiece a trabajar el pincel. El artista sólo hace emerger la figura, liberándola de lo que sobra y que la tiene retenida. Esta es una reveladora metáfora de lo que significa la labor evangelizadora y educativa de la Iglesia que realizó con gran maestría Juan Pablo II: sacar esa obra de arte que somos cada uno de nosotros eliminando lo que estorba e impide nuestro crecimiento para llegar a ser lo que estamos llamados a ser. Es la obra que tiene que realizar todo buen educador y pastor para sacar todo lo bueno y único que hay en cada persona y llevarla a realizar plenamente sus potencialidades.
Tumba de Galileo
También en Florencia intriga visitar la Iglesia de la Santa Cruz con sus muchas tumbas de personajes ilustres. Entre ellas la de Galileo Galilei, cuyo cuerpo tuvo que esperar varios años antes de ser enterrado públicamente y fue escondido por los frailes. ¡Qué reduccionista y falsa es la interpretación interesada de la vida de Galileo como la de un opositor de la Iglesia perseguido por ésta, cuando era fiel hijo suyo y un cristiano ejemplar! Si algunos de la Iglesia lo persiguieron, otros de la misma Iglesia lo protegieron. La Iglesia estaba a los dos lados de la controversia, no a un lado frente a otro inventado de un humanismo laicista que entonces era inexistente.
Por la tarde, camino de Asís, pasamos por Siena, la ciudad del palio y de Santa Catalina, la mujer ‘fuerte’ que hizo volver el Papa a Roma; ella también recibió las marcas (estigmas) de Jesús que, en su caso, eran invisibles, pero causaban mucho dolor. Fue una de esas grandes mujeres en la historia de la Iglesia, como tantas otras, cuyo papel Juan Pablo II nos ha ayudado a valorar, evitando caer en ese falso feminismo tan de moda que se retuerce al final contra la dignidad misma de la mujer. En Siena, en el Duomo, junto con el elaboradísimo piso de mármol encrustado y dibujado con escenas del Antiguo Testamento, se encuentra el famoso púlpito de Pisano con sus figuras llenas de dramatismo. ¡Qué importante era para Juan Pablo el ministerio de la predicación! ¡Y con qué fuerza lo hacía moviendo nuestros corazones!
Martes 26 de abril: Asís

Fachada de la Basílica de San Francisco (Asís)

                Un día pasado en la ciudad de San Francisco, el poverello de Asís, el alter Christus, el primer estigmatizado reconocido, el amigo de Santa Clara, el enamorado de Madonna Povertà, el padre-fundador de la orden franciscana con sus distintas ramas. ¡Qué emoción rezar ante esa tumba tan austera debajo del altar mayor de la Basílica y admirar los frescos de Giotto y Comabue! En la explanada delante de esta Basílica, de una hierba verde que contrasta bellamente con el blanco de la fachada, Juan Pablo II rezó en 1986 al lado de líderes de otras religiones por la paz en un memorable acontecimiento que ha hecho historia. ¡Qué entrañable rezar delante del crucifijo de San Damián en la Basílica de Santa Clara al que Francisco oyó pedirle que reparara su Iglesia! ¡Y qué significativo visitar el monasterio de San Damián, cuna de las clarisas, con su simplicidad, y la Porziuncula donde nacen los franciscanos después de un primer momento muy austero en Rivotorto! Visitar Rivotorto hace intuir algo de como fue el comienzo del movimiento franciscano, corrigiendo falsos romanticismos.
Tumba de San Francisco
                Se cuenta que poco después de su elección, Juan Pablo II vino a Asís para pedirle al santo patrono de Italia que le ayudara a conquistar para Cristo el corazón de los italianos. Juzgando por los resultados, fue ciertamente una gracia que le fue concedida.
Miércoles 27 de abril. Camino de San Giovanni Rotondo: Loreto y Lanciano
La parroquia de Santa Catalina de Alejandría en la que ejerzo como párroco está muy cerca del aeropuerto de Barajas, y por ello muy ligada a la aviación que tiene como patrona la Virgen de Loreto. No podíamos no pasar por este santuario de nuestra Madre. En este pueblo italiano se venera la casa de la Virgen, que de Nazaret fue transportada por voluntad divina y, según la tradición, por ministerio de ángeles, a este lugar. Más allá de la leyenda, hay serios indicios para pensar que en este santuario se encuentran, traídas por los cruzados o por una tal familia ‘de Angelis’, las tres paredes de ladrillo que cerraban la cueva donde vivía María en Nazaret.
Al prepararme para la Eucaristía, hablando con el sacristán, me contó que Juan Pablo II había pedido a los tantos polacos que iban a Roma a encontrarse con él, que en su camino de ida o de vuelta pasaran por esta santa casa. Una muestra más de la gran devoción mariana del Papa del totus tuus.
Ostensorio en Lanciano
En Lanciano se venera el primer milagro eucarístico, cuando un cura que tenía dudas sobre la presencia real del Señor en las especies eucarísticas, al consagrar el pan y el vino, vio con asombro como delante de sus ojos éstos se conviertían en verdadera carne y sangre. En un ostensorio detrás del presbiterio se expone lo que queda (que no es poco) del pan eucarístico transformado en carne, y en una ampolla puesta justo debajo la sangre, que después de tantos siglos conserva sus propiedades, como se ha comprobado en distintas investigaciones. Decían algunos feligreses de mi parroquia: “Si esto fuera verdad, sería lo más grande que hemos visto hasta ahora y que veremos”. Tenían razón, pero el verdadero gran milagro es la eucaristía que celebramos cada día en que el misterio de la redención se actualiza para nosotros. De esto era muy consciente Karol Wojtyla. Las veces que como seminarista hice de ‘monaguillo’ en alguna de sus misas llegando a estar muy cerca de él, era muy difícil no dejarse cautivar por la concentración y devoción con que celebraba.
Jueves 28 de abril: San Giovanni Rotondo
San Pío da Pietralcina, o Padre Pío como muchos lo llamamos, es uno de los santos más venerados en Italia. Este franciscano capuchino que murió en 1968 fue canonizado por Juan Pablo II el 16 de junio de 2002, en una de las celebraciones más multitudinarias que se han celebrado en Roma. Pasó la mayor parte de su vida en este pequeño pueblo del Gargano en la Apulia, recibió los estigmas, primero invisibles y después visibles, y fue un santo que como muchos tuvo que sufrir persecuciones, incomprensiones y calumnias. Dos de sus obras que permanecen son el hospital Sollievo de la Sofferenza (Alivio del Sufrimiento) en el mismo pueblo y los Grupos de Oración difundidos por todo el mundo.
En San Giovanni Rotondo celebramos la Eucaristía en el mismo altar de la pequeña Iglesia donde celebraba el santo a diario y en cuyo coro, rezando ante el crucifijo, recibió los estigmas; visitamos también el santuario de Santa María de las Gracias pegado a la pequeña Iglesia y el nuevo Templo en cuya cripta se encuentra su cuerpo. Cripta que está decorada con bellísimos mosaicos que ponen en paralelo la vida del Padre Pío con la de San Francisco de Asís.
El rupo delante de la tumba del padre Pío
Cripta del Templo de San Giovanni Rotondo
Sorprende mucho como un hombre humilde, sin recursos, en un pequeño pueblo perdido del Sur pobre de Italia haya podido hacer tanto. Juan Pablo II tenía devoción a Padre Pío; se confesó con él siendo cura joven y cuando era obispo, participando en las sesiones del Concilio Vaticano II en Roma, le pidió por carta que intercediera por su amiga Wanda a la que le habían diagnosticado un cáncer y debía ser operada. Poco después el cáncer desapareció y Karol Wojtyla se lo comunicó por escrito al capuchino del Gargano.
Visitando Loreto, Lanciano y San Giovanni Rotondo, medité mucho sobre la fe de Juan Pablo II, una fe madura y culta pero a la vez cercana a la del pueblo y de la gente sencilla. Loreto con la santa casa que vuela por los aires desde Nazaret traída por ángeles, Lanciano con un pedazo de pan que se convierte en carne del miocardio, y San Giovanni con los fenómenos extraordinarios que se atribuyen a Padre Pío, crea una cierta incomodidad en los que hemos sido educados en la teología moderna, formándonos con los escritos de Bultmann, Moltmann y Bonhoeffer, en una teología que mira con mucha sospecha a estos fenómenos sobrenaturales.
En San Giovanni Rotondo me topé con dos frases de Padre Pío que son un buen resumen de su vida:
·         “En cada misa está todo el Calvario”
·         “Me quedaré a las puertas del paraíso hasta que no haya entrado el último de mis hijos espirituales”.
                Camino de Nápoles, pasamos por Pietralcina, el pueblo natal del gran capuchino. Visitamos la casa de sus padres y una casa de un tío donde vivió una temporada siendo ya sacerdote. Fue un día dedicado en su totalidad a este gran santo tan querido por Juan Pablo II. Seguro que este santo desde el cielo agradeció nuestra visita y nos ayudó a prepararnos bien para lo que nos esperaba en Roma.
Viernes 29 de abril: Nápoles y Pompeya
Lo que más atrae de Nápoles, junto con la pizza y el caffè, es la filosofía de vida de su gente. Me contaba una amiga napolitana en otra visita que hice a la ciudad, que lo que causa que los napolitanos tengan ese modo tan peculiar de ver la vida, es la presencia tan visible y amenazante del volcán Vesuvio, que hace que todo se perciba como precario, que puede desaparecer de un momento a otro. Parece una buena explicación. Quizás los cristianos deberíamos aprender algo de los napolitanos y su modo ‘escatólogico’ de vivir, sabiendo como dice el Apóstol que ‘las cosas visibles son de un momento, son las invisibles que son eternas’.
Por la tarde fuimos a ver las ruinas de Pompeya. Al visitar lo que queda de esta ciudad, los guías hacen especial hincapié —por el morbo que implica — en los aspectos eróticos que se van encontrando por estas piedras derruidas, que no son pocos. Así se ven falos esculpidos, algunos siendo un simple signo de fertilidad, y otros que son señales que indican el camino para llegar al famoso lupanar, el lugar donde las prostitutas, en camas de piedra, ofrecían sus servicios. Encima de la puerta de cada una de las habitaciones de este prostíbulo antiguo, hay una representación pictórica de las prestaciones sexuales que en ella se ofrecían. ¡Qué importante y al mismo tiempo qué complicado y ambiguo es este aspecto de la vida del hombre y la mujer! Algunos acusan a la Iglesia de haberlo corrompido con su doctrina del pecado, de haberle quitado su espontaneidad y naturalidad. Sin embargo, al pasear por estas ruinas de este puerto de la antigüedad, destruido por un terremoto antes de que llegara el cristianismo, se percibe claramente la fuerza y la ambigüedad de la sexualidad. Recordaba en Pompeya esos ciclos de catequesis tan importantes y que tanta repercusión han tenido sobre el ‘amor humano’ que Juan Pablo II impartió en sus audiencias públicas de los miércoles.
Basílica de San Pablo Extramuros
Sábado 30 de abril: Roma
               Como todo peregrino que llega a la Ciudad Eterna, dedicamos parte de este día a visitar las cuatro basílicas mayores y a rezar en las tumbas de los grandes apóstoles patronos de la ciudad, San Pedro y San Pablo, renovando así nuestra profesión de fe. En San Pedro vimos el lugar que se estaba preparando cerca de la Pietá de Michelangelo para acoger definitivamente los restos mortales de Juan Pablo II. Recordé ese ataúd sencillo de madera con encima el libro de los evangelios del día de sus funerales que contenía el cadáver de aquel que nos seguía bendiciendo desde el cielo, como dijo el entonces cardenal Raztinger en esa celebración. Al salir de la basílica de San Pedro me encontré con un sacerdote y un obispo españoles amigos míos que me ofrecieron una entrada para poder concelebrar en la misa de beatificación del día siguiente. Agradecí el ofrecimiento pero lo rechacé, al sentir que tenía que estar con el grupo de mi parroquia. Fue una decisión muy acertada como se demostró el día siguiente.
En la visita a la basílica de Santa María Mayor me fijé en la bellísima puerta santa que se abre sólo en los años jubilares y que Juan Pablo II bendijo al clausurarse el último en diciembre de 2001. En ella se representan dos grandes concilios de la Iglesia, el de Éfeso y el Vaticano II. En el primero se proclamó a María como Madre de Dios, en el segundo se habló de ella como Madre de la Iglesia. María, de una forma u otra, como buena y tierna madre, está siempre presente en los momentos importantes de la historia de la Iglesia.
Por la tarde celebramos la Misa en la sede de la delegación romana de la Custodia de Tierra Santa de los padres franciscanos, cerca de San Juan de Letrán. Fue una buena oportunidad para recordar la peregrinación a Tierra Santa del año anterior en la que también el Señor nos tocó el corazón y se manifestó como el Viviente, el que ha resucitado y nos ha abierto las puertas del cielo. ¡Qué emoción tuvimos al entrar el domingo de resurrección en el Santo Sepulcro!
Vigilia de oración en el Circo Máximo
Pero fue la participación en la Vigilia de oración en el Circo Máximo y el paseo de noche por Roma lo más significativo de ese día. Llegué tarde a la Vigilia, después de cenar con el grupo, cuando ya los testimonios habían terminado y se estaba rezando el Rosario. Fue difícil entrar por le gente que se había agolpado en una escalera de acceso para ver mejor, pero indudablemente el esfuerzo mereció la pena al contemplar ese escenario tan majestoso entre las colinas del Palatino y el Aventino, y la devoción de la gente. Recordé enseguida las distintas Jornadas Mundiales de la Juventud en las que participé, que tanto han marcado la vida de muchos jóvenes, y que fueron un acertadísima ‘invención’ de Juan Pablo II. Algo de ese ambiente de las ‘JMJ’ se percibía en esa Vigilia y me dio la sensación que los tantos jóvenes que rezaban el Rosario con su presencia en ese lugar, querían de alguna forma agradecer a ese gran Papa su especial relación con ellos.
Este ambiente juvenil de intensa y alegre oración continuó a lo largo de toda la noche. Tuve el gran regalo de poder encontrarme, terminada la vigilia, casi por casualidad, con un gran amigo, padre de cinco niñas, que había ido a Roma también casi por casualidad, gran admirador de Juan Pablo II y con el que había ido hace algunos meses a Lourdes. Belén, su mujer, no había venido; se había quedado en Madrid con las niñas. Pero sí vino con él otra amiga, y los tres, después de la vigilia nos encaminamos hacia las iglesias que se había indicado que iban a permanecer abiertas para quien quisiese rezar. Combinamos esa noche un paseo turístico por la sugerente Roma by night, con la oración en esas iglesias. De este modo subimos al Campidoglio y nos asomamos al Foro Romano con el Coliseo al fondo, y bajando a la Plaza Venecia entramos en la iglesia de San Marcos. Se estaba proyectando un video sobre la vida de Juan Pablo II, narrada por él mismo, que nos emocionó mucho. Después seguimos hacia la Iglesia del Gesù para rezar en la tumba de San Ignacio de Loyola tan relacionado con la vida de nosotros tres y cuyo monumento sepulcral, de un barroco muy ostentoso, parece discordar con su mensaje, como también la basílica de san Francisco con este otro gran santo. Seguimos hacia Plaza Navona pasando por el Panteón y buscamos una rosticceria para comer una pizza al taglio y recuperar fuerzas en vista de esta noche blanca de oración. En Plaza Navona entramos en la Iglesia de Santa Inés y tuvimos un rato largo de oración que nos hizo saltar las lágrimas a los tres. Era una oración animada por un grupo de carismáticos con cantos que evocaban las distintas Jornadas Mundiales de la Juventud. Al final el sacerdote con el ostensorio pasó por toda la Iglesia bendiciendo con Jesús sacramentada a cada uno de nosotros individualmente. Fue el momento más intenso y nos sentimos verdaderamente bendecidos inmerecidamente por Dios.
Saliendo de Santa Agnese decidimos ir ya hacia el Vaticano al constatar que muchos grupos iban ya de camino, aunque dando antes una vuelta para pasar por la plaza Campo de’ Fiori con la estatua de Giordano Bruno y la Plaza Farnese con la embajada francesa. Cruzamos el río por el puente que pasa por la isla tiberina. Pero no pudimos llegar hasta la Plaza de San Pedro, ni tampoco a la Via della Conciliazione. No habían abierto aún la plaza para que entraran los peregrinos y la gente era tanta que se formaban colas lejos de ella; colas con muchas personas que llevaban banderas y cantaban alegres. Eran ya las cuatro y media de la madrugada. Decidí dejar a Javier y Marta que hicieran su cola con una buena esperanza de poder entrar en la plaza de San Pedro y volví al hotel para ducharme y unirme a mi grupo. Lo hice cruzando Roma andando, desde el Vaticano a la Plaza de Spagna, donde llegué con las primeras luces del alba y pude ver las bellísimas azaleas que se colocan en su famosa escalinata en este tiempo del año. Fue un paseo que me hizo recordar con algo de nostalgia los tantos años de mi vida pasados en Roma.
Domingo 1 de mayo: Roma
                A las siete de la mañana salimos del hotel en autocar rumbo al Vaticano. Sabíamos que muchas calles iban a estar cortadas y que el autocar nos iba a tener que dejar bastante lejos de la Plaza de San Pedro. El conductor, al venir a recogernos, se había fijado en las calles que estaban abiertas y por ellas nos llevó circunvalando con maestría el centro, para dejarnos sorprendentemente bastante cerca, en la salida del Metro de la Via Ottaviano. Pero enseguida nos dimos cuenta que no había forma de acercarnos mucho más a la Plaza, ni a Via della Conciliazione donde se habían colocado la mayoría de las pantallas. Intentamos ir por detrás del Castillo de Sant’Angelo donde había un prado, pero tampoco pudimos. Al final decidimos acercarnos todo lo posible al comienzo de la Via della Concliazione y resignarnos a oír la misa de pie sin ver nada y apretujados por la gente. Yo estaba con pocas ganas de aguantar todo aquello y pensaba alejarme del grupo, ponerme cómodamente a rezar en algún rincón lejano y tranquilo, y volver después una vez terminada la celebración. Pero me quedé. Me quedé al ver la intensidad de la devoción de la gente que me rodeaba y al pensar que yo era más joven que la mayoría, que era sacerdote y que tanto debía a Juan Pablo II. No era correcto escabullirme para estar más cómodo. Y así participé en una de las celebraciones litúrgicas que con más intensidad he vivido. La gente a mi alrededor a través del contacto corporal inevitable me transmitía su devoción y su agradecimiento a Juan Pablo II. Y yo tampoco pude esconder lo que sentía. Cuando al comenzar la celebración Juan Pablo II fue declarado beato y se descubrió el tapiz con su imagen que colgaba del balcón donde apareció por primera vez como Papa después de haber sido elegido, todos aplaudimos llenos de emoción, aunque de donde estábamos nosotros no podíamos verlo. No importaba, lo importante era estar ahí. Sentí con mucha claridad que estaba en el preciso lugar del mundo donde debía estar en ese momento y sentía también la presencia de Juan Pablo II. En la homilía Benedicto XVI hablaba, partiendo del evangelio del día, de la bienaventuranza de la fe y de la misión peculiar del apóstol Pedro y sus sucesores de confirmar en la fe a los hermanos. Hablaba del motivo por el que se había elegido el uno de mayo para esta celebración: es el comienzo del mes mariano, la festividad de San José obrero, y sobre todo el domingo de la Divina Misericordia que quiso instituir Juan Pablo II devoto de Sor Faustina. Hace seis años, en la vigilia de esta misma fiesta, el gran Papa polaco nos dejó para ir a la casa del Padre y recibir la merecida corona que no se marchita. El punto álgido para mí de la homilía del Papa actual fue cuando exclamó, recordando la exhortación de Juan Pablo II de abrir de par en par las puertas a Cristo: “Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio”. Al continuar la Misa me preguntaba si mi grupo y yo podíamos tener ocasión de comulgar, si algún ministros de la Eucaristía podía llegar hasta nosotros y me parecía una empresa casi imposible. Pero sí, llegó un sacerdote ‘milagrosamente’ y pudimos recibir la comunión y participar así plenamente de aquella Eucaristía.
Ataúd de Juan Pablo II
                Ya volviendo hacia el autocar en una caminata que fue larga me continuaban a resonar las palabras de Benedicto XVI en su homilía sobre el testimonio que dio Juan Pablo a través de su sufrimiento en sus últimos años. Joseph Ratzinger que lo pudo conocer muy de cerca, decía que el Señor lo fue despojando poco a poco de todo, pero aún así él había permanecido como una roca firme. Quizás es verdad, el testimonio más claro y fructuoso que dio Juan Pablo II de Jesucristo, no fue cuando era un hombre aún joven y fuerte, sino cuando ya estaba enfermo y casi no podía hablar. En esos momentos vimos en él las marcas de Jesús, los estigmas, descubrimos la fuerza de la cruz del Señor. Tantas veces en este viaje me había encontrado con los estigmas, a través de Santa Catalina de Siena, de San Francisco, de Padre Pío, y ahora, de un modo distinto, a través de Juan Pablo II. Él ha sido ese grano de trigo que sólo si muere da mucho fruto; él ha llevado en su carne las marcas de Jesús a través primero de su apostolado y después de su sufrimiento, y todo ello ha dado mucho fruto como pudimos constatar estando esa mañana providencialmente soleada del uno de mayo en la Plaza de San Pedro.
Lunes 2 de mayo: Roma
                Un día de gran ‘resaca espiritual’ que aproveché para ir con mi madre al cementerio del Verano donde están enterrados mis abuelos y para pasar por la casa que tengo en Roma y arreglar papeles y hacer pagos. Pude comer con un sacerdote muy amigo, juez eclesiástico, que me dio un librito de la celebración litúrgica del día anterior que agradecí mucho.
Espero haber podido transmitir algo de la experiencia de este viaje a los lectores de este blog. Pido al nuevo beato que desde el cielo, como hacía antes desde la ventana de su despacho que daba a la Plaza de San Pedro, nos siga bendiciendo a todos y ayudando a que nos sintamos orgullosos de ser cristianos.